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Cuando el Oeste americano era español 
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La Batalla de Cuerno Verde: cuando el Oeste era español.
La vida de Juan Bautista de Anza.

Cuando hablamos del Oeste, todos evocamos el mismo concepto, sin que haya lugar a dudas pese a lo vano del término. A nuestras cabezas vienen imágenes de rudos vaqueros, sheriffs de expresión adusta y mirada honesta, pistoleros tan crueles como eficaces, ricos ganaderos ávidos de tierras, soldados de la caballería cubiertos de polvo y fieros indios, a veces nobles y otras salvajes. El cine ha inmortalizado el oeste americano hasta convertirlo en el Oeste por antonomasia. Obras maestras que no quiero perder la ocasión de citar, como Centauros del Desierto, Río Bravo, La Diligencia, Los Siete Magníficos, Murieron con las Botas Puestas o La Legión Invencible, han creado el mito del Far West, en torno al cual se ha formado una auténtica mitología -pues tiene mucho más de mitología que de Historia-, quizá la mitología del pueblo americano.

Así, las grandes llanuras del sur y el oeste de Norteamérica han pasado a formar parte del imaginario colectivo indisolublemente unidas a las películas de indios, vaqueros y soldados. Pero cuando los primeros americanos se adentraron en estas tierras, hacía tiempo que habían sido ya holladas por los indómitos castellanos. Antes de que llegasen los colonos anglosajones en sus caravanas de carromatos, los españoles ya habían levantado iglesias, pueblos y ciudades; antes de que la caballería yanqui patrullase al son de Garry Owen, los dragones de cuera del virreinato de Nueva España ya habían recorrido esas sendas, antes de que se erigiesen los fuertes americanos, los presidios ya habían dominado las planicies y antes de que navajos, apaches y comanches se enfrentasen con los Estados Unidos, ya habían librado sangrientos combates contra las tropas del Rey de España.
Es un episodio de esta otra historia, que se pierde en el olvido y la indiferencia, el que hoy nos atañe, concretamente la Batalla de Cuerno Verde, que como verá el lector hubiese dado para una espléndida película en manos del maestro John Ford.

Los confines del Imperio Español

Tras la conquista de Tenochtitlan por Hernán Cortés en 1521, España organizó el inmenso territorio conquistado en Centroamérica, naciendo el Virreinato de la Nueva España. Desde el principio los españoles tuvieron que luchar por establecer la autoridad del virrey, tanto sofocando revueltas y sometiendo focos de resistencia indígena como frenando los ataques de los pueblos indios del norte, los bárbaros chichimecas que ya había hostigado al Imperio Azteca. Precisamente fueron estos pueblos de primitivos nómadas dedicados al saqueo los que llevaron a España a tomar medidas: para defender toda la frontera norteña del virreinato se estableció una línea de fuertes que controlasen y contuviesen a los chichimecas, una reinvención del limes germano que diseñó Augusto en el siglo I. Los españoles llamaron a estos fuertes presidios. Allí donde las leyes del rey no significaban nada y la justicia española no podía llegar, el presidio se alzaba para recordar que aquellas tierras eran parte del Imperio Español.

Con el tiempo, los chichimecas fueron derrotados y sometidos y la civilización llegó a su territorio, pero no por ello los presidios habían terminado su función. La línea se adelantó hacia el norte y los soldados españoles siguieron cumpliendo su cometido de guardianes de los límites del Imperio. A lo largo de los años, el avance español continuo y la línea fue ascendiendo, dejando siempre tras de sí unas tierras habitables y seguras y manteniendo enfrente el vacío salvaje de las grandes llanuras, nunca exploradas por el hombre blanco.

En el siglo XVIII la situación de España en el complejo juego de estrategia europeo había cambiado radicalmente, pero para los hombres de la frontera todo seguía igual. En aquellos días la línea de presidios había llegado a lo que es hoy suelo estadounidense, extendiéndose a lo largo de miles de kilómetros de inhóspitas sierras y desiertos desde California hasta Tejas. Allí donde terminaba el Imperio Español y, por ende, la civilización, solo unos pocos se atrevían a establecerse. Los que lo hacían tenían que vivir en una lucha constante contra la dureza de la tierra y el clima, la enfermedad, el hambre y las incursiones de los indios hostiles. En un imperio que se extendía por todas las Americas, parte de Europa, el norte de África y algunas islas en Asia, los colonos tenían las más de las veces, que arreglárselas solos. Como siempre, los primeros fueron los incansables misioneros, la avanzadilla de la colonización española, y tras ellos llegaron los soldados. Pronto aparecieron en las estepas las siluetas de pequeñas misiones y presidios de adobe. Algunos colonos a los que su búsqueda de un futuro prometedor había conducido a aquel remoto lugar levantaron los primeros pueblos. No obstante, entre un asentamiento español y otro podía haber cientos de kilómetros de desierto.

Los escasos soldados españoles eran la única representación de la autoridad en mitad de la nada, encargados de proteger un terreno enorme y prácticamente inexplorado. Para desempeñar esta misión, se creo una unidad especial del ejército español: los dragones de cuera. Como los dragones que servían en las guerras de Europa, eran soldados de caballería con capacidad para desmontar y luchar como infantes, pero ahí acababan las similitudes. Usaban unos chalecos largos hechos de siete capas de piel que ofrecían una protección maravillosa contra las primitivas armas de los indios, las llamadas cueras de las que toman su nombre. En cuanto su armamento, estaba diseñado especialmente para el tipo de guerra en el que luchaban. Frente a las colosales batallas de formaciones cerradas propias de la época, en la frontera norte de Nueva España los dragones de cuera se enfrentaban a pequeñas escaramuzas con partidas de indios en las que primaba la velocidad y la versatilidad. Por ello portaban un equipo multiusos: espada, escopeta, dos pistolas, lanza de caballería y un pequeño escudo (las típicamente españolas adargas ovaladas o rodelas circulares), además de tener cada uno a su disposición seis caballos y una mula. Los dragones de cuera eran, pues, tropas altamente especializadas y es que su escaso número les obligaba a cumplir las funciones de al menos tres soldados normales. La guarnición de cada presidio se componía de una compañía, es decir un capitán, un teniente, un alférez, un sargento, dos cabos, un capellán y cuarenta soldados, a los que se asignaba una decena de rastreadores indios de las tribus aliadas. En la mayoría de los casos esta reducida unidad tenía que actuar de forma independiente cubriendo terrenos de cientos de kilómetros. En 1780 se alcanzó el máximo de solados españoles en activo destacados en la frontera, contabilizándose 1.495 dragones, pero durante la mayor parte de la historia del virreinato apenas alcanzaron los 600 de una costa a la otra del continente. En casos de amenazas especiales es cierto que el virrey podía enviar tropas de refuerzo y a menudo en las poblaciones más importantes, como Santa Fe, se acantonaban unidades de infantería, pero generalmente estas se reservaban para campañas y el peso de la guerra día a día en la frontera recaía sobre las compañías presidiales de dragones de cuera.

