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El sitio de Baler: los últimos de Filipinas. 
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El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.


La gesta, que cerraba el ocaso de un Imperio de 400 años, defendido con el esfuerzo y la sangre de tantos españoles que dieron su cultura y su religión.

Resulta penoso comprobar, el escaso interés que se tiene en España por la exaltación del heroísmo, cuando como en la actualidad, se vive una época vacía de contenido espiritual. Quizás la culpa sea, de aquellos que creen que tornar los ojos al pasado es un achaque de historicistas.

Muchos españoles que han sido protagonistas por distintas cualidades, permanecen hoy en el anonimato, ignorados por la mayoría de los españoles, como ha ocurrido con aquellos que sin buscar oro, ni vanidades, se conformaron en servir a la patria, sin más recompensa que el deber cumplido en cuanto a ejemplaridad, y de ahí el mensaje que transmitieron, los que han sido llamados los últimos de Filipinas.

La primera expedición destinada al descubrimiento del Archipiélago filipino se remonta a 1518, y es en ella donde se comienza a aplicar la observación astronómica en la navegación.

El portugués Fernando de Magallanes, propone a la Corona española navegar a lo largo del Continente recién descubierto, hasta encontrar el paso hacia Oriente.

Carlos I, entusiasmado por el éxito de esta expedición, pone al servicio de Magallanes, cinco naves y 230 hombres que salen de Sevilla el 10 de agosto de 1519.

Tras una serie de calamidades, llega al Archipiélago en marzo de 1520, desembarcando en la Isla de Butuan. Una de las cinco naves, la "Victoria", mandada por Juan Sebastián Elcano, es la única que regresa a España llegando a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, con sólo 18 tripulantes. Magallanes muere en el Archipiélago víctima de las intrigas de ciertos jefes indígenas.

Posteriormente, Legazpi, en nombre de la Corona española va ocupando sucesivas islas, y funda en 1571 la ciudad de Manila, haciendo extensivo el nombre de Filipinas a todo el Archipiélago en honor del Rey Felipe II.

Veamos brevemente lo ocurrido con motivo de la independencia de aquellas tierras, y más concretamente lo que se conoce como Sitio de Baler.

Un levantamiento como el que estalló allí, en agosto de 1896, sólo es atribuido a diferentes causas, y se puede considerar dentro del modelo típico de insurrección colonial.

El sentimiento separatista venía gestándose desde tiempos atrás, fundamentalmente, por la deficiente administración colonial española, agudizada por la inestabilidad política de la España isabelina, y el apoyo norteamericano a dichos movimientos separatistas, encabezado por el rebelde Datto Utto. Estas rebeldías fueron resueltas en principio por el entonces Capitán General de Filipinas en 1886, el sevillano, General Terrero Perinat, pero no pudo evitar que algunas sociedades secretas se encargaran de canalizar el descontento hacia acciones revolucionarias.

El ejército en Filipinas estaba compuesto en su mayoría por indígenas, excepto los mandos. Cuando comienzan las deserciones, aquel ejército ve sus filas reducidas, y al adversario más fuerte y peligroso.

A partir de 1890, el nacionalismo filipino fue tomando gran auge. Los más radicales, encabezados por Andrés Bonifacio, fundan Katipunan, que significaba en español "Suprema y Venerable Asociación de los Hijos del Pueblo", y lo constituían una sociedad eminentemente revolucionaria, adaptada al ideario indígena, cuya finalidad era luchar con métodos violentos contra el régimen español. La influencia del Katipunan, fue decisiva en la sublevación tagala.

La revolución da comienzo en agosto de 1896. Era a la sazón Capitán General de las islas D. Ramón Blanco, Marqués de Peña Plata. El primer combate serio se llevó a cabo en Malbón y triunfaron los sublevados.

Ante el cariz de los acontecimientos, el Capitán General Blanco, telegrafía el 29 de agosto de 1896 al Ministro de la Guerra, pidiéndole mil hombres y permiso para crear un Batallón de Voluntarios.

Entre los meses de septiembre y diciembre se extiende la insurrección sin que el General Blanco pudiera hacerla retroceder. Ante esta situación, el Gobierno de Madrid sustituye al mando de Filipinas y lo entrega al General D. Camilo Polavieja, que toma posesión el día 13 de diciembre de 1896.

Los éxitos y los fracasos cambian de mano continuamente aunque los españoles llevan la iniciativa. Con la toma de Noveleta queda toda la costa y caminos, desde Manila a Cavite, en poder de los españoles. Polavieja, que tiene rodeados a los rebeldes en los pueblos altos de Cavite, pide refuerzos a Madrid. Ante la negativa de Cánovas, que no lo considera necesario, el general presenta la dimisión alegando problemas de salud.

Le sustituye el General D. Fernando Primo de Rivera, que toma el mando en abril de 1897. Nombrado por un gobierno que le había negado los refuerzos a Polavieja, tuvo que buscar nuevas fórmulas que no necesitaran refuerzos de la Península. A los pocos días de su llegada, Primo de Rivera tras conquistar algunos pueblos de la provincia de Cavite, comienza a aplicar lo que sería llamado "Política de atracción". Tras el asesinato de Cánovas en agosto de este año, el gobierno de Sagasta confirma a Primo de Rivera en el cargo. Por fin, a través de una serie de negociaciones, se llega al convenio conocido como la "Paz de Biacnabato", en diciembre de 1897, que obligó a exiliarse al general filipino Emilio Aguinaldo en la colonia inglesa de Hong-Kong. Pero en marzo de 1898 estalla la guerra entre España y EE.UU. y el 1 de mayo, Dewey, comodoro de la escuadra norteamericana, destruye a la española.

A partir de entonces los norteamericanos ayudan a los filipinos y ofrecen al general Aguinaldo volver a Filipinas en condiciones de generalísimo.

Finalmente, el gobierno español envía a Manila al General de División Diego de los Rios, para que se haga cargo de los restos de la Capitanía General y resuelva la liberación de los prisioneros españoles, que alcanzaban la cifra de 9000 personas. El general envía emisarios a Aguinaldo y le propone una entrevista para resolver la cuestión. Pero la ruptura de hostilidades entre americanos y filipinos obligó al General Ríos, a tomar la decisión de infiltrar personas de su confianza en el campo revolucionario.

Pero esto ya es la historia de la independencia de Filipinas, que no pensamos abordar. Nos limitaremos al Sitio de Baler.

El 27 de junio de 1898, da comienzo la sublevación en la zona que abarcaba la comandancia militar de Baler, situada en lo que era provincia de Nueva Écija, comprendía parte de la costa oriental de la isla de Luzón. El contrabando de armas para la insurrección en aquellas playas provocó que, el Comandante Militar Capitán D. Antonio López Irizarri, solicitara refuerzos, ya que la guarnición normal de Baler, eran un cabo y cuatro guardias civiles. Fruto de aquellas gestiones fue, la llegada de 50 hombres al mando del Teniente José Mota. Pero una noche, con motivo de la declaración de guerra entre EE.UU. y España, estando descuidado el servicio de vigilancia, fue atacado y destruido el destacamento.

En vista de ello, pasados unos meses, llegaban a Baler en vapor "Compañía de Filipinas", el Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y los Tenientes Juan Alfonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, así como el Teniente médico provisional, Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, con una enfermería de diez camas. Además se reintegraba a su destino el párroco del pueblo, Fray Cándido Gómez Carreño, que había estado prisionero de los tagalos, y a los que dijo le dejaran ir a convencer a los españóles que se rindiesen.

El destacamento constaba de 55 hombres pertenecientes al Batallón de Cazadores nº 2. Cuando se inician los combates, son tan numerosos los adversarios, que se hace casi imposible el enfrentamiento. Ante esta situación, el capitán de las Morenas, acuerda refugiarse con su tropa en la iglesia del pueblo, edificio de más fuerte construcción, donde almacenaron víveres y municiones, y abrieron un pozo, que al principio dio resultado. Es entonces cuando comienza el definitivo Sitio, que significaba, que la España colonizadora y misionera quedaba representada por media compañía de infantería, constituida casualmente por individuos de casi todas las regiones de España.

El asedio se intensifica y también se endurece el régimen interior de la tropa a consecuencia de la actitud del Cabo González y un soldado, que protestaban y se negaban a comer carne de carabao, especie de búfalo, que utilizado como animal de arrastre, proporcionaba carne y leche.

Pronto se comprobó como la escasez de alimentos frescos, hacían enfermar de la mortal enfermedad del beriberi, consistente en la inflamación de los nervios periféricos. La base de la alimentación era de arroz descacarillado, debido a que el avituallamiento que realizaron antes de encerrarse en la iglesia, fue principalmente el dc 4500 kg. de "Pelay", que era un arroz autóctono del Archipiélago.

Aunque el médico Vigil de Quiñones había conseguido construir una pequeña huerta próxima a la iglesia, plantando pimientos, tomates y calabazas silvestres, el estrago mortífero del beriberi no se hizo esperar. En pocos meses fallecieron además de algunos soldados, el Capitán Enrique de las Morenas, el Capellán Fray Gómez Carreño y el 2º Teniente Alonso Zayas. Todos fueron enterrados en la propia iglesia.

Llegada la Navidad de 1898, se estimó conveniente celebrar la festividad. A pesar de las difíciles circunstancias en que vivían, se festejó la Nochebuena con el rezo de algunas oraciones, un improvisado concierto de villancicos, y una "opípara cena", a base de habichuelas picadas revueltas con arroz en manteca rancia, y como postre, un plato de calabazas endulzadas y café de puchero.

A finales de año un parlamentario filipino pidió lugar y fecha para celebrar un parlamento con el jefe español.

Aunque fue señalado el día y la hora, llegado el momento, nadie se presentó convenciendo una vez más a los españoles de que eran estratagemas para debilitarles la moral.

El 14 de enero de 1899 la trompeta de los filipinos toca a parlamento. El Teniente Martín Cerezo sube a la torre de la iglesia y observa a lo lejos un hombre portando bandera blanca.

Avanzó el paisano identificándose como el Capitán español olmedo Calvo, y asegurando traer noticias del Capitán General.

Aunque sus deseos eran entregar un documento personalmente al Capitán de las Morenas, el Teniente Martín Cerezo que no quiere dar a conocer la muerte del Capitán, le responde que el Capitán no puede salir y que él le entregaría el documento. A ello accede el parlamentario. El escrito decía: "Habiéndose firmado el Tratado de Paz entre España y los EE.UU. y habiendo sido cedida la soberanía de estas Islas a la última nación citada, se servirá Ud. evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del tesoro, ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el Capitán de Infantería D. Miguel de Olmedo Calvo. Dios guarde a Ud. muchos años. Manila, 1 de febrero de 1899. Diego de los Ríos".

Pero dado el castigo psicológico al que se encontraba sometido el ánimo del Teniente Martín Cerezo, por el prolongado sitio, y haber sido engañado en varias ocasiones, aquel escrito le produjo más desconfianza que esperanza. En primer lugar, figuraba la frase "las arcas del tesoro". ¿Cómo era posible que la superioridad le exigiera esa entrega, cuando tenía que saber la pobreza en la que se encontraba?. Otra duda era, que el escrito no llevaba la numeración oficial de todo documento clasificado. Por último, que el parlamentario llegaba de paisano siendo oficial y hubiese preguntado al Teniente si era el Capitán de las Morenas, tras haber alegado ser condiscípulo suyo en la academia. Todas estas dudas comentadas con el Teniente médico Vigil de Quiñones hicieron que Martín Cerezo no hiciera caso del documento y diera continuidad a la resistencia.

Tras siete meses de encierro se intensifica el agotamiento y la desesperanza, traduciéndose en alguna deserción entre los más pusilánimes. En realidad desertaron seis españoles y dos indígenas pudiendo evitarse otras deserciones al ser detenidos antes de que la realizaran. Los tres fueron juzgados de acuerdo con el Código de Justicia Militar, y aunque la pena que le correspondía era la de fusilamiento, el Teniente Martín Cerezo determinó encerrarlos en la habitación que correspondía al baptisterio, asegurándolos con grilletes.

Tras este amargo suceso, otro nuevo fue motivo de alegría, al comprobarse como unos carabaos, bovinos de las región, pastaban próximos a la iglesia. Pronto cazaron uno y en pocas horas estuvo incluso cocinado.

Llevaban varios meses sin comer carne, y en tres días dieron fin al bovino, no sin que la mayoría sufriera un cólico. Era lamentable el no poder conservar la carne, ante la falta de sal y en un clima tropical.

Para hacer más comestible el arroz autoctono, se continuó descascarillándolo, cometiéndose un grave error, entonces comprensible, al desconocerse que la cascarilla contenía la vitamina B, que no sería descubierta hasta 14 años más tarde.

Los intentos de asalto de los filipinos eran intermitentes. El 30 de marzo de 1899 se produjo uno muy fuerte con denso fuego de fusilería e incluso algunos disparos de cañón de 75mm. que aunque no hacían mella en los gruesos muros de la iglesia resultaban peligrosos cuando entraba un proyectil por un hueco de ventana.

A este respecto hemos de recordar lo ocurrido, al decidir el Teniente Martín Cerezo utilizar uno de los cañones que encontró dentro de la iglesia. Aunque sólo era un tubo de cañón de avancarga, decidió utilizarlo. Para ello, reunió pólvora suficiente de los cartuchos de fusil y de las bengalas. Colocó el tubo en un hueco que hizo en el muro, amarrando fuertemente la culata a una de las vigas del techo. Por medio de una mecha que colocó en el oído del cañón y tras cargar la recámara con la pólvora y muchas piedras, le dio fuego. Se produjo el disparo, pero al retroceso, el cañón hizo de péndulo, rompiendo algunas tejas del techo y chocando violentamente contra el muro de la iglesia. Comprendiendo, que los resultados eran poco eficaces y muchos los trastornos ocasionados, suspendió el fuego de cañón.

A los 282 días de sitio, se acabaron los últimos restos de arroz, las habichuelas y el rancio tocino, pero los heróicos defensores de Baler continuaron en sus puestos, manteniendo la resistencia al estar convencidos que defendían territorio español. En vista de ello, los sitiadores hicieron más violentos los ataques, intentando incluso incendiar la iglesia.

La actividad del Teniente médico es increíble. Enfermo de beriberi, incluso herido, se hacía trasladar en un sillón, allí donde su presencia es necesaria para ayudar a su compañero, jefe de la posición.

Vigil de Quiñones, como buen médico, intuye lo que años más tarde serían conocidas como las vitaminas. A tal fin, instruyó al Cabo Olivares para que con 10 soldados se acercaran al campo enemigo a requisar víveres frescos. Logrado el objetivo, ello permitió mejorar a los enfermos del beriberi al menos por algunos días.

Cierta mañana, los sitiados escucharon cañonazos al Oeste de su posición, haciéndoles pensar en la llegada de socorro. Por la noche un potente reflector les busca. La alegría invadió el corazón de todos.

A la mañana siguiente perciben un intenso tiroteo sobre la playa, pero al llegar la noche, el reflector dejó de alumbrar y el buque desde donde emitía el reflector, se alejó definitivamente.

El desconcierto y el desánimo invadió a los sitiados, teniendo que actuar el Teniente Martín Cerezo con grandes dotes oratorias para elevarles el ánimo. Lo ocurrido fue lo siguiente: El buque de guerra americano Yortown llegó a la playa con la intención de rescatar a los españoles, pues entonces también ellos eran enemigos de los filipinos al establecerse la Paz de París entre España y los EE. UU. La tropa americana desembarcada, fue copada por tropas tagalas, que parapetadas en la selva dominaban la playa. El desastre fue total. el oficial que los mandaba y 15 marines fueron muertos, obligando al resto a retirarse, alejándose el buque y dejando abandonados a los esperanzados españoles.

A partir de entonces, los tagalos deciden atacar la iglesia diariamente para agotar a los sitiados. Pero no era el ejéréito tagalo el que podría rendirlos, sino la falta de alimentos. La hambruna era tan grande, que toda hierba, ratas, caracoles o pájaros que estaban a su alcance, por repugnante que fueran, eran comidos por aquellos valientes.

A finales de mayo del 99, persistiendo los ataques, los filipinos llegan hasta las mismas paredes de la iglesia, siendo rechazados en un cuerpo a cuerpo, dejando el enemigo 17 muertos y logrando algunos heridos regresar a sus posiciones.

Los continuos ataques, cada vez mejor organizados, pretendían acabar definitivamente con el punto de resistencia español.

Pero un nuevo parlamentario llega hasta la iglesia, se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda, perteneciente al E.M. del General de los Rios. Pequeños detalles hicieron dudar a Martín Cerezo de la autenticidad del nuevo parlamentario: su raro uniforme, sus pocos expresivos documentos de acreditación; e incluso el barco que, visible en la ensenada, aseguraban era para repatriarlos, pensaron, o creyeron ver, era un lanchón tagalo enmascarado como un barco real. Ciertamente los aparatos de observación que poseían no eran de gran calidad y para Martín Cerezo era increíble, que España hubiese abandonado Filipinas como insistentemente le decían. Esto era el factor base de su incredulidad.

