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Zeluán el asedio del ejército 
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército

Zeluán masacre olvidada...

El poblado y recinto amurallado de Zeluán (fortaleza), situado a unos 30 kilómetros aproximadamente al sureste de Melilla, sirvió de refugio y base de operaciones del famoso cabecilla rifeño Jilali ibn Muhammad el Yusfi er Zarhoni, más conocido por los españoles como el "Roghi", desde 1902 hasta diciembre de 1908, en que, presionado por las cabilas limítrofes a Melilla a las que había sometido a un férreo y humillante control, lo abandonó refugiándose en la cabila de Beni Ukil, junto al "ouad Záa" (río), donde, hecho prisionero por los lugareños, lo entregaron a "los mehal-las" (soldados del Sultán reinante), quienes le dieron una muerte atroz.

En plena campaña de la "Guerra de 1909", más conocida popularmente como "la guerra del 9", el 27 de septiembre del citado año dos columnas (divisiones de los generales Tovar y Orozco) que estaban acampadas en la villa de Nador se pusieron en marcha en paralelo en dirección a la citada fortaleza de Zeluán. La llanura, donde los rifeños no solían nunca entablar batalla, estaba totalmente desierta. Por el flanco derecho, la columna bordeó el macizo montañoso de la cabila de Beni bu Ifrur sin necesidad de realizar una fuerte avanzadilla de protección y, por el flanco izquierdo, la limpieza del llano que alcanzaba en la lejanía los montes de la cabila de Quebdana se bastaba para dar facilidad al avance de la segunda columna sin ningún problema. Cuando las tropas españolas en forma de tenaza se acercaban a la fortaleza, las baterías empezaron a cañonear sus proximidades con el objeto de ahuyentar a cualquier grupo de rebeldes que quisiesen dar alguna desagradable sorpresa. El sol ya se encontraba en retirada hacia Poniente tras los cerros más altos que emergían en el macizo montañoso rifeño cuando los integrantes de las columnas hacían su entrada en el poblado-recinto amurallado de Zeluán, que, a partir de esa fecha, ya habría de quedar bajo el control de las tropas españolas.

A mediados del mes de julio de 1921, cuando los rifeños de Muhammad ibn Abd el Krim al Khattabi tenían cercada la posición de Cudia Igueriben y amenazaban el campamento de Annual, la guarnición militar de la fortaleza de Zeluán era de unos 64 hombres aproximadamente, al frente de un oficial. En esa época estival el calor era achicharrante. El sol de julio no cesaba en su acción demoledora. Sus rayos ardientes chocaban contra las piedras del muro y las recalentaban como ascuas encendidas. En el interior de los habitáculos la atmósfera se hacía irrespirable. Los hombres que vigilaban desde sus puestos el campo exterior recibían sobre sus hombros y sus espaldas la acción directa de unos rayos de fuego. Chirriaban continuamente las chicharras al recibir sobre sus órganos sonoros el impacto de los dardos ardientes. Del suelo, reseco y cuarteado en cientos de filigranas, salía un vaho de calor envuelto con un polvo blanquecino casi invisible que agrietaba los labios de los refugiados y agarrotaba sus gargantas.

