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Legionario en Bosnia 1993 
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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

El alcalde de Celebici la lía. (I Entrega)

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La sección dispuesta a salir hacia Celebici

Vuelve a ser domingo, toca hablar por tanto de "Legionario en Bosnia 1993" un libro que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de cómo es el libro, les dejo la primera parte de uno de los relatos, que se titula concretamente "El alcalde de Celebici la lía", creo que les distrairá y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"No puedo fijar el día porque debo reconocer que para esto de las fechas y para bastantes cosas más, soy un desastre completo; pero puedo asegurarles que corría el verano de 1993 y como ya saben ustedes, los de la Cía. Austria de la AGT Canarias estábamos desde el mes de abril en Bosnia dedicados a practicar un oficio que no le deseo a nadie. Éramos temporalmente, gracias sean dadas a Dios por ello, cascos azules de la ONU. Uno de los menesteres menos brillantes de los que conozco a los que se puede dedicar un soldado y créanme si les digo que conozco unos cuantos.

Lo de ser soldadito de UNPROFOR es más complicado de lo que a primera vista parece y en realidad tiene más trampas que una película de chinos. Resulta un oficio difícil, incómodo y peligroso. ¿Qué así es el oficio de las armas? Pues sí, pero con matices. Por lo que pude ver en Bosnia, lo de ponerte el casco azul te convertía automáticamente en una suerte de muñequito sobre el que era lícito practicar el innoble deporte del tiro al UNPROFOR.

Y digo innoble porque la inmensa pléyade de hijos de mala madre que se entretenían en tirotearnos, bombardearnos, apedrearnos, colocar minas a nuestro paso o cualquier otra cosa que su fértil ingenio les aconsejara, sabían perfectamente que teníamos las manos atadas, por lo que no íbamos a tomar medida alguna para repeler la agresión y naturalmente, así cualquiera.

Las normas por las que debíamos regirnos si se producía un enfrentamiento armado, hacían que devolver el fuego que recibíamos resultara prácticamente una tarea imposible. Desde el aspecto de la práctica militar esta cuestión resulta un hándicap considerable para la seguridad del que lo recibe, pero es todavía mucho peor si consideramos la “paz espiritual” del tiroteado. No pueden ustedes ni imaginarse lo que consuela liarse a tiros cuando te disparan, aunque sólo sea por hacer ruido y estar entretenido en algo.

Pero hay que decir que ese oficio tan poco brillante militarmente hablando, da unas satisfacciones morales muy importantes que cuando haces balance superan en mucho los aspectos negativos. A decir verdad, tanto mi gente como yo mismo, estábamos muy orgullosos de la tarea que llevábamos a cabo que tantas vidas salvó y tantas desgracias alivió, que una cosa no quita la otra.

Un cirujano puede pensar que el quirófano en el que opera es un habitáculo inmundo, que no tiene las herramientas necesarias para llevar a cabo su labor, que la asepsia brilla por su ausencia o que la enfermera se comporta como una auxiliar de carnicería y a la vez, estar orgulloso de su profesión y muy satisfecho de las vidas que ha salvado.

Pero dejémonos de disquisiciones y vamos a lo que vamos. Sobre las 10 de la mañana de ese ignoto día fui convocado al Puesto de Mando en el que, en presencia del Capitán Romero, se me explicó la situación. Al parecer el alcalde de Celebici, una población del distrito del Konjic situada al norte de Jablanica por la que atravesaba la carretera que iba hasta Sarajevo, había recibido una muy mala noticia, su hijo que era combatiente musulmán había caído prisionero de los croatas.

Como por lo visto no recibía demasiado apoyo de la Armija, cuyos mandos no le tenían simpatía alguna a los jefecillos locales que actuaban a su aire, como auténticos señores de la guerra y no reconocían la autoridad militar del ejército regular musulmán, había decidido tirar por la calle de en medio y aprovechar su posición “geoestratégica”. Así que incontinenti hizo saber a las autoridades de UN que había minado el puente por el que discurría la ruta humanitaria a Sarajevo situado dentro del casco urbano de su población y que por allí no pasaba un vehículo de UNPROFOR o de ACNUR hasta que los de UN le devolvieran a su hijo o le anunciaran que se habían hecho con él.

Lamenté la situación del padre y sobre todo la del hijo. El alcalde actuaba a la desesperada porque de sobras tenía que saber, igual que lo sabía yo, que como el chaval hubiera caído en manos de croatas de la zona no había remedio, lo habrían hecho picadillo en menos tiempo que se persigna un cura loco; que en la zona de Celebici y Konjic habían pasado muchísimas cosas, casi ninguna buena y el odio entre los distintos bandos contendientes era de un nivel desmesurado.

El mando, que debía estar convencido que los de la Cía. Austria teníamos poderes taumatúrgicos, había decidido que una sección se desplazara a Celebici con un intérprete y convenciera al alcalde para que desminara el puente y dejara el paso libre tal y como disponían los acuerdos internacionales que amparaban la actuación de UN en Bosnia.

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Me contaron lo que les cuento e inmediatamente como siempre, me preguntaron si tenía alguna duda que quisiera expresar o alguna pregunta que hacer y cómo resultaba que sin esforzarme, casi a bote pronto, se me ocurrían más de veinte cuestiones y me daba corte exponerlas, respondí de acuerdo al código no escrito que regula las relaciones entre superiores y subordinados en el ejército, que no tenía ninguna pregunta que hacer y lo tenía todo meridianamente claro.

Me encomendé interiormente a San Millán Astray y me despedí reglamentariamente, que lo de las buenas maneras está muy bien visto y se aprecia muchísimo entre la gente que se sienta en los despachos de Mando.

Cuando salía acompañado por el capitán Romero, nos alcanzó el capitán Pita que se dedicaba a tareas varias en la PLMM del destacamento, unas públicas y otras reservadas, que me indicó que el intérprete estaría esperándome en el cuerpo de guardia. Al fondo escuché a Cora que me animaba a apresurarme y no perder el tiempo, miré de reojo a Romero, le cedí el paso y salimos.

Mientras apresuradamente nos dirigíamos al lugar donde se encontraba la sección, ocupada en el mantenimiento del armamento, Romero me preguntó si lo tenía todo claro.

― Cristalino mi capitán, le mentí con convencimiento. No tenía nada claro, pero me imaginaba que así estábamos todos.
― Recojo al intérprete, nos vamos hasta Celebici, hablo con el alcalde y le convenzo para que quite los explosivos del puente y ya está. Sencillo y claro ― sonreí ― como a mí me gustan las misiones.
― Por cierto mi capitan ― continué ― supongo que estamos hablando del puente que salva el barranco que divide la zona central del casco urbano de Celebici ¿verdad?

Romero me miraba preocupado

― Sí Miguel, ese es el puente ¿pero sabes lo que le vas a decir al alcalde?
―Pues ahora mismo mi capitán no tengo ni idea, pero por el camino algo se me ocurrirá.
Vi en los ojos de Romero que no participaba de mi optimismo. Quise tranquilizarlo aunque viéndolo desde la presente perspectiva, creo que terminé de ponerle los pelos de punta.

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Le dije en tono serio, que tampoco estaba la cosa para muchas alegrías. ― No se preocupe mi capitán, porque si alguien en algún lugar, supiera lo que hay que decirle al cabrón ese, nos lo habrían comunicado por escrito, con el sello de confidencial y urgente y aunque pensáramos que lo que allí se decía era un error, nos hubieran obligado a utilizar el argumento parido en Kiseljak o donde quiera se haya decidido esta misión.

― Así que no se preocupe, en el fondo nadie sabe lo que hay que decirle al alcalde o tienen tan poca fe en lo que vamos a hacer que no se han puesto a pensarlo siquiera. Nosotros a lo nuestro. Ya sabe, vamos y lo arreglamos, que para eso nos pagan.

Debería explicarles un par de asuntos que creo pueden contextualizar lo que estaba sucediendo y me parece que este es el momento. Dos problemas afectaban principalmente a mi capitán, por una parte el protagonismo de los tenientes en Bosnia, pues la mayoría de las misiones las llevaban a cabo unidades tipo sección y por otra lo que se cocía en la zona de Celebici, lugar en el que, como antes les decía, habían ocurrido cosas espantosas y el odio entre los distintos grupos era espeluznante.

MI capitán sufría en primer lugar porque estaba loco por subirse a su BMR y ponerse al mando de la misión. Romero tenía en ese momento la misma cara que se me puso a mí, cuando en nuestro primer día en Bosnia vi como él y los de la 1ª sección salían de Dracevo caminito de Mostar mientras yo me quedaba con cara de primo en el destacamento. De todos es sabido que nunca llueve a gusto de todos y ahora al que le iba a tocar quedarse mirando como la columna se perdía en el horizonte era a mi capitán, que así es la vida y eso no tiene remedio.

Eso en primer lugar, en segundo lugar mi capitán era de la escala superior y en esa escala siempre se ha considerado a los tenientes como elementos disolventes y peligrosos a los que deben vigilar muy de cerca sus capitanes. Elementos poco de fiar, no por falta preparación, valor o amor al oficio sino por sobra de bisoñez.

Hay pensamientos tradicionales muy difíciles de erradicar. Ya conté anteriormente que injustamente se tendía a considerar a los rancheros una suerte de subespecie legionaria. La opinión de los jefes sobre los tenientes, salvando las naturales distancias, no era mucho mejor.

Quizás lo que mejor aclara este asunto es una frase que alguien, seguramente un profundo pensador, soltó un día y tuvo un éxito apoteósico. Decía así: ”Los tenientes son como los chinos, no cometen más que desatinos”. La primera vez que escuché el aserto me pareció falto de contenido e injusto y eso que no era teniente, imaginen lo que pensaba de la gracieta llevando mis dos estrellas de seis puntas en el pecho.

Así que si sumamos las ganas que tenía mi capitán de darse un garbeo hasta Celebici y desfacer el entuerto personalmente, el peso de la tradición recibida que condenaba al empleo de teniente a sufrir la desconfianza automática de sus superiores y ya por finalizar la pobre opinión, que a buen seguro, le merecían mis dotes diplomáticas, pueden ustedes deducir sin temor a equivocarse que Romero estaba extremadamente preocupado y no sabía cómo disimularlo.

Porque siendo como era extremadamente educado y exquisito en el trato con sus subordinados, no quería bajo ningún concepto herir mis sentimientos con sus dudas y no sabía bien como aconsejarme sin que pareciera que se metía en camisas de once varas o lo que es peor, donde no le llamaban. Que no era el caso, porque desde mi punto de vista mi capitán hacía bien preocupándose por su gente y me enorgullecía su delicadeza.

Así que aproveche el camino para asegurarle que iría con mucho cuidado y que no debía preocuparse demasiado. Lo que estaba haciendo el alcalde era una acción muy grave para los musulmanes que estaban combatiendo en Sarajevo y si las cosas se ponían tiesas, pero tiesas de verdad y no nos hacía caso, ipso facto se iban a ir para allá media docena de los comandos que para estos casos tenía el general del IV Cuerpo de Ejército de la Armija y en menos tiempo que tarda el muecín en recitar el adán, se iban a pasar por la piedra al alcalde y a todo aquel que respirara a destiempo o lo pareciera.

En mi opinión, le dije a Romero, el alcalde no iba a ofrecer demasiada resistencia y si la cosa se ponía mal, que lo arreglaran entre ellos. Que al fin y a la postre la carretera era suya, el alcalde, ídem del lienzo y lo mismo sucedía con los que combatían en Sarajevo y necesitaban desesperadamente la ayuda que les negaba el empeño del alcalde.

Romero me miró de hito en hito y me pareció adivinar una lucecita de esperanza en el fondo de su mirada. Oí el taconazo de Ávila que a la carrera se había acercado para dar la novedad. Romero se detuvo para recibirla en posición de firmes, me cuadré al costado de mi capitán. Oí como Ávila decía...

Pero eso se lo cuento el próximo domingo, día en el que seguiremos con el relato de lo de Celebici que tuvo su aquel, se lo puedo asegurar. Ahora cuando lo recuerdo me hace hasta gracia. Entonces, si soy sincero, menos.


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2016 07 10, 12:12
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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

El alcalde de Celebici la lía. (II Entrega)

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Un servidor en tres momentos de la misión, embarcado rumbo a Split, a la mitad de la
misión en Dracevo y en Málaga al día siguiente de llegar tras finalizar la misión.

Efectivamente, hoy es domingo y por tanto vamos a hablar de "Legionario en Bosnia 1993" un libro que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de cómo es el libro, les dejo la segunda parte de uno de los relatos, que se titula concretamente "El alcalde de Celebici la lía", creo que les distraerá y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…El domingo pasado nos quedamos en el momento en que el Capitán Romero recibía las novedades del sargento 1º Ávila. Nos acercamos hasta la sección que estaba formada y me interesé por el estado del armamento que tras las tareas de mantenimiento y limpieza estaba listo y sin novedad. Les indiqué a los jefes de pelotón que ordenaran a la tropa que embarcara en los vehículos y que todo el mundo estuviera preparado para salir. Cuando todo estuviera dispuesto les explicaría la misión.

Los legionarios estaban tan acostumbrados a recibir órdenes por sorpresa que lo de prepararse para salir con urgencia se producía en perfecto silencio, sin que nadie tuviera que reclamarlo y con una calma y rapidez que decía mucho del grado de instrucción de aquellos chavales que habían sabido hacer frente a situaciones muy difíciles con una naturalidad extraordinaria. Cuando los cabos 1º Arienza Santos, Guerra y el Sgto. 1º Ávila volvieron, pedí permiso al capitán y les expliqué lo que íbamos a hacer en Celebici.

La idea era llegar hasta la aldea y una vez allí, procuraría colocar mi BMR en el centro de la carretera sobre el puente supuestamente minado y así obligar al alcalde a parlamentar precisamente sobre la construcción, lo que a mi entender nos daría ventaja. Suponía que difícilmente volarían el puente con el alcalde sobre él y por otra parte se me hacía cuesta arriba pensar que se atrevieran a activar las cargas y llevarse por delante a un vehículo de UNPROFOR, que una cosa era gallear y otra muy distinta pasar de las palabras a los hechos. Mientras yo me colocaba sobre el puente el resto de la sección quedaría a la espera y alerta, por si las cosas se torcían y había que intervenir.

Las tripulaciones deberían estar listas para desembarcar y desplegar a mi orden y habría que tener en marcha los ANPRC 77 con los que habríamos de enlazar si había que echar pie a tierra. Les recordé que tuvieran presente asignar los C-90, unos lanzagranadas desechables que teníamos en dotación y recordé una vez más que nadie podía tener el arma con un cartucho en la recámara en el interior del BMR, salvo el jefe del vehículo. El flanco derecho del despliegue, de producirse el desembarco, estaría a cargo de Ávila y Arienza desplegaría por la izquierda de la carretera y se ocuparía de ese flanco y de la retaguardia. De la vanguardia se ocuparía la gente de mi BMR.

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Una vista de la zona cercana a Celebici.

¿Está todo claro?, pregunté ¿alguien tiene alguna pega?, como no podía ser de otra manera los tres jefes de pelotón guardaron un riguroso silencio. Debían estar pensando lo mismo que pensé yo cuando el comandante me hizo la misma pregunta, pero nadie iba a abrir la boca para hacer pregunta alguna. Me volví hacia mi capitán para ver si quería añadir algo; seguro que Romero también tenía muchas cosas que decir, pero el código no escrito le obligó a decir simplemente:
– Nada Rives, que tengáis suerte.

Despedí a mis jefes de pelotón que se dirigieron a los vehículos para poner los motores en marcha cuando, de golpe, me acordé del intérprete del que me había olvidado totalmente y que lo que son las cosas de la vida y la organización, brillaba por su ausencia. Le di un grito a Guerra que estaba ya en la cabeza de la columna pegadito al cuerpo de guardia y le pedí que preguntara por nuestro desaparecido amigo. Unos segundos después vi a los dos encaramarse al BMR.

Me cuadré y saludé a Romero ― Si no ordena ninguna cosa mi capitán.
― Nada Miguel ― contestó. Me devolvió el saludo y bajando la voz me dijo ― ten cuidado.
Sonreí ― Todo el del mundo mi capitán, en un par de horas nos tiene de vuelta aquí. No vaya usted a creer que estos bosnios le van a librar de mí. Ahora con su permiso me retiro.

Di media vuelta y al trote me dirigí al BMR, vi como Guerra levantaba mi cetme para que supiera que lo tenía allí. Monté y tras colocarme el casco comprobé las transmisiones que funcionaron a la perfección, iba a ser un buen día. Me puse en la escotilla de espaldas a la puerta del destacamento para poder ver a los vehículos de la sección mientras se ponían en marcha y por radio ordené de frente en columna de a uno.

Como no podía ser de otra manera, Morales hizo gala de su peculiar estilo de conducción, arrancó como Dios le dio a entender y el brusco salto que dio el BMR hizo que me golpeara la espalda con el borde de la escotilla, le maldije por bajinis. Iba a ser un buen día pero no tan bueno como para que Morales condujera civilizadamente; que se le iba a hacer, uno no puede tener todo en esta vida y eso es así desde el principio de los tiempos.

Me agaché para mirar en el interior del BMR. El intérprete estaba sentado en el lado derecho del vehículo muy cerca de mí. Por señas le indiqué que nos acompañara a Guerra y a mí en la escotilla delantera. Tenía que explicarle qué era lo que nos llevaba hacia el nordeste por la carretera de Konjic. Le contaría una versión resumida, de la que a mí me habían dado para que supiera qué era lo que nos esperaba.

Tendía a ser muy parco en la información que transmitía a los intérpretes, por varias razones, entre ellas la principal era que si les dabas cuerda, tenías muchas posibilidades de encontrarte inmerso en un “animado” cambio de impresiones con el truchimán de turno, al que le parecían manifiestamente mejorables tus decisiones para cumplimentar la misión y te explicaba cómo habría de hacerse lo que fuera que hubiera que hacer.

La vida del intérprete, las cosas como son, era muy dura. Seguro que para las mujeres que había entre ellos bastante más. Aunque he decir, porque esa fue mi experiencia, que sorprendía el sereno valor de las intérpretes que contrastaba con la actitud de algunos de sus compañeros varones. Pero no conviene generalizar, como en cualquier colectivo, por pequeño que sea, los había de muchas clases.

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En el centro de la imagen y en primer plano el intérprete que me acompañó aquel día.

Los había valientes, los había que no lo eran y teníamos también los que ni fú ni fá. A veces te encontrabas inmerso en una agradable charla con un grupo de Cisnes Negros, una pandilla de cabrones asesinos o una unidad musulmana radical, como ustedes prefieran y el pobre tipo que traducía tus palabras, lo hacía con un acento croata detectable a tres kilómetros de distancia, lo que resultaba poco adecuado porque los Cisnes Negros se entretenían en explicarle al intérprete con minuciosa delectación lo que le iban a hacer en cuanto nos metieran a mano o consiguieran hacerse con él y así, las cosas como son, se trabaja bastante mal.

Lo mismo sucedía si en lugar de musulmanes te encontrabas con una alegre pandilla del HOS croata y el intérprete que te había tocado en suerte era musulmán. Pero no se engañen, si la cosa estaba mal de verdad daba igual de dónde fuera, si era del enemigo porque lo era y si era de los suyos por traidor.

Para mí los más difíciles de sobrellevar eran los que en cuanto el tipo de enfrente se ponía borde o el ambiente advertía que las cosas venían mal dadas tirando a peor, en lugar de traducir exactamente lo que tú querías hacerle llegar al interlocutor de turno, sacaban a relucir sus dotes diplomáticas y encanto personal para dulcificar lo que sea que tú dijeras.

Para entendernos chaqueteaban cosa mala y por su cuenta y en lugar de traducir lo que decías, se dedicaban a contemporizar y suavizar tus afirmaciones. Otros manifestaban que habían sido contratados como traductores, es decir para traducir documentos sentados ante un ordenador y no como intérpretes lo que les obligaba a participar de los riesgos de la misión, claro que habitualmente sólo se acordaban de su problema contractual cuando los del HVO o los de la Armija se ponían ternes.

Pero no vayan a llevarse una mala impresión, la verdad es que subirte a un BMR en una zona de guerra, desarmado y a verlas venir, es algo que no le debe apetecer a nadie o casi nadie y si además en Madrid te lo han contado por encima y te veías sentado en un despacho de un cuartel general con su aire acondicionado, tu café calentito y tus refrescos fríos y en lugar de eso te meten en un blindado con un oficial que se dedica a meterse en todos los follones que encuentra a su paso, habrá que reconocer que la situación no resulta envidiable.

Mi experiencia me dice que la inmensa mayoría de ellos cumplieron y nos ayudaron muchísimo, fueron una herramienta imprescindible en muchas ocasiones y yo les estaré siempre muy agradecido ¿qué a unos más y a otros menos? Pues para ser sincero sí, pero vamos a lo que vamos que estamos perdiendo el hilo.

El intérprete que me había tocado en suerte, era un varón de mediana edad que creo recordar hablaba el castellano con un ligero acento francés y decía haber servido en la Legión Extranjera, la legión francesa para entendernos. Por lo tanto había que ser muy cuidadoso con él, porque cómo tenía experiencia militar tendía a explicarte lo que opinaba sobre la situación y de qué manera se deberían hacer las cosas para solucionar el problema que tocara en suerte. De todas maneras ya habíamos trabajado un par de veces con anterioridad y lo habíamos hecho a satisfacción de ambas partes. No sabía si era musulmán, serbio o croata, porque prefería no saberlo, pero me daba la impresión que era musulmán.

Le expliqué lo que íbamos a hacer en la parte que le correspondía. Mientras le contaba la historia del puente minado, el chico prisionero y el alcalde su expresión se fue tensando ligeramente y ahí quedó la cosa. Únicamente su paz interior se debió ver más amenazada, cuando le comenté de pasada que si daba la orden de abandonar el vehículo ésta le incluía a él y que de suceder, no se despegara de mí ni un milímetro y que agachara la cabeza.

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Una vista del maldito puente, protagonista involuntario del relato.

Tras explicarle estas cosas que, a la vista estaba, no le estaban alegrando el día, le advertí que tuviera cuidado en Celebici de hablar por el costado izquierdo del BMR y desde la escotilla delantera y mirando al frente, para obligar a nuestros interlocutores a colocarse de manera que el 1º Guerra, que se situaría en la otra escotilla, los pudiera tener cubiertos con su cetme. Puso cara de póquer y me dijo que había comprendido todo lo que tenía que comprender.

Tras dejar al intérprete bastante más pensativo que antes, le eché una mirada a la carretera. Habíamos salido ya de Jablanica y la carretera transcurría por una zona montañosa de una belleza espectacular. Las montañas que nos rodeaban estaban cubiertas por unos bosques magníficos que iban raleando y cambiando de vegetación hasta llegar a las altísimas cumbres en las que se podía ver alguna mancha de la nieve del invierno. A mi izquierda el Neretva discurría silencioso y potente, me van a perdonar no sé cómo explicarlo de otra manera, a los que somos de secano un río como el Neretva nos impresionaba bastante. En los pequeños valles transversales que íbamos dejando atrás se veían reses pastando y entre los árboles algún tejado rojo señalaba la presencia de viviendas.

En esta zona plagada de pequeñas aldeas y viviendas aisladas, la guerra se había cebado con sus habitantes con una brutalidad terrible. Los campesinos serbios, croatas y musulmanes, que de todas las clases había, fueron masacrados con delectación. Todos, conforme la suerte de la guerra cambiaba de bando, fueron sucesivamente víctimas y verdugos y la limpieza étnica produjo muy poco refugiados o prisioneros. De allí escaparon los más listos de la clase o los más rápidos. Los demás en su inmensa mayoría fueron asesinados, torturados, sus mujeres violadas ante sus ojos y eso lo hicieron y sufrieron croatas, musulmanes y serbios, cada uno por su turno. Por eso en ese paisaje idílico habitaba el odio más profundo.

Poco a poco llegamos a la zona en el que el Neretva se ensanchaba en un inmenso embalse, instintivamente me ajusté el equipo cuando a lo lejos, tras dos curvas percibí las primeras casas de Celebici...”


El domingo que viene les contaré lo que hubo y dejó de haber en el tantas veces nombrado puente. Tuvo su emoción, les recomiendo que no se lo pierdan.


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2016 07 17, 12:22
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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

El alcalde de Celebici la lía (III Entrega)

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Un carro de combate que se utilizó en los combates de la zona.

Hoy víspera de la festividad de Santiago, Patrón de España y de la Caballería española, es domingo y por tanto toca hablar de "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de cómo es el libro, les dejo la tercera parte de uno de los relatos, que se titula concretamente "El alcalde de Celebici la lía", creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…El domingo pasado les dejaba a ustedes cuando estábamos ya a la vista de Celebici, nos quedaban muy pocos minutos para llegar hasta el puente de la discordia. Le pedí a Guerra que comprobara el enlace de los 77 con el resto de la columna y que cuando acabara, ocupara su posición en la escotilla trasera del BMR; mientras el cabo 1º llevaba a cabo su labor, ordené a la columna aminorar la marcha y dejar algo más de distancia entre vehículos. El intérprete permanecía atento a lo que sucedía y parecía estar tranquilo. Personalmente notaba como la adrenalina comenzaba a invadir mi torrente sanguíneo, mis pulsaciones no se habían acelerado, pero mi cuerpo advertía mejor que yo mismo que me enfrentaba a un peligro inminente y se estaba preparando.