En 1771 se estableció definitivamente una línea de 13 presidios desde Altar, en Sonora, hasta Espíritu Santo, en Tejas. Al norte de esta línea quedaban dos puntas de lanza en mitad del territorio salvaje: Santa Fe, en Nuevo Méjico, y San Antonio de Béjar, en Tejas. El mantenimiento de la frontera con tan escasos efectivos fue posible gracias a la colaboración de los nativos. Los españoles eran una minoría representada principalmente por los soldados, los misioneros y los cargos administrativos, aparte de un pequeño número de colonos establecidos en ranchos o diseminados por las poblaciones, mientras la mayoría de la población la componían los indios amigos. En tiempos de guerra se reclutaban unidades auxiliares de entre las tribus, aparte de los exploradores que servían permanentemente en el ejército. Hasta finales del siglo XVII la convivencia fue difícil, salpicada de conflictos e incluso grandes revueltas como la de los indios pueblo en 1680, pero a partir del siglo XVIII la mayoría de las tribus que habitaban en los dominios españoles se sometieron sin problemas. Este cambio de actitud se debió al surgimiento de una nueva amenaza tanto para unos como para otros. Muchas tribus de nómadas de las grandes llanuras del norte emigraron hacia regiones más meridionales, empujados en parte por la colonización británica y francesa de la costa este. Estos pueblos se convirtieron en incursores dedicados a saquear los poblados de las tribus del sur. Ante estos temibles enemigos, los indios del virreinato aceptaron la dominación a cambio de la protección del ejército español.

Los comanches y los españoles

De entre todas las tribus que llegaron del norte sembrando el caos en la frontera del virreinato los más numerosos, feroces y temidos eran los comanches. Originarios del oeste de las Montañas Rocosas, los comanches abandonaron este territorio en busca de caza más abundante y cruzaron las sierras hasta llegar a las grandes llanuras en el siglo XV. Allí se establecieron como pueblo nómada que vivía de la caza del bisonte, en grupos pequeños y muy dispersos de base familiar. Desde el primer momento el rasgo característico de los comanches fue su agresividad y su espíritu guerrero. Durante su migración lucharon contra cuantas tribus encontraron en su camino y ya asentados en las llanuras se dedicaron a saquear las tierras de sus vecinos. Hasta tal punto es así que si bien ellos se llamaban a sí mismos Numunuu -las personas-, los indios utes les llamaron kohmahts -los que nos atacan-, de donde deriva el nombre español comanches. El historiador y militar español Pedro Pino decía en 1812:
“Ninguna de las demás naciones se atreve a medir sus fuerzas con la comanche; aun aliados han sido vencidos repetidas veces; [el comanche] no admite cuartel ni lo da a los vencidos.”

Los comanches atacaban en partidas, generalmente de número reducido, y usaban la lanza y, sobre todo, el arco, con el que eran maestros. Pocos pueblos se aprovecharon tan bien de la introducción de los caballos en América por parte de los españoles como los comanches. En apenas un siglo toda su cultura giraba alrededor de este animal. Criaban ponis pequeños y ligeros y los usaban para cazar, para desplazarse y, por supuesto, para atacar. Los españoles los consideraban los mejores jinetes de las grandes llanuras.

A principios del siglo XVIII, los comanches emprendieron una nueva migración más hacia el sur. Los motivos solo pueden suponerse; tal vez buscasen los tan imprescindibles caballos que los españoles tenían en gran número, tal vez las otras tribus les expulsaron hartas de sus saqueos y es probable que el empuje de la colonización británica y francesa en la costa este jugase también un papel importante. El caso es que los comanches avanzaron hacia el sur, guerreando con las tribus que hallaban, entre ellas los apaches, con los que mantuvieron un brutal conflicto que terminó en la casi aniquilación de los apaches en la batalla del Gran Cerro del Fiero y la huida de los supervivientes hacia tierras españolas. Expulsados sus antiguos dueños, los comanches ocuparon una enorme región baldía que ocupaba el actual estado de Oklahoma, el este de Nuevo México, el sudeste de Colorado y Kansas y el este de Tejas. Este territorio fue llamado por los españoles la Comanchería, una inmensa extensión de tierra casi deshabitada, justo frente a la línea de presidios española, que todas las demás tribus rehuían.

El primer contacto de los comanches con los europeos del que se tiene noticia ocurrió en 1716, en la provincia española de Nuevo Méjico (actual estado de Nuevo Méjico). Aprovechando que el gobernador Martínez estaba en el oeste luchando contra los moquis, atacaron Taos, el pueblo español más al norte y último puesto civilizado antes de las tierras salvajes. Pese al factor sorpresa, fueron derrotados por el capitán Serna, que capturó a varios de ellos, junto con algunos indios utes que habían ayudado a los comanches. Desde ese momento, las incursiones contra los pueblos aliados, los ranchos de colonos o incluso poblaciones españolas se sucedieron una tras otra con la crueldad inconfundible de los comanches, que pronto fueron considerados la principal amenaza por parte de las autoridades españolas. Generalmente los ataques eran de poca entidad, pero casi siempre incluían algún asesinato y, lo que es más, el rapto de mujeres que daría pie a John Ford para su obra maestraCentauros del Desierto. En estos casos, lo habitual era que desde el presidio más cercano un cabo saliese a golpe tendido con una decena de dragones de cuera en pos de los indios, persiguiéndoles hasta su propio territorio para darles caza. Estas persecuciones fueron innumerables a lo largo de las guerras contra los comanches y tenían como objetivo demostrar que toda incursión en el virreinato implicaba irremediablemente un castigo; al principio los españoles solían capturar a los indios, pero conforme se recrudeció el conflicto se optó por emplear métodos más disuasivos y los dragones de cuera no cejaban hasta dar muerte a la partida y volver con sus cabelleras.