Ya bien entrada la noche del día 22 de ese mismo mes, comenzó a llegar a la alcazaba un reguero de hombres exhaustos y enloquecidos de terror entremezclados con mulos sueltos que no paraban de soltar coces y varios caballos perdidos y desorientados al haber perdido a sus jinetes. Los recién llegados, entre balbuceos y frases entrecortadas, pudieron dar la noticia de la caída del campamento de Annual y de varias posiciones de los alrededores, y que la columna, sufriendo el hostigamiento encarnizado de la harca rifeña, al mando del teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, del regimiento de San Fernando, se dirigía hacia Dar Dríus. En la madrugada del día 23 llegaba a Zeluán, camino de Melilla, una pequeña columna al mando del capitán Juan Galbis, de artillería, con personal del arma, que controlaba una reata de bestias cargadas con restos de material de guerra que pudiesen tener utilidad a posteriori, acompañados de algunos heridos y otros que llegaban en un estado calamitoso y deprimente. La columna iba escoltada con parte del quinto escuadrón del regimiento de caballería de Alcántara número 14, al mando del teniente Román del Campo Cantalapiedra y del alférez de complemento Juan Maroto. A media tarde de ese mismo día, un coche procedente de Monte Arruit se detuvo a la entrada de la fortaleza, bajándose el capitán Ricardo Carrasco Egaña, de la Policía indígena, que acompañaba al coronel Jiménez Arroyo, quien continuó su viaje en dirección a Melilla. El capitán Carrasco era el jefe de la sexta mía de la Policía indígena del Garet, que tenía su cabecera en Monte Arruit. Por ser el oficial más antiguo, esa misma tarde se hizo cargo de la posición. Al finalizar el día también se habían refugiado en la fortaleza colonos y trabajadores de las inmediaciones, unos 100 civiles, entre hombres, mujeres y niños. Junto con ellos llegaron el cabo Carrión, de la Guardia Civil, y cuatro números que guarnecían el pequeño puesto ubicado en el poblado. A partir de ese día, se dobló la vigilancia en los muros y se reforzaron con patrullas las entradas. Por órdenes del capitán Ricardo Carrasco, los tres escuadrones del grupo de regulares integrados en la guarnición fueron obligados a salir al exterior, al otro lado de las murallas, ante las dudas que ofrecían los jinetes indígenas.

En el atardecer del domingo 24 de julio de 1921 las tropas que debían defender la fortaleza, incluido el aeródromo cercano, alcanzaba la cifra de 611 hombres, y que, divididos en tres grupos, los componían 28 oficiales, 442 números de clase y tropa, más 141 soldados indígenas. Como quiera que el capitán Ricardo Carrasco considerase que el aeródromo, donde estaban aparcados cinco aviones, se encontrase con poco personal para su defensa, pidió voluntarios para auxiliar al teniente Manuel Martínez Vivancos, de infantería, que estaba al frente de la escasa guarnición que lo defendía, tomando la iniciativa el alférez de complemento Juan Maroto, quien al frente de 30 jinetes del regimiento de caballería de Alcántara número 14 se dirigió a cumplir esa misión. En la madrugada del 24 al 25 se produjo la deserción de los soldados indígenas de regulares que permanecían en el interior del fuerte. En la refriega fueron muertos los dos oficiales indígenas que prepararon la revuelta y 40 soldados moros, pudiendo escapar varios de ellos, y por parte española murieron dos oficiales, un sargento y varios números de tropa. Los escuadrones que estaban en el exterior también emprendieron la huida, siendo abatidos varios de ellos por los centinelas apostados en los muros defensivos. Ante los sucesos acaecidos el día 25, el capitán Ricardo Carrasco ordenó a los oficiales españoles de regulares, capitán Margallo y tenientes Carvajal, Tomasseti y Bermejo, que formasen una pequeña columna con los soldados indígenas que aún quedaban y emprendiesen la marcha en dirección a Nador, abandonando el fuerte. En una refriega que se produjo al poco de salir, fue muerto el teniente Fernando Tomasseti, dividiéndose el grupo en dos y tiroteándose unos a otros. En el interior del recinto amurallado continuaron el teniente Enrique Dalías y el oficial veterinario Enrique Ortiz, ambos pertenecientes al mismo tabor que recibiendo órdenes había emprendido la marcha.

A partir del día 25 los rifeños cercaron el aeródromo y emprendieron el hostigamiento de la fortaleza, aunque desde la distancia, pero produciendo una baja cada vez que se descuidaba alguno de los defensores y se ponía al descubierto. Estos se apostaron tras los rollizos paredones, así como tras los parapetos de sacos terreros con que se cubrieron las cuatro entradas para responder cualquier intento de asalto. Ese mismo día, al hacer el servicio de aguada (recogida de agua para beber del riachuelo cercano), tuvieron que lamentar quince bajas entre muertos y heridos que quedaron en manos de los temibles rifeños. Otro tanto pasó al día siguiente, y para evitar que continuase la sangría el capitán Ricardo Carrasco ordenó que el servicio de aguada se realizase cada dos días y para ello implantó un severo racionamiento del preciado líquido. Como quiera que al día siguiente los rifeños hubiesen ocupado el cementerio moruno, que dominaba la salida del fuerte y la pista que se dirigía hacia el lugar de la aguada, a los refugiados les fue imposible poder realizar en la mañana del día 28 ese vital servicio, lo que obligó al jefe de la posición sitiada a pedir voluntarios para preparar un comando que saliese a expulsar a los rifeños apostados en el cementerio y que impedían el poder realizar la aguada, ya que era de imperiosa necesidad, al estar los depósitos totalmente vacíos y la sed atosigaba de forma alarmante a todos los encerrados en el fortín. Salió con veinte hombres el teniente veterinario Tomás López, quienes en una acción heroica lograron dar muerte a los 16 moros que desde el cementerio no permitían el poder realizar la aguada y, así, ese día pudieron realizar el servicio. Al día siguiente, el bravo teniente volvió a llevar a cabo la misma operación con éxito; sin embargo, el día 30 de julio ya no la pudieron realizar porque un numeroso grupo de moros se había apoderado de nuevo del cementerio. Ante tal contrariedad, los defensores de la fortaleza intentaron excavar un pozo con la intención de encontrar agua, pero cuando llevaban excavada una serie de metros la sequedad del terreno les hizo desistir. En el aeródromo los bravos defensores a resguardo en los pabellones repelían una y otra vez los ataques de un numeroso enemigo que les hostigaba día y noche.