Enseguida estuvimos muy cerca del puente, extrañamente se veía bastante gente sobre él y entre ellos destacaba el “comité de bienvenida” que se encontraban en la misma entrada del puente, cuyos componentes desde lejos nos hacían señas para que nos detuviéramos. Me encomendé a todos los santos del cielo, a los que rogué que no permitieran que Morales se llevara a ninguno de ellos por delante y a través de la línea interna le indiqué lo que teníamos que hacer.

― Morales vete aflojando como si fueras a parar delante de los tres payasos que están ahí delante en el centro de la carretera, acércate a ellos aminorando la velocidad, ojo que tenemos que hacerlo muy lentamente. Tienen que creer que nos vamos a detener y cuando llegues hasta ellos sigues, sin acelerar, pero sigues muy despacio y te detienes unos cinco metros más adelante. Montas el numerito, como si fuera uno de esos despistes tuyos que tan famoso te han hecho en Bosnia, pero hay que hacerlo de manera que parezca que queríamos detenernos y que nos hemos ido un poco largos accidentalmente.

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El paisaje en las cercanías de Celebici.

Me contestó que estuviera tranquilo y efectivamente llevó la maniobra a cabo con una perfección absoluta. Los tres bosnios que vieron que aminorábamos la velocidad hasta casi detenernos se confiaron y cuando vieron que el BMR se los llevaba puestos, se apartaron sobresaltados, mientras que muy cabreados nos gritaban que nos detuviéramos, lo que hicimos cuando ya estábamos dentro del puente. Mientras venían a la carrera hacia nosotros, oí como Guerra ordenaba a Ascanio, nuestro tirador selecto, que estuviera al loro y vigilara la retaguardia y la zona de la izquierda de la carretera.

Los tres musulmanes venían como tiros, haciéndonos gestos de que echáramos marcha atrás. Me volví y les saludé con la mano sonriendo como si no pasara nada. Saqué mi paquete de tabaco del bolsillo y mientras ya los teníamos prácticamente encima le ofrecí un cigarrillo al intérprete que me miraba entre sorprendido e interrogante, pero que lo aceptó y nos pusimos a fumar plácidamente, mientras los tres milicianos se acercaban hasta el costado en el que me encontraba para exigirme muy excitados que saliera del puente.

Me encogí de hombros mientras les decía “jednostavno, nema problema”, que en croata significa más o menos que tranquilos que no hay problema y le pedí al intérprete que los llamara para que pasaran a su costado. Como insistían en darme la bronca, saqué a relucir el poco croata que conocía y añadí, mientras me encogía de hombros, “ne razumijem” lo que venía a decir que no les entendía. Para reforzar la actuación les volví la espalda y me agaché un poco como si estuviera haciendo algo dentro del vehículo.

Dos picaron y pasaron frente al BMR para hablar con el intérprete, pero el otro se quedó pegado al costado del BMR. De inmediato Guerra le advirtió a Ascanio de la circunstancia para que estuviera atento y lo controlara por si la cosa se liaba. Entretanto los bosnios le estaban metiendo una bronca del quince al intérprete. Me acerqué al costado izquierdo de la escotilla para poderlos ver y para que me vieran, mientras levantaba la mano pidiendo silencio.

El intérprete me advirtió que estaban muy cabreados y que querían que retrocediéramos inmediatamente hasta salir del puente. ― Ni caso ― dije ―diles que traigo un mensaje del jefe supremo de UNPROFOR para su alcalde y que es urgente que hable con él. Que vayan a avisarle porque es muy importante, insísteles en que nos manda el jefe de UNPROFOR.

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Una campesina violada durante los combates.

Trasladó lo que yo le había dicho y escuchó a los bosnios que contestaron rápidamente ― Que les demos el mensaje y ellos se encargarán de trasladárselo―. Me dijo el intérprete.
Miré al traductor con fingido asombro y le dije muy lentamente ― Diles que no saben con quién están hablando. Que los mensajes del jefe de las fuerzas de UN, sólo se dan al interesado, así que el alcalde haga el favor de venir urgentemente, porque lo que tengo que decirle le interesa mucho a su jefe.

Los dos milicianos se apartaron del vehículo y en voz baja discutieron animadamente, al final uno de ellos se dirigió hacia la salida del puente y el otro nos dijo que iban a dar el recado a su jefe, pero que por favor que nos retiráramos del puente.

Le contesté a través de nuestro traductor que de allí no me movía ni un milímetro, hasta que hablara con el alcalde y que esperaría. Para demostrar que no tenía prisa me senté en la parte exterior del vehículo sobre la tapa de la escotilla, puse los pies en el borde delantero de la misma y me puse a admirar el paisaje humano que podía ver sobre el puente mientras fumaba afectando una tranquilidad que no tenía. Al bosnio le sentó el gesto como una patada en el hígado y nos soltó una retahíla bastante larga.

Yo ni miraba al tipo, pero pregunté ― ¿Qué dice?
No sé yo si el intérprete habría leído a nuestros clásicos del Siglo de Oro, pero me contestó con una brevedad, que irremediablemente me recordó aquello de Baltasar Gracián de “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Se limitó a decir ― Nos insulta.

Mientras esperaba al alcalde estaba echándole un vistazo al puente y a la gente que se veía en él. Parecía una romería, no sé cómo serán las romerías musulmanas, pero en el puente había de todo. Sentados en el bordillo había mujeres, niños y ancianos observando interesados el espectáculo, en mitad de la calzada se podía ver alguna pareja compuesta de mujer joven con bebé en brazos y miliciano con kalashnikov, había niños corriendo a su aire, tres o cuatro jovencitas en estado de merecer y más al fondo pude ver cómo iba llegando gente armada. Me volví hacia mi gente y pude ver a Ávila que nos observaba, me agaché y por el 77 le dije que todo andaba bien, pero que había que estar atento a lo que sucediera, que ahora era cuando podían complicarse las cosas.

Mientras esperábamos al puñetero alcalde se nos acercó de frente un tipo vestido totalmente de negro disfrazado de sheriff de spaguetti western, con su sombrero vaquero y su kalashnikov, que se dedicó a gritarnos y hacernos gestos para que nos fuéramos. No le pregunté qué decía al intérprete ni él consideró necesario decírmelo, estaba tan claro que estaba repasando las supuestas costumbres sexuales de nuestras señoras madres, que no merecía la pena saberlo. Además y para no faltar a alguna costumbre ancestral que practicaban entusiasmados croatas y musulmanes, me encañonaba de vez en cuando, a la vez que hacía gestos de que nos iba a disparar.

La voz de un legía desde el interior del BMR me advirtió que Ávila avisaba que al final del puente estaban desplegando unos veinte milicianos, pero que no avanzaban. Por la línea interna llamé al Metralla y le pregunté si los veía. ― Afirmativo mi teniente ― me dijo.

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Prisioneros del Campo de Prisioneros de Celebici.

― Metralla, en cuanto te dé la orden de fuego quiero que me barras del puente a esa gente, que no quede ni uno, pero antes le metes una ráfaga de 12,70 al payaso ese vestido de vaquero. Ese por lo que más quieras que no se escape.

― Tranquilo mi teniente que el cabrón ese no se me va, que a mí también me tiene hasta los mismísimos cojones ― me contestó el cabo bastante más rotundo que yo.
Cabeceé mientras reprimía una sonrisa ― No es eso Metralla o no es solo eso, si te fijas verás que el tipo debajo de su chaleco lleva dos granadas de mano. Si se lía no quiero a un tipo con granadas de mano tan cerca del BMR.
― Recibido mi teniente― contestó el Metralla al que repentinamente le había dado por respetar la disciplina de transmisiones.

Más tranquilo, que estos detalles consuelan mucho aunque suenen regular, por la red de sección le pregunté a Arienza si tenía gente armada cerca de su vehículo, me contestó que no había novedad, por allí no había aparecido miliciano alguno y estaban tranquilos y alerta.

Hacía calor y tenía sed, eché mano de la cantimplora y se la ofrecí al intérprete que sudaba bajo el sol y el casco azul. Sonrió y se dio un buen par de tragos de agua, tras él bebí yo. Noté algo raro a mi espalda y al volverme vi a Ascanio que con cara de cachondeo me hacía señas moviendo levemente la bocacha del fusil arriba y abajo. Como vio que no me enteraba, me señaló con la barbilla a mi costado, me asomé con precaución y allí estaba el tercero de los musulmanes apoyado en el BMR con los ojos cerrados. O estaba meditando, cuestión que se me hacía cuesta arriba creer o haciendo la siesta del carnero, que la del canónigo estaba claro que no podía ser, por aquello de la falta de sintonía religiosa.

Miré a Ascanio y le sonreí, me asomé por el costado del BMR a la vez que daba una palmada sobre la chapa del blindaje. El pobre musulmán dio un bote espectacular, miró a su alrededor algo desorientado y cuando se recuperó me miró con rabia. Yo muy serio le ofrecí un cigarrillo. Fue mano de santo, musulmán, que por eso no vamos a discutir, pero como digo fue mano de santo, de la ira pasó a la sonrisa y se hizo con el cigarrillo a una velocidad de vértigo y con la misma prontitud lo hizo desaparecer en un bolsillo de su chaleco mimetizado.

Vi llegar hasta nosotros al musulmán que había ido a dar el recado, acompañado por un tipo que no podía ser el alcalde, porque si éste era padre de un joven con edad para combatir, el que venía no pasaba de treinta y cinco años. Se acercó hasta el costado del blindado y saludó educadamente, siguió hablando y ahí ya me perdí, pero el tono parecía cortés y nada amenazador.

El intérprete miró hacia mí y le dijo ― Dice que es el segundo en el mando, que en este momento al jefe le resulta imposible venir tal y como sería su deseo y por eso lo ha mandado a él para recoger el mensaje. Miré al joven - que aunque educado, mirado de cerca tenía cara de malo de película, me recordaba uno de esos oficiales malísimos de las SS, con las gafas redondas, el pelo muy corto cortado al cepillo y los ojos claros - mientras decía ― Dile al gafitas que no tenemos prisa, que tengo orden del jefe supremo de UNPROFOR de dar el mensaje personalmente al alcalde de Celebici y eso es lo que voy a hacer ―

El intérprete asintió, levanté la mano para indicarle que no había terminado ―. Que le diga a su jefe que me parece una muy mala medida ignorarnos y que si tarda mucho en venir, el asunto puede pasar de las manos de UNPROFOR a las del IV Cuerpo de Ejército de la Armija y eso no le iba a gustar a nadie. El musulmán con cara de nazi escuchó atentamente la traducción, puso mala cara, dio media vuelta y volvió por donde había venido.

Oí a Guerra que se reía ― Los tiene usted cuadrados mi teniente, le ha metido un ascenso al comandante Cora de no te menees, nada menos que jefe supremo de UNPROFOR, se va a alegrar mucho cuando se entere.
― Tranquilo Guerra que jamás un ascenso aunque sea imaginario, ha matado a alguien y además el comandante no se va a enterar de este detalle. Lo importante es que estos se lo crean y venga el alcalde de una vez, a ver si acabamos, que ya estoy un poco harto de aguantar al capullo ese del sombrero vaquero a quien Dios confunda.

Guerra que era un pragmático de manual me contestó ― Coño mi teniente si le mosquea tanto, no lo mire y ya está.
Me reí ― Tienes razón Guerra, ahora viene lo difícil, toca esperar…”


Estaba convencido que el presente relato iba a constar de tres entregas, pero no he sabido hacerlo, así que el domingo que viene lo remataremos con la cuarta entrega. Espero que a ustedes les quede paciencia y sobre todo ganas de leer.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

El alcalde de Celebici la lía (IV Entrega)

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Con el Cabo 1º Guerra, tomando un café

Hoy despedimos al mes de julio y es domingo, vamos a celebrar ambas circunstancias dejando de lado los bloqueos a los pactos de gobierno y demás miserias políticas y les voy a contar un cuento sobre un bloqueo, pero de los de verdad que relato en mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de cómo es el libro, les dejo la cuarta y última parte de uno de los relatos, que se titula concretamente "El alcalde de Celebici la lía", un relato que, como decía trata del bloqueo que montó el alcalde de Celebici para cerrar la “Via de los españoles” que permitía que llegara hasta Sarajevo la ayuda humanitaria. El angelito decidió minar el puente y allá que fuimos por ver de solucionar el asunto. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…Ahí estábamos, bajo un sol de justicia con el BMR “aparcado” sobre un puente en el que los musulmanes de la aldea habían colocado unas cargas para volarlo si su jefe así decidía hacerlo. Estábamos esperando al alcalde al que habían ido a buscar por segunda vez.

Me volví para mirar hacia el BMR de Ávila y vi cómo Usero relevaba en la escotilla trasera al tirador selecto del pelotón. Me pareció bien, Usero era de fiar, un tío grandón, tranquilo, serio, leal y trabajador, de Barcelona creo recordar, muy cumplidor y que además tenía una puntería más que decente. En la 5ª Cía., que era la compañía que estaba a mi mando en la VII Bandera y de la que provenían los cabos y legionarios de mi sección, Usero estaba destinado en la Sección de Reconocimiento y se llevaba francamente bien con Ávila que era su jefe en el Pelotón de Exploradores.

Me di cuenta que debía haber tenido presente ese detalle, llevábamos ya un par de horas a pie firme y Ascanio, Guerra y el intérprete se merecían un descanso. Se lo dije a Guerra que de inmediato pegó dos voces dirigidas al interior del BMR y relevó al tirador de la escotilla trasera en un santiamén. Con más calma le indiqué al intérprete que se sentara en el interior del vehículo, descansara y comiera algo, si lo necesitaba ya lo llamaría. Me dio las gracias y desapareció ipso facto; se había portado bien y había llevado a cabo la traducción muy eficazmente, lo que era de agradecer.

Guerra apareció a mi lado en la escotilla, traía una botella de agua fresca y me ofreció un pudingo, una especie de yogur, se lo agradecí porque tenía hambre.
― ¿Has comido? ― le pregunté.
― Sí mi teniente, los legías se han traído un montón de cosas del desayuno, el paisano ese de la legión francesa se está comiendo ya su segundo bocata y está encantado de la vida. Todo va bien.

Me miró mientras yo le daba un trago larguísimo a la botella de agua que todavía estaba fresca, a continuación saqué la cuchara del cubierto de campaña y me dispuse a atacar al pudingo que, lo recuerdo perfectamente, era de frutas del bosque. Lo sé porque no me gustaba, tenía un sabor particular que me desagradaba, pero no dejé ni para las hormigas.

Oí a Guerra que me decía ― ¿Cómo ve las cosas mi teniente?
― No sé qué decirte Guerra, si viene el alcalde será una cosa y si se empeña en tenernos aquí hasta la noche puede ser otra, pero yo creo que les vamos a meter las cabras en el corral, estos bosnios no saben con quien se están jugando los cuartos. Me parece que si las cosas salen como pienso, los vamos a llevar al jardín ―.

Me agaché y dejé el envase del pudingo en una bolsa de basura que llevábamos en cada vehículo para no dejar restos atrás y chupé cuidadosamente la cuchara para limpiarla.
― Pero independientemente de lo que crea ― continué ― ahora mismo hay que tener mucho cuidado y evitar que el personal se relaje, que se ponen a comer y eso les da una falsa sensación de seguridad. La gente sin darse cuenta baja la guardia y eso no es bueno, que ya sabes que lo que no pasa en un año pasa en un segundo y esta especie de calma me tiene mosca.

Llamé por radio a la sección para advertir de ese extremo. Miré a mí alrededor, en la otra entrada del puente pude ver al grupo de milicianos, estaban sentados y no daban la impresión de estar preparando nada que nos pudiera preocupar. Se acercaba la hora de comer, así que los civiles que todavía se estaban gozando el espectáculo, se irían pronto a su casa suponiendo que tuvieran algo que llevarse a la boca, que esa era otra. Los tres milicianos bosnios que estaban a cargo de la carretera cuando llegamos, habían desaparecido. Sólo quedaba el vaquero de las narices que agotado, afónico y sudoroso, se había sentado en el bordillo de la carretera y nos miraba con cara de mala leche, mientras se abanicaba con su sombrero vaquero.

Por mi retaguardia y del lado izquierdo de mi BMR vi llegar a un grupito de gente, venían nuestros viejos conocidos los tres milicianos del puente, el musulmán joven con el que ya había hablado y un tipo de estatura mediana, fuerte, barrigón, de unos 60 años, pelo blanco bien peinado y un bigote sorprendentemente negro, supongo que a juego con el color de su alma y que forzosamente, tenía que ser el alcalde que nos llevaba por la calle de la amargura desde antes de que saliéramos de Jablanica. A la cintura llevaba una Makarov de 9 mm o su copia yugoslava, pero esa era la única arma que yo alcanzaba a ver.

Se acercó por el lado del intérprete carraspeó y saludó. Le contesté al saludo y antes de poder decir algo, el alcalde soltó una parrafada en tono de enfado.
― Dice que debemos salir del puente inmediatamente, que con nuestra presencia aquí estamos desobedeciendo a las autoridades de la zona ― me soltó nuestro intérprete. Yo no prestaba mucha atención a lo que me decía, porque mientras me traducía la perorata del musulmán, el ayudante del alcalde se había acercado hasta él y le había dado un dispositivo pirotécnico que a mí me pareció un M-60 americano que servía para encender la mecha que saliendo de su mano se perdía por la barandilla del puente.

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Encendedor pirotécnico Expal.

Bueno ya sabíamos todos a que jugábamos, el tipo tenía en la mano un encendedor pirotécnico con el que simplemente liberando una anilla provocaría la iniciación de la mecha. No era una buena noticia, pero podía ser peor si el iniciador fuera de los eléctricos, que de usarse provocaría la explosión de las cargas de manera prácticamente instantánea. Con el que tenía en la mano, si prendía la mecha tardaría casi cuatro minutos en provocar la explosión. Claro que, que a lo peor el iniciador que tenía el alcalde en la mano era un bluf y fuera de nuestra vista había un tipo con un iniciador eléctrico listo para volarnos a todos sin previo aviso.

Sobre el iniciador no podía hacer nada y a pesar de que si lo que pretendía era asustarnos, al menos en mi caso lo había conseguido, no tenía otra salida que afectar tranquilidad y dedicarme a convencer al alcalde para que levantara el minado del puente y permitiera el paso a los vehículos. Estaba claro que pretendía atemorizarnos, en su mentalidad de combatiente irregular debía pensar que si lo lograba nos retiraríamos. No sabía que aunque estuviéramos asustados no nos íbamos a ir de allí. Por mucho miedo que nos diera la posibilidad de la voladura del puente, íbamos a permanecer en él hasta recibir orden en contrario.

Mientras eso pasaba, Morales por la línea interna me avisó que los milicianos estaban retirando a los civiles del puente y eso era una muy mala señal. Estaba claro que entendían que la cosa podía degenerar en tiroteo y no querían que su gente saliera herida, la verdad se nos estaba amontonando el trabajo.

Avisé por radio a la sección de la circunstancia, me volví hacia Guerra y tiré de él, para que se me acercara y ni el intérprete pudiera escuchar lo que le dijera. Me incliné y al oído le dije ― Guerra si esto se lía, en cuanto suene el primer disparo te ventilas al alcalde y al tipo ese de las gafitas, esos que no se escapen bajo ningún concepto.

Guerra me miró, mientras una sonrisa beatífica iluminaba su rostro ― ¿De verdad mi teniente?―, me preguntó con la cara de un hombre que con sorpresa ve cómo se hacen realidad sus sueños más queridos.
― De verdad Guerra.
― Eso está hecho mi teniente―. Me desentendí del asunto, sabía que si se complicaban las cosas el alcalde y su ayudante se iban a quedar para siempre en ese maldito puente.

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Muyaidines que operaban en la Bosnia Central.

Me volví hacia el intérprete y le expliqué que necesitaba que me tradujera de la manera más precisa. Mientras, oía al segundo del alcalde que estaba dándonos la bronca. Tenía unas ganas locas de echar un trago de agua y fumar un cigarrillo, pero estaba claro que no podía hacerlo.

Le expliqué al alcalde que no veía lo que estaba sucediendo de un modo correcto. Yo estaba allí para ayudarle a deshacer el jaleo que había organizado. Le expliqué que los mandos de UNPROFOR conocían su trabajo como combatiente y sabían que era un hombre valeroso y por lo tanto respetaban ese valor, por eso estaba yo allí y no habían puesto todavía el asunto en manos de la Armija.

Al oír nombrar a la Armija el alcalde no puedo reprimir una mueca de desagrado, así que la cosa iba por buen camino. Continué pidiéndole que reflexionara sobre las consecuencias de su acción. UNPROFOR lo conocía y sabía de su importancia en la zona como jefe militar y sus mandos estaban dispuestos a hacer lo que pudieran por su hijo, pero debía entender que no se puede negociar con quién te pide un favor mientras te apunta a la cabeza con una pistola.

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Paisaje de los alrededores de Celebici.

Insistió en que hasta que no tuviera noticias sobre su hijo la carretera seguiría cerrada. Le contesté que eso le iba a resultar imposible, porque la Armija estaba muy molesta con la medida adoptada ya que con su decisión impedía la llegada de alimentos y el resto de la ayuda humanitaria a Sarajevo. Nosotros habíamos venido a hablar, pero igual los del IV Cuerpo de Ejército se acercaban hasta Celebici, hablaban menos y hacían más.

El alcalde y su segundo se miraron, parecía que el camino a seguir era amenazarle con la Armija, insistí en el tema; para rematar hablando de su hijo, un combatiente musulmán que estaba dispuesto a dejar la vida por la causa de los musulmanes de Bosnia, que seguro no estaría de acuerdo en que su padre perjudicara las expectativas de los combatientes en Sarajevo.

Parecía algo inquieto y encomendándome a todos los santos, gasté el último cartucho que tenía en mente. Le dije que yo era padre y creyente, que como padre entendía lo doloroso de su situación, pero creía y suponía que él también, que todos estábamos en manos de Dios. Lo de su hijo estaba exclusivamente en las manos de Dios.

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Milicianos irregulares musulmanes.

El tono de la discusión cambió, le aseguré que UNPROFOR haría lo que estuviera en sus manos para buscar a su hijo, pero únicamente accedería a hacerlo con el puente abierto. Todavía se negaba, pero estaba regateando. Una hora después accedió a levantar el bloqueo de la carretera, pero se negaba a retirar los explosivos del puente, le volví a amenazar con la Armija y por fin cedió y aseguró que retiraría los explosivos.

Hablé con el Mercurio – el vehículo de Transmisiones que nos aseguraba el enlace con Jablanica - para que transmitiera esa noticia al destacamento y que les advirtiera que me quedaba para comprobar in situ, que efectivamente se retiraban las cargas del puente. Al poco rato se me ordenó replegarme de manera inmediata a Jablanica.

Le dije al alcalde que como gesto de buena voluntad UNPROFOR me ordenaba retirarme, le di las gracias por su comprensión y le deseé toda la suerte del mundo con lo de su hijo. Me aseguró que iban a comenzar el desminado y en un par de horas la carretera estaría libre.

Personalmente no entendía nada, pero desde luego si se me ordenaba volver a Jablanica no me iba a poner a discutir. Advertí a la sección que volvíamos al destacamento y me encomendé fervorosamente a todos los santos, porque ahora había que ver cómo Morales le daba la media vuelta al BMR sin que cayéramos del puente.

Me despedí del alcalde y mientras Morales nos ponía los pelos de punta con sus maniobras, pude ver al cabrón vestido de vaquero que nos miraba con la misma expresión que tendría un buitre al que por sorpresa le arrebatan el apetitoso cadáver de una cabra.

Nunca supe a qué se debió la orden de retirarnos de la zona, pero el asunto se resolvió bien. La carretera permaneció abierta, la ayuda humanitaria circuló libremente por ella y al poco tiempo al alcalde, que ya sabía que a su hijo se lo habían cargado los croatas, lo engañaron para que fuera a Konjic para hablar de asunto militares con la Armija y jamás se volvió a saber de él, ni de su escolta.

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Prisioneros del Campo de Internamiento de Celebici.

Aliviados - aunque hablo sólo por mí - volvimos al destacamento. Cuando llegamos allí, di las novedades correspondientes y escribí el obligado informe post misión. No preguntaron nada ni mostraron demasiado interés en conocer detalles sobre la misión y desde luego, no me dijeron ni que bonitos ojos tienes.

Pero el capitán Romero nos estaba esperando y se había preocupado que nos guardaran la comida. Eso sí era una buena noticia porque en Jablanica, tal y como ya he contado, se comía muy bien…”


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los treinta del Hotel Brístol (I Entrega)

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Mi sección aparcada frente a la Comisión Mixta.