Rechazados los argumentos del Teniente Coronel Aguilar, el jefe, perplejo y aburrido, hubo de retirarse sin antes decirle al Teniente: "¡Pero hombre! ¿qué tengo que hacer para que Vd. me crea, espera que venga el General Ríos en persona?" A ello le contestó el Teniente: "Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes".

Tras once meses de férreo sitio sin prácticamente nada que comer, el Teniente Martín Cerezo, organizó una salida nocturna que acercándolos a la costa, les permitiera montar un punto fuerte en espera del paso de algún buque en dirección a Manila; cuando todo estaba dispuesto, al releer los periódicos que le dejó el Teniente Coronel Aguilar, encontró una noticia que le dejó perplejo, y a la que sólo podía tener acceso él. La nota decía que su amigo y compañero el Teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro. Según se expresaría el mismo Martín Cerezo, "Aquella noticia fue como un rayo de luz que lo iluminara de súbito". Entonces reunió a la tropa, les relató cuál era realmente la situación y les propuso una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España.

Los heróicos defensores como tropa bien disciplinada, le dijeron a su Teniente que hiciera lo que mejor le pareciera. Ante el asombro de los filipinos, vieron izar en la iglesia la bandera blanca y oír el toque de llamada. Seguidamente, hizo acto de presencia el Teniente Coronel jefe de las fuerzas sitiadoras, Simón Tersón, que escuchó a Martín Cerezo y le respondió que formulase por escrito su propuesta, añadiéndole, que podrían salir conservando sus armas hasta el límite de su jurisdicción, y luego renunciarían a ellas para evitar malos entendidos.

El escrito que entregó el Teniente Martín Cerezo decía: "En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas".

Y así, honorablemente, dio fin tras 337 días de asedio el "Sitio de Baler". Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y aquellos valientes se aprestaron a abandonar su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban una formación de soldados agotados, que de tres en fondo, y con armas sobre el hombro, abandonaban el último solar español en el Pacífico, desde marzo de 1521. Le hacían pasillo soldados filipinos en posición de firmes, entre asombrados e incrédulos, sin intuir que aquellos soldados de rayadillo, serían los precursores de los otros héroes del Alcázar de Toledo y de Santa María de la Cabeza.

Al cabo de cien años de este asombroso acontecimiento, no se sabe qué valorar más; si el ofuscamiento de Martín Cerezo sobre la realidad, actitud disculpable por los numerosos engaños recibidos, o la tenacidad en cumplir fielmente y hasta el final las órdenes de defender a España en sus posiciones del Pacífico.

Una vez que los últimos de Baler se hubieron repuesto del tremendo agotamiento y con la ayuda de los filipinos, que cumplieron fielmente su compromiso, el Teniente Martín Cerezo y sus hombres hicieron el largo viaje en dirección a Manila, atravesando poblados y lugares tan conocidos como San José de Casiñán y San Fernando. No faltaron los atentados de algunos mal nacidos que fueron repelidos por los soldados tagalos que les escoltaban. Al fin llegaron a Manila el 6 de julio del 99.

Durante el viaje, al pasar por Tarlak, cuartel general del Presidente filipino, este acogió a los españoles ofreciéndoles obsequios y alojamiento. Lo que más agradeció Martín Cerezo del Presidente Emilio Aguinaldo, fue la entrega de un periódico en el que se publicaba un elogioso relato de los españoles y el Decreto, en un artículo único que decía:

"Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país".

En Manila la comisión española encargada de recibirlos, los alojó en el Palacio de Santa Potenciana, antigua Capitanía General. La colonia española los colmó de homenajes y regalos. En una de las recepciones, el Teniente Martín Cerezo recibió el abrazo del Teniente Coronel Aguilar que en son de broma le dijo: "Y ahora, ¿me reconoce Ud.?". A lo que contestó el teniente "Si, señor. Y más me hubiera valido haberlo hecho entonces".

Por fin, el 29 de julio del 99 embarcaron en el vapor "Alicante" camino de España, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, siendo recibidos por las autoridades civiles y militares. Los llamados "Los últimos de Filipinas" lo formaban 1 Teniente de Infantería, 1 Teniente médico, 2 Cabos, 1 Trompeta y 28 soldados.

Así terminó la gesta, que cerraba el ocaso de un Imperio de 400 años, defendido con el esfuerzo y la sangre de tantos españoles que dieron su cultura y su religión.

Aunque el recibimiento fue muy efectivo, Martín hubo de soportar un fuerte interrogatorio en aclaración a su actuación, durante el cual, la pregunta más repetida era: ¿Por qué no obedeció Ud. las órdenes de rendición que recibía por parte del Capitán General? A ello contestaba el oficial con un contundente: "Siempre creí que eran falsas, y nunca pensé que el ejército español se rindiera".

El Teniente Saturnino Martín Cerezo fue propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando, la que le fue concedida tras el expediente reglamentario.

En dicha condecoración fue instituida por las Cortes de Cádiz el 31 de agosto de 1811, para premiar un hecho heróico sobrehumano.

En el siglo XIX se concedieron pocas laureadas. No así en el siglo XX con las guerras de África y la de 1936-39, en la que se hizo más patente el impulso heróico de nuestra raza.

Queremos recordar la anécdota que protagonizó en Madrid el Teniente Martín Cerezo cuando vió en un escaparate una gran foto de los defensores de Baler. Entró en el local y exigió que la retiraran. "Esa foto dijo -puede herir a los que no hicieron lo mismo. Porque si lo hubieran hecho, todavía Cuba sería de España". Demostrando una vez más su recia personalidad.

El recuerdo que nos queda de los Últimos de Filipinas suele estar unido, a valorar la altura moral de cada personaje, y a la prestancia épica de su actuación. Afortunadamente, en aquella época, aún se sabía valorar en España la abnegación y el idealismo.

Por todo esto, Las Morenas, Alonso Zayas, Mártín Cerezo, Vigil de Quiñones y tantos anónimos, fueron héroes.

Los defensores de Baler consiguieron realizar dos descubrimientos de una sublime simplicidad: la resistencia en defensa de la Patria y la conformidad con los sufrimientos. Heróicas y cristianas virtudes, que por desgracia van perdiendo su importancia social.

Aún podemos aportar otro recuerdo a esta gesta. Nos referimos a cuando en octubre de 1954, con motivo de la visita del Teniente General Muñoz Grandes como Ministro del Ejército Español al Pentágono. El jefe de E.M. del Ejército Norteamericano, Ridway, recordando el heroísmo de la guarnición de Baler dijo al General Español: "La resistencia de aquella guarnición inerme y destrozada, es un ejemplo admirable de la capacidad de heroísmo y de la fuerza, de las condiciones del soldado español". añadiendo, que, recomendaba a sus oficiales, la lectura de la famosa hazaña de Baler, como símbolo de un gran espíritu.

ENRIQUE DE LA VEGA Real Academia Sevillana de Buenas Letras..

APÉNDICE

La procedencia de cada uno de los supervivientes era la siguiente: El Capitán de las Morenas, de Chiclana (Cádiz); el Teniente Martín Cerezo, de Miajada (Cáceres); Alonso Zayas, de Puerto Rico y el Teniente médico Vigil de Quiñones era de Marbella (Málaga). Su nombre es el que da título al Hospital Militar de Sevilla. El personal de tropa se distribuía entre pueblos de Canarias, Murcia, Sevilla, Castellón, Valencia y Lérida, con dos soldados cada una, y con un solo soldado las provincias de Albacete, Zaragoza, Málaga, Orense, Mallorca, Palencia, Ávila, Granada, Castellón, Jaén, Barcelona, Huelva, Coruña, Teruel, Salamanca, Gerona, Guadalajara, Cuenca, Burgos y Lugo. Lo que puede justificar lo anteriormente dicho de que los defensores de Baler, "Ultimos de Filipinas", fueron una representación genuina de todo el pueblo español.


2011 11 27, 10:19
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

La resistencia de los "ULTIMOS DE FILIPINAS".
I


El navegante portugués Fernando de Magallanes, propone a la Corona española navegar a lo largo del recién descubierto Continente americano, hasta encontrar el paso hacia Oriente. Tras una serie de calamidades, llegan al Archipiélago filipino en marzo de 1520, desembarcando en la Isla de Butuan. La "Victoria", mandada por Juan Sebastián Elcano, llegó a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, con 18 tripulantes; finalizando la primera vuelta al mundo.

Tiempo después, Felipe II encarga la conquista de las islas a Andrés de Urdaneta y Miguel López de Legazpi, que culmina el año 1565. Legazpi, en nombre de la Corona española va ocupando sucesivas islas, y funda en 1571 la ciudad de Manila, extiende el nombre de Filipinas a todo el Archipiélago en honor del Rey Felipe II.

Estallaron varias revueltas, disconformes con la ocupación. En agosto de 1896, estalló la última revuelta . El sentimiento separatista aumentó debido a la deficiente administración colonial española, a la inestabilidad política de la España isabelina, y al apoyo norteamericano a los separatistas, cuyo cabecilla fué Datto Utto. El ejército español en Filipinas estaba compuesto en su mayoría por indígenas, excepto los mandos, cuando comienzan las deserciones, ve sus filas reducidas, y al adversario más fuerte. La revolución da comienzo en agosto de 1896. El Capitán General de las islas era, D. Ramón Blanco, Marqués de Peña Plata.

Entre los meses de septiembre y diciembre se extiende la insurrección sin que el General Blanco pudiera hacerla retroceder. Ante esta situación, el Gobierno de Madrid sustituye al mando de Filipinas y lo entrega al General D. Camilo Polavieja, que toma posesión el día 13 de diciembre de 1896. Polavieja, que tiene rodeados a los rebeldes en los pueblos altos de Cavite, pide refuerzos a Madrid. Ante la negativa de Cánovas, que no lo considera necesario, el general presenta la dimisión alegando problemas de salud.

Le sustituye el General D. Fernando Primo de Rivera, que toma el mando en abril de 1897. A los pocos días de su llegada, Primo de Rivera tras conquistar algunos pueblos de la provincia de Cavite y a través de una serie de negociaciones, se llega al convenio conocido como la "Paz de Biacnabato", en diciembre de 1897, que obligó a exiliarse al general filipino Emilio Aguinaldo en la colonia inglesa de Hong-Kong.

Pero en marzo de 1898 estalla la guerra entre España y EE.UU. y el 1 de mayo, Dewey, comodoro de la escuadra norteamericana, destruye a la española. A partir de entonces los norteamericanos ayudan a los filipinos y ofrecen al general Aguinaldo volver a Filipinas en condiciones de generalís

BALER.

El pueblo se componía de una iglesia, la casa del gobernador y barracones para la tropa, además de las viviendas de los nativos. El contrabando de armas para la insurrección en aquellas playas provocó que, el Comandante Militar Capitán D. Antonio López Irizarri, solicitara refuerzos, ya que la guarnición normal de Baler, eran un cabo y cuatro guardias civiles.

Fruto de aquellas gestiones fue, la llegada de 50 hombres al mando del Teniente José Mota. Pero una noche, con motivo de la declaración de guerra entre EE.UU. y España, estando descuidado el servicio de vigilancia, fue atacado y destruido el destacamento.

El 12 de febrero de 1898 llega a Baler el destacamento de Alonso y Martín Cerezo junto al recién nombrado Gobernador Político-Militar de El Príncipe, el Capitán de Infantería, Enrique de las Morenas y Fossi, para relevar al anterior.

La tropa se instala en la iglesia, donde Se encuentran almacenadas las provisiones, las municiones y el único lugar que parece poder servir como refugio en caso de asalto. El capitán, deseoso de generar confianza en la población y regenerar administrativamente el distrito, sugiere a Alonso que traslade la tropa a la Comandancia, residencia oficial del gobernador, sede de sus oficinas y así se hace. A los pocos días, se tiran gran parte de las raciones debido a su estado de descomposición, y se compran víveres a los nativos.

El comercio generado y la vuelta a la normalidad en las islas, además de paliar la escasez de alimentos de la guarnición de Baler, contribuyó a la repoblación del pueblo; sin embargo, corrían rumores de que la tranquilidad duraría únicamente hasta junio. Las Morenas toma por consejero al maestro de escuela, y comenzó a cultivar los terrenos de la Comandancia utilizando los servicios gratuitos de la gente. Lo que para el capitán era una muestra de confianza en la paz y en la población, para ésta era explotación y abuso; el maestro acabó siendo considerado enemigo del pueblo y fué asesinado.

Al problema de la escasez de alimentos, había que añadir que la única fuente de suministro de agua era el río que circundaba la población y éste, además de poder ser desviado en caso de insurrección, era un escondite perfecto para el enemigo en las selvas que comenzaban en la otra orilla, lo que convertía en un riesgo el ir a recoger agua.

COMIENZO DEL SITIO.

En abril llegan noticias de reclutamientos rebeldes en Carranglan, Pantabangan y Bongabon, en la vecina provincia de Nueva Écija, intentaban reclutar ofreciendo una buena paga. El 19 de mayo, Aguinaldo vuelve a Filipinas para ponerse al frente de la revolución; a finales del mismo mes, llegan noticias sobre el inicio de la guerra contra Estados Unidos y la derrota de la flota española en la Batalla de Cavite.

Las fuerzas reclutadas en los alrededores cortaron las comunicaciones; el último correo enviado a Manila el 1 de junio fue interceptado y los marinos apresados, días más tarde escaparon y avisaron a la guarnición. Llegan dos naves de Binangónan con arroz para vender; la guarnición intentó enviar un mensaje al exterior, al comandante de aquella población, desconociendo que la región ya estaba en plena revuelta y que se había declarado la independencia el 12 de junio.

El 24 de junio, Alejo, un prisionero que había sido puesto al servicio del gobernador y tenía permiso para moverse por todas partes, da el aviso para el abandono del pueblo y se va, robando el sable del médico, Rogelio Vigil. El día 26 gente del pueblo empezó a desertar, hace pensar en la inminencia de un ataque. A la mañana siguiente, el pueblo estaba desierto y todo el dinero que tenía guarnición y toda la ropa que habían enviado a lavar, había desaparecido.

Ante esta situación, el destacamento decidió atrincherarse en la iglesia, llevando consigo las provisiones que quedaban en la Comandancia y los barriles de arroz que había comprado el cura para vender. Dos días más tarde, Martín Cerezo salió de patrulla con 14 hombres, sin novedad, mientras los que no estaban de guardia recogían el agua que quedaba en las casas del pueblo para llevarla a la iglesia.

Al día siguiente, la patrulla sale al mando de Alonso, comandante del destacamento, y uno de los soldados deserta. La tropa continúa con el acondicionamiento de la iglesia, demoliendo parte de la antigua vivienda del cura, almacenando la madera obtenida e intentando hacer un corral, dejando intacta la base del muro. Cerezo llevó cuatro caballos para poder tener carne en caso de necesidad pero tanto la tropa, como Alonso, como el capitán se negaron y los soltaron.

La mañana del día 30 de junio le toca a Cerezo el turno de patrulla. Al llegar al Puente de España, al oeste del pueblo, un grupo de insurrectos que se encontraban apostados en la ribera del río comienza a disparar contra la patrulla, intentando rodearla. Estos vuelven a la iglesia para ponerse a cubierto, llevando como pueden al cabo Jesús García Quijano, herido en el pie; comenzando así el sitio. Ese mismo día, llegaban a Filipinas las primeras tropas terrestres estadounidenses, al mando del General Anderson, como avanzadilla del VIII Cuerpo del General Wesley Merritt.

El primer día de sitio, los españoles encuentran cerca de la iglesia una nota del enemigo en la que les advierten que cuentan con tres compañías para el asalto y los invitan a rendirse, como ha hecho la mayor parte de las tropas españolas, para evitar un inútil derramamiento de sangre.

Aunque no dieron mucho crédito a las noticias sobre las rendiciones, los sitiados, teniendo en cuenta los acontecimientos que se habían ido sucediendo en los últimos tiempos, no dudaban acerca de la cantidad de las fuerzas enemigas y se temieron que el sitio que acababa de comenzar se iba a convertir en un largo asedio y que sería prácticamente imposible salir de la iglesia, así que Martín Cerezo retomó la idea de construir un pozo en el interior.

Las Morenas le asignó cinco hombres y al poco tiempo, encontraron agua en abundancia a cuatro metros de profundidad. Mientras afianzaban el pozo con los pilares que habían obtenido del desmantelamiento de la casa del cura y un barril de vino, Alonso, comandante del puesto, vigilaba puertas y ventanas con el resto de los hombres.

Al día siguiente, 2 de julio, aparece otra nota, esta vez clavada en una caña de bambú en el suelo, con una hoja de platanera encima, para protegerla de la lluvia. En esta nueva carta, los insurrectos, al no haber recibido respuesta a la anterior, insistían en las victorias que se estaban produciendo sobre las tropas españolas y les informaban acerca de la caída de casi todas las provincias de Luzón, cuya capital, Manila, se encontraba sitiada por 20.000 filipinos, según la nota, y que, sin suministro de agua, estaba a punto de capitular.