Al siguiente día, 31 de julio, en la fortaleza los hombres que la defendían, agobiados por un calor achicharrante que agarrotaba sus labios lacerados e inflamados y respirando una atmósfera densa y bochornosa que requemaba sus pulmones, recibieron con moderada alegría la llegada de dos camiones procedentes del aeródromo con dos cubas con agua, que serviría al menos para humedecer sus resecos labios. Los recién llegados, a su vez, cargaron una caja de proyectiles de los que eran deficitarios en el puesto y que también en el fuerte empezaban a escasear, junto con algunos sacos con víveres de los que también los defensores de la alcazaba habían establecido un riguroso racionamiento. Nada más que el camión alcanzó el terraplén ferroviario, los hombres del recinto amurallado pudieron oír una fuerte descarga que acabó con la vida del conductor del camión y de su acompañante, adueñándose la morisma de toda la carga. El día 1 de agosto la guarnición del aeródromo aún pudo aguantar la embestida rifeña, pero al día siguiente, falto de municiones, el teniente Martínez Vivancos no tuvo más remedio que capitular y entregarse a los jefes rifeños.

Ese mismo día, 2 de agosto, en la alcazaba, sometidos a la acción despiadada de la sed y al abatimiento por la fatiga, los bravos defensores continuaban resistiendo los continuos ataques del enemigo. Por la tarde se presentó ante la puerta con bandera blanca el caíd Ben Chel-Ial, de la cabila de Beni bu Ifrur y jefe de los Ulat Chaib, quien solicitó hablar con el jefe de la posición española. Salieron al exterior a recibirle el teniente Dalías, el civil Jiménez Pajarero y el intérprete Rueda, y ya no volvieron. Ante la insistencia del caíd de que si no se entregaban todos serían pasados a cuchillo, el capitán Ricardo Carrasco, después de consultarlo con el resto de oficiales, alcanzó un principio de acuerdo con el jefe moro. Sobre las once horas de la mañana del día siguiente, 3 de agosto, viendo que no llegaba el teniente Dalías, que había sido enviado a Monte Arruit, de acuerdo con el jefe moro, a solicitar autorización al general Felipe Navarro para la capitulación, y ante la presencia en la puerta de un contingente importante de rifeños dispuestos al asalto, el capitán Carrasco decidió la capitulación ante la carencia absolutamente de todo y el clamor incesante de los heridos, que pedían machaconamente una solución a su insoportable situación de abandono.

Nada más entregar las armas, los hombres fueron despojados de las ropas, de los correajes, del dinero y, en general, de todo lo que los cabileños considerasen que pudiese tener algún valor. Sometidos a constantes amenazas, insultos y vejaciones, a empujones y culatazos, fueron colocados en fila y conducidos a un caserón que había por las proximidades, donde se encontraban recluidos algunos soldados con algunos colonos, mujeres y niños. Cuando a los primeros de la fila les quedaban escasos metros para alcanzar la puerta del caserón, sus guardianes se separaron y empezaron a disparar a quemarropa sobre los indefensos soldados españoles, produciendo una horrible matanza. Las gumías y los alfanjes servían para rematar a los heridos que arrastrándose intentaban escapar de aquella espantosa muerte. Algunos consiguieron tomar la dirección de Nador en una desenfrenada carrera, pero iban siendo cazados por grupos de jinetes y vilmente asesinados. Los que consiguieron entrar en el caserón fueron cobardemente acribillados junto con los que en él se encontraban y luego, aprovechando los montones de paja de un almiar cercano, aquellos salvajes prendieron fuego al habitáculo mientras danzaban y gritaban desaforadamente, disparando contra las antorchas humanas que pretendían salir de aquella casona de horror y muerte. El capitán Ricardo Carrasco, jefe de la posición, y el teniente Fernández, de la Policía indígena, fueron amarrados juntos a un poste y, colocándoles unos fardos de paja a los pies a los que prendieron fuego, empezaron a dispararles...