Hoy es domingo, el primero del mes de agosto, así que como tengo por costumbre dejaremos de lado las miserias de la política. Olvidaremos el “no es no” leyendo la primera parte de un relato en el que los protagonistas dijimos sí a todo lo que se nos pidió. El relato forma parte de mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de cómo es el libro, les dejo la primera parte de “Los treinta del Hotel Brístol”.Trata de un día de misión en Mostar, un día normal, no vayan a pensar, pero creo que el cuento les dará una idea que qué es lo que hacíamos en Bosnia. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"Era el día 21 de mayo de 1993, les resultará extraño que me acuerde con tanta precisión de la fecha, pero es que lo que hoy les voy a relatar tuvo a criterio del mando, la trascendencia suficiente como para ser reflejado en el Diario de Operaciones de la Cía. Austria y por lo tanto me resulta muy sencillo saber en qué día ocurrieron los hechos que les voy a contar.

No me pregunten cuál era el criterio que se aplicaba para incluir en el tantas veces citado Diario de Operaciones determinadas acciones y por el contrario se ignoraban otras, porque no lo sé. De hecho le comenté en un par de ocasiones al capitán Romero mi extrañeza por cómo se gestionaba su contenido y la verdad es que como no sirvió para nada, decidí pasar del asunto y si a Romero le parecía bien lo que allí se escribía, desde ese mismo momento a mí me iba a parecer mejor y aquí paz y más allá gloria celestial.

Ese día salimos de Dracevo once blindados hacia Mostar. El de mando de la Cía., el de la PLM, dos BMR porta morteros, el Mercurio, la ambulancia, tres BMR de la 1ª sección y dos de la mía. Teníamos la misión de patrullar la ciudad en ambas zonas, controlar el alto el fuego, auxiliar a la Comisión Mixta en sus tareas y lo que fuera surgiendo a lo largo del día. Y a eso nos dedicamos tras proceder al relevo con la unidad saliente.

Al poco de llegar, la 1ª sección tuvo que ir a Dreznica en una escolta VIP que en principio la iba a tener ocupada durante la mañana, pero por cosas de la vida la misión se fue alargando y no les vimos el pelo en todo el día, bueno ni en todo el día ni durante la noche, porque se fueron a dormir a Medjugorje y de allí, por la mañana después de desayunar, se fueron tranquilamente para Dracevo.

Nada raro, porque el teniente de la 1ª sección se pirraba por las escoltas y el capitán en su bondad infinita tendía a satisfacer ese inocente capricho, mientras los demás nos dedicábamos a cumplimentar las tareas que fueran surgiendo, las patrullas, los puntos de control, lo que se le ocurriera a la Comisión Mixta y naturalmente, lo que dispusiera el mando, que para eso estábamos.

Sobre las diez de la mañana hubo que ir a buscar a los representantes musulmanes al Cuartel General de la Armija y traerlos convenientemente escoltados hasta el local de la Comisión Mixta. Nos preparábamos para un día complicado con muchas cosas que hacer y con pocos blindados para patrullar, acudir a los requerimientos de la Comisión Mixta y cubrir los puñeteros puntos de control, pero habría que cumplir como fuera, porque eso es exactamente lo que se esperaba de nosotros y ya saben ustedes aquello que repito siempre, uno está en el Tercio, para lo que se tercie.

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Tendiendo el hilo telefónico.

Serían casi las doce del mediodía cuando llevamos a cabo una tarea singular. Se me ordenó tender un cable telefónico desde la zona musulmana a la zona croata, para que los miembros de la Comisión Mixta pudieran comunicarse telefónicamente. Lo hicimos desde el propio BMR, abrimos la portezuela trasera del portón y desde allí fuimos tendiendo cuidadosamente el cable que portábamos en una bobina que los musulmanes nos habían entregado a tal fin.

Fue una tarea curiosa que no esperaba que nos adjudicaran, pero supongo que no habría tiempo para avisar a nuestros ingenieros y la llevamos a cabo satisfactoriamente para todos, que eso sí que fue extraño, pero aunque resultara difícil de creer, nadie tuvo nada que decir. Lo cierto es que mantener una línea de comunicación abierta entre las dos partes era vital y por lo tanto me alegraba intervenir en el proceso.

Resultó más sencillo de lo que me imaginaba, Morales por una vez en su vida condujo el BMR con suavidad y todo fue como la seda. Además resultó un trabajo increíblemente distendido, me parece que fue la primera vez que hice ese trayecto sin que ningún gilipuertas me tiroteara y si les digo la verdad, esa es una circunstancia que se agradecía en el alma.

Para no mentir íbamos muy apretados de tiempo, el capitán nos manejaba por radio, ese día todo era urgente y ya se sabe que las prisas son malas consejeras y en una zona de guerra peor, no sé por qué pero me parecía que por mucho que nos esforzáramos no actuábamos con la rapidez que el mando esperaba de nosotros y esa es una sensación muy incómoda.

Terminamos de instalar la línea telefónica a las 13,30 horas y a partir de ese momento me dediqué a patrullar y relevar los blindados que se encontraban en los puntos fijos de control para que los legionarios pudieran comer.

Sobre las 15,00 horas parecía que se había abierto un espacio de cierta calma y detuve mi BMR frente a la Comisión Mixta para que mi gente comiera un par de latas. Los legías no tenían demasiado apetito, pero sí tenían mucha sed, fuimos arreglando las cosas como pudimos y poco a poco como digo, pareció que todo se calmaba.

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Uno de los tres puntos de control fijos que montábamos.

Pero no habían pasado ni quince minutos cuando vi salir del edificio de la Comisión Mixta a mi capitán que venía con prisas acompañado por una intérprete y me ordenó que fuera hasta el hospital musulmán para recoger a un herido y transportarlo al hospital croata que estaba situado al lado del estadio de fútbol en la parte alta de Mostar. Me acompañaría “Carmen” una intérprete de nacionalidad argentina pero de ascendencia croata lo que me alegraba, porque estaba harto de intentar hacerme entender en plan mimo.

Pregunté si me llevaba el BMR ambulancia y el capitán me dijo que no hacía falta, en el hospital estaría esperándome una ambulancia para llevar al herido y después de entregarlo en el hospital croata a un tal doctor Zuric, tenía que asegurarme que ésta volvía sin problemas a zona musulmana. Iría sólo mi blindado, el otro de mi sección se quedaría allí para reforzar el dispositivo. Me despedí de mi capitán, le di una voz a Guerra para que espabilara a la gente y después de comprobar que “Carmen” había entrado por la portezuela trasera, subí al BMR.

Miré el reloj, casi las cuatro de la tarde, entablé una charla con Morales, que sorprendentemente parecía estar despierto y atento y le ordené que nos llevara al hospital musulmán. Atravesamos Mostar que daba la impresión de estar desierta, no había ningún tipo de tráfico, no se veían transeúntes y no sonaba ¡bendito sea Dios! ni un solo disparo, le advertí a Morales que seguramente en la parte trasera del hospital estaría un ambulancia aparcada, que tomara precauciones al girar no fuera a ser que tuviéramos otro accidente de tráfico, que con el que había tenido el capitán aquella mañana saliendo de Dracevo, me parecía que teníamos completo el cupo.

Llegamos a nuestro destino y efectivamente había una ambulancia bastante destartalada a la puerta del hospital. El chófer, un tipo de que ya no cumpliría los sesenta nos miraba con curiosidad. Le pedí a “Carmen” que le dijera que éramos los que íbamos a escoltarle y el tipo se metió para adentro y al poco salió, como me temía, acompañado por el Dr. Milovic. Me bajé del BMR, invité a hacer lo mismo a “Carmen” y le advertí que no íbamos a entrar en el hospital bajo ningún concepto, conocía las costumbres de Milovic y no se lo iba siquiera a presentar.

Saludé al doctor y a través de los servicios de “Carmen” le pedí que nos entregara al herido porque teníamos muchísima prisa. Milovic protestó, pero no le sirvió para nada. Le pedí a Guerra que mandara a un cabo y dos legionarios para cargar la camilla del herido. Así se hizo, el herido era un chaval de unos catorce años, que tenía una herida de metralla en la cadera que no podían atender en el hospital musulmán, lo cargamos con cuidado en la ambulancia. Estaba consciente y nos miraba con unos ojos que movían a compasión, preferí no fijarme demasiado no era bueno dejarse llevar por sentimientos personales en aquellas malditas misiones y el chaval podía tener la edad de mi hijo.

Subí al BMR en el mismo momento en el que el capitán me llamaba por radio, quería saber dónde estaba. Le respondí que estaba recogiendo lo que me había ordenado recoger y que en un minuto estábamos en marcha. Así lo hicimos, tenía la impresión que el capitán llevaba todo el puñetero día dándome prisa, no sabía que podía suceder, pero nos llevaba literalmente como putas por rastrojo. Salimos poco a poco del hospital, con la ambulancia pegadita a nosotros. “Carmen” se lo había explicado detenidamente al pureta que la conducía, iríamos muy despacio pero él debía ir pegado al BMR.

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Una vista en la actualidad de la zona del Hotel Brístol.

Cruzamos el Puente de Tito y nos dirigimos al hospital croata, no tuvimos el más mínimo problema. Cuando llegamos, bajamos del BMR “Carmen” y yo y preguntamos por el doctor Zuric. Nos hicieron esperar algún tiempo, al cabo del cual se asomó un tipo con bata blanca, delgado, calvo y cara de mala leche que se presentó como Zuric, le explicamos a qué veníamos y mandó llamar a unos camilleros para bajar al chaval de la ambulancia.

El chófer, siguiendo mis instrucciones, ni siquiera se bajó del vehículo, Valerón abrió la puerta trasera de la ambulancia y ayudó a los enfermeros a bajar la camilla, que era de esas que se despliegan.
Trajeron al herido hasta la puerta del hospital, Zuric dijo algo. Miré a “Carmen” ― Dice que dónde han herido al joven.
― Hijo de puta ― exclamé ― dile que en la cadera ―. “Carmen” hizo un gesto negativo ― es que eso no es lo que quiere saber― La interrumpí ― Sé perfectamente lo que quiere saber, tú dile que lo han herido en la cadera.

Así lo hizo, Zuric nos mostró los dientes superiores en una mueca que supongo pretendía que pasara por una sonrisa y soltó una frase muy corta. ― Pregunta que en qué lugar de la ciudad ha sido herido.
Miré al médico y sin dejar de hacerlo le dije a “Carmen” ― Dile, maldita sea su alma, que al otro lado del puente, en el barrio musulmán.

Así lo hizo la intérprete, el médico dio media vuelta y les hizo un gesto a los camilleros para que metieran la camilla en el interior del hospital. Miré al chaval, su cara tenía un tono ceniciento y en sus ojos se podía leer todo el miedo, el dolor y la desesperación que debía estar sintiendo, me acerqué y con cuidado le estreché la mano y fue entonces cuando el chico me miró y reuniendo las pocas fuerzas que tenía me dijo “Hvala puno” (muchas gracias). Me subió por el pecho una oleada de calor, lo miré y sacando fuerzas de flaqueza le sonreí y le deseé suerte.

Tras recoger la camilla vacía, salimos de allí, mientras mi capitán por radio me daba prisa, quedaban muchas otras cosas por hacer…"

Pero eso se lo cuento el domingo que viene si Dios quiere y a ustedes les parece bien.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los treinta del Hotel Brístol (II Entrega)

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Hoy es domingo, día festivo por antonomasia, así que en este blog, no se habla de política, les ofrezco la II entrega del relato que se titula “ Los treinta del Hotel de Bristol”. El relato forma parte de mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de que van a encontrar en el libro, les dejo la segunda de “Los treinta del Hotel Brístol”. Van a vivir con los protagonistas un día de misión en Mostar, un día normal, no vayan a pensar otra cosa, pero creo que el cuento les dará una idea de qué es lo que hacíamos realmente en Bosnia. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…Salimos del hospital y bajamos a una marcha prudente hacia el centro de la ciudad, se trataba de facilitar al conductor de la ambulancia que permaneciera lo más cerca posible del blindado. Mientras controlaba ese extremo me di cuenta que tenía la boca muy amarga, lo del pobre chaval que habíamos dejado en el hospital me había removido la bilis hasta límites insospechados, miré a “Carmen” que compartía la escotilla delantera del BMR con Guerra y conmigo, se dio cuenta de que la miraba y me hizo una mueca mientras se encogía de hombros ― Estoy convencida de que todo irá bien; pero ese Zuric, tiene que ser un nazi de primera categoría.

Yo también prefería creer que todo iba a ir bien, pero no terminaba de creérmelo. Intenté apartar de mi mente la imagen del chico y me concentré en lo que estábamos haciendo, nos acercábamos a la zona del centro en la que podíamos tener algún problema y había que estar atento porque sólo nos faltaba para terminar de arreglar el día, que los croatas le metieran mano a la ambulancia y la perdiéramos. Llegamos al puente de Tito, lo pasamos con tranquilidad y al llegar a la calle principal del barrio musulmán, detuve el blindado y le hice gestos al conductor de la ambulancia para que nos adelantara, éste hizo un gesto de aquiescencia, saludó con la mano y tras girar a su izquierda se dirigió al hospital.

Por la línea interna le dije a mi conductor― Morales, da media vuelta y vámonos a la Comisión Mixta — Morales giró y nos llevó otra vez a la zona croata, serían sobre las seis de la tarde y sabía que el capitán Romero me estaría esperando impaciente. Llegamos a la calle en la que se encontraba el edificio de la Comisión, ordené a Morales que aparcara el blindado en la acera de la derecha y cuando éste se detuvo me bajé para ir en busca del capitán.

Mientras caminaba por la acera oí como bajaba el portón trasero del BMR, supuse que Guerra o Morales habían tenido la delicadeza de bajarlo para que “Carmen” descendiera cómodamente y no tuviera que utilizar la portezuela que siempre le creaba problemas.

Vi al capitán en la acera justo a la puerta de la Comisión, lo saludé y le di novedades. Romero me explicó que la Comisión Mixta estaba discutiendo si autorizaba a que evacuáramos a unas treinta personas que se encontraban atrapados entre dos fuegos, en el sótano de un edificio que estaba al lado del Hotel Brístol pero como parecía que la cosa iba para largo y no tenía a quién mandar, me dio unos documentos para que los llevara a la zona musulmana y los entregara en el cuartel general de la Armija.

― De paso Miguel, cuando vayas a pasar el puente te fijas y localizas el edificio ese, que luego cuando nos toque que ir seguro que va a ser de noche y así no tendremos problemas.
― Sin problemas mi capitán, me voy y le dejo aquí a “Carmen” que seguro le hará más falta que a mí. Me dirigí al blindado y me crucé con la intérprete.

― “Carmen” muchas gracias, ahora me tengo que ir, te quedas con el capitán que seguro que los de la Comisión lo tienen loco, procura que no se estrese demasiado. “Carmen” se echó a reír ― Se hará lo que se pueda, pero ya sabes que esa gente de la Comisión están todos mal de la cabeza.

Me sonrió y siguió su camino, seguro que el capitán le preguntaría por todos los detalles de la evacuación del herido. Monté en el BMR y le dije a Morales a dónde teníamos que ir, le pedí que en cuanto divisara el puente de Tito, en lugar de acelerar como hacíamos siempre porque era un lugar en el que frecuentemente nos tiroteaban, que pasara lo más lentamente posible, sin dar demasiado el cante, pero que se lo tomara con calma.

Me dijo que me había entendido perfectamente, llegamos a la plaza por la que accedíamos al puente y Morales ralentizó la marcha, quizás demasiado pronto para mi gusto, pero tampoco me iba a poner picajoso, al fin y al cabo para lo que quería que bajara la velocidad, mejor unos metros antes que unos metros después.

Contemplé lo que había sido el hotel Brístol y efectivamente justo a su lado había una edificación de color gris, que contrastaba con el color de la fachada del hotel. Pude ver la entrada al edificio, era un arco que recordaba a una puerta de carruajes, no fui capaz de percibir señales de los refugiados, pero el edificio estaba localizado y podíamos seguir, le di un toque a Morales y aceleramos.

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En el CG de la Armija me encontré en la puerta que daba al patio lateral, al hombre que oficiaba de alcalde de la zona musulmana, me sonrió, nos conocía a todos los tenientes que le transportábamos todos los días de un lado a otro de la ciudad, aproveché mi suerte y le entregué el sobre que me había dado Romero. Lo abrió, leyó lo que supuse era el escrito de remisión de unos folios grapados que había sacado del sobre y tenía en su mano izquierda y asintió. Le desee una buena tarde y volví al BMR. Tenía prisa, estaba tenso, cansado y acalorado, llevaba desde la mañana sin apenas un respiro y lo estaba notando.

Salimos en dirección a la Comisión Mixta, cuando llegamos pude ver a Romero que me hacía gestos de que me iba a hablar por radio. Entró en su BMR y mientras le mandaba a Morales que parara y le decía al 1º Guerra que pusiera el BMR con las ruedas de la derecha sobre la acera, oí como me llamaba Alfa Sierra Bravo que era el indicativo de mi capitán. Lo he dicho hace un momento, llevaba todo el día con la lengua fuera y la cosa no iba a cambiar, Romero me ordenó acercarme a Donja Mahala, un barrio musulmán en la parte oeste del Neretva en donde me entregarían unas listas sobre lo que necesitaban para atender a los más de 700 refugiados que allí se hacinaban.

No tuvimos ni que dar la vuelta, seguimos hacia delante y buscamos el bulevar, giramos a la derecha y por esa vía marchamos hasta la entrada al barrio. Me bajé y en cinco minutos el jefe musulmán que me conocía - fue mi sección la primera que entró en Donja Mahala y él se acordaba perfectamente de ese extremo y de mí – me dio varias listas, metidas en una carpeta.

Salimos arreando y volvimos a la Comisión Mixta en un pis pás, mientras lo hacíamos el 1º Guerra, aprovechó el corto paseo para lanzar un discurso dedicado supongo yo al universo en general, eso al menos me pareció, en el que se quejaba del abuso que sufrían algunos, mientras otros ni se sabía dónde andaban, ni qué coño estaban haciendo, aunque la experiencia que le proporcionaban sus años de servicio, le indicaban que probablemente anduvieran tocándose la narices, mientras otros sudábamos la gota gorda.

No quise escuchar demasiado, pero me dio la impresión que Guerra estimaba que lo del abuso era culpa mía, que no sabía buscarme la vida o algo parecido. Por fortuna bastó que lo mirara para que callara y guardara un reconcentrado silencio.

Cuando nos detuvimos en la calle de la Comisión, le dije a Guerra que rellenaran las cantimploras y que después la gente comiera algo y se relajara, me miró fijamente y masculló algo que con muy buena voluntad podía entenderse como “a la orden”. Bajé del BMR sonriendo, Guerra era un Cabo 1º magnífico, un legionario excepcional, pero tenía su carácter, como yo tenía el mío, nada que fuera imposible de manejar.

Me acerqué a Romero, le entregué la documentación que me habían dado en Donja Mahala, el capitán echó un vistazo a los papeles y se sentó en la barandilla que separaba la acera del interior del jardín de la Comisión, me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
― ¿Qué te han dicho en Donja Mahala, Miguel?
― Pues ya sabe usted mi capitán que están muy jodidos y necesitan de todo. Esa es la verdad y ahora que hemos abierto el camino, piden mucho y me parece natural. Por cierto me han informado que mañana hay que llevar a dos mujeres diabéticas al hospital croata y cuentan con que las transportemos nosotros.
― Bien, se lo diremos al relevo. Te veo un poco serio.

― Cansado y tenso mi capitán, lo de ese chaval me ha afectado y ya que me lo pregunta le diré que lleva usted todo el día machacándonos por radio. No es por el curro, es por la impresión que da, de que no hacemos las cosas a la velocidad que usted espera y eso toca la moral.

Romero puso cara de apuro, la verdad es que era muy buena persona y no le gustaba lo que oía. ― Sí, quizás hoy con las prisas al no tener a la otra sección, las cosa han ido demasiado rápidas, lo siento mucho.
― Tampoco es eso mi capitán, ya se sabe que en esta vida un día pinta así y el siguiente pinta mejor ― me eché a reír ― o peor, si se lo he comentado es porque usted ha preguntado.

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― Bueno, lo de esta noche está aprobado, sales a las 20,30 horas, te vas para allí, recoges a los refugiados, que son treinta según dicen los de la Comisión y los traes hasta aquí. Llévate un porta morteros y con los dos blindados de tu sección podrás transportarlos a todos sin pegas.

Charlamos unos momentos sobre la evacuación, los BMR deberían ir casi sin tripulación para que cupieran los refugiados, al final quedamos en que irían en cada BMR el jefe del vehículo y dos tripulantes más. En el mío irían Guerra y la intérprete. Romero se levantó y me insistió en que debería estar listo para salir a las 20,30 horas y me dejó para que organizara todo aquello.

Me reuní con los jefes de vehículo, les pedí que escogieran a los dos tripulantes que les acompañarían, además naturalmente del tirador de la ametralladora y el conductor que esos iban con el blindado como la rueda de repuesto. En los BMR no podía quedar nada del equipo personal de los que se quedaban en tierra, les expliqué que es lo que íbamos hacer y cómo nos íbamos a organizar.

En principio no esperaba que hubiera demasiado jaleo, toda vez que la Comisión había autorizado la evacuación se suponía que ambos bandos estaban conformes. Pero también advertí que si la cosa estuviera tan clara, como decían que estaba, hubieran dejado que los refugiados cruzaran a pie y no nos hubieran mandado a por ellos. En principio y salvo si sucedía algo raro, debían contar con transportar a diez refugiados en cada vehículo que embarcarían por el portón trasero y por tanto cuando nos detuviéramos ante la edificación deberían tener presente dejar el espacio suficiente entre vehículos para que se pudieran bajar los portones y utilizarlos sin problemas.

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Uno de los tripulantes echaría pie a tierra, cuando yo ordenara el embarque de los refugiados en el BMR correspondiente. El jefe del vehículo y el otro legionario deberían sentarlos ordenadamente en el interior.

El legionario que estuviera en tierra, en cuanto hubieran embarcado los diez refugiados, entraría en el BMR y el jefe del vehículo ordenaría cerrar el portón; el legía se sentaría al final del banquillo y controlaría desde su posición a los refugiados. Nadie podría salir de los vehículos bajo ningún concepto y la escotilla trasera, debería estar cerrada y no se abriría, salvo orden expresa mía.

― Ir con cuidado, nos dicen que esa gente son refugiados, por mí vale. Pero seguro que no los vamos a poder cachear, así que todo el mundo con las orejas tiesas, que ya sabéis cómo funcionan las cosas por aquí y no quiero que haya despiste alguno. Iré cargando a la gente empezando por el último blindado y seguiré hasta que monte los que lleve en el mío. En ese momento atentos a la radio porque saldremos de allí lo más rápidamente posible. ¿Alguna pregunta?

Nadie tenía dudas. Los despedí ―Que la gente que vaya a ir con nosotros, cene y se prepare, salimos a las 20,30 horas, la columna forma detrás de mí BMR, el porta morteros detrás del A-21 y cierra el BMR de Arienza Santos.

Fui a buscar a “Carmen” y le expliqué lo que íbamos a hacer, le pregunté si quería cenar, dudó y me dijo que haría lo que yo hiciera. Personalmente prefería cenar después de la evacuación. Nos sentamos en la calle al lado del BMR, mientras lo iban preparando para la evacuación.

El tiempo pasó sin sentir, el 1º Guerra que para eso de la hora era mejor que un reloj atómico, me miró y se tocó la muñeca, me levanté y me acerqué a la cola de la columna, Arienza estaba en la escotilla de su BMR y me dijo que estaban listos para salir, lo mismo me dijeron en el porta morteros, así que entré en el pasillo del jardín de la Comisión, a la puerta de la misma estaba mi capitán. De lejos - había los menos seis o siete personas a su alrededor, algunos con el casco azul, y no quería tratos con toda aquella harca - me cuadré y en el primer tiempo del saludo dije.

― A la orden de usted mi capitán es la hora, con su permiso nos ponemos en marcha.
― Romero me miró, correspondió al saludo ― Suerte Miguel, hasta luego.

― A sus órdenes mi capitán― Di media vuelta y con paso rápido me dirigí al BMR, monté en él, comprobé el enlace con mi sección y el porta morteros y también hice una llamada al BMR del capitán que me contestaron de inmediato. Todo el mundo estaba atento a la radio y enlazábamos sin dificultad alguna.

Ordené de frente en columna de a uno y nos dirigimos con tranquilidad hacia el Hotel Brístol, al doblar la esquina, miré a mi retaguardia para comprobar que los blindados de la columna se ponían en marcha y me seguían, efectivamente estaban en marcha, pero también pude ver al grupo que hablaba con mi capitán que a la carrera se dirigían a sus coches, renegué por bajini, pero no lo bastante bajo, porque Guerra que cuando le convenía, tenía oído de tísico, me miró y me dijo ― ¿Qué pasa mi teniente?

― Me parece que vamos a tener compañía en la evacuación
― La madre que los parió ― barbotó el Cabo 1º al que le hacía la misma gracia que a mí la presencia de toda aquella gente que ya se habían colocado a la cola de la columna y que maldito lo que pintaban en la fiesta.