Las Morenas, como Gobernador Político-Militar, respondió que Manila no se rendiría por falta de agua pues se podía utilizar la del mar. Así mismo, los instó a volver a someterse a la obediencia a España, mostrándose dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos si así lo hacían. El mensaje acababa recomendando que no se dejaran más notas en los alrededores de la iglesia sino que fueran enviadas, después de un sonido de aviso, mediante un mensajero con bandera blanca.

Las respuestas, por parte española, se entregarían en la misma iglesia a un mensajero enviado también por el enemigo, tras dar el respectivo aviso e izar la bandera blanca. La decisión de no enviar hombres fuera de la iglesia se tomó para evitar la tentación de desertar que podían tener algunos hombres. De hecho, Felipe Herrero López, uno de los hombres que había servido con Cerezo, fue el primer mensajero que enviaron los filipinos a recoger una respuesta. Cerezo intento persuadirlo para que se reincorporara pero éste se marchó sin decir palabra.

El 3 de julio, día en que España perdía Cuba tras la Batalla de Santiago de Cuba, Félix García Torres, otro desertor, llevó otra carta pero no fue recibida y le dijeron que hiciera entender al enemigo que si continuaban eligiendo ese tipo de emisarios, serían recibidos a balazos. Durante el resto del día, como no podían salir debido al fuego enemigo, se dedicaron a construir un horno para hacer pan y a lavar la poca ropa que les quedaba en dos barriles.

El 4 de julio los soldados españoles sitiados en Baler realizan varias incursiones, destruyendo los barracones de la Guardia Civil, los edificios de la escuela y algunas casas cercanas a la iglesia desde las que los filipinos disparaban constantemente. El día 8, Cirilo Gómez Ortiz, al mando de las tropas sitiadoras, envía una carta en la que ofrece una suspensión de las hostilidades hasta la caída de la noche, para que las tropas, a las que supone sin provisiones, descansen.

Con la carta, además envía un paquete de cigarrillos para el capitán y unos detalles para los soldados. Los españoles, aceptaron la suspensión, que sería la única hasta el final del sitio, e informaron a Ortiz de que tenían abundantes provisiones y le regalaron una botella de brandy para que la bebiera a su salud.

Los combates se reanudaron y los filipinos, en un intento más de que los españoles se rindieran, enviaron a varios desertores para que desde el exterior, intentaran convencer a la tropa para que siguieran sus pasos y se reunieran en territorio enemigo. Transcurrieron así los días hasta que el 18 de julio, el cabo Julián Galvete Iturmendi cayó herido. Días después murió, convirtiéndose en la primera baja por fuego enemigo de la guarnición.

Ese mismo día, llega una carta para Las Morenas y Gómez Carreño firmada por Leoncio Gómez Platero. En ella, les exhorta en tono cordial para que depongan las armas y se rindan al Capitán Calixto Villacorta porque si así lo hacían, serían tratados con consideración y embarcados rápidamente hacia España. La carta no fue respondida así que a la mañana temprano del día 19 de julio, los filipinos enviaron otra, esta vez menos cortés y firmada por Villacorta, con un ultimátum:

Acabo de llegar con tres columnas de mi comando y, enterado de la resistencia inútil que mantenéis, os informo de que si deponéis las armas en el plazo de veinticuatro horas, respetaré vuestras vidas y propiedades, y seréis tratados con toda consideración. De lo contrario, os obligaré a entregarlas. No tendré ninguna compasión de nadie y haré responsables a los oficiales de cualquier fatalidad que pueda ocurrir.

La respuesta española fue enviada a la mañana siguiente: A mediodía de hoy termina el período fijado en su amenaza. Los oficiales no pueden ser considerados responsables de las fatalidades que ocurran.Nos une la determinación de cumplir con nuestro deber, y deberás comprender que si tomas posesión de la iglesia, será solamente cuando no haya nada en ella más que los cuerpos muertos. La muerte es preferible a la deshonra.

A mediodía del día 20, al finalizar el plazo del ultimátum dado por Villacorta, los filipinos comenzaron a disparar desde todos los puntos de sus líneas, durando el tiroteo hasta la mañana siguiente. Los españoles, para economizar munición e incitar al enemigo al asalto, decidieron no responder a este fuego. Ante esta actitud, Villacorta, en vez de enviar sus columnas contra la iglesia, envió un mensaje en el que decía que no iba a gastar pólvora inútilmente, pero no levantaría el sitio, aunque tuviera que prolongarlo tres años, hasta que los españoles se rindieran.

En la iglesia habían encontrado varios cañones viejos, pero sin accesorios ni carro para transportarlos. Mezclaron los explosivos de algunos cohetes rotos con la pólvora de algunos cartuchos de los fusiles Remington y pusieron parte de la mezcla y las balas en uno de los cañones más pequeños, que llevaron a uno de los disparaderos que habían construido en el antiguo convento, ahora, el corral, y colgaron la parte trasera de una viga, con una cuerda que les permitía variar el ángulo de tiro. Con una larga caña de bambú con fuego en el extremo, consiguieron disparar el cañón, que hizo temblar los cimientos del corral.

Los insurrectos enviaban casi a diario mensajes a los sitiados y, un día, uno de los mensajes fue entregado por dos españoles. Algunos soldados creyeron reconocer a uno de ellos como uno de los guardias civiles del destacamento de Mota, que había comandado el puesto de Carranglan.

El asistente de Alonso, Jaime Caldentey aseguró que era un paisano y amigo suyo de Mallorca. Alonso indicó a Jaime que debía decir a los enviados que tenían suficientes provisiones y municiones para aguantar y éste se dirigió a ellos en mallorquín. El guardia, fingiendo no conocer el idioma, le dijo que estaban perdidos y que si continuaban con su resistencia, acabarían muertos, porque todas las tropas peninsulares se habían rendido y no iban a recibir refuerzos. Al oír esto, Martín Cerezo contestó que el que estaba perdido era él, y que se fuera de allí.

Villacorta volvió a enviar otro ultimátum el 31 de julio. En él amenazaba con utilizar fuego de cañón si no se entregaban al día siguiente. Los filipinos había recibido algunos cañones, al parecer del mismo tipo que los que tenían los españoles y, tal como había amenazado Villacorta, a las doce de la noche comenzó el bombardeo desde el sur, el este y el oeste produciendo algunos daños en las puertas y en el techo, quedando prácticamente a la intemperie.

El 3 de agosto, Jaime, el sirviente de Alonso, aprovechando que estaba de guardia a la derecha del altar, desertó llevando consigo su equipo y munición. Días después, gracias a la información de Jaime sobre el temor de los españoles a un ataque por el norte, donde no había sino un vigía, los filipinos atacaron, concentrando el fuego en la zona y poniendo una escala en el muro, cerca de donde se encontraba el vigía, que dio la alarma.

Los españoles se dirigieron hacia la zona para repeler el ataque y, ante la insistencia del enemigo, a Alonso se le ocurrió fingir una salida para asaltar una de las casas fortificadas del exterior. Al oír el grito de Alonso y el incremento del fuego, los filipinos se retiraron dejando la escalera junto al muro, aunque continuaron disparando con cañón y rifle desde las trincheras.

Mientras tanto, el día 13 de agosto, las tropas estadounidenses al mando de Merritt, protegidas por la flota de Dewey, sin contar con Aguinaldo, asaltan Manila y, al final del día, controlan la ciudad, rindiendo Fermín Jáudenes y Álvarez, Gobernador General, las tropas españolas en Filipinas, que serían repatriadas poco a poco.

El día de la Virgen de la Asunción, el 15 de agosto, los filipinos hirieron al soldado Pedro Planas Basagañas y días después, Villacorta envió a dos curas de la parroquia de Casiguran, Juan López Guillen y Félix Minaya, para insistir en la rendición. Los religiosos no consiguieron su propósito, sin embargo, Las Morenas les pidió que se quedaran, a pesar de la escasez de provisiones, y así lo hicieron hasta el final del sitio.

Hasta el día 25, todo transcurrió sin más novedad que el fuego continuo pero, ese día, murió la primera víctima de beriberi, el padre Cándido Gómez Carreño, cura de Baler, natural de Madridejos (Toledo). Durante el día, se presentó en la iglesia Pedro Aragón, quien dijo ser habitante del pueblo y suplicó hablar con el cura para informarle sobre la caída de Manila y pedirle que ayudase a convencer a los soldados españoles para que se rindieran.

El soldado Francisco Rovira Mompó, enfermo también de beriberi, murió de disentería, el 30 de septiembre, día en el que llegaron nuevas noticias a la iglesia en forma de carta del Gobernador Civil de Nueva Écija, Dupuy de Lôme. En ella, informaba a Las Morenas, que conocía a Dupuy y afirmaba que la letra era suya, de que se había perdido Filipinas. Más tarde llegaron rumores sobre la rendición del Mayor Juan Génova Iturbe, el capitán Federico Ramiro de Toledo, el Mayor Ceballos en Dagupan y el General Agustí en Manila.

Finalmente, llegó una carta del cura de Palanan, Mariano Gil Atienza, en la que les confirmaba los rumores e intentaba hacerles ver que era inútil seguir resistiendo, porque el archipiélago se había perdido. Sin embargo, los sitiados no dieron crédito al Gobernador de Nueva Écija, ni a los informes oficiales ni al resto de las informaciones recibidas, pensando que se trataba de una treta del enemigo, incrédulos ante el hecho de una pérdida tan rápida del archipiélago.

El teniente Saturnino Martín Cerezo se hace cargo del mando a la muerte de Alonso.El Cabo José Chaves Martín y el soldado Ramón Donant Pastor mueren de beriberi el 9 de octubre. Días después cae gravemente herido el doctor Vigil y, el día 18, muere Juan Alonso Zayas de beriberi, enfermedad que se estaba extendiendo rápidamente entre la tropa, tomando el mando Saturnino Martín Cerezo.

Para evitar en lo posible el avance del beriberi, los españoles abrieron varias vías de ventilación, intentando no comprometer la seguridad. A pesar de las medidas tomadas, la mayor parte de la tropa apenas se tenía en pie, por lo que se organizaban guardias de seis horas, en las que los relevos se hacían con ayuda de los soldados sanos, que llevaban a la cama al soldado relevado y colocaban en una silla al nuevo vigía, mientras el cabo de turno, hacía rondas comprobando el estado de los distintos centinelas.

Los insurrectos, volvieron a escribir a los españoles, informándoles de que el dominio español en Filipinas había terminado y que, si se rendían, serían rápidamente embarcados hacia España. Los sitiados contestaron que, de acuerdo con las leyes y usos de guerra, en caso como aquel, contemplaban un periodo de seis meses para llevar a cabo la evacuación y, que como sabría seguramente el Gobernador General, disponían de provisiones y munición suficiente para permanecer allí ese tiempo.

Los filipinos contestaron que tras las hostilidades con las tropas estadounidenses, los generales españoles habían dejado de ocuparse de sus tropas, así que al destacamento de Baler, no le quedaba otro remedio que rendirse, a lo que los españoles contestaron que ningún ejército abandonando un territorio, podía olvidar a sus tropas comprometidas en el terreno.

Antes de final de mes, hubo otras tres bajas. El día 22 murió de beriberi el soldado José Lafarga, el día 23 fue herido el soldado Miguel Pérez Leal y el 25, murió, también de beriberi, el soldado Román López Lozano. Por esas fechas, la mayor parte de los soldados carecían de zapatos, por lo que para entrar en contacto con el suelo húmedo lo menos posible, algunos de ellos se fabricaron una especie de zuecos, con pedazos de madera fijados a los pies con cuerdas.

Durante la primera quincena de noviembre, murieron los soldados Juan Fuentes Damián, Baldomero Larrode Paracuellos, Manuel Navarro León y Pedro Izquierdo y Arnáiz.

El Capitán Las Morenas, a pesar de encontrarse gravemente enfermo, seguía firmando las contestaciones a los filipinos pero ante la inminente muerte, los españoles decidieron enviar la última carta firmada por él con el fin de que, en el futuro, no tuviesen sospechas acerca de su estado. En ella, se invitaba a los insurrectos a rendirse, afirmando que serían tratados benévolamente y amnistiados. Los filipinos contestaron con insultos y amenazas. Finalmente, el 22 por la noche, Enrique de Las Morenas, fallecía de beriberi.

Martín Cerezo contaba, en aquel entonces, con 35 soldados, un trompeta y tres cabos, prácticamente enfermos. Apenas quedaban víveres, aunque había munición suficiente para seguir resistiendo. Los filipinos intentaron varias veces comunicarse con los españoles, pero Cerezo rechazaba los mensajes. Ante el temor de que esta nueva actitud pudiera hacer pensar a los sitiadores, que la moral de los sitiados estaba empezando a flaquear, el teniente ordenó organizar pequeñas «fiestas» todas las tardes, con el personal fuera de servicio, en las que se cantaban viejas canciones y se aplaudía ostensiblemente.

La actitud de los españoles irritaba a las tropas filipinas, que arreciaban el fuego y los insultos y, al mismo tiempo, estimulaba el ánimo de los sitiados. Mientras tanto, los insurrectos habían finalizado la construcción de las trincheras y habían fortificado varias casas en la parte occidental de la iglesia, a apenas 40 pasos.


2011 11 27, 10:22
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

La resistencia de los "ULTIMOS DE FILIPINAS".
II

Aprovechando uno de los momentos en los que el fuego filipino se había relajado, el soldado Juan Chamizo Lucas, cubierto por todos los soldados que no estaban en puestos de vigilancia, consiguió salir, quemar las casas cercanas y volver sin ser descubierto.

Rafael Alonso Mederos se convirtió el 8 de diciembre en una nueva baja del beriberi, pero como era un día festivo en la Infantería Española, Cerezo decidió repartir crepes, café y sardinas entre la tropa, con el fin de disipar, en parte, los efectos de la nueva pérdida. A pesar del estado de las provisiones, los soldados tomaron la salida de la monotonía como una auténtica celebración de la Inmaculada.

Dos días más tarde, el 10 de diciembre, se firma en París el tratado por el que España cede a Estados Unidos sus colonias en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, dándose por finalizada la guerra entre ambos países. Por su parte, los filipinos continuaban con sus ataques de cañón, pero sin atacar de la manera contundente que podría haber acabado con los españoles.

Entre el ruido de los fusiles y cañones, se oían también insultos y gritos de los soldados filipinos, entre ellos, los desertores, que hacían ostentación de su presencia, cosa, que enfurecía a los sitiados. Además, algo que frustraba a los españoles, era que, debido a la maleza que los rodeaba, no eran capaces de ver si realmente causaban bajas entre el enemigo o no. La escasez de alimentos hizo que Martín Cerezo se plantease una salida, con el fin de obtener calabazas frescas y otros frutos que crecían cerca de la iglesia. Para ello, concentraría el fuego sobre todo el pueblo, creando confusión.

El plan, inicialmente previsto para la víspera de Noche Buena, tuvo que anticiparse debido a la debilidad del doctor que, de no comer algo fresco, moriría en poco tiempo. El estado de salud del médico del destacamento, Rogelio Vigil, provoca el adelanto de la acción para obtener provisiones.Para intentar la salida, Cerezo contaba con apenas 20 hombres, que debían arriesgarse a salir a campo abierto ante un enemigo bastante más numeroso, en mejor estado de salud y atrincherado, por lo que la única ventaja con la que podían contar era el factor sorpresa.

El teniente llamó al cabo José Olivares Conejero para que seleccionara 14 soldados para llevar a cabo la misión. El comando debía salir por el agujero de la sacristía que daba al foso, rodear la casa más cercana al norte de la iglesia y prenderle fuego con con trapos impregnados de gasolina atados al extremo de cañas de bambú. La misión del resto de los hombres era dar cobertura de fuego desde la iglesia.

En torno a las diez y media de la mañana del 14 de diciembre, el cabo y sus hombres salieron de la iglesia según lo planeado. La sorpresa y la velocidad a la que se propagó el fuego por el pueblo hizo que los filipinos de la zona se retirasen rápidamente. Tras el ataque, la mayor parte del pueblo y las trincheras circundantes fueron destruidas. Los españoles despejaron también la zona sur, lo que les permitió abrir las puertas, que habían permanecido cerradas desde el inicio del sitio e hicieron un claro que les permitía ver el río, al este, lugar frecuentemente utilizado por los filipinos para el suministro de provisiones y refuerzos.

La acción se llevó a cabo sin ninguna baja por parte de los españoles, aunque la confusión del momento les impidió saber las causadas por ellos, más allá de un centinela calcinado por el fuego y los rumores acerca de la muerte de Cirilo Gómez Ortiz. Con la operación, los sitiados obtuvieron una gran cantidad de calabazas y naranjas de los árboles que había cerca de la iglesia, además de todos los tableros, vigas y varas de metal que pudieron sacar de la Comandancia y una escalera que había quedado abandonada junto al muro tras el último intento de asalto filipino.

Tras el ataque, con la zona despejada, al menos de momento, los españoles podían salir a diario a recoger hojas de calabaza. La situación también posibilitó la construcción de una fosa séptica a unos cuatro o cinco metros de la pared del corral, con lo que la situación higiénica mejoró considerablemente.