El 14 de octubre de ese mismo año las tropas españolas reconquistaron la alcazaba de Zeluán. Durante el avance las columnas se adentraron de nuevo por la pista del trágico desastre, caminando atribulados y a la vez indignados por un terreno cubierto de muerte y de desolación. En un entorno de calor agobiante y de bochorno insoportable, a un lado y otro del recorrido aparecían cuerpos putrefactos de los compañeros que intentaron escapar de aquel infierno. Cuerpos que presentaban señales de haber sufrido terribles mutilaciones. Los legionarios, con los regulares y otros infantes, emprendieron la humanitaria labor de dar sepultura a los restos de aquellos desgraciados, que desprendían un nauseabundo olor. El general Miguel Cabanellas, desde la misma alcazaba y acompañado de otros jefes militares, escribió una carta dirigida a las Juntas de Defensa: "Acabamos de ocupar Zeluán, donde hemos enterrado quinientos cadáveres de oficiales y soldados. Estos y los de Monte Arruit se defendieron lo bastante para ser salvados. El no tener el país unos millares de soldados organizados les hizo sucumbir. Ante estos cuadros de horror no puedo por menos que enviar a ustedes mis más duras censuras. Creo a ustedes los primeros responsables... Han vivido ustedes gracias a la cobardía de ciertas clases que jamás compartí. Que la Historia y los deudos de estos mártires hagan con ustedes la justicia que se merecen...".

Fueron miles y miles los soldados españoles que dejaron su vida en aquellas tierras del norte de África en la defensa de los compromisos adquiridos por España (Conferencia de Algeciras de 1906). Y fueron cientos y cientos de familias españolas las integradas en las villas y ciudades que se fueron levantando en el territorio controlado por España (Protectorado) las que, conviviendo en paz y armonía con los pobladores del Rif, dejaron su impronta de su buen saber y su buen hacer en beneficio de otros hombres y mujeres que tan necesitados estaban de salir de la pobreza y de la indigencia que les atosigaban desde su más tierna infancia. Y fueron muchos los que allí dejaron sus vidas y hoy reposan con la satisfacción del deber cumplido en los cementerios de Nador, de Monte Arruit, de Zeluán, de Larache, de Tetuán, de Ceuta o de Melilla
Nuestro reconocimiento y nuestro agradecimiento.

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Zeluán 1921
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Zeluán 2017


2017 07 24, 9:31
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército

24 de julio de 1921
Calor abrasador en el norte de África.
Es lo que menos preocupa a los 400 de los nuestros que esperan armados la inminente llegada de los moros.

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Hace días que se acabaron las provisiones y lo siguiente en llevarse a la boca es la carne de un caballo que han sacrificado, al fin y al cabo otro héroe
más de los nuestros aquellos días...
Los 400 españoles defendían Zeluán como podían, a parte de la comida la sed era ya algo muy preocupante, pero no quedaba otra que aguantar, ya
que caer supondría dejar a merced de la morisma a las mujeres y a los niños, y ya sabemos lo que les ocurriría...
Así se soportan los días, tiros, hambre, sed, sangre y honra... resisten, los nuestros resisten, tanto que finalmente el líder cabileño propone que si se
rinden dejarán que todos se vayan a Melilla y no asesinarían a ninguno de los civiles.

El capitán Ricardo Carrasco manda a regañadientes al teniente Dalías a parlamentar y el día 3 se entregan las armas.

El infierno...