A partir de 1745 los ataques aumentaron en intensidad y frecuencia y los comanches venían ahora equipados con armas de fuego que los comerciantes franceses les vendían a cambio de caballos españoles. Taos, Galisteo, Pecos y otros pequeños asentamientos alejados sufrieron repetidos ataques mientras el odio hacia los comanches se iba arraigando más y más entre los españoles y sus aliados indios. Varias expediciones partieron desde Nuevo Méjico a las órdenes de sucesivos gobernadores internándose en la Comanchería para escarmentar a los “bárbaros impíos”, pero la mayoría era incapaces de dar alcance a los comanches en la inmensidad de ese territorio que ellos conocían tan bien. En 1748, el gobernador Codallos, con 500 soldados y algunos auxiliares indios, sorprendió a una gran partida en Abiquiú y mató a 107 comanches, capturando a otros 206. Pensando que con esta victoria había doblegado a los belicosos salvajes, inició negociaciones con ellos y les invitó a asistir anualmente a la feria de Taos. Una junta convocada en Santa Fe por el virrey decidió estimular el comercio con los comanches en dicha población, pensando que así podrían ser convertidos por los misioneros. Los comanches no entendieron del mismo modo la idea y si bien participaron activamente en la feria vendiendo pieles y carne, no dejaron por ello de atacar a los españoles. El resultado fue que en diciembre de 1760 una reducida fuerza militar a las órdenes del gobernador Urrisola les prohibió el paso a la feria y tras una escalada de tensión se desencadenó un brutal combate que dejó a 400 comanches sobre el terreno. Quedaba claro que negociar con los comanches era inútil.

Las escaramuzas, incursiones y persecuciones se sucedieron hasta el año 1777. A Santa Fe empezaron a llegar informes sobre un líder comanche al que llamaban Cuerno Verde por la cornamenta de búfalo que utilizaba como tocado. Había logrado reunir en torno a si una de partida de leales de considerable número y gozaba de una enorme influencia entre los comanches por su fama de guerrero bravo. Su nombre auténtico era Tabivo Naritgant -Hombre Peligroso- y era hijo de otro jefe también llamado Cuerno Verde al que habían matado los españoles en el ataque comanche a Ojo Caliente en 1768. Odiaba a los españoles y dirigió una serie de ataques que, incluso entre los comanches, llamaban la atención por su audacia y crueldad. Ese año el pequeño pueblo de Tomé fue atacado por los comanches y cuando, tras oír los rumores, el sacerdote de Alburquerque se acercó al pueblo descubrió horrorizado que los indios habían matado hasta al último hombre. Este brutal ataque, el más sangriento de todos los que hay registrados, tuvo una respuesta inmediata por parte de los españoles. A las órdenes del veterano militar don Carlos Fernández, un contingente español de tropas presidiales alcanzó una gran partida de comanches a las órdenes de Cuerno Verde cerca de la localidad de Antón Chico y con las primeras luces del día atacó el campamento. El combate se prolongó todo el día y al atardecer don Carlos había hecho cientos de prisioneros y acabado con otros tantos comanches, pero Cuerno Verde y muchos de sus guerreros lograron escapar[2][2]. El resultado fue desastroso para la nación comanche, pero la reputación de Cuerno Verde entre los suyos no se vio perjudicada, sino todo lo contrario. Había combatido con un valor casi suicida y había plantado cara a los soldados españoles cuando lo normal entre los comanches era evitar la lucha con los militares. El jefe incluso aprovechó la derrota para inflamar a se gente con deseos de venganza y como los comanches eran un pueblo tenaz y altivo pronto se le unieron varias partidas de jóvenes guerreros dispuestos a hacer pagar a los españoles su victoria.

Pese a las sucesivas derrotas, los comanches parecían siempre dispuestos a volver y el virrey de Nueva España decidió atajar de una vez el problema de la frontera norte. Hacía falta dar un golpe a los salvajes del que ni ellos pudiesen recuperarse. Afortunadamente, tenía al hombre adecuado.
Juan Bautista de Anza y la caza de Cuerno Verde

En 1736, en la población de Fronteras, provincia de Sonora (que englobaba las actuales Sonora, en Méjico, y Arizona, en Estados Unidos) nació Juan Bautista de Anza. Por rama paterna tenía ascendencia vasca, de Guipúzcoa, y su familia materna era de militares asentados hacía varias generaciones en América. Tanto su padre como su abuelo eran oficiales del ejército español destacado en el norte de Nueva España. Con solo cinco años quedo huérfano de padre por una emboscada de los apaches. Como no podía ser de otra forma, el joven se alistó en cuanto tuvo edad en los dragones de cuera y en 1754 fue nombrado cadete de la caballería presidial. Ascendió a teniente dos años después y en 1759 fue nombrado capitán del presidio de San Ignacio de Tubac (actual Arizona). El 24 de junio de 1761 se casó con Ana María Pérez Serrano en Arizpe, Sonora. Por aquel entonces ya era un reconocido oficial con experiencia en la guerra fronteriza, pero sería entre 1766 y 1773 cuando alcanzaría renombre en las campañas contra los apaches y los indios seris, en las cuales también consiguió ser herido cuatro veces. Pacificada Sonora y con una reputación labrada, Anza decidió cumplir el sueño que su padre no había podido realizar: encontrar una ruta que permitiese la colonización de la costa oeste de Norteamérica. En las últimas décadas los españoles habían hecho esfuerzos por hacer efectiva sus soberanía sobre las tierras comprendidas entre el sur de California y Alaska sin mucho éxito. Apenas un puñado de misiones y presidios vigilaban aquel extenso territorio y solo podían comunicarse por mar pues no había rutas ni mapas sobre el agreste y peligroso interior. Además, se rumoreaba que los rusos estaban asentándose en Alaska e incluso más al sur y que los piratas ingleses tenían puertos en la costa inexplorada. El gobernador dio permiso a Anza para recorrer la costa oeste subiendo desde California para asegurar el dominio español de la zona. Tras un primer viaje de exploración, el militar dirigió a más de 300 colonos en una famosa expedición que consiguió establecer relaciones con las tribus nativas, cartografiar y crear rutas seguras y comunicar por tierra los emplazamientos avanzados españoles. Anza llegó hasta la Bahía de San Francisco y fundó una misión, núcleo de la ciudad actual.