Esto, unido a la posibilidad de abrir las puertas para ventilar el aire y la comida fresca, contribuyó a que la epidemia de beriberi comenzase a remitir. Además, cerca de la entrada a las trincheras cultivaron un pequeño huerto de tomates y pimientos salvajes para poder obtener alimentos frescos sin tener que arriesgarse apenas a recibir fuego enemigo. Con ayuda de la escalera abandonada por el enemigo y los materiales obtenidos en la escaramuza, los españoles techaron con tableros de cinc, como pudieron, la azotea destruida por los cañones filipinos.

A pesar de los esfuerzos, cuando la lluvia era fuerte, el techo apenas servía, y una noche de tormenta parte de la cornisa asegurada con los materiales de la Comandancia se vino abajo, dejando a los españoles sin posibilidad de volver a repararla hasta que amainase el tiempo. Mientras tanto, los filipinos volvieron al sitio, utilizando las casas que no se habían quemado y cavando nuevas trincheras, esta vez más lejanas, en cuyo fondo tenían que poner plataformas, debido a las inundaciones que provocaban las lluvias y las crecidas del río. Con la intención de molestar a los españoles, los filipinos gastaron gran cantidad de munición, mientras los sitiados disparaban sólo cuando lo consideraban necesario.

Llegada la Nochebuena, Cerezo ordenó repartir raciones extra de calabaza, naranja y café y con algunos instrumentos que habían encontrado en la iglesia y unos bidones de gasolina, celebraron una ruidosa fiesta, mientras desde las trincheras enemigas les llegaban gritos amenazadores.

Al día siguiente oyeron la llamada a parlamentar, desde algún lugar frente a la iglesia. Cerezo ordenó izar la bandera blanca y al rato, un hombre se presentó y entregó un paquete con tres cartas. Una de ellas venía firmada por Villacorta, informando de que el Capitán Bellota había llegado al campamento para parlamentar con ellos y que, con el fin de facilitar su propósito, las hostilidades cesarían hasta el final de la conferencia, que se celebraría como y cuando los sitiados dijesen.

La segunda carta, firmada por el capitán en cuestión, informaba de que había sido enviado a Baler para reunirse con los soldados españoles y la tercera, firmada por el Padre Mariano Gil Atienza, rogándoles que dieran crédito a Bellota y a lo que éste les quería comunicar.

Cerezo, ante la posibilidad de que los rumores acerca de la pérdida de Filipinas se vieran confirmados con la presencia de Bellota, contestó que lo esperaría en la plaza y así lo hizo, pero nadie se presentó, por lo que ordenó arriar la bandera blanca en cuanto empezó a oscurecer y ordenó a sus hombres que dispararan a cualquier insurrecto que apareciera, porque, a su entender, todo había sido una trampa, con el fin de comprobar si recibirían a alguien que no tuviera miedo a presentarse.

En Nochevieja se acabaron las hojas del calendario y las raciones cada vez eran más escasas. En el exterior, el 4 de enero de 1899, el General Otis proclama, en nombre del presidente William McKinley, la soberanía de Estados Unidos sobre Filipinas. Al día siguiente, Aguinaldo protestó, sorprendido por la reacción de los americanos, que consideraba que habían venido a liberarlos de los españoles, en lugar de a someterlos.

El día 13 de enero, el soldado Marcos José Petanas cayó herido. Durante una de esas noches, los insurrectos dejaron en la puerta de la iglesia algunos periódicos filipinos que los sitiados encontraron a la mañana siguiente, en los que se podían leer noticias acerca de españoles arrestados por soldados norteamericanos por pequeños robos o de gente como el cura de Albulug (Cagayan), aparentemente a favor de la insurrección, a cambio de que los filipinos, a los que daba ayuda, dejaran que siguiera a cargo de su plantación de café.

Mientras Aguinaldo esperaba contestación de McKinley a sus peticiones enviadas a Washington a través de Otis, el 4 de febrero, las los estadounidenses atacan por sorpresa todas las líneas filipinas, dando así comienzo la Guerra Filipino-Estadounidense. El 13 de febrero, murió de beriberi el soldado José Sáus Meramendi y al día siguiente volvieron a sonar las cornetas filipinas llamando a parlamento.

Cerezo subió a la torre para ver qué ocurría y vio en una de las casas fortificadas a un trompeta y a un hombre con una bandera blanca. Como los españoles no contestaban, los filipinos hicieron sonar dos veces más el aviso y, al seguir sin obtener respuesta, enviaron a un hombre hacia la iglesia por la Calle General Cisneros.

Cerezo, desde la torre, le dio el alto y éste preguntó si se trataba del Capitán Las Morenas. Cerezo contestó que no, que era uno de los oficiales del destacamento y le preguntó qué quería. El individuo se identificó como el Capitán Miguel Olmedo y aseguró estar allí por orden del Capitán General para hablar con el Gobernador. Cerezo le dijo que De las Morenas no hablaba ni recibía a nadie y que le dijera a él cuál era el mensaje que quería transmitir.

Olmedo dijo que traía un comunicado oficial así que Cerezo ordenó a un soldado que saliera a por él. El enviado se negó a entregar el mensaje al soldado porque tenía órdenes de entregarlo en persona y Cerezo fingió retirarse sin atenderlo.

Finalmente el enviado cedió y entregó al soldado el mensaje para el gobernador, firmado por Diego de los Ríos y fechado el 1 de febrero de 1899, en el que ordenaba a Enrique de las Morenas que abandonase la plaza, siguiendo las instrucciones de Olmedo, dado que España había cedido la soberanía de las islas a Estados Unidos tras la firma del tratado de paz entre ambos países.

Cerezo observó en la comunicación algunos detalles que no le convencieron acerca de su autenticidad y al volver, dijo al mensajero que el Capitán De las Morenas se había dado por enterado y que podía irse. El enviado pidió quedarse a dormir en la iglesia, pero Cerezo se negó diciéndole que durmiese donde había dormido hasta el momento, lo que aparentemente sorprendió a Olmedo que, según él, había ido incluso al colegio con el capitán.

Resignado preguntó cuándo podía volver a por la respuesta y Cerezo contestó que cuando tocasen a llamada e izasen la bandera blanca. El enviado se fue y los españoles no volvieron a verlo, aunque lo oyeron hablando noches después en una de las casas que creían habitadas por algún jefe insurrecto. Al parecer, Cerezo desconfió del mensajero por presentarse de paisano a pesar de la importancia del mensaje, utilizando las formas y maneras de llamada de los filipinos.

Además, a pesar de decir ser compañero de colegio de Enrique de las Morenas, había preguntado al teniente si él era De las Morenas y, por otra parte, el extraño suceso del Capitán Bellota, que no apareció en la plaza, era demasiado reciente. A pesar de la necesidad de acabar con aquella situación, Cerezo se acogió al artículo 748 de las Ordenanzas Militares en el que se recordaba que, en situación de guerra, incluso la ejecución de las órdenes escritas de rendir una plaza provenientes de un superior debían ser suspendidas hasta que se comprobase fehacientemente su autenticidad, enviando, si era posible, una persona de confianza que las verificara.

Una noche de finales de febrero los centinelas avisaron de la presencia de un carabao acercándose a la iglesia. Al parecer los filipinos, para tener carne fresca, habían traído una pequeña manada a la zona, que pastaba entre ambos bandos.

La primera noche, ante la sorpresa, uno de los centinelas disparó sobre uno de los animales, consiguiendo únicamente que se alejara. A la noche siguiente, Cerezo, junto a cinco tiradores, salieron al exterior y en poco tiempo consiguieron cazar una pieza. Los españoles celebraron un banquete asando el animal y devorando la carne, que apenas duró tres días. Cuando se acabó la carne volvieron a salir, pero esta vez el enemigo estaba preparado y tuvieron que cazar el carabao bajo el fuego filipino.

Al carecer de sal no podían conservar la carne, así que en dos días se echó a perder y los españoles decidieron salir a por más. Esta vez abatieron dos animales, pero uno tuvo que quedar fuera y al día siguiente había comenzado a hincharse y descomponerse. Los filipinos decidieron llevarse de la zona el ganado que quedaba y las cacerías terminaron, tras dar un respiro a los españoles en cuanto a alimentación se refiere y a la posibilidad de fabricar calzado, algo tosco, con las pieles de los animales.

Llegado marzo de 1899 los soldados españoles apenas tenían ropa. Mientras pudieron fueron remendando la que tenían, pero poco a poco se habían ido quedando sin material, así que se hicieron ropas con las sábanas y camisetas de las provisiones que tenían del hospital. Días más tarde, el día de la Encarnación, 25 de marzo, a los sitiados en Baler se les había acabado el arroz y Cerezo, con el fin de entretener a la tropa, ordenó abrir una trinchera en la Calle España, al final de la cual se encontraba el puente del mismo nombre, cubierto y fortificado.

Cerca del puente, a la derecha, se encontraba la casa del Gobernadorcillo y a la izquierda,junto a la Calle Cardenal Cisneros, se encontraba otra casa fortificada donde había cañones. Desde la trinchera, los españoles podían disparar sobre el puente e impedir la comunicación con las dos casas. El trabajo se completó sin llamar la atención de los filipinos y se hizo de manera que la trinchera se pudiera ocupar y evacuar sin ser vistos.

Tres días después, el teniente colocó en la trinchera algunos hombres, que sorprendieron al enemigo dejando en la calle dos muertos y un herido grave. Los filipinos contraatacaron la mañana del 30 de marzo con un fuego sostenido desde la distancia, que duró hasta la noche, sin más novedad que la llegada de un cañón moderno de los abandonados por los españoles en Cavite, cuyos proyectiles, a pesar de impactar contra la iglesia, apenas causaron daños.

Aguinaldo, conocedor de lo prolongado del sitio, había enviado a la zona al General Tiño con numerosas fuerzas e instrucciones de tomar la iglesia, pero al llegar, los españoles causaron en sus tropas cerca de cincuenta bajas y Tiño volvió a informar de que la iglesia no podía ser tomada al asalto, a lo que al parecer Aguinaldo contestó que ya vería cómo sí era posible y le envió el cañón con tal propósito.

Los filipinos, hicieron sonar las trompetas llamando a parlamento varias veces, pero ante el silencio de los españoles, comenzaron a disparar de nuevo desde todas sus líneas. A la mañana siguiente, los filipinos intentaron parlamentar de nuevo, y al no recibir respuesta, alcanzaron a los españoles, con ayuda de una larga caña de bambú, una carta y un nuevo paquete con periódicos. Los españoles hicieron caso omiso de la entrega y el tiroteo continuó.

Durante los primeros ocho días de abril, el fuego apenas cesó y los españoles causaron varias bajas entre los servidores del cañón. El día 8 se acabaron el bacon y el café y apenas quedaban alubias, y a los españoles no les quedaba prácticamente otro remedio que rendirse, pero Cerezo pensó que, además de tener que humillar la bandera, deberían confiar sus vidas a los furiosos sitiadores y a los desertores y optó por continuar con la resistencia.

A los 282 días de sitio se acabaron los últimos restos de arroz, las habichuelas y el rancio tocino, pero los heróicos defensores de Baler continuaron en sus puestos, manteniendo la resistencia al estar convencidos que defendían territorio español. En vista de ello, los sitiadores hicieron más violentos los ataques, intentando incluso incendiar la iglesia. La actividad del Teniente médico es increíble. Enfermo de beriberi, incluso herido, se hacía trasladar en un sillón, allí donde su presencia es necesaria para ayudar a su compañero, jefe de la posición.

Vigil de Quiñones, como buen médico, intuye lo que años más tarde serían conocidas como las vitaminas. A tal fin instruyó al Cabo Olivares para que con 10 soldados se acercaran al campo enemigo a requisar víveres frescos. Lograr tal objetivo permitió mejorar a los enfermos del beriberi al menos por algunos días.

Cierta mañana los sitiados escucharon cañonazos al Oeste de su posición, haciéndoles pensar en la llegada de socorro. Por la noche un potente reflector les busca. La alegría invadió el corazón de todos. A la mañana siguiente perciben un intenso tiroteo sobre la playa, pero al llegar la noche, el reflector dejó de alumbrar y el buque desde donde emitía el reflector, se alejó definitivamente.

El desconcierto y el desánimo invadieron a los sitiados, teniendo que actuar el Teniente Martín Cerezo con grandes dotes oratorias para elevarles el ánimo. Lo ocurrido fue lo siguiente: El buque de guerra americano Yorktown llegó a la playa con la intención de rescatar a los españoles, pues entonces también ellos eran enemigos de los filipinos al establecerse la Paz de París entre España y los EE. UU.

La tropa americana desembarcada fue copada por tropas tagalas, que parapetadas en la selva dominaban la playa. El desastre fue total. el oficial que los mandaba y 15 marines fueron muertos, obligando al resto a retirarse, alejándose el buque y dejando abandonados a los esperanzados españoles. A partir de entonces, los filipinos deciden atacar la iglesia diariamente para agotar a los sitiados. Pero no era el ejército filipino el que podría rendirlos, sino la falta de alimentos.

La hambruna era tan grande, que toda hierba, ratas, caracoles o pájaros que estaban a su alcance, por repugnante que fueran, eran comidos por los soldados sitiados. A finales de mayo del 99, persistiendo los ataques, los filipinos llegan hasta las mismas paredes de la iglesia, siendo rechazados en un cuerpo a cuerpo, dejando el enemigo 17 muertos y logrando algunos heridos regresar a sus posiciones.

Los continuos ataques, cada vez mejor organizados, pretendían acabar definitivamente con el punto de resistencia español. Pero un nuevo parlamentario llega hasta la iglesia, se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda, perteneciente al E.M. del General de los Rios. Pequeños detalles hicieron dudar a Martín Cerezo de la autenticidad del nuevo parlamentario: su raro uniforme, sus pocos expresivos documentos de acreditación; e incluso el barco que, visible en la ensenada, aseguraban era para repatriarlos, pensaron, o creyeron ver, era un lanchón filipino enmascarado como un barco real.

Ciertamente los aparatos de observación que poseían no eran de gran calidad y para Martín Cerezo era increíble, que España hubiese abandonado Filipinas como insistentemente le decían. Esto era el factor base de su incredulidad. Rechazados los argumentos del Teniente Coronel Aguilar, el jefe, perplejo y aburrido, hubo de retirarse sin antes decirle al Teniente: "¡Pero hombre! ¿qué tengo que hacer para que Vd. me crea, espera que venga el General Ríos en persona?" A ello le contestó el Teniente: "Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes".

Tras once meses de férreo sitio sin prácticamente nada que comer, el Teniente Martín Cerezo, organizó una salida nocturna que acercándolos a la costa, les permitiera montar un punto fuerte en espera del paso de algún buque en dirección a Manila; cuando todo estaba dispuesto, al releer los periódicos que le dejó el Teniente Coronel Aguilar, encontró una noticia que le dejó perplejo, y a la que sólo podía tener acceso él. La nota decía que su amigo y compañero el Teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro.

Según se expresaría el mismo Martín Cerezo, "Aquella noticia fue como un rayo de luz que lo iluminara de súbito". Entonces reunió a la tropa, les relató cuál era realmente la situación y les propuso una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España. Los heróicos defensores como tropa bien disciplinada, le dijeron a su Teniente que hiciera lo que mejor le pareciera. Ante el asombro de los filipinos, vieron izar en la iglesia la bandera blanca y oír el toque de llamada.

Seguidamente, hizo acto de presencia el Teniente Coronel jefe de las fuerzas sitiadoras, Simón Tersón, que escuchó a Martín Cerezo y le respondió que formulase por escrito su propuesta, añadiéndole, que podrían salir conservando sus armas hasta el límite de su jurisdicción, y luego renunciarían a ellas para evitar malos entendidos. El escrito que entregó el Teniente Martín Cerezo decía: "En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas".

Y así, honorablemente, dio fin tras 337 días de asedio el "Sitio de Baler". Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y los sitiados se aprestaron a abandonar su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban una formación de soldados agotados, que de tres en fondo, y con armas sobre el hombro, abandonaban el último solar español en el Pacífico, desde marzo de 1521. Le hacían pasillo soldados filipinos en posición de firmes, entre asombrados e incrédulos.

Una vez que los últimos de Baler se hubieron repuesto del tremendo agotamiento y con la ayuda de los filipinos, que cumplieron fielmente su compromiso, el Teniente Martín Cerezo y sus hombres hicieron el largo viaje en dirección a Manila, atravesando poblados y lugares tan conocidos como San José de Casiñán y San Fernando. Al fin llegaron a Manila el 6 de julio del 99.

Durante el viaje, al pasar por Tarlac, cuartel general del Presidente filipino, este acogió a los españoles ofreciéndoles obsequios y alojamiento. Lo que más agradeció Martín Cerezo del Presidente Emilio Aguinaldo, fue la entrega de un periódico en el que se publicaba un elogioso relato de los españoles y el Decreto, en un artículo único que decía: "Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país".

En Manila la comisión española encargada de recibirlos, los alojó en el Palacio de Santa Potenciana, antigua Capitanía General. La colonia española los colmó de homenajes y regalos. En una de las recepciones, el Teniente Martín Cerezo recibió el abrazo del Teniente Coronel Aguilar que en son de broma le dijo: "Y ahora, ¿me reconoce Ud.?". A lo que contestó el teniente "Si, señor. Y más me hubiera valido haberlo hecho entonces".