Nada más entregar las armas nuestros soldados son robados, desnudados y fusilados.
Los que consiguieron refugiarse en el caserón, quemados vivos.
Los civiles, aniquilados en el interior de la alcazaba.
El capitán y el teniente, atados juntos y quemados vivos...
Ese fue el triste, injusto, cobarde y cruel final de tan bravos soldados, traicionados y abandonados por nuestro gobierno.

Por siempre seréis recordados, porque siempre grabados en nuestro recuerdo estaréis luchando mauser en mano bajo el sol abrasador, valientes y
orgullosos...

Y a vosotros cobardes, nunca seréis perdonados, podrán pasar los años, pero no olvidamos, porque sois y siempre seréis, nuestro enemigo eterno.


2017 11 19, 6:17
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército
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En primer término,la famosa Alcazaba de Zeluán .


2018 02 07, 8:36
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército

Los Reyes visitaron Zeluan el 8 de octubre de 1927, donde fueron acogidos por unos doce mil rifeños.
A la entrada del pueblo se había instalado un soberbio arco engalanado con banderas españolas y una
inscripción en la que se leía "El poblado de Zeluan a SS.MM.". Tras la celebración correspondiente, se
les entregaron regalos de las cabilas, figurando entre los obsequios tres caballos y ocho camellos que
portaban en su lomo otros regalos.

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En la foto de Díaz Casariego vemos dos de los camellos.


2018 04 01, 8:06
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El poblado de Zeluán, en una foto de 1921 , antes de ser destruido por los rifeños. (Lázaro)


2018 05 24, 7:38
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El infierno de los héroes españoles que defendieron Melilla: «Guisamos caballo y perro»


El alférez Juan Maroto y Pérez del Pulgar detalló en un diario las duras privaciones que tuvieron que pasar sus
hombres en el aeródromo de Zeluán


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La defensa de Zeluán, una ciudad ubicada a pocos kilómetros de Melilla, tras el Desastre de Annual es una de las muchas epopeyas
de nuestro pasado que hemos pasado de puntillas. Es cierto que apenas se extendió una semana (del 23 de julio al 4 de agosto,
cuando cayó en manos rifeñas); sin embargo, las penurias que vivieron en su interior los soldados españoles son dignas de figurar
en lo más alto de los libros de historia. El vivo ejemplo de ello fue el extenso testimonio que dejó sobre blanco el alférez Juan Maroto
y Pérez del Pulgar, encargado de resistir en el aeródromo de la urbe hasta la llegada de refuerzos.

Transcrito por el divulgador y militar Luis Miguel Francisco en su obra «Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en la
defensa de Annual», el testimonio pone de relieve el hambre, la sed y, sobre todo, el pavor que conquistó a los soldados peninsulares
aquellas jornadas en las que parecía que España entera se desmoronaba ante el subestimado poder rifeño. «Uno de los días que no
teníamos nada que comer se guisó un perro y un aguilucho, que era la mascota del aeródromo», explicó el soldado en su texto.
Cada hora que combatían, no obstante, era una hora más que daban de respiro a Melilla, siguiente parada del enemigo.

Hacia el aeródromo

El 17 de julio de 1921, después de un alocado y desorganizado avance hacia el corazón del Rif desde Melilla para aplastar a la resistencia
rifeña, el líder cabileño Abd El-Krim lanzó un ataque contra la posición rojigualda en Igueriben (una de las más adelantas).
Después de que los españoles fueran pasados a cuchillo, los nativos llamaron a las puertas del campamento de Annual (más de 100
kilómetros al oeste de Melilla), un lugar en el que se agolpaban unos 5.000 combatientes de nuestro país. El general Manuel Fernández
Silvestre, sabedor de que poco podían hacer, tocó a retirada y se generalizó la locura.


Así fue el avance que provocó el Desastre de Annual

Miles de hombres fallecieron. A la mayoría no les importó pasar por encima de sus compañeros dañados para salvarse. Los heridos
fueron abandonados; los muertos, olvidados; y los lentos, dejados atrás para que los rematasen los rifeños. De nada sirvió que
Silvestre saliera con miles de combatientes para apuntalar la huida. Aquellas jornadas fallecieron unos 10.000 soldados españoles y
otros tantos fueron capturados. Se había sucedido el denominado Desastre de Annual. Una batalla que hizo recaer la vergüenza
sobre España y que provocó que el resto de posiciones defensivas con la bandera rojigualda quedasen solas y desamparadas ante
los rifeños.