A su vuelta de la exitosa expedición, el virrey recompensó a Anza con el comprometido puesto de gobernador de Nuevo Méjico. A finales de 1778 llegó a la capital de su nueva provincia, Santa Fe, con instrucciones precisas: debía acabar con la amenaza comanche. Para satisfacción de todos los sufridos oficiales de las guarniciones de Nuevo Méjico, el nuevo gobernador era un militar de frontera con las ideas claras y apenas llegó les anunció que su intención era perseguir a Cuerno Verde y que no se dedicaría a otros asuntos hasta verle colgado frente al Palacio de los Gobernadores. Los mensajeros partieron a todos los presidios para que redujesen su guarnición al mínimo y se uniesen al gobernador con cuantos efectivos pudieran.
Anza salió de Santa Fe a las tres de la tarde del 15 de agosto de 1779 y al día siguiente se le unieron las tropas de los presidios e indios aliados en el bosque de San Juan de los Caballeros, donde se pasó revista y se pertrechó a los indios. El contingente contaba 600 hombres, de los cuales 150 eran tres compañías dragones de cuera y el resto una amalgama de milicias, auxiliares nativos e infantería de la guarnición de Santa Fe. En cuanto a sus subalternos, eran un grupo de soldados experimentados y de confianza entre los que conocemos a don Carlos Fernández, que ya había derrotado a Cuerno Verde, y el alférez don José de la Peña. Unos días después aparecieron doscientos apaches y utes encabezados por cuatro de sus jefes que pidieron unirse a la expedición contra los odiados comanches, cosa que Anza, aunque con desconfianza, les concedió. Así los efectivos del gobernador aumentaron a 800, un número muy elevado para los estándares de la guerra fronteriza. Demasiado elevado, por cuanto que los comanches nunca se enfrentarían a un contingente militar tan numeroso.

Anza sabía que la única forma de conseguir forzar el combate con Cuerno Verde era cogerle desprevenido. No quería engrosar la larga lista de gobernadores que habían paseado sus tropas durante días por la Comanchería sin ver un solo comanche. Las expediciones se había realizado hasta entonces avanzo hasta Taos y penetrando en territorio comanche por el Paso del Ratón, pero los indios ya conocían esta ruta y tenía destacados vigías que avisaban de cualquier movimiento de tropas para que las partidas se dispersasen por la inmensidad de las llanuras. Anza, sin embargo, dirigió a su expedición por una ruta nunca antes recorrida con la esperanza de sorprender a los comanches. Su idea era nada menos que bordear su territorio por el oeste, avanzando por tierras de los utes, y penetrar en la Comanchería por el norte, el último punto del que esperarían un ataque español. La marcha fue dura, sometida a los rigores de un clima que ya quemaba las planicies desiertas con el Sol estival, ya golpeaba con viento y nieve a los expedicionarios en los pasos de montaña. El gobernador no había olvidado sus tiempos como cadete en lo dragones de cuera y honró a esta unidad con todo el peso de la campaña; los jinetes, con los cascos de sus monturas forradas para no hacer ruido, avanzaron por delante de la columna en parejas de rastreadores, buscando el menor rastro de los comanches y avisando de las mejores rutas.

Durante una semana la expedición avanzó a terreno descubierto por valle que llamaron y aun se llama de San Luis. Para evitar ser descubiertos viajaban de noche y acampaban de día, golpeados durante la travesía por un frío impropio de la época del año que no pudieron mitigar con hogueras por miedo a delatarse. Tras cruzar el río Arkansas llegaron a la boscosa y abrupta Sierra de Almagre (actual estado de Colorado), desde cuyos picos se dominaba una gran planicie en la que solían acampar partidas de comanches, por lo que Anza montó el campamento y destacó patrullas de dragones para que vigilasen desde las alturas atentos a cualquier señal del enemigo.

A las diez y media de la mañana del día 31, una de las patrullas con su cabo notificó al gobernador de que se divisaba la humareda de un grupo de jinetes hacia el este del campamento español. Anza ordenó al cabo acercarse a la estribación oriental de la sierra y traer más información, mientras las demás tropas se preparaban para atacar. Al rato volvió la patrulla e informó que el grupo se dirigía a un campamento de más ciento veinte tiendas. Comanches y españoles habían acampado a pocos kilómetros unos de otros sin advertirlo hasta entonces. El cabo de dragones avisó al gobernador de que algunos indios estaban vigilando las cercanías del campamento y que era cuestión de tiempo que descubriesen las huellas de su patrulla. Anza organizó el ataque antes de que pudiesen darse a la fuga, pero en tanto que se alejaba el tren de bagajes y la caballada y se dividía el contingente en dos alas y un centro para envolver al enemigo, los comanches avistaron a los españoles y empezaron a levantar el campamento a toda prisa. Sin tiempo para más, la caballería española cargó ladera abajó y hombres mujeres y niños se dieron a la fuga abandonando sus tiendas y pertenencias. Los dragones dieron alcance a los más rezagados y se libró un combate a la carrera a lo largo de casi cinco kilómetros en el que abatieron a dieciocho guerreros y capturaron a 34 mujeres y niños.

Tras este pequeño triunfo los españoles abrevaron a sus caballos en el río en el que habían acampado los comanches y que llamaron Sacramento. Durante toda la tarde, Anza interrogó a las mujeres capturadas sin éxito, hasta que las dos últimas contaron que Cuerno Verde había salido hacia Taos hacía algunos días con intención de atacar el pueblo y que había ordenado a todas las partidas de comanches reunirse con él tras la incursión para penetrar en territorio español, motivo por el cual ellos estaban allí. Cuerno Verde les llevaba ya mucha ventaja y era imposible detenerle antes de que atacase Taos, pero Anza decidió ir tras él para atacarle cuando regresase a sus tierras. Sin más dilación ordenó partir rumbo sur.