Por fin, el 29 de julio del 99 embarcaron en el vapor "Alicante" camino de España, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, siendo recibidos por las autoridades civiles y militares. Los llamados "Los últimos de Filipinas" lo formaban 1 Teniente de Infantería, 1 Teniente médico, 2 Cabos, 1 Trompeta y 28 soldados.

En 1908 se concedió una pensión vitalicia de 60 pesetas mensuales transmisibles a los soldados o a los familiares de los que hubieran muerto en la iglesia; los oficiales ya habían sido distinguidos con una pensión, según información de Jesús Valbuena. Cuatro años antes se había concedido una pensión anual de 5.000 pesetas a la viuda del comandante Enrique de las Morenas. De los 33 de Baler, sólo 13 sobrevivieron a la Guerra Civil.

En 1945 vivían todavía ocho soldados y Franco benefició a tres de ellos con el grado de Teniente Honorario. El resto no había luchado durante la guerra en el bando del dictador y no fueron reconocidos con el mismo tratamiento que sus compañeros. En 1963 fallece el último de los supervivientes de Baler, Eustaquio Gopar.

En la iglesia de Baler (provincia de Aurora) hay una placa colocada en 1939 por el presidente Manuel L. Quezon, recuerda esta gesta, cuando los patriotas filipinos todavía continuaban con la guerra, pero ahora no contra los kastilas (que significa "españoles" en f ilipino), sino contra los useños.

En octubre de 1954, con motivo de la visita del Teniente General Muñoz Grandes como Ministro del Ejército Español al Pentágono.El jefe de E.M. del Ejército Norteamericano, Ridway, recordando el heroísmo de la guarnición de Baler dijo al General Español: "La resistencia de aquella guarnición inerme y destrozada, es un ejemplo admirable de la capacidad de heroísmo y de la fuerza, de las condiciones del soldado español". añadiendo, que, recomendaba a sus oficiales, la lectura de la famosa hazaña de Baler, como símbolo de un gran espíritu.

Los supervivientes de Baler a su llegada a Barcelona.

Teniente Saturnino Martín Cerezo, natural de Miajadas, Cáceres
Médico Rogelio Vigil de Quiñones , natural de Marbella, Málaga
Cabo Jesús García Quijano, natural de Viduerna de la Peña, Palencia
Cabo José Olivares Conejero, natural de Caudete, Albacete
Comandante Narciso de Vera Marrero, natural de La Laguna, Tenerife
Corneta Santos González Roncal, natural de Mallén, Zaragoza
Soldado Juan Chamizo Lucas, natural de Valle de Abdalajís, Málaga
Soldado José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife
Soldado Luis Cervantes Dato, natural de Mula, Murcia
Soldado Manuel Menor Ortega, natural de Sevilla, Sevilla
Soldado Vicente Pedrosa Carballeda, natural de Carballino, Orense
Soldado Antonio Bauza Fullana, natural de Petra, Mallorca
Soldado Domingo Castro Camarena, natural de Aldeavieja, Ávila
Soldado Eustaquio Gopar Hernández, natural de Tuineje, Las Palmas
Soldado Eufemio Sánchez Martínez, natural de Puebla de Don Fadrique, Granada
Soldado Emilio Fabregat Fabregat, natural de Salsadella, Castellón
Soldado Felipe Castillo Castillo, natural de Castillo de Locubín, Jaén
Soldado Francisco Real Yuste, natural de Cieza, Murcia
Soldado José Pineda Turán, natural de San Felíu de Codinas, Barcelona
Soldado José Jiménez Berro, natural de Almonte, Huelva
Soldado José Martínez Santos, natural de Almeiras, La Coruña
Soldado Loreto Gallego García, natural de Requena, Valencia
Soldado Marcos Mateo Conesa, natural de Tronchón, Teruel
Soldado Miguel Pérez Leal, natural de Lebrija, Sevilla
Soldado Miguel Méndez Expósito, natural de Puebla de Tabe, Salamanca
Soldado Pedro Vila Garganté, natural de Taltaüll, Lérida
Soldado Pedro Planas Basagañas, natural de San Juan de las Abadesas, Gerona
Soldado Ramón Mir Brills, natural de Guisona, Lérida
Soldado Ramón Buades Tormo, natural de Carlet, Valencia
Soldado Ramón Ripollés Cardona, natural de Morella, Castellón
Soldado Timoteo López Larios, natural de Alcoroches, Guadalajara
Soldado Gregorio Catalán Valero, natural de Osa de la Vega, Cuenca
Soldado Marcelo Adrián Obregón, natural de Villalmanzo, Burgos
Soldado Bernardino Sánchez Cainzos, natural de Guitiriz, Lugo

HIMNO DE BALER, compuesto por Pedro Planas durante el asedio.
La obediencia, el valor, la hidalguía
nuestro lema contante ha de ser.
Con tan noble divisa, a porfía,
siempre, siempre sabremos vencer;
de la patria el recuerdo amoroso,
siempre fijo estarás.
Levantada y erguida la frente
bien se puede a la patria volver.
Somos del 2º nobles soldados
dignos seremos del Batallón.
Siempre en la brecha nos encontramos
dando la vida por la nación.
Viva el monarca que nos gobierna.
Viva la insignia del Batallón.
Viva España la hidalga tierra
sea primero nuestro pendón.

Escrito por un descendiente de los últimos de Filipinas.


2011 11 27, 10:24
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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D. Marcelo Adrian Obregon, héroe burgales de los últimos de Filipinas, podemos conocer los hechos históricos que acontecieron.
.
Marcelo había nacido en el 1877, quedándose huérfano de padre y madre cuando sólo contaba 10 años de edad; su abuela materna y un tío se hicieron cargo de su crianza y educación hasta que en 1891, ya con 14 años, le colocaron de “botones” en un comercio de Madrid. En la capital de España estuvo trabajando hasta que le llegó el mal momento de cumplir con el servicio militar, pues nuestras colonias de Cuba y Filipinas estaban en franca rebelión militar, luchando por su independencia.
A principios de 1896 fue embarcado para Filipinas, donde llega en el mes de febrero, siendo destinado al Batallón Expedicionario de Cazadores nº 2, entrando inmediatamente en campaña contra los rebeldes tagalos, contra los que combatió en Silán, los montes de Paray, Managondón y Bulacán, hasta que en el mes de junio de 1898 llegó con su compañía para proteger el pequeño poblado de Baler.
Baler, un antiguo “barangay” fundado por los franciscanos en el siglo XVII, era una población de apenas 2.000 habitantes, perteneciente a la provincia de Nueva Écija, en la isla de Luzón, que ya había sido atacada por los tagalos en la insurrección de 1897, causando la muerte de 10 soldados de una guarnición de 50, provocando, además, el suicidio del teniente Mota, jefe del destacamento; el resto de la guarnición pudo ser evacuado tras la firma del pacto de Biac-na-Bató.
En esta segunda ocupación, la Compañía estaba al mando del capitán de Infantería D. Enrique de las Moreras, y la integraban 2 tenientes, 1 teniente médico, 2 sanitarios, uno de los cuales era indígena; 5 cabos, entre los que también había un indígena, un corneta y 45 soldados, todos ellos de modesta condición y procedentes de las más diversas regiones de España. Tan sólo Marcelo Adrián Obregón era burgalés.
En la noche del 26 de junio, tras unos días de tensa calma, pero sin que se observara la presencia del enemigo, en los cerros que dominaban el pueblo empezaron a arder numerosas hogueras que iluminaron fantasmagóricamente el campamento, anunciando la amenazadora y cercana presencia de un fuerte contingente de tagalos dispuestos al ataque. Ante semejante amenaza, el capitán de las Moreras decide refugiarse con todos sus hombres en la iglesia del pueblo, único edificio que ofrecía ciertas garantías de seguridad y de defensa. Acompaña al destacamento el párroco fray Cándido Gómez Carreño, que también decide refugiarse en su iglesia.
Cuando amaneció el día 27, después de una larga noche llena de inquietud, una patrulla de exploración hizo una salida, comprobando que el pueblo había sido abandonado por sus habitantes; sólo se había quedado el maestro Lucio Quezón, que volvió con ellos al refugio de la iglesia.
A partir de este momento, la iglesia de Baler se convirtió en un fortín perfectamente organizado para defenderse de un asedio que no tardaría en producirse, pues el día 30 sufrieron el primer ataque de los insurgentes filipinos, que hirieron en un pie al cabo Jesús García.
Se cavaron trincheras alrededor de la iglesia, se tapiaron ventanas, se reforzaron puertas y ventanas, se levantaron parapetos y en lo alto de la torre se estableció un puesto de vigilancia, que en numerosas ocasiones estuvo ocupado por el burgalés Marcelo, quien, según parece, era el mejor tirador de la Compañía; incluso se empezó a perforar un pozo, que a los 4 metros de profundidad comenzó a manar agua potable, que era, sin duda, su mayor carencia, pues estaban bien abastecidos de alimentos y municiones.
Lo que no podían suponer los sitiados es que al encerrarse en aquella iglesia, confiando probablemente en que no tardarían en acudir tropas en su ayuda, daban comienzo a una épica defensa numantina, que se iba a prolongar durante casi un año entero.
Poco a poco, la situación del destacamento se empezó a complicar, debido, en primer lugar, al continuo hostigamiento de los tagalos, que disparaban impunemente contra la iglesia desde las casas más cercanas del poblado, llegando incluso a bombardearla con cañones españoles capturados en Cavite por los rebeldes, causando daños en el tejado y las fachadas del edificio, que sus defensores tuvieron que apresurarse a reparar; por suerte, entre los soldados sitiados había canteros y albañiles que pudieron afrontar con éxito las tareas de reparación. Afortunadamente, también había cocineros y panaderos que se ocupaban de la intendencia; sastres que trataban de conservar lo mejor posible los cada vez más andrajosos uniformes y hasta un zapatero que trataba de reparar las destrozadas alpargatas. Otro gran problema apareció cuando los alimentos que tenían almacenados se empezaron a deteriorar al no poderlos conservar en condiciones normales por falta de sal, aumentando considerablemente el riesgo de contraer enfermedades infecciosas, como el beriberi y la disentería. La primera víctima del terrible beriberi fue el teniente Zayas, que falleció el 18 de octubre de 1898; poco después, el 22 de noviembre, por las mismas causas le siguió el capitán de las Moreras, por lo que el teniente Cerezo tuvo que hacerse cargo del mando. Ambos oficiales fueron enterrados con honores militares.
También se produjeron algunas deserciones, tanto del personal indígena como de soldados españoles, incapaces de soportar la vida en aquellas condiciones cada vez más infrahumanas. El cabo Vicente González y el soldado Antonio Menache, fueron fusilados al ser sorprendidos cuando intentaban fugarse del recinto.
La cada vez más crítica situación obliga a los sitiados a efectuar dos salidas, una para destruir una casa cercana, desde la que los asaltantes les acribillaban impunemente y otra en busca de verduras y hortalizas con que mejorar su cada vez más deficiente alimentación, que iba minando seriamente su salud y su resistencia física. En esta última salida aprovecharon la sorpresa y el desconcierto de los tagalos para pegar fuego al resto del poblado, con lo que consiguieron mejorar su posición defensiva, al ampliarse considerablemente el espacio entre los atacantes y los defensores. También consiguieron apoderarse de algunas calabazas y otras hortalizas que les sirvieron para mejorar su dieta y paliar momentáneamente los terribles efectos del beri-beri.
Pero el asedio continuó y los intentos realizados por los casi 800 tagalos atacantes, al mando del coronel Calixto Villacorta, para apoderarse de la iglesia fueron rechazados una y otra vez por el heroísmo de los soldados españoles, que preferían morir antes que rendirse. Sin embargo, dentro del recinto de la iglesia la situación era cada vez más desesperada; el terrible beriberi, al que se unió la disentería, fueron diezmando a sus ocupantes, causándoles hasta 14 bajas, a las que hay que añadir tan sólo dos por los disparos de los atacantes. Como es de suponer, el resto de aquellos esforzados defensores también se encontraba afectado por las enfermedades, o en un estado físico calamitoso, casi incapaces de sostener un fusil entre sus manos. También se produjo alguna deserción más, como la de un sanitario filipino, que se apresuró a comunicar a sus paisanos la triste situación de los sitiados.
En semejante situación, tampoco se enteraron que eran los últimos combatientes de una guerra que España ya había perdido ante el avasallador poderío militar yanqui. El teniente Cerezo se negó a dar crédito a los diferentes emisarios que se acercaron a parlamentar, asegurando que la guerra había terminado y también la ocupación española en las islas; pensó que eran burdas mentiras de los filipinos para conseguir su rendición. Finalmente, el 1 de junio de 1899 se presenta el teniente coronel español Aguilar Castañeda, que le entrega unos periódicos españoles que reflejan detalladamente la capitulación del Ejército español en Cuba y en Filipinas.
Ante semejante evidencia, el teniente Cerezo reúne a su harapienta y maltrecha tropa para informarles de la nueva situación y les propone entregar el puesto que tan heroicamente habían defendido, pero exigiendo una honrosa capitulación, para lo que redacta el siguiente escrito: “Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos también no quedar prisioneros de guerra. Si no es así, pelearemos hasta morir, o moriremos matando”.
Aceptada inmediatamente su petición por el teniente coronel Simón Tecson, jefe de los sitiadores, el día 2 de junio de 1899 el teniente Martín Cerezo manda izar la bandera blanca de rendición, a la que respondió el toque de corneta de los sitiadores, acto seguido, los 33 supervivientes, con la bandera española a la cabeza, abandonan en formación la iglesia de Baler, que durante 11 largos meses habían convertido en una fortaleza inexpugnable. Entre ellos se encontraba el soldado burgalés Marcelo Adrián Obregón.
Los restos de la Compañía del Batallón Expedicionario de Cazadores nº 2, con el teniente Cerezo al frente, fueron recibidos con entusiasmo por los soldados filipinos, que les rindieron honores militares y les aclamaron al grito de “¡Amigos, amigos!”.
El 6 de julio, escoltados por los mismos soldados filipinos que les habían sitiado, llegaron a Manila, donde fueron recibidos por el presidente de la nueva y flamante República de Filipinas, D. Emilio Aguinaldo, que les expresa la profunda admiración que su valerosa gesta le ha causado, al tiempo que les informa sobre el Decreto firmado por él mismo sobre su capitulación, que dice lo siguiente:
“Artículo único: Los individuos de que se componen las citadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos, y en su consecuencia, se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak”
a 30 de junio de 1899. El Presidente de la República: Emilio Aguinaldo.
El 29 de julio los últimos de Filipinas embarcan en el vapor “Alicante” rumbo a Barcelona, donde llegan el 1 de setiembre. Su increíble odisea había llegado a su final, ahora les tocaba recibir gloria y honores.
Marcelo Adrián Obregón, después de ser condecorado, homenajeado y agasajado, se reincorpora a su antiguo puesto de trabajo en un comercio madrileño, al tiempo que reinicia sus relaciones con su antigua novia, Hilaria Cuesta, con la que pronto acabará casándose, aunque de este matrimonio no nacerá ningún hijo. Desde entonces su vida transcurrió sin grandes sobresaltos hasta que, en julio de 1936, otra guerra, esta vez fratricida, volvió a alterarla y volvió a vivir dentro de un cerco de fuego, en el que las casas y las personas eran destrozadas por las bombas de los asaltantes. Logró escapar del cerco de Madrid junto con su mujer y refugiarse en el pequeño pueblo conquense de Buenache de Alarcón, de donde ella era natural y donde tenían una sobrina. Pero en esta ocasión no pudo llegar a ver el final de la contienda. Murió un poco antes de que acabara, el 13 de febrero de 1939, siendo enterrado en una modesta y anónima sepultura del cementerio de aquel pueblo.
Su memoria se hubiese perdido si su sobrino, Eladio Adrián, no se hubiese empeñado en recuperarla, consiguiendo que en el año 2000 sus restos fueran exhumados e identificados.
Marcelo Adrián Obregón fue el último de “Los últimos de Filipinas” (1), en ser enterrado en el Mausoleo a los Héroes de Cuba y Filipinas que en su memoria se erigió en el cementerio de La Almudena de Madrid. El 15 de noviembre de ese mismo año se volvió a honrar públicamente la memoria y la gesta de éste héroe burgalés, en un acto público con presencia de autoridades militares y civiles, que consistió en celebrar una misa de campaña ante el féretro colocado sobre un túmulo con la bandera española, tras la cual se dio lectura al artículo 16 de las Reales Ordenanzas Militares, que dice así: “Los ejércitos de España son herederos y depositarios de una gloriosa tradición militar. El homenaje a los héroes que la forjaron es un deber de gratitud y un motivo de estímulo para la continuación de su obra”. A continuación fue leído un relato de la gesta de la iglesia de Baler y un soneto en su memoria, acabando el acto con la inhumación de los restos de Marcelo Adrián Obregón, seguida de un responso y una descarga de artillería. Para siempre, sus restos reposarán junto a sus compañeros de asedio y su memoria pasó del olvido a la gloria.