El día 22, hasta la ciudad de Zeluán empezaron a llegar una ingente cantidad de heridos. Tal y como afirma Vicente Pedro Colomar-
Cerrada (autor de «Primo de Rivera contra Abd El-Krim» y «Annual en el recuerdo. Zeluán, una masacre olvidada» -artículo al que
nos ha remitido el propio autor-), aquel día pisaron el suelo del aeródromo y la Alcazaba hombres terriblemente cansados y
aterrorizados, así como jamelgos cuyo jinete había sido masacrado por los rifeños durante la huida. El sofocante calor, sumado al
clima de desesperación generado por la muerte de miles y miles de compañeros, no ayudó a calmar los ánimos de unos defensores
que sabían que, tarde o temprano, tendrían que hacer frente a los enemigos de España.


2020 12 30, 12:48
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Un sacerdote ayuda a recoger a heridos y muertos tras el Desastre de Annual

Uno de los que arribó a la posición buscando muros tras los que resguardarse fue el oficial segundo veterinario Enrique Ortiz, destinado en Annual. Así narró el periódico ABC su heroico combate contra los rifeños en primera línea de desierto en un artículo publicado el 23 de octubre de 1921: «Don Enrique Ortiz, destacado con fuerzas indígenas en la primera línea de posiciones, luchó denodado en una retirada épica. Se vio acorralado por un núcleo de enemigos, que le arrebataron su pistola. Continuó defendiéndose briosamente, y consiguió llegar con un resto exiguo de la fracción de que formaba parte a Zeluán». Fue uno de muchos.

Preparando las defensas
El testimonio del alférez Juan Maroto y Pérez del Pulgar es, a la par, una fuente única y estremecedora de las precarias e infames condiciones que padecieron los defensores de Zeluán durante las semanas en las que resistieron, sitiados, los continuos asaltos de los hombres del líder cabileño Abd el-Krim.

Maroto arribó con sus hombres a la Alcazaba de Zeluán el 23 de julio de 1921, una jornada después de que iniciara la retirada con sus hombres desde Annual. Desde ese punto recibió órdenes de avanzar un poco más, atravesar la ciudad y posicionarse en el aeródromo. Allí se presentó ante su superior, el teniente de infantería Manuel Martínez Vivancos. Ambos dirigieron la organización de las defensas, la protección del depósito de bombas (que se reforzó con bidones y sacos terreros para evitar una explosión accidental) y la distribución de las fuerzas para la larga batalla que, sabían, se avecinaba.

«Una vez en el aeródromo se distribuyeron las fuerzas allí existentes y las que yo había llevado entre los tres pabellones laterales, estableciéndose la defensa principal en la azotea colocada encima del hangar, que tenía un parapeto de unos 65 centímetros de altura, pues el resto del edificio era atravesado por las balas enemigas, por ser sus tabiques de los llamados panderetes y las puertas y las ventanas de madera».

¿Quién era Abd el-Krim?]

La fiesta comenzó ese mismo día, cuando los rifeños emplazados en las lomas cercanas iniciaron un torrente de fuego sobre los soldados españoles que intentaban asegurar las defensas del aeródromo de Zeluán. Muchos de ellos, «asistentes, mecánicos, carpinteros o fotógrafos»; personas que jamás hubieran imaginado hallarse en mitad de aquel infierno. Nerviosos, estos poco instruidos combatientes cometieron el error de devolver los disparos a los soldados de Abd el-Krim; craso error, pues apenas disponían de cuatro mil cartuchos para resistir hasta la llegada de los refuerzos que, suponían, se organizaban desde la Península.

Privaciones y guerra psicológica

Las primeras jornadas de defensa fueron las peores para los españoles. Soldados, cabos, sargentos… Muchos, más allá de su escalafón e importancia en el mando, perdieron los nervios y «la moral», como explicó el mismo Maroto. «El sargento Vallejo, de las fuerzas del aeródromo, al ver que los moros prendían fuego a su casa del poblado, perdió el espíritu y rompió a llorar». Como el desánimo se contagió a algunos de los compañeros ubicados en los pabellones exteriores, nuestro cronista no tuvo más remedio que amenazarle «con pegarle un tiro si no reaccionaba». Otro, un tal Sandoval (hasta entonces, fotógrafo), pasó encañonado toda la noche para evitar que desmotivara al resto. Medidas desesperadas para situaciones igual de precarias.