―Tranquilo Guerra, nosotros a lo nuestro, cargamos a esa pobre gente y pitando para la Comisión Mixta, a ver si acabamos pronto y sin complicaciones…”.

Pero no fue así, ya se sabe que casi siempre las cosas tienden a complicarse y si es en Bosnia, para que les cuento…”.

Pero eso tocará contarlo el próximo domingo.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los treinta del Hotel Brístol (Entrega final)

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Puente de Tito

Ya saben que desde hace un tiempo en este blog tenemos la buena costubre, al menos a mí me lo parece, de no hablar de política los domingos. Hoy toca la última entrega de “ Los treinta del Hotel Bristol”. El relato forma parte de mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de que van a encontrar en el libro, les dejo esta entrega “Los treinta del Hotel Brístol”. Van a vivir con nosotros un día de misión en Mostar, un día normal, no vayan a pensar otra cosa, pero creo que el cuento les dará una idea de qué es lo que hacíamos realmente en Bosnia. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…Estábamos muy cerca de nuestro destino, advertí a Morales que fuera disminuyendo la velocidad y por radio indiqué al resto de la columna que estábamos a dos minutos de llegar al edificio en el que se refugiaban los treinta civiles que debíamos evacuar en los blindados a la zona croata.

Sonaban disparos aislados, aunque por el momento no parecía que tuvieran que ver con nosotros. Poco a poco fui llevando a Morales hasta el lugar que me pareció apropiado, me volví y puede observar cómo los otros dos blindados se detenían en su lugar, el de Arienza que cerraba la marcha estaba prácticamente a la altura de la puerta que daba acceso al edificio. El único problema era que estábamos perfectamente recortados para cualquiera que nos observara desde la zona musulmana, porque los jeeps que nos habían acompañado, habían aparcado detrás de los BMR y permanecían con las luces encendidas.

Ordené a Morales que abriera el portón trasero, para que saliéramos Carmen y yo protegidos por el blindado. ― Cuando salgamos ― le dije al 1º Guerra ― mandas cerrar el portón hasta que te avise. Salimos y llevé a “Carmen” hasta la entrada del edificio. Pude ver en la calzada los chispazos de los impactos de los proyectiles de fusilería, no es que granizara, pero se oían demasiados disparos para mi gusto. Le pedí a “Carmen que me esperara a cubierto, dentro del edificio y me crucé con nuestros "invitados" que a la carrera se dirigían a la entrada del edificio.

Me acerqué a los coches, había dos o tres Nissan y un Mercedes, todos ellos pintados de blanco, estudié su posición y me pareció que estaban en desenfilada con respecto a los tiradores del lado musulmán. Me acerqué hasta la portezuela del primero de ellos y le dije al conductor que apagara las luces, el chaval se resistía a hacerlo, le habían ordenado mantenerlas encendidas.

― Mira chaval, ahora mismo el que más mea aquí soy yo o apagas las luces o te reviento los faros, así que tú verás. Si alguien protesta le dices que te lo ha ordenado el Teniente Rives y no te preocupes que nadie te va a decir nada.

Me miró horrorizado, supongo que escuchar hablar a un oficial igual que lo haría un matoncillo de su barrio le sorprendió. Apagó los faros, a los demás les hice señas e inmediatamente se hizo la oscuridad, así ya se podía trabajar más tranquilo. Volví a la entrada donde me esperaba “Carmen”, estaba sola, pregunté donde se había metido la gente que vino con nosotros y me señaló hacia el fondo. El arco se abría a un patio interior ajardinado y en la esquina izquierda de éste, una escalera descendía al sótano en el que debían encontrarse lo refugiados.

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Bajé y efectivamente, en un sótano oscuro, vacío y polvoriento un montón de gente se amontonaba en la esquina más alejada de la escalera. Entre ésta y los refugiados se encontraban los invitados a la romería que tenían montado un jaleo de mil pares de narices. Todos preguntaban, todos opinaban, todos querían que sus intérpretes les explicaran cosas sobre los refugiados.

Me abrí trabajosamente paso y me coloqué de espaldas a los civiles que tenía que evacuar, enfoqué a los “nuestros” con mi linterna y efectivamente había gente de UNPROFOR y otros que no podía saber que pintaban allí. Les pedí que subieran por las escaleras y nos esperaran en el patio interior, me identifiqué como el responsable de la evacuación e incluso empujé ligeramente a uno, que con las melenas que llevaba no podía ser militar y así me ahorraba darle un empujón a un jefazo, que es cosa poco deseable aunque se haga prácticamente a oscuras.

Me volví, a mi espalda escuché cómo rezongaban los componentes del grupo y alguno de los intérpretes que intentaba en croata pegar la hebra con “Carmen”, los miré, no parecían muy dispuestos a abandonar el sótano, lo único que había conseguido es que se amontonaran en la escalera, supongo que pensarían que técnicamente no estaban en la habitación y desde allí me observaban con expresión muy poco amable. Desde luego no iba a ser el más popular de la evacuación, pero me daba lo mismo, quería terminar con aquello y la gente que en lugar de ayudar estaba allí mirando cómo quien asiste a un espectáculo circense me cabreaba profundamente.

Cuando en la Comisión Mixta pensé cómo íbamos a evacuar a los treinta civiles, decidí que lo suyo sería organizar tres grupos de manera que se distribuyeran de manera equilibrada los que tuvieran más dificultades de movilidad, los más ágiles y también consideré la posibilidad que hubiera gente que llevara un equipaje más voluminoso que otros y a esos también habría que distribuirlos, para que el “volumen” de lo embarcado fuera similar en los tres BMR.

Llamé a “Carmen” que seguía discutiendo con sus colegas. Le pedí que saludara a los civiles, que les dijera que estuvieran tranquilos que éramos soldados españoles de UNPROFOR y que los íbamos a sacar de allí en un medio seguro y los llevaríamos a la zona croata sin ningún problema, pero que les rogaba que estuvieran atentos y obedecieran puntualmente a todo lo que les dijéramos que hicieran.

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Miré a mis “clientes” y la verdad que el grupo resultaba penoso. Esa gente tenía el aspecto de haberlo pasado muy mal, ser ciudadano croata en la zona musulmana de Mostar no podía ser plato de gusto para nadie. Había de todo, jóvenes, viejos, mujeres, niños, grupos familiares, unos con mucho equipaje, otros sin ninguno. Entre los que llevaban equipaje, sobresalía un tipo en la cincuentena que cargaba una bombona de butano, otro llevaba un acordeón lo que en principio me pareció más normal y cerraba la lista de originales una señora que llevaba una jaula como de 1,10 de altura, tapada con su funda en la que supuse descansaría un ave.

Le dije a “Carmen” que les explicara que los íbamos a separar siguiendo mi criterio para poder repartir la carga por igual en los tres blindados. En cuanto se puso a largar, el grupo de civiles que no habían abierto la boca todavía, montó un guirigay de mil pares de narices.

― ¿Qué les pasa “Carmen”?
― Que no quieren que los separen, hay grupos familiares y amigos que quieren ir juntos.

Maldije mi suerte, mi plan tan bonito y sobre todo tan práctico se había ido al carajo en menos de cinco segundos. Iba a tragar con lo que pedían, porque entendía perfectamente su deseo de no separarse bajo ningún concepto, por mucho que un soldadito de UNPROFOR les jurara por lo más sagrado que la separación iba a durar solamente unos minutos. Si me ponía en su lugar yo hubiera hecho lo mismo.

Adapté mi plan a la “imprevista mutación de la situación”, como decía el manual de Doctrina y le pedí a “Carmen” que apartara aquellos que no les importara ir en uno u otro vehículo y después que me identificara los grupos que se negaban a separarse y los agrupara de manera que pudiera saber quiénes eran. Tenía una solución, que se parecía a lo que había planeado y estaba medianamente satisfecho, cuando a mi espalda, sonó una voz que aseguró que era una imprudencia permitir que alguien subiera al blindado con una bombona de butano.

Como a todo el mundo, me molesta que me lleven la contraria, que yo sepa no existe en este mundo nadie a quien le haga gracia esa situación. Pero si me discuten una decisión, me cabrea infinito que el que me lleva la contraria, sea almirante, pachá, visir de Córdoba, linier, director de orquesta o de EM, esté metiendo la cuchara en plato que no le corresponde y enredando allí donde nadie le ha llamado.

Me volví y mirando al tendido del 7 de las Ventas en el que se había convertido la escalera y desde el que me observaba la crítica, les expliqué que un servidor estaba a cargo de la evacuación y por lo tanto el que decidía lo que era prudente y lo que no, era yo, sobre todo porque así lo marcaba la ordenanza y que por otra parte si el tipo que cargaba con la bombona, consideraba que ésta era tan importante como para huir con ella a la espalda, no iba a ser yo quién le obligara a dejarla atrás. Esa era mi responsabilidad y esa era mi decisión.

Y habiendo aclarado la situación les rogaba encarecidamente que dejaran la escalera libre y guardaran silencio. Lo del encarecidamente le sentó a alguno de mis espectadores como si le hubiera mentado la madre, la vida es así de rara.

“Carmen” se me llevó aparte ― Has estado muy bien ― me dijo en un susurro, lo que me hizo pensar que seguramente me habría pasado treinta pueblos ― pero tenemos un problema.
Ya me estaba dando igual casi todo ― Si sólo es uno.
― Tenemos a tres personas que son serbios y no quieren que los entreguemos en la Comisión Mixta, dicen que sería como pasar de la sartén a las brasas.

Fue una noticia que paradójicamente me animó, después de esto pensé yo, ¿qué más podía pasarme? Así que me puse en marcha. Le expliqué a “Carmen” ― Vamos a formar el primer grupo, cuando los tengamos, los subimos al patio y cuando el BMR esté abierto los embarcamos, no quiero que salgas a la calle, los acompañas hasta el arco de entrada y allí ya me ocupo yo de llevarlos al BMR. Por cierto tus amigos los serbios, en el tercer grupo y que no se preocupen.

Así lo hicimos, en el primer grupo formó mi amigo el “butanero”, no por nada, pero pensé que era mejor que desapareciera lo más pronto posible de la vista de los “responsables” que observaban la evacuación. Los subimos al patio, le indiqué a “Carmen” que los colocara en el arco y salí hasta el BMR de Arienza.

Para hacerlo tuve que apartar literalmente a uno que llevaba casco azul y que se encontraba en mitad de la salida, hice señales y abrieron el portón, cuando estuvo abierto le dije ― Arienza ahora te los mando, cuando lleguemos a la Comisión Mixta quiero que pares el BMR de manera que cuando abras el portón la gente que baje quede justo frente a la puerta.
― A la orden― me dijo Arienza y no añadió nada más, porque Arienza era un tipo fantástico pero había que sacarle las palabras con sacacorchos.

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Volví a la puerta del edificio, seguían tiroteándonos, con poca intensidad pero con ganas de importunar. Volví a apartar al tipo del casco azul, que no parecía darse cuenta que volvía con prisa, que por poca intensidad con la que te disparen lo de estar al descubierto no resulta nada agradable.

Le hice una señal a “Carmén” que puso a los civiles en marcha, cuando el primero, una señora bastante mayor, llegó a mi altura me volví para salir y allí estaba “el centinela de los Balcanes” en mitad de la salida. Masculle un “con permiso” le empujé con el hombro y salí llevando de la mano a la anciana que se movía con una agilidad envidiable.

Llegué al portón y allí estaba Dobao esperando, fueron entrando y los conté, diez. Le di una palmada al cabo para que entrara y le indiqué a Arienza que ya podía cerrar.
Volví a por el segundo grupo y cuando intentaba ponerme a cubierto lo más rápidamente posible volví a topar con mi amigo, al que por lo visto le había gustado el sitio. Lo cogí por las sisas del chaleco antifragmentos y le pregunté
― ¿Oye tú quién coño eres?
El tipo me apartó las manos y contestó sereno ― Soy el teniente coronel (no me enteré del nombre) de Kiseljac
― Pues yo soy el teniente Rives de la compañía Austria mi teniente coronel y le voy a decir una cosa, no quiero tropezarme más con usted.

Me miró y se hizo a un lado, llegaba “Carmen” con el segundo grupo, me iba a acercar hasta el porta morteros, pero desde él me dieron una voz y vi que estaban abriendo el portón, hice una señal al grupo que salieron a buen paso en dirección al BMR, entraron con una rapidez envidiable, le pregunté al legía si los había podido contar y me dijo el chaval ― He contado diez mi teniente ― le dije que subiera al blindado. Al jefe de vehículo le dije que cuando llegáramos a la Comisión Mixta que me siguiera y se detuviera tres metros detrás de mí, aunque le dijeran que parara, no debía hacerlo, me dijo que había entendido la orden.

Me acerqué hasta mi BMR, Guerra se asomó por la escotilla, le advertí que íbamos a estar en un minuto y fui hasta donde me esperaba “Carmen” con la señora de la jaula y sus “amigos”, les hice una señal y salieron detrás de mí, la señora no iba demasiado rápida pero no dejaba que le ayudáramos, Mandé subir a “Carmen” y detrás de ella a los refugiados, como ya no tenía que volver, pude ver el follón que se montaba para acomodar a aquella pobre gente en el interior del blindado.

Llamé a “Carmen” que como pudo se acercó hasta la puerta. ― Se me olvidó decirte una cosa, los tres serbios que se sienten aquí junto al portón y les dices que en cuanto lo abran que se den el piro y que tengan presente que la Comisión Mixta estará a espaldas del BMR.

Monté en el blindado y le dije a Morales que diera media vuelta y se dirigiera a la Comisión Mixta. Los “invitados “ y sus coches ya debían estar allí porque habían salido a toda pastilla cuando embarcábamos al último grupo, nos pusimos en marcha y desde la zona musulmana nos obsequiaron con unas cuantas ráfagas, para que nos fuéramos calentitos.

Llegamos muy rápidos a la calle de la Comisión Mixta, le dije a Morales que siguiera lentamente hasta que le ordenara alto, me volví y pude ver como Arienza detenía su BMR justo en el lugar que le había ordenado, esa era la gran valía del cabo 1º Arienza Santos, cumplía al milímetro lo que se le ordenaba.

Ordené hacer alto y abrir el portón, habíamos quedado a unos sesenta metros de la puerta de la Comisión, donde pude ver el follón que se montaba entre los croatas, los evacuados y mis “amigos” de Kiselsac y Cruz Roja, me bajé del vehículo y casi me tiran al suelo los civiles que habíamos transportado, me estrecharon la mano, me la besaron, me abrazaron, me besaron. Mientras gozaba de su agradecimiento puede ver tres sombras que se perdían calle adelante.

Miré a “Carmen” que sonreía satisfecha, me acerqué a ella y le dije parafraseando a un personaje de la tele ― Me encanta cuando las cosas salen bien.

Di media vuelta y lentamente me acerqué hasta donde estaba mi capitán para darle la novedad. Al final, gracias a Dios, parecía que el día iba a terminar bien."


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Mostar 20 de abril de 1993

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Llegamos a Dracevo, lugar infecto donde los haya...

Ya saben que desde hace un tiempo en este blog tenemos la buena costumbre, al menos a mí me lo parece, de no hablar de política los domingos. Hoy voy a empezar por el principio, como hace la gente como Dios manda. Les voy a ofrecer la primera entrega de “Mostar 20 de abril de 1993”. Este relato es el primero de mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de que van a encontrar en el libro, les dejo esta entrega de “Mostar 20 de abril de 1993”. Van a vivir con los componentes de la II sección de la Cía. Austria el primer día de nuestra Misión en Bosnia. Sin comerlo ni beberlo, tuvimos que subir a Mostar y pasamos una noche toledana. Una experiencia de alivio que nos sirvió para que desde el principio supiéramos qué es lo que nos esperaba en Bosnia. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"...Me van a perdonar pero hoy he cedido a una costumbre que muchos de mi edad tenemos, me refiero a la afición por contar batallitas. Espero que sepan excusarme, son cosas de la edad y del carácter, porque conozco a gente de mi quinta que en lugar de “batallear” a diestro y siniestro, prefieren guardar silencio sobre las aventuras y desventuras de su particular experiencia en este mundo de nuestros pecados. Que cada uno es como es y en estas cosas siempre es mejor no meterse, que si alguien se empeña en trincar el pico alguna razón tendrá, digo yo.

Bueno, vamos a lo que vamos... Corría el año 1993 y el martes 20 de abril me encontró dando tumbos por la zona de los Balcanes encuadrado en la AGT Canarias. Mi unidad, la Cía. Austria, había salido de la base de Divulje en Croacia a media mañana que, a las del alba serían, no pudo ser, para trasladarnos al destacamento de Dracevo en Bosnia, donde se nos esperaba para que termináramos de relevar a los componentes de la AGT Málaga que ese día, después de seis meses, cerraban cartera y sentían la natural impaciencia por llevar a cabo el relevo y decirle adiós a la misión y a Bosnia.

Llegamos a Dracevo, lugar infecto donde los haya, casi al mediodía y allí se nos recibió como si fuéramos extraterrestres a los que nadie esperara. Los que hayan sido militares conocerán muy bien esa experiencia. Le dicen a uno que vaya a una base o destacamento donde le esperan y está todo preparado y cuando uno llega allí con su unidad, nadie sabe nada.

Los de la cocina no contaban con tu gente y los puñeteros responsables del alojamiento, el combustible y el resto del apoyo logístico te miran como si les debieras dinero o alguien les hubiera contado que tu afición principal en esta vida consiste básicamente en ciscarte en sus santas madres.

Bien, nihil novum sub solem, que decían ya los legionarios romanos cuando llegaban al castro de turno y los responsables de la acogida los miraban atravesados y con gran exhibición de encogimientos de hombros, cara de asombro y alguna imprecación a los dioses menores de la castrametación les iban informando que no había comida preparada, ni alojamiento que ir ocupando, porque todavía tenían que decidir en qué lugar se alojaría la tropa que acababa de llegar.

Ya entonces, como nos cuentan entre otros, Polobio, Vegecio o Justo Lipsio, ante la cara de no entender nada de los recién llegados, los encargados de la logística con una sonrisa sarcástica les aconsejaban que se hicieran a un lado y no molestaran que estaban muy ocupados, pero que en cuanto tuvieran un momento, solucionarían el asuntillo del alojamiento; aunque mientras ellos resolvían sus asuntos, aconsejaban que los recién llegados que fueran espabilando y se buscaran la vida, que parecía que hubieran nacido ayer.

Como es lo normal y somos herederos directos de la cultura romana, al menos en este particular aspecto, aquel día recuerdo bien que me limité a acordarme del quinto padre de los supuestos responsables de nuestras necesidades y hacer unos cuantos comentarios, con los de mi empleo, sobre las conocidísimas y perversas costumbres sexuales de las madres de los logísticos y ya tras el desahogo personal, charlé un rato con mis legionarios, repartí unos cuantos cigarrillos entre los que nunca tenían tabaco, me hice el sueco y fingí no escuchar, tal y como manda la costumbre, los comentarios que hacían los legías sobre esa gente que los puteaba sin motivo aparente, mandé callar al piante oficial de mi sección que se estaba pasando tres pueblos y se expresaba con un volumen no aceptable según la costumbre legionaria y me dediqué a esperar.

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Allí se nos recibió como si fuéramos extraterrestres

Y mientras observaba desalentado el entorno más cercano que no tenía un gran aspecto, procuré que mis legionarios no se esparcieran por el destacamento, no fuera a ser que, animados por la necesidad y el mosqueo que ya arrastraban a cuenta del trato recibido en Divulje, decidieran buscarse la vida con demasiado ahínco y se liara la de San Quintín.

Que ya se sabe el desmedido amor que por la propiedad privada tienen los que ya están instalados y el abismal desprecio que por ese derecho sienten los que no tienen otra cosa que un pedrusco en el que sentarse, mientras rumian la injusticia y el despego con la que han sido tratados y engañan el hambre con un trago de agua de la cantimplora y un cigarrillo.

Estaba allí con mi compañero el teniente Bartolomé, muy buen chaval, gran persona, con una paciencia a prueba de bomba. Me imagino que estar destinado en el Tercio en el que tu suegro es el coronel al mando, ayuda a tenerla; pero a pesar de ello Recena, el otro teniente de la Austria, lo sacaba de sus casillas y la misión no había hecho más que empezar.

Recena que era y debe ser todavía un buscavidas de primera categoría, aprovechando su condición de teniente más antiguo había hecho fú como los gatos y lo perdimos de vista cuando se dirigía al puesto de mando, acompañando a nuestro capitán, Antonio Romero Losada, una bellísima persona, gran militar, muy trabajador, aunque quizás algo rígido y demasiado apegado a la ordenanza para el gusto de los legionarios, pero desde luego, un excelente jefe de compañía al que el desarrollo de la misión iba a proporcionar unas dosis muy importantes de madurez, flexibilidad y experiencia que le iban a llevar a ser mucho más admirado y querido por su tropa.

Poco a poco se puso la cosa en marcha y empezaron las esperadas órdenes.... y las contraórdenes que aportan el entretenimiento que hace falta para llevar a cabo el monumental jaleo que supone alojar a un montón de legionarios bastante cabreados y con ganas de hacer pagar su cabreo con el primero que topen, mientras "te ayudan" un par de individuos que parecen disfrutar colocando palos en la rueda del trabajo.

Mientras tanto la 1º Sc, al mando del teniente Recena, ya de vuelta del Puesto de Mando, se aprestaba para dirigirse a Mostar con el Capitán Romero para relevar la última sección de la AGT Málaga que todavía estaba de servicio allí, bajo la envidiosa mirada de los que nos quedábamos en el destacamento, que estábamos impacientes por empezar a realizar misiones. No sabíamos en aquel momento, que íbamos a tener misión para satisfacer de largo nuestras expectativas de acción.

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Y mientras observaba desalentado el campamento

― Miguel ―, me dijo mi capitán, que como era buena gente siempre me trataba por el nombre, ― te quedas al mando, que la gente se aloje y en la medida de lo posible busca la manera que coman y se duchen y que no haya jaleos.
― No se preocupe mi capitán, que eso está hecho ―.

Romero y yo nos miramos, los dos sabíamos que no sería fácil y que seguramente hasta el día siguiente la situación seguiría presidida por la improvisación general y el capricho de algunos, pero mi jefe sabía, que sucediera lo que sucediera, no iba a haber jaleo alguno. Yo también estaba tranquilo, contaba para ello con la inestimable ayuda de mis jefes de pelotón, el Cabo 1º Arienza, el 1º Guerra y el Sargento 1º Ávila y con esa gente se podía ir hasta el fin del mundo.

― Si no ordena ninguna cosa más mi capitán ―, le dije reglamentario.― Nada, muchas gracias ― me contestó y añadió, ― vuelvo en cuanto se haya producido el relevo y me haya hecho con la situación.

― Cuando quiera mi capitán, no hay problemas―. Romero se dirigió a su BMR, subió al blindado y antes de ponerse el casco de transmisiones me saludó marcialmente, le correspondí. Vi como la columna de seis blindados bajaba lentamente por la cuesta que los llevaba al cuerpo de guardia y a la salida hacia Mostar...."


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Mostar 20 de abril de 1993 (Segunda entrega)

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Mostar, la ciudad del viejo puente

Ya saben que desde hace un tiempo en este blog tenemos la buena costumbre, al menos a mí me lo parece, de no hablar de política los domingos. Hoy continuaremos con el relato que se titula “Mostar 20 de abril de 1993”. Este relato es el primero de mi libro "Legionario en Bosnia 1993" un libro que publiqué ya hace tiempo que se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de que van a encontrar en el libro, les dejo esta segunda entrega de “Mostar 20 de abril de 1993”. Van a vivir con los componentes de la II sección de la Cía. Austria el primer día de nuestra Misión en Bosnia. Sin comerlo ni beberlo, tuvimos que subir a Mostar y pasamos una noche toledana. Una experiencia de alivio que nos sirvió para que desde el principio supiéramos qué es lo que nos esperaba en Bosnia. Creo que les gustará – yo que voy a decir - y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:


"... Me había quedado en Dracevo y eso no tenía remedio, al menos eso creía yo; así que me puse a la tarea de buscar acomodo para la tropa que no es que fuera trabajo de mucho lucimiento, pero alguien tenía que hacerlo y me había tocado a mí. Hice de tripas corazón y me recordé a mí mismo la frase que repetía frecuentemente a los legías cuando pintaban bastos: “En el Tercio, para lo que se tercie” y me puse a trabajar.

Me encontraba en la puerta del barracón que había sido el comedor del destacamento hasta hacía unos minutos y que ahora estaba pasando a toda velocidad a ser el dormitorio de tropa de la Cía. Austria y mientras me fumaba un cigarrillo, escuchaba distraídamente al Cabo 1º Guerra que animaba a los legías a practicar las virtudes del trabajo, la limpieza y el orden, con su estilo característico.

Sonreí, el 1º Guerra era un fenómeno. Un legionario de los de antes, ceñudo, valiente, muy exigente consigo mismo, con sus subordinados y sobre todo... con sus jefes, que el puñetero no te perdonaba una. Pecaba en ocasiones de cascarrabias pero era un hombre que amaba profundamente a La Legión, estaba orgulloso de su empleo y, espero que no lea esto, quería a los legías como un padre, aunque los breara a broncas.