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2014 12 02, 10:22
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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Iglesia de Baler. Magníficamente cuidada y con honrada con banderas españolas.

Hace poco más de un siglo, en Baler (Filipinas), unos españoles (muchos valenciano y algunos catalanes)
defendieron heroicamente la posición sin saber que la Guerra ya había terminado. El hito de los últimos
de Filipinas ha quedado en la psiqué colectiva. Lo más maravilloso es que el pueblo filipino honra aún ese
lugar.Ha restaurado la Iglesia y banderas españolas ondean en la entrada.

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2015 10 21, 8:24
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

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Programa concierto para recaudar fondos.

Harto conocido es el devenir de éste héroe de Baler, el soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife, en la historia general del sitio de Baler, pero es el objetivo de este artículo hablar de la historia menuda que compone la Historia con mayúsculas.

Una vez reunidos y homenajeados en Barcelona, José Hernández Arocha vuelve junto con Eustaquio Goper en el transatlántico Cataluña, llegando a Tenerife en la primera quincena de septiembre de 1899.

Es invitado a varios actos para homenajearlo, entre ellos a un concierto del orfeón catalán formado por soldados del Regional núm. 1 celebrado en la Alameda del Príncipe.

A principios de octubre de 1899 el Ayuntamiento de La Laguna decide concederle un destino retribuido que permita tener asegurada su subsistencia.

El sábado 7 de octubre de 1899 realizan un concierto en el Teatro Viana en la calle Juan de Vera, para recaudar fondos para el héroe de Baler. Estando próxima su boda la comisión decide comprarle una casa con las 2.000 Ptas. recaudadas.

El 16 de Octubre de 1899, el Excmo. Sr. Capitán General ordena abrir una suscripción voluntaria entre las fuerzas que guarnecen el territorio del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife, suscripción que recauda 1.000 Ptas. y que junto a las 100 Ptas. que decide asignarles la comisión provincial, le son entregadas para su sostenimiento.

El 17 de noviembre de 1899 firma la escritura de la casa situada en lo que hoy es Taco, justo en la rotonda que actualmente lleva su nombre, la casa continúa en pie y pertenece a la familia.

El 18 de noviembre de 1899 se decide colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa que se le ha regalado a José Hernandez Arocha.

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Casa de Arocha en Taco

En febrero de 1900 se le reclama el pago de los derechos por la donación de la casa, ascendiendo ésta a 365,01 Ptas., la prensa protesta por éste acto indigno y se queja del mísero sueldo que percibe del ayuntamiento y del hecho de mantener a sus padres con el mismo.

A finales de febrero de 1900, cuando tenía 23 años se casa con Doña Juana González y Díaz de 20 años, y habitan la casa que les ha donado.

En marzo de 1908 se le concede, por parte del ejército, junto a Eustaquio Gopar, una pensión vitalicia de 60 Ptas./mensuales, que vendrá a mejorar la economía familiar.

En diciembre de 1910, es invitado a la festividad de la patrona de infantería en el Cuartel de San Carlos, dónde luce con orgullo su cruz laureada de San Fernando en el pecho,

En enero de 1946 se le asciende a teniente honorario y el día 1 de abril se le imponen las insignias que le reconocen como tal.

Llegado a éste punto, puede que no sepas que pasó en Baler, quién mejor que el propio protagonista para que te lo cuente.

Entrevista a José Hernández Arocha, publicada el 26 de septiembre de 1899

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Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.

¿Quién no ha oído hablar de Baler? Hasta hace poco tiempo, puede asegurarse que dos terceras partes de los españoles desconocían hasta el nombre de ese pequeño pueblo de Filipinas, situado en la parte norte de la isla de Luzón, provincia de Exija, próxima á la de Vizcaya, Distrito del Príncipe y cruzado por la cordillera de Caraballo, que es la principal de la mencionada isla; pero hoy sería vergonzosa, para todo buen español, la ignorancia de ese nombre que un puñado de héroes acaba de inmortalizar, escribiendo allí una brillante epopeya digna de los tiempos de Sagunto y de Numancia, con la que se ha demostrado al mundo entero que aún hierve en los corazones españoles aquel olímpico valor que hace mirar la vida como cosa secundaria siempre que se trate del amor á la patria y la honra nacional.

De las dos desgraciadas campañas que acabamos de sostener en Cuba y Filipinas, nos quedan dos ejemplares hechos, cuyo recuerdo es bastante para halagar aún nuestro orgullo patrio, consolándonos en parte, de los terribles desastres que, por la torpeza de gobiernos imprevisores, si no por causas más vituperables, que no por la abnegación y bizarría de nuestros soldados, hemos sufrido: El héroe de Cascorro y los de Baler.

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Plano de la Iglesia.

Para dar á nuestros lectores una cabal idea de los grandes sacrificios y proezas de estos últimos, bástanos referir, á grandes rasgos, la conversación que, en una entrevista ó interview, como ahora se dice, tuvimos ayer con el soldado, del destacamento de Baler, José Hernández Arocha natural de esta Ciudad, en la que fué alistado con el número 46, el año de 1895.

El José Hernández, que es mozo de aspecto agradable y de vigorosa constitución se prestó muy complaciente á satisfacer nuestro interés y curiosidad, contestando modestamente á nuestras repetidas preguntas.

Después de tomar parte, nos decía, en la gloriosa, aunque infructuosa, campaña emprendida por el bizarro general Lachambre (cuando Polavieja) en la que avanzamos de triunfo en triunfo desde Parañaque hasta Imús, sosteniendo, entre otros varios, los heroicos combates de Silang y Pérez, Las Mariñas, fui destinado al destacamento de Baler, con otros compañeros, partiendo para dicho pueblo el 7 de Febrero del año próximo pasado, llegando el día 13 del mismo mes. La fecha respondió esta vez á la fatalidad que la superstición le atribuye; pues con dicho día coincidió el principio de nuestros sinsabores.

Componíase el destacamento de 54 hombres al mando de un capitán con dos segundos tenientes y un módico segundo, teniente también. En los primeros tiempos no iba la cosa mal y podíamos salir al pueblo casi despreocupados de todo peligro; pero el día 27 de Junio fuimos atacados por los filipinos tan rudamente que tuvimos que replegarnos á la iglesia, que fué, desde entonces nuestra inexpugnable fortaleza donde nos hicimos fuertes, mientras los insurrectos dominaban todos los contornos; allí nos atacaron con tal insistencia que creímos no poder escapar con vidas. Llegaron hasta apoyar en los muros escaleras para facilitar el asalto; pero nosotros, á nuestra vez, nos defendíamos con tanta decisión, que nos apoderamos de las tales escaleras y de otros artefactos de guerra.

Desde ese día los ataques fueron continuados y porfiados, sin que nos dejaran un momento de verdadero reposo.

Y diga V., le preguntamos, ¿qué condiciones de defensa tenía esa iglesia en que Vds. estaban?

Pues eran muy buenas; pues sus paredes, gruesas y fuertes eran á prueba de terremotos, que allí son frecuentes y además, la artillería de los tagalos no era muy temible, que digamos. Componíase aquel recinto de la nave que era nuestro cuartel y campo de operaciones; el bautisterio, destinado á prisiones militares; la sacristía, que tenía la misión más triste: era nuestro cementerio. Comunicándose con la iglesia por la sacristía, seguía la casa del cura, medio destruida, pero con los muros en buen estado; de manera que nos servía de patio y de algo más preciso, en sustitución de lo que juntamente con la casa se había destruido. Este era nuestro mundo en todo el tiempo que allí estuvimos sitiados.

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Último de Filipinas

Y qué tiempo duró el asedio?

Desde la fecha que he dicho (27 de Junio del 98) hasta el 2 de Junio del presente año, Referir todo lo que en ese tiempo sufrimos sería cuento de no acabar. En un segundo asalto llegaron los enemigos hasta arrimar leña por la parte de la sacristía con intentos de prenderle fuego y nosotros, ya a la desesperada, hicimos una salida, con tan buena suerte, que los rechazamos, apoderándonos de la leña con que querían quemarnos. Teníamos tal convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida. En el tercer asalto usamos del agua hirviendo al mismo tiempo que de nuestros certeros tiros y siempre con buen resultado.

¿De agua hirviendo dice V? ¿Y cómo conseguían Vdes. esa agua?

Fácilmente. En el patio de la casa del cura abrí yo por mis propias manos un pozo en el que encontramos agua de muy buenas condiciones, á las tres varas más ó menos. Por esa parte estábamos bien. ¡Ojalá en víveres hubiese sido lo mismo!
Pues qué, ¿estaban Vds. mal de provisiones?
En municiones de boca y guerra no andábamos como queríamos; aunque las de guerra fueron suficientes. En los cinco meses primeros teníamos unas latas de sardinas y unos sacos de harina que ni para perros; pero como había que aprovecharlas porque no había otras, comimos de ellas con muy buen apetito y para utilizar la harina me encargaron la construcción de un horno cuyo lecho ó piso tendría próximamente un metro cuadrado y 95 centímetros de alto; así pudimos comer algo parecido á pan:

¿Y con qué materiales pudo Vd. Construir ese horno?

Con los ladrillos del piso de la iglesia y tierra amasada. Esa era toda la argamasa.

Y terminados esos víveres ¿con qué se alimentaban luego?
Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín.

Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida,; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disentería que allí se habían desarrollado y de las que habían muerto 19 á más de otros dos que lo habían sido de balazos; un navarro llamado Julián Galbete y un valenciano, Salvador de Santa María. Entre los muertos por enfermedad se cuentan dos paisanos nuestros.

Nuestros esfuerzos, sin embargo, eran inútiles, pues siempre seguíamos hostilizados por un inmenso enjambre de tagalos que me hacían recordar las bandadas de cuervos revoloteando al rededor de la carne muerta. Por fin, comprendiendo que el pueblo era una verdadera guarida de enemigos decidimos prenderle fuego, adoptando para ello el procedimiento de salir uno solo, arrastrándose con la mayor cautela por entre la yerba, hasta llegar á las casas más cercanas y con un estoperón empapado en petróleo se les prendía fuego y luego á huir, antes de ser sorprendido. De esta suerte íbamos saliendo todos, por turnos con el empeño de ver quien quemaba más viviendas. El mismo sistema seguíamos para ir á segar la yerba con que nos alimentábamos; y á pesar de los continuos disparos que nos hacían los tagalos, esperábamos con ansia el día en que nos tocaba el turno; pues al mismo tiempo que teníamos la satisfacción, tanto más agradable cuanto más peligros corríamos, de llevar el sustento á los compañeros, solíamos aprovecharnos de algún valioso hallazgo que en la dificultad de repartirlo con los demás, por lo poco, lo gustábamos á solas ¡condimentado con el silbido de las balas enemigas.

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¿Y de disciplina cómo andaban Vds.?

Bien; todos estábamos animados del mismo espíritu y de iguales deseos; habíamos tomado al pie de la letra la ordenanza militar y nadie, y eso que tuvimos días de tristeza y de desesperación horribles, pensó en capitular. No obstante las repetidas intimaciones que nos hizo el enemigo acompañadas de algunas alucinadoras insinuaciones. Dos desgraciados, únicamente, quisieron desertar y fueron descubiertos y fusilados en el mismo templo. Qué más; nosotros ignorábamos el desastre que los nuestros habían sufrido en la lucha con los americanos; y un día que se presentó un teniente coronel con órdenes superiores para que nos rindiéramos, desconfiamos de él y no le hicimos caso; y lo mismo sucedió con un segundo emisario á quien igualmente desobedecimos.

Es imposible referir, siguió diciéndonos el valeroso soldado, todos los heroicos episodios de aquella lucha sin esperanzas de triunfos ni de socorros por tanto tiempo esperados. Un día, cuando más el hambre nos atormentaba, pasó á tiro un perro y lo tumbamos; pero los tagalos se apercibieron de ello y á fin de no dejarnos recogerlo nos enviaron una lluvia de balas que nos impedía salir. Un compañero se decidió entonces y burlando el fuego enemigo nos lo trajo; y después de todo resultó sarnoso, pero nos supo á jamón.

En medio de nuestros sufrimientos teníamos un noble orgullo que nos llenaba de consoladora satisfacción: ningún día dejó la bandera española de ondear en lo alto de la torre, aunque dos veces fué derribada por los enemigos á cañonazos.

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Iglesia de Baler

Y si fué derribada ¿cómo pudieron reponerla?

De una manera que no puede ocurrirle á Vds. De unas sotanas de los monacillos tomamos el color rojo, y el amarillo de una casulla del Párroco.

Por último llegó el día en que el teniente coronel del ejército republicano, Celso Mayor nos propuso, en nombre de Aguinaldo, que capituláramos; para esto pusimos las condiciones de que se nos había de tratar con todos los honores de la guerra y nunca como vencidos, conduciéndonos hasta lugar seguro para embarcarnos para España.

¿Y aceptaron?

Desde luego. Fuimos conducidos al palacio de Aguinaldo, en Talac, quien nos regaló un par de duros á cada uno de los 33 que quedábamos y pronunció un enérgico discurso en que, dirigiéndose á los suyos, nos presentó como modelos de abnegación y de heroísmo.

De allí fuimos escoltados por fuerzas de los filipinos hasta San Fernando de la Pampauga, en Bulacán, donde se nos entregó á los americanos que nos tributaron, lo mismo que los tagalos todos los honores de la guerra; pues al pasar por sus filas nos presentaron las armas y las bandas de música nos tocaron la marcha real y el paso doble de Cádiz. Tras de tantas penas y fatigas sentimos, ante aquellas manifestaciones, la agradable satisfacción del que cumple con un deber sagrado.

¿Les dieron alguna recompensa? Preguntamos por último, admirados de tan grandes virtudes.

Aún, no, pero dicen que nos darán la laureada.

¡Oh! sí; pensamos nosotros; les darán una GRAN CRUZ: la de una vida miserable y de desengaños que es el premio que sabe dar España á sus héroes humildes.


http://www.canarizame.com/2015/10/24/jo ... ez-arocha/

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2015 10 25, 10:04
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Uno de los héroes españoles que más valor demostraron en combate defendiendo nuestra patria y que probablemente hayan sido olvidados y hasta vilipendiados injústamente hayan sido los Últimos de Filipinas.

Uno de ellos, el médico militar D. Rogelio Vigil de Quiñones, nació en esta casa de Marbella, sita en el N°6 de C/ Nueva, junto a la popular Plaza de Los Naranjos, a la que se le colocó una placa hace apenas cuatro años. Y es que cuesta siglos y mucho trabajo que se reconozcan y de valor a los héroes de esta tierra.


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2015 12 09, 7:19
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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Baler, 1903: se produce la repatriación de los cuerpos exhumados de los soldados fallecidos durante el
asedio del destacamento español. Excepto los dos fusilados: Menache y el cabo González Toca. Sus restos,
junto al material destruido por el destacamento antes de la proyectada huida a la jungla (previa a la lectura
de una noticia clarificadora en un periódico dejado por los tagalos que provocó la capitulación del destacamento,
aún deben de permanecer allí. El párroco que oficia es fray López, uno de los supervivientes.

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La iglesia de Baler, único edificio lo suficientemente robusto en toda la población.

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"Campaña de Filipinas; la división Lachambre, 1897".
Se trata de "Mariano Ortiz Tenorio, sargento del regimiento indígena núm.73"


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2016 04 05, 1:19
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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Hace ya algunos años, sobre una fotografía aérea de Baler en los años 50 alguien se tomó la molestia de realizar una interpretación libre del "campo de batalla".
Han desaparecido algunos edificios (la Comandancia, el Juzgado, los naranjos de la plaza) y se han construido otros pero comparado con el plano que nos facilita
Cerezo en su libro, la planimetría general de la población se mantiene hasta el punto de poder ubicarse algunos de los edificios del histórico asedio.

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2016 04 05, 6:08
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

La 'última' de Filipinas

Manuela Hernández Melián, hija del héroe tinerfeño de Baler, José Hernández Arocha,
evoca el martirio de su padre militar durante un asedio que duró 337 días y en los que
se alimentó de culebras y ratones para sobrevivir

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Manuela Hernández Melián, con el retrato de su padre con el uniforme
de teniente del Ejército de Tierra. josé luis gonzález

Manuela Hernández Melián tiene 88 años y nunca ha estado en Filipinas. Pero de lo que sí puede presumir es de ser hija de José Hernández Arocha, el militar tinerfeño que fue llamado a filas en 1895 y combatió en Filipinas, previamente en Parañaque e Imús, hasta que fue destinado a Baler, donde permaneció 337 días sitiado, desde el 13 de febrero de 1898 hasta el 2 de junio de 1899. Nadie se ha acordado de ella ni de su familia, a pesar de que en estos momentos se está rodando en Tenerife y Gran Canaria una película sobre la gesta protagonizada por su padre, entre otros, titulada 1898. Los últimos de Filipinas, del director Salvador Calvo.