El miedo fue el primer enemigo, seguido después por el hambre. «No tuvimos más víveres estos días que unos dieciocho o veinte huevos, que distribuimos entre la tropa, y dos latas de melocotón entre los sargentos y nosotros». Hasta el 2 de agosto, cuando se asumió que todo estaba perdido, solo comieron de forma decente en una ocasión: cuando varios jinetes aliados se refugiaron dentro de sus posiciones en mitad de la noche. Al día siguiente se dieron un festín… «Lo avanzado de la hora no permitió preparar el rancho de caballo, pero la esperanza de que en cuanto amaneciese se haría hizo que no sintiésemos tanta hambre».
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Solemne instante de ser izada la bandera española sobre las puertas de la Alcazaba de Zelúan

Otra jornada no quedó más remedio que dar buena cuenta de otro tipo de carne. «Uno de los días que no teníamos nada que comer se guisó un perro y un aguilucho, que era la mascota del aeródromo, el perro si mal no recuerdo era de Fernández de Castro, presidente de la Compañía Colonizadora».

En pleno julio, el agua era también un bien muy escaso. Ahogados, los soldados llegaron al extremo de «aprovechar el agua que caía de los radiadores» de los aviones del aeródromo para refrescarse, si es que puede llamarse así, cuando estos «quedaron acribillados a balazos» por el fuego enemigo. La única alternativa para apagar la sed era el aljibe, a tiro de los rifeños y una trampa mortal.

«El sargento Vallejo, de las fuerzas del aeródromo, al ver que los moros prendían fuego a su casa del poblado, perdió el espíritu y rompió a llorar»

A todas estas dificultades se sumaron los insultos y las chanzas, lanzadas a gritos desde el exterior del aeródromo, por los rifeños. «Paisas, ya venir machina para ir a Melilla», repetían con ironía. Entre risas, los enemigos atacaban una y otra vez los depósitos de bombas españoles con el único objetivo de conseguir que saltaran por los aires. «Prendieron también fuego a unos almiares de paja cercanos al aeródromo, con intención de que estallase, pero la providencia quiso que cambiase el viento y no se realizase su cruel intento».


2021 01 04, 9:41
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército
Día a día

El día a día, la vida dentro del aeródromo, pasó también a convertirse en una pesadilla. Acciones habituales como aliviarse la vejiga se transformaron en una verdadera yincana imposible por culpa de los continuos disparos enemigos. Los tiradores ubicados en la azotea del hangar, por ejemplo, se vieron obligados a hacer sus necesidades en la misma zona que defendían ya que, al desplazarse para ir hasta las letrinas, eran tiroteados sin piedad. Eso hacía que, cuando las balas abrían agujeros en el tejado, los deshechos cayesen sobre sus compañeros.

Llevar la comida hasta el tejado fue otro de los retos diarios:

«Como la cocina estaba en uno de los pabellones aislados, hubo que proceder al traslado del utensilio para condimentar el rancho, pudiendo conseguir, tras grandes esfuerzos, y valiéndose de cuerdas, pasar de un lado a otro lo más elemental, por ser imposible del todo atravesar el callejón, por estar este batido por fuego enemigo, y haber costado dicho trabajo varios heridos y la muerte del ranchero. […] En estas operaciones se distinguió el soldado del Alcántara, Dionisio Giménez Gómez, conocido entre sus compañeros como el gitano por ser este su origen, que, al morir, el ranchero, hizo sus veces. El mismo soldado en varias ocasiones tocó la guitarra a pesar del fuego enemigo para levantar el ánimo de sus compañeros».

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Aeródromo de Zeluán

La comunicación con el resto de posiciones defensivas era casi inexistente, y lo mismo sucedía con el posible intercambio de comida y agua con ellas. Valga como ejemplo que, a pesar de la falta que tenían del líquido elemento, el 28 de julio recibieron un mensaje garabateado a mano del jefe de la Alcazaba. «Yo no puedo enviar por ahora nada, pero por cada cubo de agua que se me envíe, devolveré un borrego». Como buenos hermanos, los de Maroto dividieron la poca de la que disponían y se la hicieron llegar, aunque no sin dificultad.