A mi espalda escuché un taconazo, me volví y me encontré a un legionario que, en el primer tiempo del saludo, me decía que el Teniente Coronel me requería con urgencia en el PC. Pensé en el viejo dicho militar que advierte que del superior y del mulo cuanto más lejos más seguro. Pero como mi parachoques, es decir, el Capitán Romero, estaba en Mostar sabía que me tocaba ir para allá, esperaba que los dioses me fueran propicios y no tuviera que responder de algún desaguisado de mi gente, porque si el que me llamaba era el jefe, la cosa no podía ser menor.

Me apresuré a comunicar al Sargento 1º Ávila que se quedaba al cargo de todo aquello y me dirigí con rapidez a Mando Bandera, no quería que el jefe del cotarro se impacientara. El Teniente Coronel Jefe del GT. Colón, era un viejo conocido, Enrique Alonso Marcili, “el mataosos” apodo que se había ganado de teniente en Smara, hacía ya muchos años.

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El Teniente Coronel Alonso Marcili en el barrio musulmán de Mostar

Era un Jefe con muchos años de servicio en unidades legionarias, “sabe manera” que hubiera dicho un saharaui. Tenía una brillante hoja de servicios en el Sáhara como teniente y eso en aquellos tercios saharianos era mucho; fue mi capitán en la 1ª Cía de la VII Bandera y tuvo a bien mandarme al curso de sargento, favor que le sigo debiendo.

Me gustaba su manera de ser y de mandar, tenía un estilo muy directo y exigente, algo brusco en ocasiones que molestaba a algunos, pero a mí siempre me han gustado los jefes que lo son, que para amigos y compañeros siempre hay tiempo, pero en momentos de dificultad lo que hace falta es un jefe.

Pedí permiso y entre en el PC, la verdad es que mientras me presentaba y una serie de caras me observaban con aire de reflexiva curiosidad, percibí un clima de tensión, pero de tensión tranquila, el follón que tenían montado los del aposentamiento contrastaba con la tranquilidad que allí se respiraba. El Tcol ordenó que me adelantara y me dijo — Tu capitán y Recena están en Mostar, detenidos y recibiendo fuego enemigo, vas a ir con tu sección para reforzarlos.

Respiré profundamente y tragué saliva, un escalofrío me recorrió la espalda. Se me presentaba una misión importante, de mucha responsabilidad y dije lo que toca decir en estos casos: A la orden mi teniente coronel. Éste me pidió que tomara nota y me dictó la orden misión que me firmó sobre la marcha. Estaban por allí, que yo recuerde, el Comandante Mariñas, el Capitán Armada y el capitán de la Compañía de Apoyo, una unidad que hacía de puente entre las agrupaciones y llevaba allí ya tres meses con la Málaga.

El Teniente Coronel que me miraba con atención, me preguntó si tenía que hacer alguna pregunta. Sonreí para mí mismo, nos estábamos moviendo dentro del protocolo y aunque hablábamos de disparos, enemigo y compañeros en peligro, el intercambio de información se producía con la misma tranquilidad que si me estuvieran ordenando que entrara de guardia con mi gente.

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Un servidor en el Destacamento de Dracevo, ya adecentado

Pregunté cómo se iba a Mostar, porque no tenía plano, oí que alguien me decía que saliendo del destacamento en cuanto llegara a la carretera asfaltada, girara a la derecha y ya todo tieso hasta la ciudad, información que me pareció del todo insuficiente.

Supongo que se apiadarían de la cara de apuro que debía tener y me acercaron al plano que estaba desplegado en una especie de atril para que viera la carretera que llevaba hasta la ciudad, me indicaron en qué lugares encontraría los checks points de croatas y musulmanes, calculé los kilómetros que los separaban del PC y tomé nota de las distancias. En lo que me pareció un espacio de tiempo muy breve me habían explicado todo lo que se me ocurrió preguntar, que tampoco es que fuera demasiado.

El capitán de la Cía. de Apoyo que no sé yo si era un cachondo o un cenizo del tamaño de la catedral de Burgos, hizo un aparte conmigo y me dijo en voz baja — Lo que te han ordenado es una locura, por esa carretera sólo hemos circulado de día. Ten mucho cuidado porque colocan minas y trampas explosivas. Vete con calma que vas a ser el primero en circular por ella de noche.
Lo miré por ver si estaba bromeando, pero para mí desgracia me encontré con una cara seria y preocupada.

¡Empezamos bien! pensé, mientras sentía una terrible urgencia por dejar el Puesto de Mando y acercarme hasta la columna que estaba organizando el Sgto 1º Ávila, antes que cualquier alma buena se le ocurriera darme otro consejo o aclaración.

El Teniente Coronel me miraba con aire de estar preguntándose si aquel Cabo 1º que él había propuesto para sargento, habría evolucionado bien hasta llegar a teniente y me dijo — Rives buena suerte, en cuanto estés listo das la novedad por radio y te autorizaremos la salida, nos vas dando tu posición cuando llegues a los checks points y cuando estés cerca de Mostar tu capitán, que estará a la escucha, irá a buscarte a la entrada de la ciudad o ya te dirá él donde quiere que vayas.

Me despedí reglamentariamente y me apresuré a salir en busca de mi gente, mientras caminaba hasta la columna, a la que además de mis tres BMR, s se habían incorporado los blindados de transmisiones y la ambulancia, recordé aquella frase que advierte de que hay que tener precaución con lo que se pide a los dioses, porque a veces éstos te dan lo que pides. Sacudí la cabeza, ya tenía lo que quería aunque estaba preocupado. Procuré olvidar lo que me había dicho el Capitán de Apoyo y afecté toda la tranquilidad del mundo cuando Ávila se me acercó para dar novedades.

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Apatrullando" la ciudad

Todo estaba preparado sin novedad, le pedí que reuniera a los componentes de la sección y les expliqué lo que se esperaba que hiciéramos. Los legionarios parecían expectantes pero no demasiado preocupados, les ordené que subieran a los vehículos y me quedé con los jefes de pelotón a los que expliqué la disposición de la columna. Terminé mi charla y pregunté si tenían alguna pregunta, nadie dijo nada, así que ordené que montaran y pusieran los motores de sus vehículos en marcha.

Mientras subía a mi BMR y comprobaba las transmisiones internas de la sección y el enlace con el Mercurio de transmisiones que me iba a asegurar el contacto con el exterior, me encomendé a todos los santos. Me esperaba un trayecto por una carretera desconocida y peligrosa y me iba a llevar por ella Morales, mi conductor, un chicharrero nacido en Venezuela al que decididamente Dios no había llamado por el camino de la conducción. Le había dado junto a otros muchos legionarios el curso de conducción de BMR y era tan malo, que me lo asigné como conductor porque no tuve valor de hacer que otro cargara con las “cosas de Morales” que con el volante de un BMR en las manos era más peligroso que un mono borracho con un subfusil cargado.

Tras solucionar un problema con el enlace con la ambulancia, que los médicos y las transmisiones no se llevan demasiado bien, como tendría oportunidad de comprobar a lo largo de la misión, decidí que era hora de ponernos en marcha. Di la novedad correspondiente a través del Mercurio y se me autorizó a salir del destacamento, le recordé a Morales una vez más que pusiera a cero el cuentakilómetros de parciales, para saber cuándo nos acercábamos a un check point y por la línea interna de la Sc ordené de frente en columna de a uno. Pude ver al Teniente Coronel Alonso a la puerta del PC observando la columna, lo saludé reglamentariamente y a pesar de la distancia correspondió al saludo.

A mi izquierda en la escotilla se encontraba el 1º Guerra, que tenía a su cargo el puesto de tiro Milán que llevábamos en el interior del vehículo, lo miré y le sonreí, me hizo una mueca mientras le explicaba a voces al legionario Ascanio, el tirador selecto que llevaba el fusil con mira telescópica, como quería que vigilara desde la escotilla trasera, el legía lo escuchaba con atenta resignación, mientras Morales se las había arreglado para casi calar el BMR y eso que arrancábamos cuesta abajo.

Mientras me acordaba mentalmente de la parentela del chicharrero habíamos llegado al cruce, giramos a la derecha y recé para que aquello de “y ya después, todo tieso hasta Mostar” se convirtiera en realidad. Las luces exteriores del BMR no me permitían ver gran cosa, por la línea interna del vehículo le recordé una vez más a Morales que no acelerara demasiado.

Mientras intentaba ver algo en la carretera pensé que íbamos demasiado despacio, pero no quiero engañarles, me acordé de lo que me había dicho el Capitán de Apoyo y automáticamente decidí que la velocidad era la correcta. Entretanto habíamos llegado a la altura del cruce de Caplina y lo comuniqué por radio al PC.

Acaba de empezar una noche toledana en la que iban a ocurrir muchas cosas, a nosotros y a mucha gente más, pero eso se lo cuento el domingo que viene, si todavía les quedan ganas..."


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2016 09 04, 8:21
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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Mostar 20 de abril de 1993 (Tercera entrega)

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Hubo que habilitar los parques y jardines públicos como cementerios.

Como de costumbre en “Al sol de Fuerteventura” los domingos no hablamos de política. En lugar de eso les ofrezco la tercera entrega del relato que se titula “Mostar 20 de abril de 1993”. Este relato es el primero de los quince que conforman mi libro "Legionario en Bosnia 1993", en el que explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Esta entrega les permitiría hacerse una idea de lo que van a encontrar en el libro. Van a vivir con los componentes de mi sección, nuestro estreno en Bosnia. Acabábamos de llegar y en Mostar se lio la mundial entre musulmanes y croatas, hasta ese día aliados y a partir de ese momento enemigos acérrimos. Fue una experiencia impresionante, espero que les guste y les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…Despacio, quizás pecando de un exceso de prudencia, la columna avanzaba por la carretera que nos iba a llevar a Mostar, acabábamos de pasar por un tramo que estaba flanqueado por unas viviendas y a la izquierda de la vía entre dos casas vi un carro de combate de inconfundible corte soviético, no fui capaz de identificarlo, me extrañó que no hubiera nadie a su cargo, pero bastante tenía con lo mío como para preocuparme de los carros de combate que me fuera encontrando.

Por la línea que me comunicaba con la tripulación, el tirador de la ametralladora y el conductor me llegó la voz del cabo Metralla, ¿lo ha visto? me preguntaba, asentí y cuando pretendía dar la novedad a Dracevo me encontré casi de bruces con el primer check point que atravesamos sin que nadie hiciera acto de presencia; un problema menos, pensé para mí.

Lo comuniqué por radio y seguimos adelante, nos quedaban unos cuantos kilómetros para topar con el segundo check point del que me habían advertido que normalmente tenía una guarnición abundante y de que anduviera con cuidado con las minas contra carro que ponían en la carretera para que los vehículos siguieran un itinerario que les obligaba a marchar muy lentamente. Así que andaba yo pensando en lo que me iba a encontrar en unos minutos, cuando de golpe a la salida de una curva, junto a una vivienda que había a la izquierda de la carretera me encontré con lo que parecía un check point artesanal. No me dio tiempo ni de advertir a Morales, éste por una vez en su vida había visto el obstáculo y metió un frenazo que casi me saca del BMR por la escotilla.

Dos burras y dos tableros de los de andamio de toda la vida constituían el puñetero puesto de control, bueno eso y un tipejo de mediana edad con un AK52, flaco, canoso, despeinado, con cara de haberse despertado hacía apenas unos segundos que me estaba gritando en croata muy cabreado. Yo no le entendía ni de casualidad, pero pillé algo que más o menos sonaba a mostaru, harvaska y musulmani, que supuse tenía que ver con el jaleo de Mostar.

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Una vista de una calle de Mostar en plena patrulla.

Como no parecía que fuera a calmarse pensé en utilizar la llave mágica que me iba a solucionar el problema, nos lo habían explicado en Almería y yo tenía una fe inquebrantable en la instrucción y los procedimientos. Así que le hice un gesto al 1º Guerra que estaba acordándose de la quinta generación del miliciano y le solté la frase que iba a abrirnos el paso, como el ábrete Sésamo abría la cueva de los cuarenta ladrones a Alí Babá.

No respondo de la corrección de la transcripción pero sonaba así: Mi esmó spanski voinisi ud unprofora, que en castellano viene a significar: Somos soldados españoles de UNPROFOR; pero aquella frase que nos habían jurado que servía para abrir los puestos de control, como quien lava, tuvo justamente el efecto contrario. El tipo se cabreó y muy excitado me dijo ne, ne, mientras se señalaba con energía el reloj y me colocaba un discurso del que no entendí ni jota.

Supuse que entre mostarus, unprofor, musulmanis y harvaskas, lo que me estaba diciendo el miliciano es que en Mostar se había liado la de San Quintín y que no eran horas para que los gilipollas de UNPROFOR anduvieran jodiendo la paciencia por la carretera y colocándole a él en un compromiso con sus jefes.

Miré al 1º Guerra que me estaba diciendo por lo bajini que lo mejor era que nos bajáramos los dos del BMR y nos hiciéramos con el tipo, porque si no se había acercado nadie hasta allí con el follón que estábamos liando, era señal que el miliciano estaba más sólo que la una y no íbamos a pasar por la vergüenza de que un pobre desgraciado nos detuviera.

Personalmente la idea me atraía, el tipo se estaba pasando tres pueblos y tengo que reconocer que soy de arrancada rápida, pero el problema residía en que me quedaban seis meses de misión por delante, en los que tendría que pasar forzosamente por allí centenares de veces, porque estas cosas sólo se hacen bien y con cierta comodidad, si una vez que se ha solucionado el problema te vas y si te he visto no me acuerdo.

Así que decidí olvidarme de las frases que abrían controles milagrosamente y puse en marcha la solución hispana. Me quité el casco de transmisiones, saqué un paquete de Winston y le ofrecí un cigarrillo al poseso, que fue ver el tabaco y calmarse. Como no llegaba a darle fuego le alcancé un mechero de propaganda de mi tercio y el tío se lío a echar humo con el ansia de un fumador empedernido que no tiene tabaco ni esperanza de tenerlo en un horizonte próximo.

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Una mezquita cañoneada por los croatas.

En tanto la nicotina calmaba sus nervios, le solté un discurso en castellano acompañado de muchos gestos, en el que le dije que efectivamente era muy tarde, pero que yo era militar y mis jefes, lo que son las cosas y las ganas de joder, me habían mandado para Mostar y tenía que pasar que llevaba prisa. El del control me miraba pensativo, fumaba y no apartaba el ojo del paquete de tabaco, sonreí, eché mano al bolsillo y le ofrecí un paquete de Winston.

Me río de los peces de colores y de las frases mágicas en croata chapurreado, en menos de treinta segundos el tipo había trincado el paquete de tabaco, dejado el kalashnikov apoyado en una de las burras y apartado los tablones, mientras sonriente, me hacía señas con la mano para que pasáramos. Y es que para estas cosas no hay nada como un poco de capacidad negociadora, que lo que no haga una bota de vino y unos paquetes de cigarrillos no te lo arregla un doctor en filología serbocroata ni mucho menos un licenciado de la Escuela Diplomática.

Tras dar la novedad correspondiente, me pareció la noche más clara, aunque lo cierto es que era de esas noches que como dicen los americanos, no se veía ni para jurar. La carretera más ancha y el estilo de conducción del legionario Morales resultaba hasta aceptable... o casi. Había descubierto que lo que nos habían contado en Almería no valía para gran cosa y que tendríamos que espabilar y me parecía bien, porque a buscarse la vida y enrollarse no creo que haya nadie que lo haga mejor que un legionario.

Le di más prisa a Morales y pasamos por el siguiente puesto de control, donde no había nadie a la vista, tuve la impresión que esa gente, harta de que nadie circulara de noche por la carretera, habían optado por hacer horario diurno y dedicar las noches al rakia, las croatas y el descanso que es lo que hace la gente razonable, en lugar de andar circulando por una carretera con un chorro de gente a su cargo, sin saber exactamente de qué van las cosas.

Estábamos ya muy cerca de Mostar y lo que son las cosas del querer y de las trasmisiones, no había manera de enlazar con Alfa Sierra Bravo que era el indicativo de mi capitán, ni con Alfa 11 que era el de Recena, pasamos por Buna y al poco vi la señal del desvío al aeropuerto, lo que quería decir que estábamos prácticamente en Mostar y a mí nadie me decía ni que bonitos ojos tienes.

Estaba hasta los pelos de llamar, cuando la radio pareció que quería colaborar y se escuchó una especie de ruido de fondo en el preciso momento en el que estábamos a unos centenares de metros de una gasolinera que alguien en el PC de la Bandera me había indicado como referencia.

En esto de La Legión hay que tener mucha fe y no atropellarse, porque de golpe oí a Romero que llamaba a mi indicativo, le contesté y le comuniqué que estaba llegando a la gasolinera de la entrada de Mostar. Me indicó que lo esperara allí que él vendría a recogerme. Respiré tranquilo, comuniqué con el resto de mis vehículos y poco a poco fuimos aminorando la marcha y nos paramos al costado derecho de la carretera.

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El desolado aspecto de una ciudad sumida en la guerra.

Se oían disparos, coloqué un hombre de puesto por vehículo y ordené que el resto permanecieran atentos en su interior. Llamé al Sargento 1º Ávila y nos reunimos en la cabeza de la columna; en las cercanías se intensificaban los disparos de fusilería y las ráfagas de ametralladora. Vi cómo se acercaba un uniformado de la Armija dando voces y pidiendo por gestos que nos marcháremos de allí.

Lo saludé e intenté darle de fumar en vano, el tipo estaba histérico e insistía en que nos fuéramos. En las cercanías pude ver elementos armados en posición, así que le pregunté si hablaba inglés, me dijo que no, me encogí de hombros y le dije que sólo sabía hablar en ese idioma. El tipo con un mosqueo del quince se fue a buscar a alguien que hablara el idioma de Shakespeare.

Ávila me miró de soslayo y comentó dubitativo, no sabía que usted hablara inglés. Y no lo hablo, le contesté ¿y entonces para que le ha pedido que viniera uno que lo hable? Pues para ganar tiempo Ávila, el tipo tiene que encontrar a alguien que se apañe con el inglés; si lo encuentra, entonces seremos nosotros los que buscaremos a alguien que lo chapurree. Espero que antes llegue el capitán.

Fue nombrarlo y por lo visto la noche se estaba enderezando porque vi como llegaba Romero. Le di la novedad y me dijo con cara de apuro: Miguel haz bajar a la gente de los BMR,s que formen al costado de los vehículos y le das novedades a un general sueco que está a cargo de esto.

—¿Novedades mi capitán?
— Sí Miguel, novedades.

Es sabido de que donde manda capitán... Así que ordené a Ávila que la gente formara al costado de los vehículos. A lo lejos pude ver a los de la Armija que se acercaban, mandé firmes e izquierda y en el último momento, antes de arrancar con el trote cochinero que en La Legión se utiliza para ir a dar novedades, alcé la voz y dije: Si hay alguien en filas que sea más que teniente, que salga de la formación. De la oscuridad al lado del BMR ambulancia surgió una voz mosqueada que decía, soy teniente coronel ¿eso vale? Le contesté, sí mi teniente coronel salga de filas por favor, que voy a dar la novedad.

Me acerqué rápidamente hasta dónde se encontraba el grupo del capitán, al frente ligeramente separado de los demás, estaba el general sueco, me cuadré y le miré a la cara, creo que los dos estábamos pensando lo mismo, ¿está la noche como para andar dando novedades? Se las di, impasible me contestó al saludo y mirando al Capitán Romero dijo en inglés que era hora de irnos.

Observé como la distancia que nos separaba de los musulmanes se recortaba muy deprisa, no parecía que vinieran para hablar ni en inglés ni en cualquier otro idioma. Oí como Romero me decía — Miguel que tu gente embarque. Nos vamos, sigue a mi vehículo...."

La noche en Mostar acababa de empezar, pero eso se lo cuento el próximo domingo.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Mostar 20 de abril 1993 (Cuarta entrega)

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El A-21 con su tripulación. Sentado en la escotilla del conductor el CL Morales

Como de costumbre en “Al sol de Fuerteventura” los domingos no hablamos de política. Vamos a dejar de lado la corrupción, los escándalos y los discursos sectarios En su lugar les ofrezco la cuarta entrega del relato que se titula “Mostar 20 de abril de 1993”. Este relato es el primero de los quince que conforman mi libro "Legionario en Bosnia 1993", en el que explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Esta entrega les permitiría hacerse una idea de lo que van a encontrar en el libro. Van a vivir con los componentes de mi sección, nuestro estreno en Bosnia. Acabábamos de llegar y en Mostar se lio la mundial entre musulmanes y croatas, hasta ese día aliados y a partir de ese momento enemigos acérrimos. Fue una experiencia impresionante, espero que les guste y les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

… Mientras el capitán se dirigía a su BMR, me di la vuelta y le grité a Ávila que la gente embarcara y pusieran los motores en marcha. Instantáneamente escuché el rugido del motor de mi BMR, sonreí, como siempre el 1º Guerra había estado atento a la jugada; subí al blindado y luché con el casco de transmisiones hasta ponérmelo, miré a la columna y pregunté a los Alfa si había novedad; todos los vehículos tenían el motor en marcha y estaban listos para partir, les ordené seguirme y que mantuvieran la distancia entre vehículos.

Por la línea interna ordené a Morales que siguiera al BMR del capitán, que se había puesto en marcha y avanzaba en nuestra dirección. Al pasar a mi altura vi al Capitán Romero hacerme gestos para que lo siguiera, Morales movió el BMR y en el giro no se llevó por delante a tres musulmanes que estaban cuerpo a tierra en el costado de la carretera, porque Dios es grande. A pesar de los auriculares oí los gritos de los de la Armija que debían estar acordándose de nuestra parentela hasta la quinta generación como poco. Le grité a Morales que estuviera más atento y me aseguré que el resto de BMR,s me siguieran.

A bastante distancia pude ver al vehículo del capitán que giraba a su derecha, maldije entre dientes la prisa que siempre llevan los jefes y cuando iba a utilizar la radio para pedirle que aminorara la marcha me percaté que el blindado aminoraba la velocidad. Cuando llegué a la desviación, lo entendí, estábamos ante un puente que cruzaba el Neretva y en su acceso los musulmanes tenían instalada una cosa entre barricada y barrera que permitía solo el paso de un vehículo, Romero estaba casi detenido esperándonos.

Desde ambos lados del río se tiroteaban con un fuego no demasiado intenso de fusilería y alguna ráfaga de fusil ametrallador. A pesar de que había visto al pasar que los musulmanes, tenían RPG,s y ametralladoras, no las estaban usando y el fuego casi cesó cuando comenzamos a cruzar los soldaditos de UNPROFOR. Me pareció una buena señal, aunque a la vista de la nochecita que pasamos después, tengo que reconocer que como profeta no me hubiera ganado la vida.

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El Cabo 1º Arienza Santos comprobando los efectos de la metralla en su BMR

Me aseguré que el BMR del 1º Arienza que cerraba la columna hubiera pasado el puente y se lo comuniqué al capitán, tuve alguna dificultad porque Recena y su particular facundia radiofónica tenían la frecuencia ocupada, parecía que estaba recibiendo fuego y lo comunicaba extensa y detalladamente. Mientras tomaba nota de lo difícil que resulta mantener la disciplina en las transmisiones, me di cuenta de la terrible oscuridad que nos rodeaba, nunca había estado en una ciudad en la que no luciera una sola luz y el resultado era impresionante.

Nos alejamos del puente por una vía paralela al río, desde la parte alta de Mostar y el monte Hum podía ver como los proyectiles trazadores buscaban sus blancos en el otro lado del río. Llegamos a una avenida bastante ancha flanqueada por arbolado, la radio crepitó y Romero dio orden de hacer alto y que permaneciéramos muy alerta.

A pesar de la casi total oscuridad divisé al frente un coche pequeño de color blanco, que parecía un 127 o su copia bosnia. Se encontraba detenido en mitad de la calzada en el mismo sentido que llevábamos nosotros. El capitán informó que había un hombre en el interior del vehículo, que él iba a adelantar al coche para cubrirlo por el frente, yo debería cubrir con dos blindados los costados del coche y comprobar si el ocupante estaba vivo.

Ordené a Ávila que se acercara hasta el 127 por su derecha y que detuviera el BMR de manera que lo protegiera y me dispuse a hacer lo mismo por el costado izquierdo. El sargento 1º que debía estar en modo “optimista antropológico” me preguntó si la maniobra era parte de un supuesto o era un caso real. No me dio tiempo a contestarle, de ello se encargó el hijo de mala madre del tirador de una MG que nos lanzó una larga ráfaga de advertencia por encima de nuestras cabezas, así que nada hubo que aclarar.