Manuela Hernández, que vive en la que se ha sido la casa familiar en la calle El Sol, en el barrio lagunero de Taco, conserva una memoria prodigiosa. De hecho, durante la entrevista comenzó a recitar la célebre canción Yo te diré, de la primitiva película estrenada en 1945, y a la que ella asistió junto a su padre en el antiguo Parque Recreativo, en la capital tinerfeña. "Yo te diré por qué mi canción te llama sin cesar, me falta tu risa, me faltan tus besos, me falta tu despertar...".

18 hijos

Manuela, que posee estudios básicos, rememora para la opinión de tenerife algunos episodios que su padre contaba a los 18 hijos, habidos de los dos matrimonios tras enviudar, con 43 años, en agosto de 1919, cuando todos se sentaban a la mesa. "Mi padre era muy buena persona y contaba que lo que le daba fuerzas para resistir era acordarse del Teide y de La Orotava. Para levantar el ánimo de sus compañeros era el encargado de cantar isas y folías junto al otro isleño que sufrió el asedio, Eustaquio Gopar, natural de Tuineje (Fuerteventura)". En la unidad había otros dos canarios, los soldados Rafael Alonso Mederos, de La Oliva, y Manuel Navarro de León, de Las Palmas de Gran Canaria, pero ambos fallecieron de beri-beri el 8 de diciembre y el 9 de noviembre de 1898, respectivamente.

Uno de los militares asediados, el teniente Martín Cerezo, siempre tuvo palabras de agradecimiento para el padre de Manuela, por su valor y por deberle la vida, ya que Hernández Arocha, que tenía 22 años cuando la gesta (había nacido el 18 de septiembre de 1876), evitó su muerte a manos de varios compañeros de armas que intentaron asesinarlo durante una sublevación. En otro documento, el oficial reconocía el valor de los canarios, "los soldados Eustaquio Gopar, José Hernández Arocha y siete más, son por sus buenas cualidades y subordinación los mejores del destacamento. Manila 10 de julio de 1899".

El jefe siempre reconoció en Hernández Arocha a un hombre valeroso y leal: "Animoso y siempre cantando folías canarias, levantaba el ánimo y la moral de todos los soldados". Esto sucedía a cada ataque de los insurrectos filipinos y Arocha respondía entonando el cancionero canario. "De repente, el canario Hernández Arocha dominó el bullicio con su poderosa voz", narraba su teniente. Así no era de extrañar que el padre de Manuela fuese escogido como hombre de confianza por el teniente Martín Cerezo.

Desde el campanario

"Bien sufrió en Filipinas el pobre. Mi padre estaba siempre en el campanario de la iglesia. Desde lo alto controlaba todo. Nos contó que con sus manos logró hacer un agujero en el patio de la casa del cura, de donde brotó agua de buena calidad", narró su hija, quien agregó que "en cuanto a comida muchas veces tuvieron que ingerir ratones blancos, culebras, gatos, perros, alimañas y aves, y al menos en dos ocasiones pudieron dar buena cuenta de un carabao, una especie de búfalo, que fue tomado a los tagalos. Además, fue también la persona que fabricó el horno de pan que pudo construir con ladrillos del piso de la iglesia y con tierra amasada. Todas esas cosas las contaba padre en la mesa. Era muy buena persona y muy mañoso, ya que era un hombre de campo".

Durante su relato, no paraba de mirar el retrato de su padre, con el que tiene un enorme parecido, que aparece vestido con el uniforme de teniente. Manuela Hernández tiene dos bisnietos que han seguido la tradición militar. Uno está destinado en la Unidad Militar de Emergencias (UME) en Los Rodeos y la otra, en el Regimiento de Infantería Ligera Soria nº 9 de Fuerteventura.

Soldados famélicos

De los 54 hombres pertenecientes al Batallón de Cazadores Expedicionario nº 2 de Infantería, solo quedaron en pie 33 famélicos soldados en el momento en que capitularon con todos los honores ante el coronel Simón Tecson, responsable del sitio. El documento rezaba así. "En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del Gobierno español. Tercera: la fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españolas o lugar seguro para poderse incorporar a ellas. Cuarta: respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas".

Honores

"Cuando mi padre murió el 14 de octubre de 1957, era teniente honorífico y su féretro lo sacaron por la ventana de la casa donde vivimos, envuelto en la bandera de España. Está enterrado en el cementerio de Santa Lastenia", relató su hija a este diario.
Los 33 supervivientes embarcan el 28 de julio de 1899 en el puerto de Manila a bordo del vapor Alicante y llegaron a Barcelona el 1 de septiembre. Nunca más volverían a reunirse.


http://www.laopinion.es/tenerife/2016/0 ... 76902.html

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2016 05 23, 1:08
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Un 2 de junio de 1899 se ponía fin tras 11 meses de penurias el asedio al que fueron sometidos, por los filipinos y las enfermedades, en
la iglesia de Baler los 58 hombres pertenecientes al Batallón de Cazadores Expedicionarios nº 2 a los que hay que añadir tres sacerdotes.
El balance total fue de 6 desertores (2 indígenas y 4 españoles), 2 fusilados el día anterior acusados de intento de deserción, 15 fallecidos
por beriberi y disentería, 2 fallecidos por heridas de bala y 33 supervivientes entre las fuerzas sitiadas; de los tres sacerdotes, uno falleció
durante el asedio.


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2016 06 05, 8:01
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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El destacamento de Baler también vivió su propia «Historia de una ida y una vuelta».

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2016 07 02, 5:16
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Amanece el 27 de junio de 1898 y en Baler ya no queda ni un solo vecino. Durante la noche del 26 y la madrugada del 27 han ido abandonando la
población, llevándose consigo hasta los animales. Y no solo eso: también se llevan las ropas que los cazadores españoles les han entregado para su
limpieza.
Estas circunstancias no hacen presagiar nada bueno y, en previsión de una sorpresa (en la mente de los oficiales y en la de algunos cazadores que
ya la sufrieron debe estar muy presente la masacre del destacamento del teniente Mota), se llevan a la iglesia los víveres que se habían almacenado
en la Comandancia político-militar más alrededor de 60 cavanes de palay, arroz sin descascarillar, previamente comprados por fray Carreño. Siendo
la iglesia el edificio más robusto, el destacamento español abandona sus anteriores dependencias en el pueblo y se hace fuerte en dicho edificio
entrada ya la noche.
Mientras tanto, se produce la deserción de tres miembros del destacamento: el cabo Alfonso Sus Fojas y el sanitario Tomás Paladio, filipinos ambos, y
el soldado español Felipe Herrero.

Imagen
Altar de la iglesia de Baler, durante el asedio sufrido por los norteamericanos durante su guerra
con los filipinos.
Imagen
Interior de la iglesia de Baler en la actualidad.

Los días 28 y 29 de junio de 1898 han amanecido en Baler sin ninguna novedad: el pueblo continúa desierto. Los soldados españoles, que con
anterioridad han estado viendo durante la noche diversos fuegos en las montañas que rodean la población a modo de rudimentario sistema de
comunicación, durante el 28 han efectuado una descubierta por las desiertas calles de Baler: 14 cazadores al mando del 2º teniente Cerezo
encuentran durante el registro de los bahays y se llevan a la iglesia más de 20 grandes tinajas con las que almacenan agua.
El 29, continúa la misma rutina en el destacamento: la descubierta la efectúa, en esta ocasión, el comandante del destacamento, el teniente
puertorriqueño Alonso, y asisten a una nueva deserción en la persona del cazador Félix García. El resto de la tropa, aquellos que no están de
servicio, se dedican a derribar la vivienda del párroco que se encuentra adosada a la iglesia, almacenando toda la madera obtenida en los propios
sótanos de la misma; pero el zócalo de piedra (de unos dos metros de altura) se aprovecha como muro pensando en utilizar el interior como corral.
Es la intención del teniente Cerezo guardar en su interior unos caballos que han aprehendido con la intención, en el futuro, de sacrificarlos para
comer su carne en caso de necesidad. Pero esta perspectiva no es del agrado de muchos de los cazadores y tampoco del capitán Las Morenas ni del
teniente Alonso, por lo que pronto los animales corren libres.
Llega la noche y la tropa se refugia en la iglesia. En su interior, se acude a fagina, se distribuyen los servicios y se procura descansar.
Las puertas se cierran a la espera de un nuevo día.

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2016 07 02, 5:24
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

30 de junio de 1898:
El 2º teniente Cerezo, con 14 hombres, está efectuando la rutinaria descubierta por las calles de Baler. La patrulla se desarrolla en medio de un silencio
absoluto que parece todo envolverlo, con todas las precauciones que exigen las circunstancias y que mandan las ordenanzas cuando, a pocos metros
del puente de España, se produce una descarga cerrada procedente del otro lado del río. Los filipinos, que permanecían emboscados, al toque de corneta
se abalanzan sobre los cazadores españoles que se retiran hacia la iglesia respondiendo al fuego y llevando consigo al primer herido del destacamento:
el cabo Jesús García Quijano, herido en un pie.
Nada más alcanzar la iglesia, las puertas se cierran: ha comenzado el asedio.

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En la foto, miembros de las fuerzas filipinas que asediaban Baler.

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2016 07 02, 5:29
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

1 de julio de 1898, en Baler:
La madrugada en el interior de la iglesia ha debido de estar rodeada de temor e incertidubre. Todos son veteranos, algunos condecorados por sus méritos en combate, de la dura campaña del 97 para pacificar Cavite y el resto de provincias sublevadas, pero eso no impide que en el estómago se produzca irremediablemente una sensación de vacío y hormigueo fruto de la ansiedad y de la incertidumbre.
Aprovechando la oscuridad, los sitiadores han dejado una nota frente a la iglesia en la que explican la nueva situación que se vive en Luzón, donde una tras otra todas las fuerzas españolas parecen ir rindiéndose, al tiempo que les invitan a la rendición para evitar un derramamiento de sangre inútil ya, toda vez que las Filipinas han dejado de ser parte de España.
En el destacamento la noticia se recibe con incredulidad: solamente tienen constancia de ser el único destacamento sitiado, que no rendido, y pronto una columna española ha de llegar para liberarlos.
Y ante la evidencia del cerco, la resolución de resistir: lo primero, procurarse agua, por lo que 5 cazadores a las órdenes del teniente Cerezo se aprestan a excavar un pozo que a los 4 metros de profundidad y tras mucho trabajo les llena de alegría al ver fluir el líquido tan necesario. Sin embargo, el agua fluye con tanta fuerza que constántemente arrastra las paredes del pozo excavado y lo anega de arena y tierra, por lo que deciden "entubarlo" utilizando algunos barriles de madera para asegurar sus paredes. ¡Ya tienen suministro de agua!
El teniente Alonso, con el resto, se dedica a fortificar el perímetro al que se han visto reducidos. Todas las ventanas de la iglesia son aspilleradas y se protegen las dos entradas de la iglesia, así como la pared de la sacristía, con una trinchera antecedida por un foso.


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2016 07 02, 5:37
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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Resumen de la Batalla del Sitio de Baler
El asedio de Baler (30 de junio de 1898 - 2 de junio de 1899) es la defensa de la última posición española en Las Filipinas.
Durante casi un año, 54 soldados españoles resistieron el ataque de 400 soldados tagalos desde el interior de la pequeña
iglesia de Baler.
Después de 337 días, el teniente Saturnino Martín Cerezo y sus compañeros, salieron de la iglesia, harapientos con los máuser
enmohecidos, sin municiones, muchos desdentados, pero salieron con honor de la iglesia que les había protegido durante 337
días, desfilando con marcialidad de cuatro en fondo orgullosos y con la cabeza bien levantada, recibiendo los honores de las
tropas tagalas.


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2016 12 07, 1:22
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Luis sí que fue 'el último de Filipinas'

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Le obligaban a tirar de arados junto a vacas.
Cuando escapó y pudo tomar un barco, en 1903.
En su pueblo le dieron por muerto

Luis Checa Martínez era excedente, pero el que iba delante en la lista pagó 2.000 pesetas para no hacer la mili y a él le enviaron a FilipinasRecibió tres medallas pero no gozó de pensión ni reconocimiento y su familia pide sin éxito al Ayuntamiento de San Clemente un lugar en la memoria

En el pueblo conquense de San Clemente, como en cualquier otro punto de la España de 1895, al mozo que carecía de 2.000 pesetas en el bolsillo no le quedaba otra que cumplir el servicio militar. Luis Checa Martínez, un joven vivaracho que vivía del campo como jornalero, no tenía en su poder tantos cuartos pero aún así estaba tranquilo. Le acababan de dar la buena noticia de que era excedente de cupo y, por lo tanto, quedaba exento de tener que responder a la llamada de la patria. Y a finales del siglo XIX, esa llamada de servicio al país te podía llevar al otro extremo del planeta durante al menos tres años de tu vida. Ése era el tiempo que duraba aquella mili que, además, mantenía a cualquier chaval en la reserva hasta que llegaba la licencia absoluta después de 12 largos años. Porque la isla de Cuba o las de Filipinas, además de todas las posesiones que España aún conservaba en África, seguían formando parte de un imperio que ya agonizaba.

Una tarde de 1896, cuando regresaba a casa tras su jornada de labranza, Luis recibió la noticia como quien se encuentra con una bofetada. El mozo que iba delante de él en la lista había pagado esas 2.000 pesetas que daban acceso a la libertad, el bochornoso atajo hacia la redención para quienes tenían el riñón bien cubierto. En nombre de Luis Checa figuraba ahora entre los soldados elegidos para marcharse a la guerra de las Filipinas (1896-1898) y combatir a los filipinos que deseaban la independencia de España. Su mundo se había puesto patas arriba y Luis sólo fue capaz de prometerle a su novia que alguien le redactaría cartas en su nombre, pues él no sabía leer ni escribir.

En la isla combatió contra los insurgentes locales y acabó siendo capturado, mientras se firmaba la paz que ponía fin al conflicto.

Durante años tuvo que trabajar como un esclavo, tirando de un arado junto a vacas, para uno de los mandamases tagalos, como castigo por rechazar la mano de su hija. Se escapó por la noche y el destino le hizo un guiño en forma de barco que le devolvió a su pueblo cuatro años después de que lo hicieran aquellos reconocidos Últimos de Filipinas que resistieron en Baler. Pese a sus tres medallas de combate, su nombre y su historia quedaron en el olvido. Sin reconocimiento oficial. Y eso que Luis sí que fue el último de Filipinas.

Aquella última noche en San Clemente, su pueblo, apenas pegó ojo. Era consciente de que a su regreso a España, si lo había, nada volvería a ser como antes. Un agotador viaje en tren a Barcelona le permitió saborear la deliciosa experiencia de ver por primera vez el mar. Se hartaría. Pero antes de subir al navío de la Compañía Trasatlántica, la que se encargaba de transportar tropas y material a las colonias desde 1881, alguien le advirtió de lo que allí se encontraría. Los tagalos, autóctonos de esas islas del Pacífico, se habían levantado contra el gobierno colonial español.

Durante el mes que duró la extenuante travesía en barco, fue digiriendo todo aquello. Como miembro del batallón de cazadores expedicionarios número 12 su destino era la isla de Luzón y su misión, tratar de sofocar la insurrección local. Esa convivencia diaria con la realidad de la muerte había transformado a ese mozo de campo que no conocía más presente que el que marcaban los límites de su pueblo, o la Ermita de la Virgen de Rus, a unos ocho kilómetros. Tras meses de lucha, cuerpo a cuerpo en la trinchera, Luis y sus compañeros fueron condecorados en 1897 con la Cruz de Plata al Mérito Militar con distintivo rojo, por su valor en el campo de batalla.

Luis fue hecho prisionero, semanas antes de que el general Fernando Primo de Rivera, capitán general de las islas, firmara la paz. Como él, unos 7.500 soldados españoles habían caído en manos de las tropas del insurgente Aguinaldo. Cada uno vivió su particular historia. Todo dependía de los recursos de la provincia o de la actitud de los captores. Y Luis no tuvo suerte. Mientras los héroes de Baler resistían en la famosa iglesia, él tiraba de un arado junto a una vaca. Se negaba a casarse con una de las hijas del hombre que mandaba allí y eso le convirtió en un esclavo. Con una libra de arroz y un trago de agua como sustento diario. Como cualquier animal.

Fueron semanas, meses, años en los que su boca acabó desnuda. Perdió todos los dientes y sus encías se encallecieron. Su pueblo y su antigua vida eran los dulces recuerdos que le ayudaban a mantenerse en pie cada día. Y, también, los que llevaron a idear un plan de fuga. "Mi abuela nos contó que había estado mucho tiempo observando las estrellas para saber cuál sería el mejor momento para huir", relata su nieto, José, que, a sus 74 años aún conserva el admirado recuerdo de aquel abuelo al que le hubiera gustado conocer.

Un día, como tantos otros, cogió el borrico y los cántaros para llenarlos de agua y echó a correr en busca de aquel pasado que nunca olvidó. A ciegas, sin tener claro a dónde se dirigía, caminó por las noches y se ocultó entre los setos y riscos por el día. Con el corazón encogido y el alma desorientada.