Por descontado, las enfermedades se multiplicaron entre los defensores. Entre otras cosas, por culpa de la descomposición de los cadáveres que se amontonaban en la azotea hasta que eran enterrados. «Los heridos se quejaban sin que pudiesen ser atendidos, con heridas comenzando a infectarse y demacrados por la fatiga». El paludismo y una inmensa plaga de mosquitos terminó de redondear aquel infierno. Casi se podría decir que padecieron las doce plagas de Zeluán.


2021 01 04, 9:45
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército
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Hoy recordamos al teniente de Infantería D. Tomás Pérez Andrade perteneciente a la
segunda compañía del regimiento Ceriñola ,caído en Zeluán el tres de agosto de 1921
en la masacre posterior a la rendición de la plaza, la mayoría de los hombres murieron
y jamás se pudo reconocer los restos de éste, sus padres nunca perdieron la esperanza
de que volviese algún día. Meses después, el periodista Fernando Periquet Zuaznábar
entrevisto a sus padres, residentes en Madrid. La frase proveniente de esta entrevista
refleja el dolor de los familiares de los desaparecidos.

“Le esperaremos siempre, siempre, siempre, aunque vivamos diez años, ciento, mil.
Si eternos fuéramos, le esperaríamos eternamente”.


2021 08 05, 10:59
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército
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Jefe, oficiales, portaguion y legionarios tras ocupar Zeluán.
Comandante Fontanes y el portaguion del Aguila del Cesar, el Duque de Montemar
19 de Marzo de 1.922.

Fontanes fue el primer Comandante de la Legión fallecido en acción de guerra.
En la Ocupación de Ambar, distinguidísima fue la actuación del Comandante Jefe de la IIª Bandera de La Legión
D. Carlos Rodriguez Fontanes.
En la última fase del combate, cuando dirigía personalmente a sus Legionarios y se acercaba para auxiliar y
animar a un Legionario de los muchos que caían en aquel momento recibió una herida gravísima en el vientre.
El Cabo Legionario D. Damian de Blanco de Benito, cuando mayor era la intensidad del fuego enemigo, marchó
inmediatamente a recogerlo ayudado por los Legionarios D. Juan Ortiz Exposito y D. Pedro Cano.
Fue retirado a la posición principal merced a la serenidad que, en todo momento, demostró.
Falleció en la misma posición al amanecer del día del combate.
Dejó nueve huérfanos, era viudo, y su hermana, que era la que cuidaba a sus hijos también había fallecido hacia
poco tiempo.

Fuente Coloreando la historia.


2021 08 05, 11:05
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Mensaje sin leer Re: Zeluán el asedio del ejército

Tragedia en Zeluán.

Tal día como hoy llega el final de la resistencia hispana, el aeródromo falto de agua y municiones ya ha caido,
quince jinetes del Alcántara han caído y de los otros quince solo el soldado Martinez Vivancos en muy difícil
circunstancias salvará su vida, ya que los rifeños los rodean cuando se dirigen a Nador y los matan a tiros y
gumiazos.
La Alcazaba cae el día tres de agosto, el capitán Carrasco ha perdido cien hombres de los cuatrocientos que
disponía, en medio del heroísmo se produce un hecho infame, el intendente Leompart escondería el agua y la
vendería a los soldados, tres bidones fueron encontrados por el soldado Gamez el día de la rendición, aunque
el soldado Leompart encontraría la muerte en la evacuación.
El capitán presentia lo que le iba a ocurrir, antes de la rendición con Hammu hijo y la harka de Ben Che-lal accede
a que salgan las familias de los policías indigena, Carrasco y el teniente Fernández Pérez son apartados, al capitán
lo insultan, golpean, vejan y torturan metiéndole trapos en la boca, después lo tirotean y queman su cuerpo. A
Fernández después de desnudarlo, lo abrieron en canal con una gumia. Los soldados fueron llevados al corral de
La Ina, allí fueron fusilados, colgados de los muros y quemados, el soldado Juan Gamez, el que descubrió la tropelía
de Leompart consiguio en un desesperado ejercicio de supervivencia llegar a Melilla y contar lo ocurrido.
Otros huirán por la carretera de Nador, pero allí estaba Hammu, el de Segangan con gente a caballo, persiguiendo
y asesinando a los que pudo alcanzar.

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