La Batalla de Cuerno Verde

Dos días después volvieron a cruzar el Arkansas y mientras se acampaba en la orilla la mayoría de los auxiliares utes abandonaron la expedición sin aviso no motivo, probablemente por considerarse demasiado lejos de su tierra y demasiado próximos a Cuerno Verde. Cuando se iba a reanudar la marcha se presentó una de las avanzadas, que había avistado a la partida de Cuerno Verde dirigiéndose hacia ellos sin saber de su presencia. Anza ocultó a todos sus hombres, caballos y carros y se dispuso a emboscar a los comanches y obligarles a luchar. En efecto, al rato apareció la partida, formada por varios centenares de comanches y que viajaba dispersada por creerse en terreno seguro. Avanzaban al pie de unas colinas boscosas y les separaba de los españoles una zanja de cierta profundidad. Cuando estuvieron a tiro, los españoles abrieron fuego y la caballería cargó lanza en ristre dirigida por el propio gobernador. Los indios se dieron a la fuga hacia las lomas y los españoles tan solo pudieron acabar con ocho de ellos, pues la zanja les obligó a desmonta y pasarla de uno en uno mientras los comanches se perdían entre los árboles. La noche sorprendió a los contendientes y Anza, tras inspeccionar la zanja con algunos dragones, decidió resguardar en ella a todo el contingente. Los guías indios le recomendaron replegarse con la oscuridad como cobertura, pero el gobernador no tenía ninguna intención de dejar escapar a su ansiada presa y menos aun de emprender una retirada de noche con cientos de comanches a escasos metros. La lluvia hizo su aparición y los españoles se envolvieron gruñendo en sus capotes y trataron de dormir un poco sin saber que les esperaría al día siguiente.

Con las primeras luces del 3 de septiembre de 1779 los oficiales despertaron a sus hombres. No había ni rastro de Cuerno Verde y Anza empezó a temerse que los indios hubiesen escapado durante la noche pese a la vigilancia de las patrullas de dragones. Como no ocurría nada y la zanja era posición incómoda, Anza ordenó ponerse en marcha a la columna considerablemente decepcionado. Justo cuando los primeros españoles empezaron a salir, un pequeño grupo de comanches surgió del bosque con la incomprensible intención de resguardarse en la zanja tan pronto como la abandonasen los soldados. Pronto se les unieron más guerreros hasta número de 50, por lo que Anza ordenó a la sección de retaguardia que tomase la delantera con los carros y los caballos y saliese a terreno despejado, mientras él se quedaba con las secciones de vanguardia y centro para ocupar unas elevaciones y, si era posible, presentar combate. Ya estaba llegando a estas posiciones cuando ocurrió el hecho determinante para la campaña. El mismo Juan Bautista de Anza lo describe así en el diario de la expedición:

“Al entrar a ellos [los soldados españoles], yá los enemigos pasaban de 40 y se acercaban casi á tiro de fusil haciendo fuego con los suyos con cuyo motivo fue conocido por sus insignias y divisas el famoso Cuerno Verde quien con espíritu orgulloso y superior a todos los suyos los gritaba, y se adelantaba escaramuzando con mucho ardor su caballo.”

Cuerno Verde, como si quisiese hacer honor su fama de audaz y bravo incluso a costa del más elemental sentido común, se lanzó con sus escasos hombres a entablar combate contra una fuerza que le superaba en cuatro a uno mientras disparaba su fusil sin cesar de insultar a los españoles y alentar a los suyos. Anza agradeció que el enemigo se le entregase de forma tan considerada y corrió a aprovechar la oportunidad: si caía el jefe, el golpe moral sería mucho más efectivo que todas las bajas que pudiese causarles. Ordenó avanzar a doscientos hombres hacia él para entretenerle y mandó al cuerpo de retaguardia, que ya había salido al llano, que rodease por detrás al caudillo comanche y sus seguidores y los empujara contra la zanja. Desde las lomas, cuerpo a tierra, los españoles abrieron un fuego cruzado sobre los indios pero Cuerno Verde, impávido a las balas, prohibía a sus seguidores la retirada. La trampa estaba a punto de cerrarse y Anza decidió dar el toque final para que su rival se metiese de lleno en ella: los auxiliares apaches fingieron huir despavoridos, abriendo un hueco en formación española. La táctica de la huida fingida del centro para cerrar las alas en torno al enemigo era tan vieja como la guerra misma y los españoles habían tomado buena nota del magistral uso que le dieron los moros en la Reconquista. El caudillo comanche espoleó a los suyos para lanzarse a la brecha, pero justo en ese momento se percató de que la retaguardia de Anza estaba a punto de cortarle la huida y comprendió por fin la estratagema del español. Entonces sí, ordenó replegarse a sus bravos. Demasiado tarde. Los comanches, entre un torrente de balas, trataron de escapar del cepo. Muchos fueron derribados pero los españoles dejaron escapar a la mayoría; al gobernador solo le interesaba Cuerno Verde. Todos los efectivos se cerraron sobre el jefe comanche y su séquito. Sin escapatoria posible, Cuerno Verde y los suyos se metieron en la zanja, echaron pie a tierra y, parapetándose tras los caballos, ofrecieron una última resistencia. Cuerno Verde disparaba su rifle y mientras otro se lo recargaba mantenía a los enemigos a raya con la lanza. Con él se defendieron su hijo primogénito, su pujacante -hechicero-, otros cuatro jefes tribales y diez guerreros de su escolta. Cubiertos desde las alturas por sus compañeros, los dragones de cuera blandieron sus espadas y se lanzaron sobre el reducto. En apenas unos minutos de sangriento combate, todos los comanches habían muerto.

Los hombres de Anza celebraron con gritos de júbilo la muerte del enemigo más odiado de toda la frontera del norte. En aquel reducto yacían los cadáveres de aquellos que habían liderado las expediciones más crueles y despiadadas contra Nuevo Méjico. En su diario, Anza dejo constancia de la valentía de Cuerno Verde y escribió:
“Su muerte aseguran todos los nuestros será bien llorada de sentimiento [entre los comanches], pero creo no excederá á lo que de placer lo han hecho nuestras gentes…”

El día 7 de septiembre la expedición llegó a Taos lo que indicaba que por fin habían vuelto a suelo español después de tres semanas en la Comanchería. La población había sido atacada hacía unos días por Cuerno Verde, tal como informaron las prisioneras a Anza, pero para alivio de los españoles la encontraron intacta y fueron recibidos con alegría por el alcalde y los habitantes, que habían resistido durante dos días el asedio de los comanches. Los colonos no cupieron en sí de gozo cuando supieron que el mismo que les había puesto bajo sitio hacía unos días yacía ahora en el fondo de una zanja en medio de la Comanchería. Desde Taos la expedición volvió a Santa Fe el viernes 10 de septiembre de 1779.