Su peregrinación se alargó durante días a la intemperie hasta que se topó con lo que fue su milagro. A lo lejos oyó voces que hablaban español. El pulso se le aceleró. Eran compatriotas que aguardaban en el muelle para subir al barco de regreso a su tierra. Luis balbuceó su increíble odisea y le hicieron un hueco. Hacía años que la guerra, su guerra, había acabado pero él, como tantos prisioneros anónimos, había permanecido fuera de los libros de Historia. Corría el año 1903 y Filipinas ya era de EEUU. Incluso algunos de los famosos héroes de Baler, los Últimos de Filipinas, hacía tiempo que estaban en casa. Pero eso a él le daba igual. Al fin, volvía a su tierra.

Rumbo a Barcelona.

Después de un mes de trayecto en alta mar, atracaba en ese puerto de Barcelona que había pisado por primera vez siendo un chaval. Quiso el destino que allí se encontrase con militares de su municipio, que no daban crédito porque a Luis, en San Clemente, hacía tiempo que lo habían dado por muerto. Desde el puerto telefonearon para anunciar la buena nueva: "¡Luis está vivo!". Subió al vagón del tren y soñó durante horas en cómo sería su nueva vida en el hogar del que había sido arrancado por esas 2.000 malditas pesetas. Una multitud le estaba esperando en la Calle Ancha. No pudo contener las lágrimas. Tampoco aquella novia que le esperó. Fue a recibirle con sus tres hijos, fruto de su matrimonio. Al poco tiempo, dicen, ella murió de pena.

Luis consiguió la licencia absoluta del servicio militar en 1905, con el sello del Comandante Don Eugenio Calvo y Blanco. En su historial, tres medallas. Aquella Cruz de Plata con distintivo rojo (1897), la Medalla de Luzón (1898) y la Medalla de Sufrimiento por la Patria (1900), cuando ya se le había considerado uno de los caídos de la contienda.

Pero el relato de Luis, que sobrevivió sin saber leer ni escribir, quedó ahí. Nunca supo de pensión alguna, ni fue reconocido como uno de los héroes, miles, que combatieron en ultramar.

Tuvo cinco hijas. Dos con su primera mujer, que murió, y tres con la segunda, Juliana, que nunca quiso que el relato cayera en el olvido. Luis vivió hasta sus últimos días, en 1940, trabajando en el campo. Ni una distinción a su heroismo en el pueblo que le vio regresar como héroe. Sus nietos y biznietos hace tiempo que reclaman al Ayuntamiento un rincón en la memoria de sus calles. Sólo una placa en el cementerio, por iniciativa privada, recuerda que Luis Checa Martínez sí que fue el último de Filipinas.


http://www.elmundo.es/cronica/2016/12/0 ... b4646.html

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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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«El Gobierno de Su Majestad, movido por razones nobles de patriotismo y de humanidad, no asumirá la responsabilidad
de volver a traer a España todos los horrores de la guerra. Para evitarlos, se resigna a la penosa tarea de someterse a la
ley del vencedor, por dura que sea, y como España carece de los medios materiales para defender los derechos que cree
que son suyos, se aceptan los únicos términos que los Estados Unidos le ofrecen para la conclusión del tratado de paz».

Con este telegrama enviado por la Reina Regente a la delegación española, un día como hoy, 10 de diciembre de 1898, se
firmaba el «Tratado de París», celebrado entre España y los Estados Unidos de Norteamérica. Con su firma se ponía fin a la
«Guerra Hispanoamericana», conocida por los norteamericanos como «The splendid little war», y llevaba aparejada la pérdida
de la soberanía española sobre Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guaján (Guam).

En Baler el sol aún tardaría en ponerse.

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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Los últimos murcianos de Filipinas

Francisco Real Yuste, de Cieza, y Luis Cervantes Dato, de Mula, formaron parte del grupo de medio
centenar de soldados españoles que defendieron la colonia española en el asedio de Baler

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Los últimos murcianos de Filipinas

Era el ocaso de España. El fin del siglo XIX dio término también al gran Imperio Español, que comenzó cuatrocientos años atrás con el descubrimiento de América. Durante la centuria del 1800, y debido a la ocupación napoleónica y a la crisis propia del país, España perdió los territorios americanos, africanos, El Caribe y Filipinas, un gran archipiélago situado en el Sudeste Asiático en el que tuvo lugar uno de esos episodios históricos que, cuando la tradición oral, el cine o las novelas los rescatan, hacen honor al dicho popular: la realidad supera la ficción.

Los últimos de Filipinas fueron 57 soldados españoles que en 1898 defendieron durante meses el poder de la corona en Baler, el último territorio español en el archipiélago. Durante casi un año –337 días, señalan algunas de las crónicas–, los militares se negaron a admitir la derrota, y se atrincheraron en una pequeña iglesia esperando el apoyo de unos refuerzos que no llegaron nunca. Con las ventanas tapiadas, y tras cavar un pozo del que pudieron extraer agua durante el sitio, lucharon contra los nativos para que en lo alto del campanario siguiera ondeando la bandera rojigualda.

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Once meses después, y tras recibir un ejemplar del periódico El Imparcial en el que los titulares principales dejaban claro que las tropas españolas habían abandonado el territorio colonial, que ya daban por perdido, el teniente Cerezo ordenó a sus soldados rendirse y regresar a la península. Fueron 32 los que seguían con vida después de sufrir el asedio y que, tras la gesta, volvieron a pisar tierra Española.

Dos de los reclutas, Francisco Real Yuste y Luis Cervantes Dato, eran, previsiblemente, amigos. Lo atestiguan algunas fotografías de la época en las que posan juntos. Quizá en las horas muertas, ocultos de las balas enemigas, hablaban de lo que les unía: su tierra. Ambos soldados eran murcianos.

Real era natural de Cieza, de origen humilde y que «se alistó voluntario», recordaba ayer su nieto, Pascual Real, que no llegó a conocerlo. Según recoge el historiador Ricardo Montes en su libro Cieza durante el siglo XIX, Real «marchó como soldado a Filipinas en el vapor Covadonga, siendo uno de la cincuentena de militares que resistieron heroicamente en Baler». El joven, «que volvió como se fue, sin saber leer ni escribir», nació en 1873. Después de la guerra vivió, cuenta su nieto, «alejado del ejército»: «Cuando regresó, a él y a todos los soldados les ofrecieron quedarse como oficiales de segunda, o buscarles un trabajo. Mi abuelo se quedó como guardia de la huerta», explicó. En 1909 se le concedió una pensión anual de 720 pesetas, indica, además, Montes. Pese a no conocerlo, Pascual guarda recuerdos de su abuelo: «En mi casa hablaban de él y he participado en varios reportajes contando su historia. Fue herido de bala dos veces», apunta. «Además, tengo en casa una medalla y una placa que le dieron por su labor en la campaña».

Luis Cervantes, el otro murciano en Asia, se crió no muy lejos del ciezano, pues era natural de Mula. Se fue a la guerra de Filipinas con 18 años y regresó con 21. De vuelta al hogar se casó y tuvo 11 hijos de los que le sobrevivieron 6. Al llegar a España también le dieron a elegir trabajo y estuvo de cartero en el Pilar de la Horadada y Molina de Segura. Murió con 50 años, ya que regresó enfermo de la guerra, informa Micaela Fernández. Sus descendientes no guardan muchos recuerdos de aquella época, pues se los fueron pidiendo instituciones de la época. Pero sí saben que obtuvo tres medallas por su participación en la contienda. Dos por la estancia de un año en la iglesia y una por participar en otra batalla en Filipinas, en la que siete españoles lucharon con 200 hombres sin causar baja. Él fue herido en aquella batalla.

Ricardo Montes también hace alusión a la amistad que ambos mantuvieron y relata que incluso realizaron juntos el viaje de vuelta a sus respectivos hogares tras perder la colonia: «El 29 de julio (de 1898, Francisco Real) salía, con sus compañeros, camino de Barcelona a bordo del vapor Alicante, llegando el día 1 de septiembre. Desde allí viajará a Murcia, junto a su compañero de armas, el muleño Luis Cervantes, llegando a sus respectivos destinos el lunes día 4 de septiembre».

Otros murcianos en la contienda

«A Filipinas fueron murcianos por cientos», comentaba a este periódico Ricardo Montes. «Y la mayoría eran de familias humildes porque los hijos de los ricos pagaban para que otros fueran en sus puestos», aclara. Entre esos otros murcianos se encontraba el alcantarillero Pedro Cascales Hernández. Era agricultor, nació y murió en la localidad, antes y después del conflicto fue agricultor y llegó a contar ochenta y siete años, apuntaba ayer su nieto, el hoy también octogenario Casto Martínez Cascales.

Casto estuvo muy unido a su abuelo –«¿Cómo que si lo conocí? Dormimos en el mismo catre hasta mis 21 años»– y tiene fijadas en su mente algunas de las escenas que le contaba sobre Filipinas: «Él hablaba siempre de la guerra; del talago, que era el idioma de allí y que nunca pudo aprender... Era un hombre de la huerta, con muchas limitaciones culturales. Estuvo 28 días montado en el buque Colón. No se me olvida», afirma. Acumula fotos de la época, recortes de periódicos, objetos personales «y hasta un rosario de madera que compró en el Canal de Suez, cuando regresaba de Manila», contó. «Lo tengo clavado encima de mi cama».

Otro vecino de Alcantarilla participó en la guerra. Era el albañil Francisco Pacheco Pellicer, «que murió en abril de 1967», informaba Fulgencio Sánchez, Cronista Oficial del municipio. Tuvo tres hijos a su regreso. Dos varones, que siguieron el oficio del padre, y una mujer. Su nieta, Paquita Pacheco, «una experta en historia», todavía guarda una memoria muy vívida de la aventura de su abuelo en Asia.

Otros no corrieron la misma suerte que estos cuatro soldados. El periódico las provincias de Levante publicó el 5 de agosto de 1897 una gran esquela en su primera página en la que hacía referencia a «soldados muertos en Filipinas pertenecientes a esta región». En lo referente a Murcia, el rotativo refleja la muerte de los oficiales Mariano Borrajo, de Totana, y Emilio López, de Cartagena. Además, según el periódico también se habían registrado las bajas de los soldados Julián Bermúdez y Joaquín Valera, de Murcia, Dionisio Alonso, de Moratalla, y Mateo Guevara, de Lorca. Este tipo de informaciones eran habituales en los periodos de conflictos bélicos y eran difundidos por el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.


http://www.laopiniondemurcia.es/comunid ... 9233.html#

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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

EL DÍA EN QUE DOS HÉROES DE BALER FUERON ASCENDIDOS A TENIENTES HONORÍFICOS

Acto de entrega de las estrellas de Teniente Honorario del Ejercito Español a los soldados Eustaquio Gopar Hernández y José Hernández Arocha durante
la celebración del Día de la Victoria del 1 de abril de 1946 en Santa Cruz de Tenerife. Las insignias fueron impuestas por el capitán General de Canarias
Francisco García Escámez y el gobernador militar de las islas Carlos Rubio Guijarro.

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Para saber más de estos héroes y sus compañeros no se pierdan
el libro recién editado de Miguel Leiva y Miguel Ángel López, fruto
de 20 años de investigación.

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2016 12 21, 8:30
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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2016 12 24, 12:48
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.
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Baler, 4 de abril de 1903: se produce la repatriación de los cuerpos exhumados de los soldados
fallecidos durante el asedio del destacamento español.
Excepto los dos fusilados: Menache y el cabo González Toca. Sus restos, junto al material destruido
por el destacamento antes de la proyectada huida a la jungla (previa a la lectura de una noticia
clarificadora en un periódico dejado por los tagalos que provocó la capitulación del destacamento)
aún deben de permanecer allí. El párroco que oficia es fray López, uno de los supervivientes del sitio.

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2017 04 05, 12:57
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

EL PUEBLO FILIPINO LES RINDE HONORES ANTE LA IGLESIA EN LA QUE LUCHARON
Emocionante homenaje en Filipinas a los soldados españoles que defendieron Baler.

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Aunque en España casi nadie se acuerda de ello, cada 30 de junio se celebra el Día de la Amistad Hispanofilipina. Ese día, en 1898, comenzó la famosa gesta de “Los últimos de Filipinas”.

Así celebró su 450 aniversario la ciudad más antigua de los EEUU continentales
Los Héroes de Baler no merecen ofensas como la de ’1898: Los últimos de Filipinas’

Allí, 55 soldados españoles (50 soldados, 3 oficiales, un médico y un sanitario), acompañados por tres frailes, aislados del resto del mundo y sin saber que España había entregado las Filipinas a los Estados Unidos, combatieron durante 337 días, hasta que el 2 de junio de 1899, habiendo confirmado ya que las islas ya no eran españolas, se rindieron. En honor a su valentía y lealtad, los filipinos permitieron a los 33 supervivientes abandonar la iglesia de Baler armados y en formación, cinco días después de la rendición. Admirado por la gesta heroica de estos hombres, el primer presidente filipino, Emilio Aguinaldo, emitió el siguiente decreto el 30 de junio de 1899, justo un año después del comienzo del sitio:

“Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente:

Artículo Único.
Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país.”

En recuerdo de este decreto, en 2003 el Gobierno filipino declaró el 30 de junio como Día de la Amistad Hispanofilipina, “para recordar el acto de benevolencia que ha allanado el camino para tender una mejor relación entre Filipinas y España” y “para conmemorar los lazos culturales e históricos, la amistad y la cooperación entre Filipinas y España”. Desde 2007 ese día se viene celebrando en Baler con un homenaje a los soldados que combatieron en aquel sitio, entre ellos aquellos 55 soldados españoles. El Gobierno Municipal de Baler ha publicado en su página de Facebook un vídeo sobre el acto. Podéis ver aquí una versión resumida del vídeo que he publicado en mi canal de Youtube:



Link
https://youtu.be/utvSaZPFej0

En el vídeo vemos a una banda militar del Ejército filipino interpretando el Himno de España (previamente tocó el Himno de Filipinas), depositándose a continuación la corona de flores ante la Iglesia de San Luis, disparando 21 salvas de honor por los caídos en aquel sitio y tocando el “Pahingalay”, el equivalente filipino del “toque de oración” español. El vídeo termina con los acordes de la “Sampaguita”, una marcha militar filipina que recibe su nombre de una bella flor blanca que es uno de los símbolos nacionales de Filipinas.

Actualmente, en la Iglesia de San Luis hay una lápida en inglés dedicada a aquellos soldados españoles. Se colocó en 1939 y ante ella se depositan las coronas de flores en honor de nuestros compatrioas.


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http://www.outono.net/elentir/2017/07/0 ... ron-baler/

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2017 07 02, 11:38
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

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El Gobierno Municipal de Baler ha publicado en su página de Facebook una serie de fotos del acto de este año, de las que os traigo una selección.
Como invitados de honor estuvieron Luis Antonio Calvo Castaño, Embajador de España ante la República de Filipinas (el cuarto por la izquierda,
en la foto), en representación de nuestro país, y Benjamin Estoista Diokno, Ministro de Hacienda de Filipinas (en la foto, el cuarto por la derecha)

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Una de las cosas que más llama la atención de estos homenajes, todos los años, es la presencia
de banderas españolas entre el público y decorando diversos lugares de Baler
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Al Embajador español le acompañaba el Coronel Juan Carlos López Roca, agregado militar de la
Embajada, y personal civil de la delegación diplomática
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Además, entre las autoridades civiles y militares allí presentes, en el homenaje estuvo un
militar español de la Jefatura de Tropas de Montaña, que agrupa actualmente a los Regimientos
de Cazadores del Ejército de Tierra (los héroes de Baler pertenecían al Batallón de Cazadores
Expedicionario nº2, con sede en Manila)
Imagen
El Embajador español y el Ministro de Hacienda filipino depositaron una corona de flores ante
la lápida que recuerda a los héroes de Baler, aproximándose a la Iglesia de San Luis entre dos
filas de soldados del Ejército filipino presentando sus armas en señal de saludo (así, de esta
misma forma, fue como saludaron a los 33 supervivientes del sitio el 7 de junio de 1899):
Imagen
Durante el homenaje y ante la lápida, policías militares filipinos portaban las banderas de
Filipinas y España

Es emocionante ver que el valor y la lealtad se reconocen de esta forma, incluso por quienes entonces estaban en el bando enemigo.
Mi agradecimiento al gobierno, al Ejército y al pueblo de Filipinas por este gesto que les honra.


http://www.outono.net/elentir/2017/07/0 ... ron-baler/

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2017 07 02, 11:52
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Mensaje sin leer Re: El sitio de Baler: los últimos de Filipinas.

Aunque es un tema que no le interesa a nadie, no deja de llamar poderosamente la atención el enorme respeto y cariño con el que
se ha tratado en Filipinas a los "Héroes de Baler" mientras que aquí en España nadie ha dicho ni pío ni nos enorgullecemos de ellos.
Al igual que ocurre por ejemplo con Gálvez en EE.UU. aquí en España olvidamos a nuestros héroes mientras en el extranjero se les
rinde el mejor y más emocionante de los homenajes... Parece que aquí hay otros asuntos "mejores" que honrar, como el Dia del
Orgullo Guay y todo eso que dan votos.

A mi me da verguenza ver todo esto y donde hemos ido a parar.

PD .. A mi si me interesa el tema

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2017 07 02, 11:59
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