Me acerqué despacio, por aquello de que Morales no se llevara puesto el coche, le mandé hacer alto y por mucho empeño que puse no pude ver nada, el capitán había ordenado que no abandonáramos los vehículos así que encendí una linterna aunque no me hacía maldita la gracia, pero ya se sabe que cuando toca, toca y que además Dios protege a los tontos y por lo tanto yo no debía preocuparme demasiado. Por desgracia lo mismo le pasaba al ocupante del coche al que alguien le había quitado todas las preocupaciones reventándole literalmente la cabeza de un disparo. Iluminé el interior por si veía algún arma, no vi nada, excepto una mancha casi negra que ocupaba toda la pechera del pobre desgraciado al que al parecer le habían metido unos cuantos tiros por el cristal delantero.

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El letrero advertía a los transeúntes: ¡Atención francotirador!

Se lo comuniqué al capitán y como nada podíamos hacer por él se puso en marcha y sin tener ningún tropiezo reseñable más allá de algún que otro mosqueo a cuenta de disparos que se producían a nuestro paso, aunque todavía no habíamos recibido ningún impacto en los blindados, circulando por unas calles invadidas de una oscuridad casi absoluta nos plantamos ante un edifico de al menos siete plantas en el que la Armija tenía su cuartel general en la zona croata de Mostar. Montamos el cirio correspondiente, entre que llegamos, colocamos los vehículos en una posición adecuada y montamos un servicio de seguridad medio decente.

El capitán me indicó que teníamos que asistir una reunión importante, le pedí me concediera un minuto y reuní a los jefes de pelotón, les ordené que procuraran que la gente durmiera por turnos, que orinaran, comieran algo, llenaran las cantimploras y que no se confiaran bajo ningún concepto. Pregunté por los legionarios y me dijeron que estaban perfectos y con ganas de intervenir. Miré a la puerta y allí estaba el capitán Romero, esperándome pacientemente.

Le dejé el cetme a Guerra y mientras se desataba un feroz tiroteo que venía de la parte del río, más al norte del puente que habíamos cruzado, subí los escalones de dos en dos. Con el capitán se encontraba el teniente Castro de mi Tercio, un tipo simpático y alegre, que dominaba el inglés y a cuenta de eso terminó de oficial de enlace en la misión y allí estaba llevando a cabo su labor.

Los de la Armija que estaban de guardia nos miraron atentos, desde luego no había simpatía alguna en sus rostros. Seguí a mi capitán que entró en un pasillo que terminaba en una escalera que bajaba a un sótano que estaba perfectamente iluminado. En él estaba el general sueco, no recuerdo bien su nombre, me parece que era Pellman, acompañado por un capitán que llevaba un ordenador portátil y un sargento que supongo que a falta de otra cosa que hacer se ocupaba de ponerle y quitarle el chaquetón al general.

Estaban de pie esperándonos. En la habitación se encontraban, separados por una gran mesa de reuniones, dos militares, uno del HVO y otro con la escarapela de la Armija, que por su aspecto tenían que estar en la parte alta del escalafón, dos acompañantes con pinta de escoltas flanqueaban a cada uno. No llevaban armas largas, sí lucían pistolas al cinto y pude ver que uno de los croatas tenía un bulto en el bolsillo lateral del pantalón, que me hubiera jugado la vida a que era una granada de mano y seguro que no la hubiera perdido.

Pellman se acercó a la mesa que ocupaba casi toda la sala y nos señaló el lugar que debíamos ocupar. Estaba serio, pero parecía sereno. Con pocas palabras, secamente, situó a su izquierda al musulmán y a la derecha al croata, ambos tomaron asiento acompañados de sus respectivas escoltas. A continuación, separado de los del HVO por una silla vacía hizo sentar al capitán Romero y a Castro y a mí nos señaló los asientos que estaban frente a nuestro capitán. Castro me susurró que los jefazos bosnios eran los generales al mando de las fuerzas del HVO y la Armija que hasta hacía unas horas eran aliadas y ahora andaban a tiros por toda la ciudad. El capitán sueco tras colocar el portátil sobre la mesa se hizo con una silla y se sentó detrás del general ligeramente a su izquierda. El sargento continuó de pie cuidando el chaquetón del general.

Éste en inglés presentó a los asistentes, terminada la presentación se sentó y comenzó un discurso que poco a poco fue subiendo de tono y degeneró en bronca monumental, subrayada por una serie de puñetazos sobre la mesa. A estas alturas, ya saben los que siguen esta serie, que yo de inglés ando mal, tirando a peor, pero Castro, que en eso andaba sobrado, me iba comentando el discurso entre asombrado y preocupado, porque el sueco que debía tener una buena dosis de sangre vikinga, pero de vikingo sanguinario y bronqueras, estaba desatado y hasta yo, que no comprendo gran cosa de inglés, me sobresalté cuando escuché con claridad como insultaba a los generales.

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El Cabo 1º Guerra y un servidor tomando un café.

El general les ordenaba que pararan los enfrentamientos y los amenazaba como si estuviera sentado en el PC de UNPROFOR y no en un sótano controlado por la Armija. El capitán Romero asistía impávido al broncón como si estuviera en una educada reunión internacional aunque lo del general era de una imprudencia y falta de tacto difícilmente soportable.

Cuando al sueco se le fue terminando el fuelle les tocó el turno a los naturales del país los dos generales protestaron y discutieron acaloradamente mientras se acusaban mutuamente de haber iniciado el jaleo. Resultaba evidente que se conocían muy bien y tenías muchas cuentas pendientes que ajustar.

Al final se pusieron de acuerdo y comenzaron a discutir más calmados aunque con algún arrebato puntual del vikingo, al que todavía le quedaban ganas de abroncar a los contendientes. Por fin decidieron que mi sección saliera a patrullar, acompañado de un oficial del HVO, otro de la Armija y el teniente Castro que me haría de intérprete, con la tarea de convencer a los contendientes para que iniciaran un alto el fuego y se retiraran a sus acuartelamientos. Así me lo comunicó mi capitán, a mí se me vino medio mundo encima pero dije lo que tocaba, es decir eso tan socorrido de: A la orden, pero que procurara que el croata de la granada de mano no viniera a la agradable excursión que se planeaba o al menos que dejara el artefacto a su compañero.

Me levanté, Pellman me hizo un gesto con la mano y me largó un discurso sobre la gran responsabilidad que tenía y la confianza que depositaba en mis subordinados y en mi persona. Personalmente no estaba para discursos y no me hacía ni puñetera falta que me recordara la responsabilidad que tenía. El sueco me dio una orden que me dejó turulato, me dijo que si recibía fuego que contestara con toda la potencia de fuego de mi unidad y que le llevara las bajas hasta él. La orden del sueco contravenía todas y cada una de las reglas de enfrentamiento que habíamos recibido. Miré discretamente a mi capitán, que con un levísimo encogimiento de hombros me dijo muchas cosas, eso sí, sin abrir la boca.

Pellman, que parecía haber recuperado la paz interior se incorporó, me dio la mano, sonrió y me dijo con sonrisa de conejo, poniendo énfasis en la frase: Tengan mucho cuidado ahí fuera, lo que me transportó a la serie de Canción triste de Hill Street. No sabía de qué iba, pero era raro de cojones, eso tenía que ser o es que los generales suecos eran muy distintos a los que yo conocía hasta la fecha.

Me volví hacia “mis invitados” a los que no veía muy animados ante la tarea que nos esperaba, el croata parecía algo mustio a cuenta de la pérdida de su granada de mano. Sonreí a Castro y le dije, vámonos colega tenemos una guerra que parar...

Pero eso ya se lo cuento el próximo domingo si aún les quedan ganas de saber cómo terminó aquella noche.



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2016 09 18, 12:25
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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Mostar 20 de abril 1993 (Última entrega)

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Como de costumbre en “Al sol de Fuerteventura” los domingos no hablamos de política. Vamos a olvidarnos por un momento de las elecciones en Galicia y el País Vasco y en su lugar les ofrezco el final del relato que se titula “Mostar 20 de abril de 1993”. Este relato es el primero de los quince que conforman mi libro "Legionario en Bosnia 1993", en el que explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Esta entrega les permitiría hacerse una idea de lo que van a encontrar en el libro. Van a vivir con los componentes de mi sección, nuestro estreno en Bosnia. Acabábamos de llegar y en Mostar se lio la mundial entre musulmanes y croatas, hasta ese día aliados y a partir de ese momento enemigos acérrimos. Fue una experiencia impresionante, espero que les guste y les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…El teniente Castro se echó a reír cuando escuchó la frase que solté con tono grandilocuente. No iba a ser el general el único en utilizar frases peliculeras, lo de parar una guerra me sonaba a película y quedaba bien.

Comencé a subir las escaleras. Mientras lo hacía me di cuenta que la preocupación me estaba pesando demasiado, a fuer de sincero debo reconocer que estaba francamente “acongojado”. Me parecía que éramos una herramienta demasiado pequeña como para cumplimentar la misión. Respiré hondo y tragué saliva intentando que el nudo que tenía en la boca del estómago desapareciera. Pero afortunadamente, por sorpresa, mi servicio de atención sicológica personal, esa voz que todos hemos oído más de una vez, me habló lenta y claramente.

Me dijo: Miguel si cada vez que tus legionarios se enfrentan a una dificultad y parecen vacilar, tú les dices eso de “que si este asunto fuera fácil no habrían mandado a legionarios a solucionarlo” y el método funciona, aplícate el cuento, levanta el ánimo y recuerda que tienes un montón de almas a tu cargo, así que de frente con la legionaria y salga el sol por Antequera.

Sería una chorrada pero me sentí mucho mejor. Habíamos llegado al vestíbulo y pensé que era el momento de meterles las cabras en el corral a los dos oficiales que nos iban a acompañar. Me detuve y le pedí a Castro que les explicara cómo íbamos a manejarnos en relación con su presencia. Obedecerían las órdenes que recibieran; evitarían cualquier tipo de discusión o enfrentamiento entre ellos; sucediera lo que sucediera no podrían empuñar un arma, deberían tener claro que dispararíamos a matar al que desobedeciera esta orden. No podrían abandonar el BMR sin mi permiso y evitarían, en la medida de lo posible, que los vieran sus respectivos adversarios.

Castro me tradujo y no les gustó ni un ápice lo que escucharon, intentaron discutir la jugada pero callaron al escuchar que los jefazos subían. Me miraron con mala leche, pero trincaron el pico. Salí a la calle y llamé a los jefes de vehículos, les expliqué lo que íbamos a hacer, les di la charla que correspondía y los mandé con su gente para que pusieran los motores en marcha.

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Retuve al 1º Guerra y le dije: Ojo con esos dos mendas, no hay que fiarse ni un pelo de ellos, sobre todo vigila al del HVO que me da muy mala espina, quiero que los tengas permanentemente controlados, si echan mano de la pipa te los llevas por delante, pero cuida de no desgraciar al teniente Castro que es joven y le queda mucha vida por delante.

Subimos al BMR por el portón trasero y la tripulación ocupó sus posiciones. Escuché al Cabo Metralla que andaba trasteando con la munición de la ametralladora. Enlacé por radio con la columna en demanda de novedades, todos estaban listos. Suspiré profundamente, me encomendé a la Providencia y ordené que nos pusiéramos en marcha.

A mi espalda Castro me iba señalando el camino, nos acercábamos a una zona en la que se oían muchos disparos, asomamos a una plaza en la que la sección de Recena estaba desplegada, lo llamé por radio.

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Mi compañero estaba profundamente cabreado, les habían disparado y si abría las escotillas lo volvían a hacer, pero le habían ordenado permanecer en ese lugar porque la plaza dominaba un acceso importante al barrio musulmán y me dijo que aguantaría allí hasta que le ordenaran lo contrario. Le desee suerte y corté la comunicación.

Nos dirigíamos hacia un puente Bradley, me acordé de una de las muchas recomendaciones que me había hecho mi capitán y ordené que lo cruzáramos de uno en uno, a mi espalda pude ver como el HVO desaparecía totalmente en el interior del vehículo. Cruzamos el puente y giramos a la derecha para dirigirnos al puesto de mando de la Armija. En la calle se veía mucha gente armada y su actitud no era nada amistosa. Pedí a Castro que el oficial de la Armija hiciera un esfuerzo por que se le viera y el tipo que, apenas asomaba los ojos por la escotilla, se puso de mala gana de pie con cara de cordero degollado.

Llegamos al PC musulmán y nos detuvimos. La gente nos gritaba, agitaban sus armas y unos cuantos hijos de puta se dedicaron a disparar al aire. El clima era de locura contenida, me preguntaba cuanto tardaría aquella gente, que parecía actuar sin que nadie los dirigiera, en decidir pasar de la actitud amenazante a la violencia. Para mi consuelo, por la puerta principal del acuartelamiento aparecieron tres individuos que se acercaron al BMR.

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Charlaron brevemente con nuestro acompañante y volvieron por donde había venido, Castro dijo que habíamos terminado allí y aliviado ordené que siguiéramos de frente para alejarnos de aquellos locos. Nos cruzamos con unos coches civiles que transportaban heridos a toda velocidad, marchábamos lentamente y de golpe pude ver la gasolinera en la que hacía unas horas había estado esperando a mi capitán.

Castro me dijo que nos detuviéramos a la altura de la gasolinera y allí el oficial musulmán mantuvo una excitada charla con el que por lo visto era el jefe de la gente que por allí andaba desplegada y que protegían, entre otros objetivos, el acceso al puente.

Giramos y volvimos por donde habíamos venido, pero al llegar a la bifurcación en lugar de volver a entrar en el barrio musulmán cogimos una desviación que era la carretera que llevaba a Sarajevo circunvalando Mostar. Íbamos a volver a la zona croata a través de un puente que estaba situado más al norte.

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Si digo verdad, guardo un recuerdo muy confuso de aquella noche. No conocía la ciudad, la oscuridad era casi completa, los disparos y explosiones no ayudaban en nada a mi concentración.

Teníamos problemas cuando nos topábamos con grupos pequeños de combatientes porque tal era la confusión que no se sabía, hasta estar muy cerca de ellos, a que bando pertenecían. Mis dos bravos acompañantes habían decidido que era mucho más cómodo y sobre todo más seguro viajar en el interior del blindado y nos costaba Dios y ayuda convencerles para que se asomaran cuando hacían falta porque se arriesgaban a que les dispararan si topaban con la gente equivocada.

Personalmente había tomado una decisión no muy inteligente y desde luego nada prudente. En la plaza donde estaba Recena alguien había disparado una ráfaga de AK muy cerca de mi BMR. Me sobresalté y practiqué una “inmersión” urgente en el interior del blindado. No me pregunten por qué, pero me sentí avergonzado y decidí que ningún hijo de puta iba a conseguir que me metiera dentro, así que circulaba de pie y con medio cuerpo fuera de la escotilla.

Resultaba extraño llegar a un cruce de una avenida y toparte con unos tíos que estaban allí disparando su MG y pedirles cortésmente que dejaran de disparar para que pudiéramos cruzar, lo hice unas cuantas veces y cuando podía distinguir las escarapelas, sacaba de su refugio al acompañante correspondiente para que les anunciara la buena nueva. Se había ordenado por la autoridad competente, un alto el fuego.

Estuvimos patrullando unas tres horas, hasta que en uno de los altos que hacíamos para descansar en el cuartel general de la Armija, alguien decidió que ya no nos hacía falta el concurso de los dos oficiales y se largaron sin siquiera despedirse. Era cierto que el fuego había disminuido notablemente, pero había que seguir patrullando, aunque ahora sin guías.

Al principio procuré circular por terreno conocido, pero poco a poco me fui animando y cuando me quise dar cuenta me había perdido. No tenía ni idea de dónde estaba, las miradas circunspectas del Cabo 1º Guerra que ya ocupaba su lugar en la escotilla a mi lado, no me ayudaban nada. Para que se hagan una idea del tamaño de mi despiste, debo confesar que fui incapaz durante cuarenta minutos largos de localizar ¡el río Neretva! que cruza la ciudad de norte a sur.

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Toda una experiencia. A lo largo de la noche nos pasó casi de todo, nos dispararon, nos amenazaron, nos insultaron. Aunque modestamente debo confesar que nosotros también aportamos nuestro particular peligro a las circunstancias. De hecho subiendo hacia el estadio del Velez Mostar, una zona arbolada en la que los croatas tenían un hospital, el BMR de transmisiones no se llevó puesto de milagro a un hijo de mala madre que estaba medio oculto con un RPG, lo cuento, porque todo no va a ser meterme con mi conductor, el pobre Morales que estaba desesperado con mis órdenes sobre la marcha que a veces era dubitativas y alguna vez contradictorias.

Pero dijo alguien, supongo que sería Pero Grullo, que todo lo que empieza acaba y poco a poco llegó el amanecer y con él se nos ordenó volver al cuartel general de la Armija. Cansados, aliviados y muy satisfechos hicimos alto y tras dar las novedades reglamentarias, ordené que la gente comiera, descansara, y sobre todo, que no se desperdigara; el ambiente había cambiado, los de la Armija resultaban casi amistosos y yo conocía a mi gente.

Me senté en uno de los escalones de acceso al acuartelamiento y me fumé tranquilamente un cigarrillo, nuestra acción y la fatiga de los combatientes, había conseguido que no se oyera siquiera un disparo. Pensé que era un milagro, pero un milagro de los de verdad que cuatro “mataos” y un general “raro” hubiéramos conseguido parar el conflicto. Cuando se hiciera de día, volveríamos a patrullar por la ciudad, pero simplemente para que los ciudadanos de Mostar nos vieran. Lo haríamos hasta que nos relevara la caballería que estaba en el CG de la AGT y cuando eso ocurriera bajaríamos a Dracevo.

Estábamos reventados, había sido mucha la tensión y llevábamos muchas horas sin descansar como Dios manda y además estábamos pagando el bajón de la adrenalina, pero la cosa había salido bien. Un armija interrumpió mis pensamientos para ofrecerme un café, un detalle que decía bien a las claras cómo habían cambiado las cosas.

Llegó la caballería, se hizo cargo de aquello a su manera y a nosotros nos tocaba irnos ya a nuestro destacamento, Pellman nos despidió ceremoniosamente, nos felicitó y estrechó la mano a los oficiales. Las cosas debían ir muy bien, porque percibí un atisbo de sonrisa en el rostro impenetrable del capitán que le acompañaba.

Luego las cosas se complicaron y a media tarde la Cía Austria al completo fue reclamada para subir urgentemente a Mostar, donde se había vuelto a liar la de Dios es Cristo. Tristemente eso sucedió y nos tocó vivir otra noche toledana en la que acontecieron sucesos difíciles y oscuros que le costaron el puesto al tal Pellman…”

Pero eso es harina de otro costal y no sé yo si tendrá cabida en otro relato. Así que hasta otra y muchas gracias por el favor de su lectura.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los tres jardineros de Dracevo (Entrega primera)

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Una visión general del campamento de Dracevo

El pasado domingo hice novillos, hacer campana le llamábamos en mis tiempos en Barcelona y aquí en Fuerteventura conocen lo del absentismo escolar injustificado, como “hacer argollas”, que seguro tiene una explicación la frase, que yo desafortunadamente desconozco. Lamentando mi ausencia el pasado domingo, vamos a retomar la buena costumbre de no hablar de política los domingos. En lugar del ladrillo con el que les obsequio el resto de la semana, en su lugar les ofrezco la primera parte de un relato que se titula “Los tres jardineros de Dracevo), que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”, en el que como ya saben explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Esta entrega les permitirá hacerse una idea de lo que van a encontrar en el libro. Por otra parte creo que el relato les ayudará a comprender eso del “estilo legionario” la particular metodología de mando que se practica en La Legión, me parece que les resultará curioso. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“ No me pregunten la fecha porque no tengo ni idea de cuál pudiera ser, probablemente fuera a comienzos de nuestra estancia en Bosnia, porque eran algo más de las nueve de la mañana y todavía se estaba muy a gusto al sol. Me encontraba en el destacamento de Dracevo, sentado a la puerta del barracón de Mando, mientras veía trabajar a tres de mis legionarios que se dedicaban con gran energía a rellenar con la tierra que traían con una carretilla, un cercado de piedra seca que rodeaba unos de los pocos árboles que se podían ver en el destacamento.

Me encontraba en paz con Dios y con los hombres, tranquilo, relajado y satisfecho de algunas decisiones que había tomado hacía apenas unas horas, que me parecían entonces y ahora muy acertadas, sobre todo si me fijaba en cómo sudaban la gota gorda los legionarios a los que observaba. Estaba fumándome un cigarrillo con toda la calma del mundo, cuando me percaté que en el umbral de Mando se encontraba el teniente coronel Alonso Marcili que miraba entre atento y sorprendido la frenética actividad de los tres legías. Me levanté, saludé y le cedí el asiento que aceptó, mientras que con una mano me señalaba al interior del barracón para que sacara otra silla y me sentara con él.

Lo hice y permanecimos en silencio unos minutos, mientras mi jefe fumaba uno de sus cigarrillos de tabaco negro. Al rato el Tcol se dirigió a mí ― Oye Rives ¿tú sabes lo que están haciendo esos tres legías?
― Son de la compañía Austria mi teniente coronel. Buenos chavales, trabajadores, muy aficionados a la jardinería y me han pedido por favor si les daba permiso para ajardinar esta zona y les he dicho que me parecía bien ― Giré la cabeza para mirarlo ― Espero que no haya inconveniente.

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El "capataz" de los jardineros

Alonso Marcili guardó silencio y encendió otro cigarrillo que fumaba usando una boquilla. Esperó un buen rato antes de preguntarme ― ¿Aficionados a la jardinería? Rives no me jodas ― exclamó.

― A mí no me extraña tanto porque los conozco mi teniente coronel, es verdad que son un poco raros, pero en la 5ª compañía en Fuerteventura, tengo gente rara a punta pala, usted ya sabe cómo es la VII Bandera.

Me miró, terminó su cigarrillo en silencio, se levantó y haciéndome un gesto para que no me incorporara volvió al interior del barracón. Alonso Marcili, que tenía más tiros pegados que la XIII bandera del Tercio, sabía cuándo no debía insistir. Me conocía desde hacía muchos años y supondría que si no quería aclararle los motivos de la actividad, tendría mis razones.
Y efectivamente las tenía.

Los tres “amigos” de la jardinería estaban pagando una deuda que habían adquirido hacía ya un par de noches. Mantuvimos en su momento una charla muy constructiva que cristalizó en un acuerdo entre caballeros. En aquellos momentos el motivo de la deuda, era un secreto entre los tres legionarios y un servidor. Creo que tras veintiún años se puede alzar el tupido velo que hasta la fecha ha protegido el misterio y explicar a qué se debía ese repentino y misterioso amor por la jardinería de mis tres legionarios.

Cuando se habla de jardinería no sé por qué será, pero todo el mundo piensa en una joven muy guapa con pamela cortando unas rosas o removiendo la tierra delicadamente en un macizo de hortensias. En el peor de los casos tendemos a asociar esa actividad con un individuo en bermudas, con barriga cervecera, regando el césped de los tres palmos cuadrados del jardín de su adosado. No era ese el caso de mis tres amigos que se enfrentaban a un trabajo muy duro. Se lo aseguro, no es lo mismo regar plantas en un adosado que ajardinar una zona que parecía hubiera pisado con cierta frecuencia el caballo de Atila.

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Tuvieron que sudar tinta china, pero no quedó mal

El acuerdo al que llegamos les obligaba a cercar cada uno de los árboles que había en la zona delante del barracón de mando, con una pared de piedra seca. Ya saben ustedes esas cercas que se hacen con piedra, sin que medie cemento o argamasa en su construcción. Eso sí hay que colocarlas con arte, procurando que la superficie de contacto entre las piedras sea la máxima posible y luego la habilidad del constructor y la gravedad hacen todo lo demás, eso al menos dicen los que entienden de esas cosas, la verdad es que llevar a la práctica la teoría resultaba más complicado de lo que pudiera uno suponer. Pero era una forma de construir muy habitual en la Fuerteventura rural, así que mis “amigos” estaban hartos de ver las murallas de piedra seca y las gambuesas para el ganado construidas siguiendo esa técnica, por lo que pensaba que con haberlas visto e incluso haberse sentado alguna vez en ellas, deberían tener el conocimiento suficiente para coronar con éxito su construcción.

Después de construir la cerca alrededor del árbol, rellenarían el cercado correspondiente con tierra y tras rellenarlo deberían ir al bosque, que había entre el destacamento y la carretera, para cortar tepes de musgo que plantarían sobre la tierra debidamente humedecida para conseguir un efecto césped, maravilloso.

Finalizado todo ello, deberían encalar la pared de piedra, siguiendo la ancestral costumbre de La Legión. Lo de encalar era y es una tradición en el Tercio y ya se sabe que las tradiciones son muy importantes y hay que conservarlas y promoverlas. De hecho los más veteranos cuentan que cuando una unidad legionaria llegaba a un lugar para establecerse, antes que la cocina, las letrinas o los dormitorios, se construía una calera a fin de conseguir cal suficiente para blanquear lo que hiciera falta.