Después de la Batalla de Cuerno Verde

La enorme importancia de la victoria de Juan Bautista de Anza se reveló con el tiempo. Los ataques comanches casi desaparecieron, reducidos a irrisorios robos en los pueblos más alejados. Las distintas tribus se enzarzaron en disputas entre sí y ya no volvería a surgir un líder carismático como Cuerno Verde. No obstante, Anza solo había cumplido la mitad de la misión que le encargó el virrey: había castigado a los comanches y acabado con la amenaza de Cuerno Verde, pero todavía quedaba lograr la paz en la región. Sabía que su victoria no valdría más que todas las que la habían precedido si no aprovechaba la debilidad de los comanches para asegurar la estabilidad en Nuevo Méjico. Presionó a los notables comanches para que firmasen tratados con España mezclando la actitud reconciliadora con la constante amenaza de dar un nuevo golpe de autoridad. Los ancianos jefes no tenían el ardor guerrero de Cuerno Verde ni querían acabar como él y, pese a grandes disputas con los sectores más belicosos, fueron paulatinamente aviniéndose a una relación de colaboración tutelada con el reino de España. En 1786 el jefe Ecueracapa, el más importante de la nación comanche muerto Cuerno Verde, firmó la paz con los españoles y sus aliados utes. Desde entonces y durante los 35 años que permanecerían aquellas tierras bajo dominio español, los comanches solo volvieron a pisarlas para comerciar en las ferias locales.

El tocado de búfalo de Cuerno Verde fue recogido por los soldados de Anza y enviado al rey Carlos III, el cual lo regaló al Papa. Actualmente forma parte de la colección de los Museos Vaticanos.
Juan Bautista de Anza es recordado en el suroeste de Estados Unidos y norte de Méjico como uno de los hombres que ayudó a llevar la civilización a aquellas tierras perdidas en un confín del mundo.

Imagen
Sus estatuas en San Francisco o Hermosillo (Sonora) han inmortalizado a lomos de su caballo y
en actitud altanera a este militar y explorador que jamás pisó España pero dedicó su vida a ella.
Es uno de los muchos hombres reales, por más que sus vidas parezcan de ficción, que crearon
esa historia de cuando el Oeste era español.

Bruno Cortona

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Honor y Gloria a los que dieron su vida por España


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Los dragones de cuera contra los apaches. La batalla por San Agustín de Tucson

El 12 de junio de 1777 llegaba al presidio de San Agustín de Tucson (Arizona) su nuevo comandante, don Pedro Allande y Saabedra. Nacido en España, había ingresado con catorce años como cadete en el Regimiento de Infantería de Navarra y cuando llegó a su nuevo destino, atesoraba 22 años de servicio en los ejércitos del rey. Veterano de la guerra con Portugal de 1762, también participó en los combates con los “moros” del norte de África y, ya en América, tomó parte en las guerras contra los indios seri en California.

En San Agustín de Tucson, Allande se encontró un puesto de casas dispersas sin un solo muro u obra de defensa, así que su primera orden fue la de comenzar la construcción de una empalizada y unos baluartes de madera de acuerdo a las nuevas regulaciones de 1772.

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San Agustín de Tucson
Imagen idealizada del presidio de Tubac, antecesor del de San Agustín de Tucson.

En 1779, el informe del inspector adjunto, don Roque de Medina, indicaba que la guarnición disponía de setenta y siete hombres, aunque solamente cincuenta y nueve eran aptos para el servicio en ese momento. De ellos, treinta y siete eran dragones de cuera, contando con un sargento, cuatro cabos, y un maestro armero. Se había construido una empalizada, aunque algunas casas se encontraban en el exterior de la misma, y se disponía de cuatro cañones de bronce. El segundo al mando era el teniente Miguel de Urrea, nacido en Sonora y doce años mayor que Allande, un veterano con treinta y siete años de servicio en la frontera.

La caballería ligera destacada en el presidio de San Agustín de Tucson incluía a diecisiete soldados, además la compañía tenía diez exploradores indios. De toda la guarnición solamente treinta y cuatro de los soldados eran españoles, siendo el resto mestizos, mulatos o indios “civilizados”. Para el servicio de la tropa se disponía de doscientos ochenta y nueve caballos y cincuenta y dos mulas, ya que una de las características de los dragones de cuera era el contar con cuatro caballos por soldado, así como una mula. El robo de este ganado fue una de las razones de los continuos conflictos con los apaches, los cuales realizaban constantes razias para robarlos.

En guerra con los apaches
En mayo de 1779 empezaron las primeras operaciones de Allande contra los apaches, tras asaltar estos algunas rancherías y robar varios caballos. La primera expedición estuvo compuesta por setenta y nueve hombres, incluyendo soldados, milicia y auxiliares. El resultado fue bastante desigual, consiguiendo escapar algunas partidas de indios y pudiendo entablar combate con otras, causando unos pocos muertos y haciendo algunos prisioneros.

En noviembre de 1779 una numerosa partida de apaches, que algunas fuentes elevan hasta los trescientos cincuenta, se presentó ante el presidio de Tucson. Los apaches, confiados en su superioridad numérica, no contaron con la experiencia y valor de los dragones de cuera. Estos, en vez de refugiarse en el presidio, decidieron lanzarse al ataque contra los sorprendidos indios que, atónitos, no podían dar crédito a que fuesen ellos los atacados. El resultado fue la victoria hispana en un combate desigual que enfrentó a quince dragones de cuera contra cerca de trescientos indios.

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Los dragones de cuera eran hombres duros de frontera. Todos voluntarios que se alistaban por
un periodo de diez años. Iban armados con lanza, adarga, espada, daga, pistola y mosquete/carabina.
Su nombre se debe a “la cuera”, una especie de abrigo/armadura hecha con cuero endurecido.
Este abrigo, que al principio cubría también las piernas, no tenía mangas y era muy resistente.
Fabricado con hasta siete capas de cuero, era capaz de parar una flecha india. Inicialmente lo
llevaban solo los oficiales y después se incorporó como vestimenta de toda la tropa. Con el paso
de los años los dragones de cuera adaptaron un modelo más ligero que solo cubría el torso a modo
de coraza.

Siguió un periodo de relativa calma que permitió a los españoles, ayudados por guerreros pima y papagos, dos tribus cristianizadas y aliadas de los españoles desde hacía más de cuarenta años, ir extendiéndose por el territorio e incluso fundar nuevos presidios en el territorio de los indios yuma.

En 1780 continuaron los ataques apaches y en junio de ese año asesinaban al capellán del presidio, el cual regresaba de una aldea cercana de celebrar el día de san Juan. Alertados de los hechos, una columna punitiva de cincuenta dragones de cuera no pudo localizar a la partida india atacante.

Al año siguiente se produjo una sublevación india en el territorio de los yuma, los cuales atacaron algunas misiones y asentamiento capturando a varias mujeres que fueron hechas prisioneras. Se organizó un grupo de socorro, al mando del teniente coronel Pedro Fages, que tras múltiples peripecias conseguiría liberar a las cautivas y llevarlas a Tucson. Fueron ellas las primeras en relatar cómo los guerreros de las tribus de esa zona pintaban sus caras con diversos colores.

El ataque de 1782
El primero de mayo de 1782 amaneció apaciblemente sobre el presidio de San Agustín de Tucson y su vecina población de Piman. No había nada especial que distinguiese ese día de cualquier otro, además era domingo y al amanecer los habitantes se dedicaban a sus habituales tareas rutinarias o a prepararse para la misa dominical.

El capellán celebró la eucaristía temprano en la capilla y luego cruzó el río Santa Cruz en dirección a Piman para celebrar la misa allí. Un alférez de la compañía, junto con un soldado, también marchó a esa aldea más norte de Tucson. El teniente Urrea aprovechó la festividad para dormir hasta tarde en su casa frente a la empalizada y el edificio de correos. Se podía ver un soldado merodeando, quién sabe con qué propósito, en la maleza a una corta distancia de correos. También algunas mujeres y niños iban caminando por los campos de cultivo del valle hacia la aldea india.

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Cacique apache, por Claudio Linati (1790-1832), del libro Costumes civils, militaires
et réligieux du Mexique (Bruselas, 1828).

Cerca de las diez de la mañana apareció un grupo muy numeroso de guerreros apaches y rompió esa pacífica escena fronteriza, logrando una sorpresa casi total. Se lanzaron en tromba hacia la entrada abierta de la empalizada y casi la ganaron. Sin embargo, la intervención personal del capitán Pedro Allande y Saabedra evitó que los indios forzasen la entrada. Fue un combate dramático donde el valor desplegado por Allande, auxiliado por cuatro de sus soldados y un solitario cañón no permitió que ningún atacante franquease el puente de acceso a la entrada principal del presidio. Mientras, el teniente Urrea disparaba sobre los apaches desde la azotea de su casa, auxiliado por su sirviente indio que le iba recargando las armas, causando una distracción que sería decisiva.

Los apaches cometieron el error de dividir sus guerreros en dos grupos para atacar simultáneamente los dos asentamientos y los españoles tuvieron la gran fortuna de que sus oficiales se encontrasen en los lugares más críticos en el momento adecuado.

En Piman, el alférez y el otro dragón de cuera, lejos de arredrarse, se lanzaron con un arrojo y furia tal sobre el grupo de guerreros apaches que los puso casi de inmediato en fuga.

Muy distinta fue la participación del soldado José Antonio Delgado, aquel que se encontraba en los arbustos del exterior del asentamiento, quien no pudo hacer otra cosa que trepar a un árbol y esperar agazapado a que terminase el combate. Relató posteriormente que desde su privilegiada posición pudo ver cómo los apaches retiraban del combate varios muertos y numerosos heridos.

El resultado se saldó para los apaches con al menos ocho muertos confirmados, de unos seiscientos atacantes, aunque dada la intensidad del combate, que se prolongó durante cerca de dos horas, y la costumbre de los apaches de retirar a sus muertos, hace pensar que estos pudieron elevarse hasta cerca de los treinta. Los españoles sufrieron solamente un muerto y tres heridos de gravedad, de una guarnición de unos setenta hombres, incluidos dragones de cuera y exploradores indios.

Epílogo
La guerra apache no terminó aquí, en diciembre de 1782 y luego en 1784 volverían a lanzarse sobre Tucson con idénticos resultados. Por su parte, los españoles de Allande realizaron varias campañas punitivas contra los apaches, navajos, yumas y otros pueblos que se habían unido a la sublevación contra la presencia hispana.

En 1783 se construyó un muro de adobe en San Agustín de Tucson para mejorar sus defensas, quedando muy complacido por ello el visitador general del virreinato de Nueva España, don José de Gálvez, sobrino del conquistador de Pensacola.

Allande abandonó Tucson en 1785, ya como teniente coronel, siendo sustituido por el capitán Romero. Las luchas, escaramuzas y columnas de rescate de cautivos siguieron durante varios años, hasta que se firmó la paz en 1793, tras la que los apaches, yumas, chiricauas, navajos y otras tribus fueron poco a poco relacionándose con los españoles hasta terminar por convivir con ellos en las distintas misiones, presidios y asentamientos.

Fueron unos años de paz hasta que todo cambió con la independencia efectiva del virreinato de Nueva España en 1821. En 1846, México perdió esos territorios y llegaron otros soldados de frontera, también con uniforme azul, mucho más conocidos por el gran público que los dragones de cuera, aunque fueran estos los primeros en escribir las más gloriosas páginas en la historia de estas duras tierras de frontera.

Para más información sobre los dragones de cuera y la batalla por San Agustín de Tucson, te invitamos a visitar este hilo del foro de historia militar El Gran Capitán.

https://www.despertaferro-ediciones.com ... n-apaches/

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Los Dragones de Cuera – El primer Lejano Oeste

España tuvo que controlar durante siglos extensísimos territorios de lo que hoy es Estados Unidos, estableciendo rutas de comunicación entre
Méjico y California, o entre Florida y Texas (el famoso Camino Real de Tierra Adentro).