Y de ahí nace un cuento que tiene que ver con esa costumbre. Debían correr los años cincuenta del pasado siglo, cuando un legionario bastante corto de entendederas llegó de permiso a su pueblo, allí todo el mundo esperaba los relatos sobre las experiencias en el Tercio del vecino, que como ya he dicho era bastante bruto. En la taberna del pueblo había gran expectación, era el primer hijo del pueblo que servía en La Legión y querían saber cómo era el Tercio desde dentro. Ante su silencio, el legía era de muy poquitas palabras, uno de los vejetes que había interrumpido la partida de dominó esperando los relatos del chaval, le preguntó ― Pascasio ― así se llamaba nuestro joven ― cuéntanos que haces en La Legión.
Pascasio frunció el ceño, hizo un esfuerzo reflexivo brutal y contestó ― Saludar a todo lo que se mueve y encalar todo lo que se está quieto.

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El monolito a los muertos de La Legión

Así que estaba más que claro, cristalino, que teniendo presente que el destacamento de Dracevo era un destacamento legionario, las paredes de piedra seca deberían estar encaladas para respetar la tradición y las costumbres. Les explico con precisión todo lo que tenían que hacer mis “tres mosqueteros”, que eran tres y no cuatro, porque los españoles somos más formales que los gabachos y no enredamos como éstos con los números, para que se hagan una idea del trabajo que tenían que realizar y que no les evitaba servicio o trabajo alguno que les viniera por la vía jerárquica. Estaba acordado, el ajardinamiento se haría en los momentos libres de los tres jardineros de Dracevo.

Vi venir hacia Mando al capitán Romero, que seguro iba a dar novedades a Alonso Marcili, me levanté y me dirigí hacia él, al llegar a su altura lo saludé, el capitán se detuvo a mirar a los jardineros que habían redoblado furiosamente su actividad y fingían no haberlo visto.
― Mi capitán, el teniente coronel ya me ha preguntado por esos tres.
― ¿Y qué le has dicho?
― La verdad, mi capitán. Que son tres legionarios de la Austria que se han ofrecido voluntarios para ajardinar la zona.
― ¿Y? — volvió a preguntar Romero.
― Pues nada mi capitán, el teniente coronel no ha dicho ni palabra. Estoy seguro que si usted no le comenta nada, él tampoco va a profundizar en la cuestión.

― Ya veremos― masculló Romero al que había cosas que le superaban y que eso de contarle milongas al mando, aunque todo el mundo estuviera al cabo de la calle del milongueo, le ponía de los nervios. Ya habíamos tenido una larga charla sobre la restricción o reserva mental, figura ampliamente debatida por los estudiosos de la ética y la moral, pero la verdad es que no estaba demasiado convencido, no hubo manera de que aceptara que la restricción mental fuera aplicable al asunto que generó el profundo amor por la jardinería de los tres legionarios de marras.

Se despidió de mí y arrancó en dirección a Mando. No habría problemas, en cuanto el Tcol le viera la cara a Romero, que era un tío estupendo pero un bendito de Dios incapaz de cualquier fingimiento, sabría qué éste tenía pegas con el asunto de los jardineros y Alonso Marcili era un caballero y “sabía manera” por lo tanto no le iba a preguntar al capitán nada que tuviera que ver ni de lejos con la jardinería.

Tenía que ir a atender asuntos pendientes que requerían mi atención, pero antes de irme me acerqué a los legionarios, que en cuanto el capitán les dio la espalda habían adoptado un ritmo de trabajo bastante más pausado que el que exhibieron ante su presencia y les expliqué con pelos y señales lo que haría con ellos si creaban cualquier situación que, por nimia que pareciera a su criterio, pudiera ser considerada como un problema por parte del mando.

Me miraron, los miré y me entendieron perfectamente, pude leerlo en sus rostros. Más tranquilo y con la conciencia de haber atendido satisfactoriamente el problema me fui hacia el aparcamiento de los vehículos…”

El domingo que viene continuará si Dios quiere. Espero que les queden ganas de seguir o les pique la curiosidad.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los tres jardineros de Drácevo (Segunda entrega)

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Como muchos de ustedes saben en “Al sol de Fuerteventura” tenemos la buena costumbre de no hablar de política los domingos, me parece que con seis días a la semana de comentar desgracias propias y ajenas es suficiente. El domingo pasado me despedí como costumbre hasta el próximo domingo, pero es que no me acordé que en esta semana, hoy concretamente, celebramos la Fiesta Nacional de España, así que hoy tampoco hablaremos de política, en su lugar y creo que salen ganando, por el tema no por otra cosa, les ofrezco la segunda entrega de “Los tres jardineros de Drácevo”, un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”, en el que como ya saben explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Insisto que este relato les ayudará a comprender eso del “estilo legionario” del que tanto hablamos los que hemos tenido el honor de servir en La Legión y de paso y como ya les anticipaba el domingo pasado, podrán comprobar de primera mano la particular metodología de mando que se practica en La Legión, que entiendo puede parecerles interesante. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

“…Mientras subía hacia los vehículos donde se encontraba la compañía dedicada a la limpieza de armamento y mantenimiento de vehículos y transmisiones, recordé los sucesos que nos habían llevado a la situación que les estoy relatando. Había entrado de guardia con parte de mi sección y creo que nos habían agregado el pelotón de MM de la compañía con el sargento Hidalgo al frente para completar la guardia. No sé a qué se debía la novedad porque en Bosnia entrábamos normalmente de guardia con la sección al completo, lo que resultaba muy cómodo y sobre todo eficaz, pero así fue. Algún motivo habría pero lo cierto es que no lo recuerdo.

A lo largo de los seis meses que estuvimos en Bosnia hicimos más guardias que el palo de la bandera, personalmente prefería con mucho un día de misión a una guardia. Las guardias por definición son aburridas, incómodas, fatigosas y monótonas hasta decir basta y esas características tan negativas contrastaban poderosamente con las situaciones emocionantes que nos proponían los días de misión, por muy tranquilos que resultaran.

Probablemente la droga más poderosa de este mundo sea la adrenalina, eso dicen los que entienden de drogas, hablo de oídas así que no me hagan mucho caso, pero hay que reconocer que disfrutábamos de la excitación que nos proporcionaba y las guardias, normalmente no provocaban situaciones que la produjeran.

Pero vamos a lo que vamos. El cuerpo de guardia de Drácevo ocupaba parte del barracón que se encontraba situado perpendicularmente a la pista que llevaba al campamento. Estaba en el cruce de caminos en el que la pista que iba hacia la carretera se abría en dos brazos, uno que iba en dirección a unas casas situadas al oeste del cuerpo de guardia y el que rodeaba la instalación por el este y llevaba a la carretera.

El barracón era una instalación multiusos de forma rectangular, tendría unos quince metros de largo por ocho de ancho. Lo dividía en dos partes iguales un pasillo que dejaba a la derecha el cuarto del oficial de guardia y otro para el resto de la guardia, le seguía el botiquín donde se pasaba reconocimiento médico a los componentes del GT Colón y se atendía a los civiles que aparecieran por allí, los baños y terminaba en una sala que ocupaba toda la amplitud del barracón, en la que estaba instalada la cantina. Ésta era atendida por dos o tres mozas, exactamente igual que en Jablanica, con la diferencia que las de Dracevo eran croatas y las otras musulmanas, pero curiosamente actuaban como si hubieran aprendido su oficio en la misma escuela. Igual resultaba que existía en Bosnia un centro de formación profesional para camareras de cantinas de UNPROFOR y nosotros no nos habíamos enterado.

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A la izquierda del pasillo se encontraba el “teleclub” del destacamento, un televisor presidía la sala de aspecto desolado, en la que se alineaban dos grupos de bancos que dejaban un pasillo entre ellos. Eran duros, estrechos y bajitos, ya lo he comentado en otra ocasión, eran de una incomodidad tan espectacular como sólo se puede encontrar en un cuerpo de guardia. Cuando se habla de algo que es muy duro se califica su dureza de diamantina, pues para calificar la peor de las incomodidades habría que referirse a banco de cuerpo de guardia español. Se lo aseguro, si de lo que se trata es de incomodidad son lo más de lo más.

A la puerta del barracón dos bancos algo más decentes que los del teleclub y dos morales muy frondosos ofrecían descanso y solaz a los desgraciados a los que les tocaba hacer guardia. Sostengo que las guardias eran monótonas y aburridas y esa era nuestra percepción, pero vistas con la perspectiva que da el tiempo, recuerdo unas cuantas en las que sucedieron cosas que hubieran inducido a algún oficial de guardia de los que hay en muchos acuartelamientos de España a cortarse las venas o pedir la baja del ejército.

Bueno pues en esas nos encontrábamos, no serían ni las nueve de la mañana y todavía estábamos haciéndonos a la idea de que irremisiblemente nos tocaba estar en aquel barracón las próximas veinticuatro horas, a no ser que en Mostar se liara la mundial y el Mando en su infinita sabiduría, nos relevaba para que fuéramos para allí tal y como había pasado ya un par de veces. Ni siquiera estaba lista la cafetera que, como era tradicional en la sección, tenía que estar al fuego dos segundos después de acabar con el relevo y despedir a la guardia saliente.

Como digo, nuestro espíritu no estaba aún de guardia cuando aparecieron dos adolescentes entre los 14 o 15 años, que traían como podían a otro chaval de su misma edad, que lucía una laceración, entre herida y quemadura, en el centro geométrico de su cuero cabelludo y que iba desde la frente hasta la zona occipital, al que le flojeaban las piernas y que no era capaz siquiera de hablar. Lo sentamos en un banco, mientras que de forma sorprendentemente coordinada alguien le daba un toque al médico y el 1º Guerra llamaba a Mando para que nos mandaran un intérprete con urgencia.

El médico que salió a los pocos segundos, pidió que acercáramos con cuidado al chaval hasta el botiquín para poderlo reconocer. Dos legionarios lo cogieron, mientras que el 1º Arienza, ayudado por el cabo Dobao impedían que los dos colegas del averiado entraran en el barracón.

Los chavales protestaban y nosotros andábamos en lo de polaco, polaco, nema problema (tranquilo, tranquilo, no hay problema) lo que no producía el menor efecto a los chavales, que eran unos críos, pero croatas y ya apuntaban maneras, cuando afortunadamente llegó la intérprete, Adriana - creo recordar - una tía genial, guapa, muy seria y que hacía un trabajo magnífico que se puso a hablar con ellos y en un minuto los tenía comiendo de su mano.

Entró para explicarle al médico que es lo que había sucedido. Los chavalines – juventud divino tesoro – estaban en el domicilio de uno de ellos y como se aburrían se pusieron a trastear con el kalashnikov del padre y en ello estaban, cuando se les escapó accidentalmente un disparo que no le levantó al colega la tapa de los sesos porque Dios es grande.

Al ratito sacaron entre el médico y Adriana al accidentado, al que le habían pintado con yodo el rasponazo que le habían hecho sus colegas y que parecía le hubieran hecho una raya en mitad del coco. El médico dijo que no tenía conmoción cerebral, simplemente tenía una quemadura, producto del roce del proyectil y que lo dejáramos un rato a la sombra a ver si se tranquilizaba, porque todavía no había abierto la boca ni para quejarse.

Adriana trasladó a sus amigos lo que había y cuando iba a irse, me vino una cuestión a la cabeza para la que necesitaba su colaboración. Llevaba tiempo dando vueltas a un asunto que me tenía muy mosca, a menos de cien metros del cuerpo de guardia vivía un miliciano del HVO que durante la semana se iba a la guerra y los fines de semana volvía a su casa. Era un tipo mal encarado, vestía siempre de uniforme y nos miraba francamente mal cuando pasaba por delante del cuerpo de guardia.

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Esas cosas no es que importaran demasiado, de hecho no nos importaban nada, el problema real es que al tío le gustaba muchísimo darle al jarro y cuando llegaba a su casa, a las tantas de la noche, harto de rakia, colocado como un piojo, cogía el kalashnikov y celebraba la cogorza disparando unas cuantas ráfagas al aire, lo que de manera automática ponía en pie de guerra a la guardia. La noche anterior había montado el numerito, lo sabía porque me había despertado con los disparos y me juré a mí mismo que le iba a quitar al andoba las ganas de andar de jarana en las cercanías del cuerpo de guardia.

Así que aproveché la presencia de Adriana que seguro me iba a traducir fielmente lo que le dijera aunque no le hiciera ninguna gracia lo de ir al domicilio de nuestro amigo y eso que no sabía lo que le iba a decir, pero cedió tras que se lo pidiera un par de veces y tras coger mi cetme - el atrezzo hay que cuidarlo - nos dirigimos a la casita. Al llegar le di un par de puñetazos a la puerta para que el amante de los disparos supiera de antemano que la visita no era amistosa, mientras la intérprete me miraba moviendo la cabeza para expresar su disgusto. Salió mi amigo, Adriana se apresuró a saludarlo y me miró interrogante.

Le dije ― Adriana dile a ese tipo que como se le ocurra volver a disparar y tenga la mala suerte de que esté de guardia le dispararemos sin previo aviso. No le vamos a dar el alto, ni mandangas de esas, le dispararemos en el acto.

Adriana le trasladó el mensaje, el tipo me miró, le sostuve la mirada y sin abrir la boca dio media vuelta y se metió en su casa. Fue mano de santo, en dos o tres meses no volvió a disparar jamás a la puerta de su casa. Después no tuve oportunidad de comprobar la eficacia de la amenaza sobre la reflexión, porque al pobre diablo se lo llevaron puesto en las cercanías de Mostar y se acabaron para él los disparos para siempre jamás.

Volví a mi guardia, comprobé que los chavales se habían ido, Guerra me indicó que el “herido” había salido por su pie y que cuando se fue hablaba animadamente con sus amigos. Tranquilizado al respecto me dediqué a las tareas propias de la guardia. Ésta fue pasando lenta y monótonamente, los relevos, las novedades, las llamadas de Mando, el control de los civiles que pasaban al botiquín, nada que pueda contarles que tenga el menor interés hasta las seis o siete de la tarde, hora en que el Mando decidió a autorizar – lo hacía cuando buenamente podía - visto que los informes anunciaban calma en la zona, a que la gente libre de servicio se la transportara a Metkovic, en Croacia, para que se dieran una vuelta, compraran lo que les hiciera falta, se cortaran el pelo, telefonearan, se pusieran hasta arriba de alcohol o simplemente cenaran.

Así me lo comunicaron y tres camiones aparcaron en la pista al costado del cuerpo de guardia, se fueron llenando con rapidez. Los legionarios que se iban a dar el garbeo a Metkovic y los de la guardia vacilaban y se lanzaban pullas y denuestos, pero con ánimo jocoso, ni en eso iba a haber la menor variación. Llegada la hora y después de comprobar que la escolta estaba lista, agrupé a los legías en dos camiones, autoricé la salida y mandé al tercer camión, cuyo conductor me miraba desolado, a su aparcamiento.

A las tres horas estaban de vuelta, se notaba el efecto eufórico de las copas que habían ingerido porque el jaleo que producían era bastante más sonoro que a la hora de salida. Bajaron de los camiones y se dirigieron en grupos hacía sus compañías, dónde pasarían el control nocturno. Llamé a Mando y comuniqué que había recibido el “sin novedad” de la escolta y los conductores de los camiones.

Me ocupé de comprobar que la guardia hubiera cenado, incluidos los que estaban de puesto y salí al exterior del barracón huyendo del ruido que surgía de la cantina, miré el reloj, faltaban unos minutos para que tuviera que ordenar el cierre. Un trabajo feo, porque la gente se empeñaba en alargar el tiempo de permanencia como si el mundo fuera a acabarse esa noche y a veces costaba que salieran.

Comprobé la hora en mi reloj y a desgana fui a cerrar la cantina, fue de los días fáciles, menos dos de los que habían salido a Metkovic y que tenían sus facultades mentales algo perjudicadas, los demás salieron rápidamente. Fui controlando a los dos legionarios a los que les costaba volver al modo “chavalote se acabó la fiesta”, hasta la puerta y allí el aire fresco de la noche los espabiló y comenzaron la subida de la cuesta hacia sus unidades.

Mientras miraba como subían trabajosamente por la pista, encendí un cigarrillo y de golpe a unos metros de mí vi a tres legionarios de mi sección que a la carrera se incorporaban a la cuesta pero viniendo de la ladera que bajaba hasta la carretera, esos habían subido directamente desde la carretera. Tomé nota en mi agenda mental, para averiguar cuando saliera de guardia, qué pasaba con aquellos tres.

Terminé el cigarrillo y me senté en el banco de la puerta a charlar con la gente, a los pocos minutos un legionario que teníamos en la esquina para que nos avisara si bajaba algún mando, me advirtió que se acercaba el capitán Romero, me acerqué hasta la esquina y efectivamente vi a Romero, pero acompañado por un HVO y uno de los intérpretes.

No me pregunten el motivo, pero en cuanto les eché el ojo encima, supe que pintaban bastos...”

Pero eso se lo contaré el domingo si les parece bien. No se lo pierdan porque es muy interesante.

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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los tres jardineros de Drácevo (Entrega final)

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Como es sabido actuábamos bajo la bandera de la ONU

Hoy como probablemente sepan la mayoría de ustedes es domingo y por tanto y siguiendo una costumbre que a mí me parece buena, hoy no hablaremos de política. Así que en lugar del ladrillo con el que acostumbro a torturarlos, les ofrezco la entrega final de “Los tres jardineros de Drácevo”, un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”, en el que como ya saben explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Un relato que a mí me parece interesante, claro que como soy el autor del mismo, yo que voy a decir, pero en esta entrega cierro una anécdota que vivimos en Bosnia y que a mí se me antoja curiosa e interesante, les voy a explicar la peligrosa experiencia que vivieron tres de mis legionarios. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"....Me volví en dirección al cuerpo de guardia, mandé firmes y le di la novedad al capitán. Romero venía preocupado, el del HVO tenía una cara de cabreo más que regular y el intérprete, un croata muy, pero que muy proclive a apoyar siempre a los croatas contra los musulmanes y que seguramente trabajaba para sus servicios de inteligencia, iba detrás del militar croata como un perrito. Le faltaba babear y mover la colita, aunque lo de babear igual me era dado presenciarlo en un rato si la charla se prolongaba, que por mí iba a ser que no.

Mientras bajábamos hacia el cuerpo de guardia, Romero me dijo que venía por un asunto muy grave y que tenía que hacerme una pregunta. Me paré dando la espalda a la entrada al cuerpo de guardia. ― Usted dirá mi capitán.

El capitán miró al oficial del HVO y luego a mí ― Es importante Miguel, ¿ha pasado alguien por aquí?
Puse mi mejor cara de inocencia extrañada ― Mi capitán ha pasado muchísima gente, hace un rato los que venían de Metkovic y casi ahora mismo la gente que salía de la cantina. Los últimos se tienen que haber cruzado con usted. ¿Pasa algo mi capitán?

― Pues sí Miguel, el capitán ― señaló con su cabeza al del HVO, que parecía que de un momento a otro iba a empezar a echar humo por los oídos y fosas nasales, ― ha informado al teniente coronel, que tres o cuatro soldados de UNPROFOR han robado una ambulancia en Metkovic, los han perseguido y se han visto obligados a dispararles al ignorar las voces de alto.

La ambulancia en su huida ha forzado la frontera entre Croacia y Bosnia y a pesar del fuego que han hecho contra el vehículo, éste ha proseguido su marcha, hasta que en la última curva, justo antes de la recta que lleva al cruce del destacamento, han volcado. Pero los ladrones han logrado salir de la ambulancia y han huido a pie por la ladera. No los han seguido porque han subido por una zona que en su momento estuvo minada y no ha querido arriesgar a su gente, pero está seguro que han llegado al destacamento y tienen que haber entrado precisamente por aquí.

La verdad es que no me costó nada poner cara de asombro, estaba atónito, no podía creerme la que habían montado los tres mosquitas muertas de mi sección. Ahora que sabía lo que había pasado, al menos en versión croata, no estaba dispuesto bajo ningún concepto a dar los nombres de los tres legionarios que había visto hacía un rato, al menos mientras estuviera el croata delante.

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Zona de contenedores dormitorios de la Cía. Austria

― ¿Y cómo sabe este señor que los que le robaron la ambulancia eran de los nuestros? Miré hacia el del HVO. Se me subió la sangre a la cabeza, no me lo podía creer, el cabrón del intérprete le estaba traduciendo nuestra conversación al capitán croata y lo peor era que Romero no le ordenaba guardar silencio.

― Él dice que eran de los nuestros ― me dijo el capitán.
― Ya, él dice que eran de los nuestros y todo el mundo boca abajo. Mire mi capitán a mí me parece que a esta gente les han guindado la ambulancia y como no saben a quién cargarle el muerto, lo que le sale más barato es acusarnos a nosotros. Igual los ladrones han sido de los suyos o musulmanes. Porque ¿para qué diablos queremos nosotros una ambulancia?

Me interrumpió el HVO que empezó a largar unas voces que me parecieron absolutamente inaceptables, pero que agradecí en mi fuero interno, la torpeza del croata me facilitaba ponerme borde justificadamente.
Me dirigí al intérprete ― Dile a ese señor que tenga un poco más de respeto, está en nuestra casa y yo soy el oficial de guardia y en el ejército español eso significa que me debe respeto.

Romero intentó terciar ― Venga Rives, no vayamos a liarla más. ¿Tú has visto pasar a alguien?
Me enfrentaba a un problema muy serio, si hubiéramos estado solos el capitán y yo, le hubiera dicho la verdad sin ningún reparo; pero ayudar a los del HVO que nos habían matado compañeros, que en cuanto podían nos hacían la vida imposible y que se portaban con nosotros como auténticos cabrones, era superior a mis fuerzas. No sabía qué hacer, cuando por sorpresa se me ocurrió una idea.

Como un relámpago recordé al Padre Sorribas, mi profesor de filosofía en sexto de bachillerato, explicando la restricción mental y poniendo el único ejemplo que debe haber para ello - porque con posterioridad lo he leído en tres o cuatro lugares distintos explicado exactamente igual - la historia hablaba de un fraile que habiendo visto pasar a un fugitivo, al ser interrogado por los perseguidores que le preguntaban si había visto a alguien, a la vez que se metía ostensiblemente las manos en las bocamangas de su hábito les había dicho “Por aquí, no ha pasado nadie”.

A imitación del fraile de marras dije muy serio ― Ya le he dicho mi capitán que por aquí –señalando también ostensiblemente el espacio frente a la puerta del barracón –no ha pasado nadie.

El capitán Romero de tonto no tenía un pelo, así que me miraba muy poco convencido, en realidad se estaba enfadando aunque se controlaba. En cambio el croata, que tenía la cara rojo inglés de turista en Benidorm, seguía dando voces. ― Miguel por favor…

― Mi capitán ya le he dicho por dos veces que no he visto a nadie y aunque se caiga el mundo eso es lo que voy a seguir diciendo.
Me miró, mientras el intérprete intentaba explicarme lo que el croata gritaba. Ni le miré ― Ya te he dicho que lo que diga ese señor no me interesa y dile que baje el tono, que no tenemos por qué aguantar sus gritos.

Romero me miraba apenado, decidió volver sobre sus pasos antes de que la situación se complicara más y acompañar al HVO, que tenía un preocupante aspecto apoplético hasta su vehículo. Me despedí del capitán y volví al cuerpo de guardia, con muy mal sabor de boca. No le había dicho la verdad a Romero y por mucho que me refugiara en aquello que sostiene que nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho de conocerla y desde mi punto de vista ese era el caso del intérprete y el croata, el argumento no me tranquilizaba en absoluto.

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En la cola del comedor

Afortunadamente tenía toda la noche para pensar en lo que debía hacer, porque lo que estaba claro es que los tres angelitos deberían pagar por lo que habían hecho. Gracias a Dios se habían librado de los del HVO, pero de mí no se iban a librar. Por la mañana cuando saliera de guardia iría a confesarme con mi capitán; no iba a ser un asunto sencillo de sobrellevar, pero tenía que decirle la verdad y ofrecerle una solución satisfactoria. Ya se sabe que a los jefes si les llevas un problema lo mejor es que, simultáneamente, les presentes la solución, sobre todo si el problema lo has creado tú o tu gente, como era el caso.

Los componentes de la guardia andaban algo revueltos, seguro que el telégrafo sin hilos que comunica a las comunidades legionarias se había puesto en marcha y sabían que algo raro sucedía Me mostré serio y distante y así me ahorré preguntas indiscretas; poco a poco recuperamos la normalidad y la guardia fue transcurriendo lentamente como siempre, pero al fin llegó la hora del relevo.

La verdad es que no lo esperaba tan alegremente como de costumbre, mi charla pendiente con el capitán me tenía francamente inquieto, aunque ya tenía decidido lo que le iba a decir y proponer.

Salimos de guardia, di las novedades correspondientes en mando y me dirigí al contenedor que ocupaba la PLM de la compañía. Allí estaba el capitán Romero, que me esperaba, porque el sargento auxiliar no estaba ni por las cercanías. Le di la novedad y me dijo que pasara y cerrara la puerta y en La Legión cuanto te mandan cerrar la puerta ya sabes que no te espera nada bueno.

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Un servidor en Drácevo

Tuvimos una charla muy larga en la que hubo de todo. El capitán estaba muy dolido conmigo y con razón, por no haberle dicho la verdad, le expliqué lo de la restricción mental y le aseguré que mi intención no era mentirle.