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Pero también extendió su control más allá de las Rocosas, a las praderas del medio oeste y a territorios tan septentrionales como Montana,
las Dakotas, e incluso el Canadá y Alaska, donde el Imperio Español fija frontera con Rusia. Esto generó que las tropas españolas ya tuvieran
numerosos conflictos con las tribus indias, especialmente con los apaches, los siouxs y los comanches, cientos de años antes de que lo hiciera
la caballería americana.

Para patrullar estos territorios, España creó un sistema doble de defensa, orientado por un lado a la protección de puertos y costas con ejércitos
pertrechados y entrenados a la europea; y por otro, a la protección interior de misiones, ranchos, pueblos y tribus aliadas, de los ataques de las
tribus nómadas, donde las tropas españolas fueron paulatinamente cambiando sus armas, sus tácticas y su equipo para adaptarse a las condiciones
propias de esos territorios y a la lucha contra los indios.

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Este es un dragón tardío, se puede apreciar el tamaño más corto de su cuera.

Para esta última misión, surge un nuevo tipo de soldado: El Dragón de Cuera o Soldado Presidial, llamados así por las protecciones con las que
estaban equipados o por ser los presidios los equivalentes a los fuertes de la caballería norteamericana. En el museo de Topeka (Kansas) se
pueden apreciar una espada y elementos de aparejos de caballo españoles encontrados en dicho estado.
En la hoja de la espada reza ‘No me saques sin razon; no me enbaines sin honor.’.

El uniforme de los Dragones de Cuera quedaba regulado en el reglamento de 1772: “El vestuario de los soldados de presidio ha de ser uniforme
en todos, y constará de una chupa corta de tripe, o paño azul, con una pequeña vuelta y collarín encarnado, calzón de tripe azul, capa de paño
del mismo color, cartuchera, cuera y bandolera de gamuza, en la forma que actualmente las usan, y en la bandolera bordado el nombre del presidio,
para que se distingan unos de otros, corbatín negro, sobrero, zapatos y botines.”

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Espadas y otros elementos del Museo de Topeka, Kansas

Uno de los elementos diferenciales y del que recibían estos soldados sus nombres era la Cuera. Se trataba de un abrigo largo sin mangas,
constituido por hasta siete capas de piel o cuero, resistente a las flechas de los indios enemigos, que sustituyó a las corazas metálicas de
siglos anteriores. Una de estas cueras podía llegar a pesar 10 kilos, pero a cambio, garantizaba un grado mayor de protección en los combates.

El citado reglamento preveía también las siguientes armas: Una espada ancha, lanza, adarga, escopeta y pistolas. La adarga era al estilo árabe
(dos círculos interseccionados) y estaba confeccionada de piel, aunque en ocasiones podían llevar rodelas (circulares), también de piel.
En ambas piezas debían ir dibujados los cuarteles de Castilla en el centro. Además, el soldado de cuera debía contar con 6 caballos, un potro y
una mula, debido a los inmensos territorios que debían controlar. Las banderas que utilizaban también llevaban generalmente los cuarteles de
Castilla, aunque también utilizaron la Cruz de San Andrés.

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Adargas

Ha habido cierta polémica por lo “anticuado de su armamento”. Sin embargo, la lanza, la espada y el escudo estaban más que justificados, pues
al tratarse de unidades de escasa entidad, unos 16 hombres por compañía, no podían parar una carga india con armas de fuego, y con mucha
frecuencia se llegaba al cuerpo a cuerpo, donde las otras armas eran mucho más efectivas.

Ingresar en los dragones de cuera era voluntario y se firmaban periodos de permanencia de 10 años. En cuanto a su composición, entre 1773 y
1781, el 50% del ejército era español, el 37% mestizo, mulato, o coyote y el resto, de procedencia india. Solo los altos mandos eran europeos
(no solo españoles, también italianos, valones, y de otras partes del imperio).

En cada presidio había solo una compañía, y rara vez pasaron de 200 hombres las expediciones punitivas. En 1775 una expedición de casi 1000
hombres persiguió a lo largo de 1000 kilómetros a una partida de apaches, acabando con 243 de ellos. En 1776, un alférez y 42 dragones
formados en cuadro resistieron durante 5 horas frente a 300 apaches, acabando con 40 de ellos.

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A finales del siglo XVIII, empieza a ponerse en desuso la cuera, y con la mejora de las armas de fuego, se crean unidades más ligeras, equipadas
con armas de fuego, aunque se siguió utilizando la adarga y la lanza. Estas unidades fueron la Compañías Volantes, los Húsares de Texas, los
Cazadores de Nueva Vizcaya, o las Compañías de Infantería de Voluntarios Catalanes.

http://www.gehm.es/edad-moderna/los-dra ... ano-oeste/

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2018 12 12, 3:25
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Mensaje sin leer Re: Cuando el Oeste americano era español
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En gran parte desconocida por los propios españoles, la gesta de la exploración, conquista y defensa que llevó a cabo España en lo que hoy
son los Estados Unidos de América supone un acontecimiento histórico capital. Durante trescientos años, soldados, navegantes, misioneros,
colonos y descubridores al servicio de España plantaron sus banderas en fuertes, poblados, misiones y ciudades repartidos por toda América
del Norte, desde los límites de México hasta la frontera canadiense y Alaska. Españoles fueron los primeros europeos que avistaron el Cañón
del Colorado, cruzaron el río Misisipi, atravesaron las llanuras de Kansas, se internaron en los desiertos de Nevada o fundaron ciudades como
Los Ángeles, Santa Fe o San Francisco. Mucho antes de que Estados Unidos existiera como nación, España había conquistado ya el Far West
y combatido o pactado con las principales tribus indias que luego el cine de Hollywood haría famosas. Desde Florida a California las enseñas
hispanas ondearon sobre un enorme territorio que tuvo que ser defendido con escasísimos recursos. Este libro incluye por primera vez la lista
de todos los fuertes, puestos fortificados, misiones y presidios españoles en Estados Unidos y Canadá. Con amenidad y rigor documental,
presenta también una panorámica completa de los esfuerzos políticos y militares, y de los personajes que contribuyeron a fijar la historia
apasionante, violenta en ocasiones y casi siempre heroica, de unos hechos que merecen ser rescatados del olvido y formar parte de la memoria
colectiva hispanoamericana.


http://terciosviejos.es/es/libros/2923- ... uVe9D0D1lU

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2018 12 20, 2:43
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