De hecho le hubiera explicado lo que vi y le habría dado el nombre de los tres legionarios que la habían liado si no hubiera sido por la presencia del HVO y del intérprete. Aceptó, no sin resistencia, que era mejor que el asunto quedara entre nosotros. No le gustaba demasiado, pero creo que mi afirmación de que no era justo que por la locura de tres niñatos, la Cía. Austria perdiera el prestigio que tan duramente nos habíamos ganado en la AGT, le hizo algo de mella y por ahí se creó la brecha por la que pude convencerle.

Tenía un enfado tan grande, él que era un hombre muy calmado y medido, que no quería ni ver a los tres legías de marras, aunque tengo que decir que lo que más le angustiaba de lo que había sucedido, era el peligro gratuito que habían corrido los legionarios.

Le propuse que dado que eran de mi sección, si no disponía lo contrario, me ocuparía personalmente del asunto y ya hablando más distendidamente nació el proyecto de transformar el paisaje de Dracevo en algo más agradable a la vista, gracias al sudor y al esfuerzo de los tres miembros de mi sección. Le pedí perdón a Romero, le di las gracias por su comprensión y ya más tranquilo, pero con el colmillo algo más retorcido que antes de entrar de guardia, me fui a ver a mis tres amigos del alma.

Le pedí al sargento 1º Ávila - que debía conocer hasta el más mínimo detalle de lo ocurrido, porque con ver la cara de póquer que ponía, ya estaba todo dicho - que me trajera a los tres aventureros. Con la cara de pena que se pone en esas ocasiones, me explicaron al alimón lo que había sucedido.

Estuvieron tomando unas copas, se les hizo tarde y cuando llegaron a los camiones éstos se habían ido, se les cayó el mundo encima – esa era su versión – y mal aconsejados por la ingesta de alcohol, les pareció que lo más oportuno era aprovechar un vehículo abierto, que gentilmente el HVO se había dejado por allí.

Montaron en la ambulancia y el que conducía, que para más INRI no tenía carnet de conducir ni civil, ni militar, pero conforme a su versión era el que más sereno estaba, arrancó a toda pastilla con la intención de adelantar a los camiones antes de que llegaran a la frontera, pararlos allí y así conseguir el transporte que habían perdido a cuenta de su retraso.

No contaban con que el HVO fuera tras ellos, cuando se dieron cuenta de que los perseguían y que abrían fuego contra el vehículo se habían asustado y pensaron que si paraban igual les metían cuatro tiros. Así que siguieron hasta la frontera que pasaron como Dios les dio a entender a pesar de que les tiraron con una ametralladora y que llegando al campamento debieron pinchar y volcaron. Subieron por la ladera y a la carrera llegaron a la formación de la compañía sin ningún problema, porque nadie se dio cuenta de nada.

Disfruto de una ventaja sobre algunos, tengo muy buena memoria para recordar cómo era yo a la edad de mis hijos o de mis legionarios. Nunca me llevé una ambulancia, pero podría contar algunas cosas que pondrían la piel de gallina a más de uno, por lo tanto estaba muy cabreado con ellos, entre otras cosas, porque se habían jugado la vida por nada, pero a pesar de la enormidad cometida, era capaz de ponerme en su piel. Era un disparate de principio a fin, no podía justificarlos, pero los comprendía.

Les expliqué que con su conducta habían adquirido una deuda que deberían pagar y que tanto el capitán como yo mismo estábamos muy molestos por la situación que habían creado. Les pregunté si sabían lo que había escrito Valenzuela sobre los arrestos en el pelotón y uno de ellos dijo ― Ah sí el espíritu del pelotón ― que es como coloquialmente se conoce a lo que escribió sobre este asunto el que fue jefe de La Legión y les pedí que me lo recitaran. Comenzaron a hacerlo titubeantes, pero mal que bien consiguieron pasar la prueba:

El sufrir arresto en el pelotón
es derecho del legionario
que pecó militarmente;
derecho del que no debe desposeérsele
ni con indultos ni atenuaciones,
y cuanto más plenamente realice el pago
más se desliga de su falta
que al terminar el correctivo
deja de pesar sobre él,
puesto que se liberó
pagando por ello su justo precio.

Terminaron de recitarlo y les expliqué que el motivo del arresto que iban a sufrir debía permanecer en secreto para no manchar el buen nombre de la compañía y les detallé lo que deberían hacer para pagar la deuda que habían contraído con la compañía. Aliviados y agradecidos mostraron su acuerdo y en ese preciso momento nacieron los tres jardineros de Dracevo.

Una cosa debo decir, resulta curioso pero a lo largo de los días que trabajaron en el ajardinamiento, que fueron bastantes, fueron ayudados voluntariamente por muchos de sus compañeros que con ese gesto no significaban su aprobación por lo que habían hecho, pero mostraban su satisfacción por la jugada que los jardineros le habían hecho al HVO.

Curiosamente, con el paso del tiempo estoy cada vez más de acuerdo con mis legionarios. Lo que sucedió no debió pasar bajo ningún concepto, pero mangarle una ambulancia al HVO y salir con bien del asunto en las circunstancias en las que lo hicieron, no lo hace cualquiera. Llámenme raro, pero todavía sonrío cuando lo recuerdo."

Hasta el próximo domingo si Dios quiere.

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La liamos en el Alexis Ham Bridge (Primera parte)

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El puente de Alexis Ham

Hoy es domingo y por mucho que el PSOE haya decidido que hoy es una buena fecha para celebrar su dichoso Comité Federal, no hablaremos de política. Hoy pongo a su disposición la primera parte de "La liamos en el Alexis Ham Bridge", un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Creo que les puede entretener, yo cuando viví la experiencia que nos tocó pasar, les aseguro que estuve muy, pero que muy entretenido, al igual que mis legionarios. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"...Quisiera contarles lo que “no sucedió”, al menos oficialmente, en un lugar de Bosnia allá por los primeros días de mayo de 1993. En abril de ese mismo año la AGT Canarias había desplegado en aquel país en la zona de responsabilidad española y nosotros los de la Cía. Austria formábamos parte de esa agrupación. Lo que les voy a contar tuvo que ver como tantos otros sucesos, con un puente. Parece ser que éste, que cruzaba el Neretva al norte de Mostar en la carretera que iba desde esa ciudad a Jablanica, Konjic y Sarajevo se llamaba Alexis Ham y digo parece porque como jamás tuvimos un plano mientras duró la misión resultaba difícil saber los nombres de los accidentes naturales y el de los "artificiales".

A mí me mandaban de “maleta” por lo que desde el punto de vista del mando, maldita la falta que me hacía saber a dónde iba y mucho menos cómo diablos se llamaba el puñetero puente de las narices. De hecho lo que sucedió y que si Dios no lo remedia les voy a contar, tuvo tan poca importancia a los ojos de mis superiores, que la misión que se me ordenó cumplir ni siquiera aparece reflejada en el Diario de Operaciones de mi compañía.

Desconozco el motivo, jamás tuve tanta curiosidad como para preguntárselo a mi capitán, hay cosas que es mejor no saber. Probablemente fuera que como la misión de aquel día era de compañía y la mandaba el capitán Romero, éste - sus motivos tendría digo yo - no reflejó la acción que llevamos a cabo la II sección de su unidad en su informe post misión. Así que les voy a contar algo que oficialmente no sucedió o que a juicio del mando no tuvo la relevancia suficiente como para ser reflejado en el informe correspondiente.

Era casi la hora de comer, estábamos en Mostar y patrullaba con mi sección cuando mi capitán me llamó por radio y me ordenó acudir al lugar en el que él se encontraba, estaba en lo que posteriormente se conoció como plaza España. Cuando llegué advertí a mi gente para que comieran, porque si Romero me había llamado por radio y no me había explicado nada, seguro que nos iban a mandar a alguna misión delicada y no fuera a ser que después no tuviéramos ocasión de comer, bajé del vehículo, le di las novedades correspondientes y esperé a que me explicara lo que fuera que tuviera que decirme.

Romero me explicó que iba a dar escolta a un comandante de Estado Mayor, un coronel croata y cuatro o cinco autobuses, conducidos por conductores del HVO, en dirección a Jablanica y que allí íbamos a recoger a doscientos refugiados croatas de la zona. No debí poner muy buena cara, porque me dijo la frase que más he temido a lo largo de mi vida ― No te preocupes Miguel que está todo hablado, es ir, recoger a esa gente y volver aquí ―. Y que quieren que les diga, cuando alguien me dice que no me preocupe, sé que me va a caer encima un chaparrón de los que hacen época.

Vivíamos una situación complicada, llevábamos todavía poco tiempo en Bosnia, nos habían preparado para una misión distinta de la que desarrollábamos. Lo de dar protección y escolta a los convoyes humanitarios había pasado a tercera o cuarta prioridad como poco, realmente lo que hacíamos o intentábamos hacer como Dios nos daba a entender, era lo de fuerzas de interposición y control del alto el fuego.

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Combatientes de la Armija

Estábamos en una guerra, en la que en teoría no participábamos, aunque como nos dedicábamos a incordiar al bando que ganaba en la zona que estuvieras, te convertías en un testigo incómodo, lo que te convertía en blanco de los unos o de los otros, según estuvieras en la zona en la que ganaban los croatas o en la que los vencedores eran los musulmanes.

El Mando sostenía, desde los tiempos en que estábamos concentrados en Almería preparando la misión, un argumento que pretendía garantizaba nuestra seguridad en la zona. Decían que el ser neutrales nos aseguraba no tener enemigos y esa era una parte importante de nuestra seguridad en Bosnia. No creo que me hiciera muy popular entre los miembros de la selecta PLMM de la AGT, cuando sostuve, una vez metidos en el baile, que la realidad demostraba que nuestra neutralidad por el contrario hacía que no tuviéramos amigos; situación nada deseable en mitad de la ensalada de tiros de la que disfrutábamos todos los días. El tiempo le dio la razón a quién la tenía, pero que quede claro que lo de la neutralidad se respetó porque era nuestra obligación, no porque ayudara a nuestra seguridad.

Uno cuando es militar quiere creer que el mando tiene la situación bajo control. La realidad en Bosnia me decía lo contrario, lo cierto es que la situación era tan fluida y cambiante, que diría uno de EM, que era muy difícil saber con precisión a qué nos exponíamos los que dábamos la cara y ahí incluyo a todos, desde el jefe de la AGT hasta el legionario más moderno. Estoy convencido que en ocasiones las cosas se complicaban a cuenta de las imprevistas mutaciones de la situación y otras veces… y otras veces por cuestiones bien distintas. Vamos a dejarlo ahí, me van a perdonar pero es que todavía me cabreo cuando recuerdo la que liamos en el Alexis Ham Bridge del diablo y cuando me cabreo tiendo a ser algo borde.

Volvamos pues a la plaza en la que mi capitán me había dado las órdenes correspondientes a mi misión. No eran demasiado complicadas, tenía que ir “de maleta” a buscar refugiados croatas, a las órdenes de un comandante de Estado Mayor, situación que desde mi particular punto de vista se me antojaba muy poco deseable y para redondear mi disgusto me había soltado lo del “no te preocupes” que me sumió automáticamente en la preocupación más desoladora.

Me explicaré, lo de ir a buscar croatas a Jablanica, que quien dice Jablanica, está hablando de Celebici, Konjic, Ostrozak, Costanica etc. etc., suponía de antemano una aventura incierta. En esa zona de Bosnia estaban las cosas al rojo vivo, muchos muertos, cientos de torturados, innumerables violaciones figuraban en él debe de ambos bandos. La limpieza étnica sucesiva, conforme los vencedores de ayer tornaban en vencidos de hoy, había originado muchísimas deudas que pagar y los musulmanes de la zona, que eran los que ahora iban ganando, estaban locos por ajustar cuentas con los croatas ayudados por unidades radicales extremadamente peligrosas. A eso y por si no fuera suficiente lo anteriormente expuesto, había que añadir que la ARBIH, la Armija para entendernos, tenía poco poder en una zona en la que los jefes locales y sus ocasionales aliados hacían lo que les venía en gana.

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Escudo de la Armija

Así que lo de “no te preocupes” me sonaba más a resignado consuelo al que agarrarse que argumento a considerar seriamente. No me entiendan mal, no es que se me hubiera arrugado el ombligo, no era un problema de miedo, sobre todo porque todavía no había tenido ocasión para sentirlo. Pero cuando me mandan ir a un lugar, llámenme caprichoso si se lo parezco, pero me gusta saber a dónde voy y que es lo que me espera conforme a la información que obre en poder de mis superiores.

Puedo estar equivocado, de hecho seguramente lo esté, pero desde el principio la misión me olía a un desesperado deseo del Alto Estado Mayor de Kiseljac de meter cuchara dónde no le correspondía y apuntarse con el “rescate” de los refugiados, unos cuantos positivos. Y no es porque no me caigan bien los de Estado Mayor, siento una gran admiración intelectual por los “pitufos”, no puedo decir eso de que entre mis mejores amigos cuento con uno de ellos, sobre todo porque no es cierto, pero admiro su inteligencia, cultura y conocimientos.

Dicho esto debo hacer constar que al igual que un oso polar en el Sáhara no debe representar un peligro demasiado grande, lo mismo sucede con los del EM, que en su hábitat natural son muy buenos, pero sobre el terreno y mandando unidades me daban más miedo que un mono cabreado con un subfusil en las manos, aunque conozca excepciones brillantísimas a mi afirmación.

Desde Kiseljac nos habían mandado un comandante de EM que era el que iba a mandar y disponer y eso me ponía nervioso, añádanle lo del coronel croata y los cinco o seis HVOS conductores, que lo de ir con esa gente al cogollo de una región en el que el deporte nacional, al menos en esos momentos, era el de despenar croatas no terminaba de alegrarme el día. Romper las cadenas naturales de mando tiene un coste muy caro y es algo que no debería hacerse más que en casos extraordinarios.

Romero me había mirado preocupado en dos o tres ocasiones, comprendo que observar cómo guardaba silencio era poco tranquilizador, debo reconocer que soy del sindicato de los que no callan ni debajo del agua, por lo tanto mi mutismo le tenía que sorprender. Pero como no creo que pudiera decirme nada que me pudiera interesar, también callaba.
― Mira Miguel ahí están el comandante y los croatas que debes escoltar.

Miré a mi espalda y efectivamente habían entrado en la plaza, dos vehículos ligeros, uno blanco de UNPROFOR y el otro mimetizado que debía ser el del coronel croata, tras ellos venían cinco autobuses azules, de los que se utilizaban antes de la guerra en el transporte público interurbano y que entonces se utilizaban comúnmente para transportar tropas, refugiados o prisioneros.

Acompañé a Romero que se apresuró a acercarse a los vehículos, del de UNPROFOR se apeó un comandante con un casco azul nuevo de paquete, con lo que mis peores sospechas se confirmaban. Romero le saludó y le dio la novedad. La verdad es que el comandante no parecía muy atento a lo que le estaba largando Romero, parecía estar muy ocupado observando como el coronel croata se bajaba de su transporte.

El croata se bajó al fin, tenía aspecto de militar profesional, eso me alegraba, siempre sería mejor que fuera militar de verdad y no un arquitecto o un jefe político metido a soldado. Mientras el comandante le largaba no sé qué, ya saben que de inglés ando peor que mal, el del HVO nos estaba mirando con atención. Me dio la impresión que estaba sopesando la valía de la escolta, era normal se iba a jugar el cogote y nosotros éramos los llamados a evitar que se lo cortaran.

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Unidades musulmanes radicales

Mientras, el comandante y Romero se estaban dando la mano, cuando terminaron me acerqué y me presenté reglamentariamente. ― A la orden de usted mi comandante, teniente Rives de la compañía Austria a sus órdenes ―, me miró y en lugar de darme la mano que era lo corriente, me dejó en el primer tiempo del saludo y se acercó hasta el croata. El capitán y yo mismo nos presentamos al croata que nos correspondió en inglés.

Hay gente que sostiene que yo no trago a los de EM, pero les aseguro que no es cierto, me parecen gente muy preparada y además de ello educados, no diré amables, aunque muchos de ellos lo sean, pero todos sin excepción son educados. Bueno, ya no podía decir todos, porque el que me había tocado en suerte me había demostrado que militarmente no lo era, lo que no era bueno, pero a lo peor era que estaba muy nervioso y eso sí que resultaba preocupante.

Supongo que ustedes no saben y por eso se lo explico, que en un convoy durante su trayecto desde el inicio hasta el final, la máxima autoridad la ostenta el jefe de la escolta. Lo que resulta lógico, el que manda la escolta, independientemente de su graduación es el responsable de la seguridad de todos y por lo tanto manda y dispone en el convoy. Ustedes ya lo saben, el comandante en ese momento no lo debía saber, porque se me arrimó y dijo
― Escucha, voy a ir en cabeza y las órdenes las doy yo.

Miré a Romero, que por lo visto había tenido la mala suerte de no escuchar al comandante porque tenía un gesto imperturbable, sería eso o simplemente no quería meterse en camisas de once varas.
Visto lo que había y para que nadie pudiera entender que le estaba poniendo pegas a la misión, me cuadré y dije ― A la orden de usted mi comandante― mientras en mi fuero interno le maldecía hasta la quinta generación.

― Me tienes que dar con qué mantener el enlace contigo.
― ¿Su vehículo no monta medios de transmisión mi comandante?
― No.
― Pues le puedo dar un ANPRC 77 y con eso enlazará usted perfectamente.
Le pedí a Guerra que me mandara a alguien con el 77 que llevábamos en mi BMR.
Comprobé el dial de frecuencias ― La frecuencia que lleva es la de la sección mi comandante ¿se lo preparo?
Ni siquiera me miró ― No hace falta, dáselo a mi conductor y ya me ocuparé de ponerlo en marcha.
― A la orden mi comandante.

Le hice un gesto a Valerón que llevó el 77 con su espaldera hasta el vehículo de UN PROFOR.
Los jefazos dejaron de hablar se saludaron y como el comandante español se subió a su vehículo sin decir ni esta boca es mía le dije a Guerra que advirtiera a la sección que primero iría el Nissan del comandante, luego mi BMR, el jeep del croata, el Mercurio de transmisiones, el BMR de Arienza, los autocares y cerrando la procesión el blindado de Ávila.

Me despedí de mi capitán y monté en el blindado. El 1º Guerra que compartía conmigo muchísimas cosas, me dijo en tono amable ― El “comando” ya ha comprobado el enlace, dice que nos pongamos en marcha inmediatamente ―. Mandé de frente y salimos de la plaza lentamente, a mi espalda Ávila había bajado de su blindado y estaba organizando la columna. Al menos por ahí iba bien, mis subordinados eran gente de primera categoría.

Doblamos en la primera calle, me encomendé a San Millán Astray y comprobé el enlace radio con mi sección y el Mercurio. No lo sabía pero habíamos comenzado un auténtico viacrucis..."

Pero eso se lo cuento el domingo que viene , si les quedan ganas...


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

La liamos en el Alexis Ham Bridge (Segunda parte)

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Les presento al Alexis Ham Bridge

Puntual como el vencimiento de una letra, vuelvo hoy a la tarea de publicar en el presente blog. Ya sé que ayer hubo loo que hubo en el Senado, pero hoy es domingo y por eso no hablaremos de política. Hoy pongo a su disposición la segunda parte de "La liamos en el Alexis Ham Bridge", un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Visto lo sucedido con la perspectiva que da el tiempo, lo que nos sucedió allí aquel día resulta entretenido y en ocasiones hasta gracioso. Puedo entenderlo porque a mí me pasa lo mismo, pero lo cierto es que en vivo y en directo las pasamos canutas. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


"...Lentamente la columna salió de Mostar y tomó la carretera que nos llevaría a Jablanica, lugar en el que se suponía recogeríamos los doscientos refugiados croatas para llevarlos hasta Mostar. A la cabeza del convoy iba el Nissan del comandante de Estado Mayor que dirigía la “operación”, así al menos la llamaba él. Corrigió a través de la radio que le habíamos prestado, la velocidad del convoy que le parecía se movía demasiado lentamente y mandó acortar las distancias de seguridad entre vehículos.

No es que fuera cómodo soportar su continua utilización de la radio, hay gente que como coja un micro no puede evitar saturar las frecuencias pero tampoco valía la pena sufrir demasiado por ello. Cuando todavía no habíamos llegado a Potoci el ANPRC77 que utilizaba tan profusamente el comandante empezó a dar problemas, se le escuchaba con dificultad, tenía interferencias y se cortaba el audio muy frecuentemente. Miré a Guerra, que se encogió de hombros, no sabíamos que pasaba, pero rogué al cielo para que los fallos que se iban encadenando cada vez con más frecuencia, fuera una de esas cosas transitorias que a veces ocurren con las transmisiones y que tal como vienen, se van.

Pero no llevábamos ni nueve kilómetros recorridos cuando la frecuencia quedó muda, a menos de cincuenta metros vi cómo se encendían las luces de freno del Nissan y avisé a Morales para que estuviera atento. El vehículo se detuvo, el comandante descendió y me hizo señales con los brazos para que me detuviera, definitivamente se había quedado sin transmisiones. Maldije mi suerte, las cosas ya iban mal y ahora con lo de la maldita radio seguro que el humor de mi jefe accidental no iba a mejorar lo más mínimo.

Detuvimos el BMR y como él seguía al pie de su Nissan mirando hacia el blindado con cara de pocos amigos, decidí bajar y ver qué era lo que sucedía. Le dije al 1º Guerra que se quedara en el blindado y que me mandara a un legionario. Rápidamente me acerqué al Nissan.
― A la orden mi comandante ¿qué es lo que sucede?
― Que la radio que me has dado no funciona, me ha dado problemas desde el principio y por fin se ha parado, ni emite, ni recibe.

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Oí como el soldado que conducía el Nissan decía ― Seguro que la pila se ha agotado ―
Es lo que pasa con los soldados que tratan con los mandos - sean conductores, operadores de radio, administrativos o cualquier otra cosa que les haga convivir próximos a los jefes - al final no saben cuál es su lugar, cuando deben abrir la boca y cuando deben guardar silencio. Lo miré, tenía cara de listo. Seguro que era el más inteligente de su clase, igual era el más espabilado de su unidad y muy probablemente fuera el más listo del Nissan, pero no tenía ni puñetera idea de lo que estaba hablando.

― Mi comandante, llevaba usted una pila nueva de paquete. Ese 77 funcionaba perfectamente, vamos a ver qué es lo que le puede haber pasado.
Miré a mí derecha― Ascanio, si el conductor puede, que baje el 77 del Nissan
Lo he dicho hace un momento, tenía cara de listo y lo era, me entendió a la perfección y en unos segundos estaba pie a tierra y bajaba la emisora por la puerta del pasajero.
Comprobé la frecuencia y la conexión del microteléfono, por ahí no había problemas, pero el aparato estaba muerto, no se oía ni ruido de fondo.

Se me estaba ocurriendo una cosa, pero no me la quería creer― Mi comandante ¿Cuándo ha fallado el 77, le ha quitado usted la antena?
― No ni siquiera se la habíamos puesto, enlazaba perfectamente sin ella. Algo le ha pasado, seguramente estaba averiado.
Metí la mano en la bolsa de respeto y saqué la base de antena.
― Mi comandante, me dice usted que no le han puesto la antena y esto ― le enseñe la base ― ¿tampoco se lo han puesto?

El de Estado Mayor se estaba empezando a cabrear, supongo que pensaba que lo estaba interrogando gratuitamente y eso de que un teniente hiciera preguntas incómodas no debía venir reflejado en su particular manual. Respondió tajante.
― Ya te he dicho que no, tal como me lo diste lo puse en marcha y no he tocado nada más, empezó a dar problemas enseguida y al final se ha parado.

Respiré dos o tres veces antes de continuar, le eché una mirada mortal de necesidad a Ascanio, que en silencio se estaba gozando la charla y al que se le escapaba una sonrisita de cachondeo que no podía permitir. Cuando Ascanio volvió a poner la cara de póquer que el manual señala, debe adoptar cualquier subordinado que accidentalmente es testigo de una charla entre dos superiores, uno de los cuales se va a llevar un corte monumental, le dije a mi comandante con toda la calma que pude recabar.
― Mi comandante ha quemado usted el 77.
― ¿Qué dices?, ¡cómo va a ser eso! ― exclamó ya con mala leche declarada.

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― Mire usted mi comandante, si usted pone el 77 en marcha sin la base de antena y lo utiliza, se quema el aparato. No me pregunte cómo funciona el mecanismo, pero siempre hay que poner la base de la antena, roscarla sin forzar hasta el tope y tras ello puede usted hablar lo que quiera. Porque el extremo de la rosca hace contacto con una pieza del interior, creo que esférica, que asegura que no suceda lo que ha pasado.
Me miró con expresión de cálculo, creo que pensaba que lo estaba engañando ― Es la primera vez que escucho eso que me estás contando.

Yo estaba muy cabreado, el comandante se había cargado mi 77 al que cuidábamos con mimo exquisito porque sabíamos que si lo teníamos que utilizar, sería porque las circunstancias nos habrían obligado a echar pie a tierra y en un momento de apuro es fundamental tener enlace. Ahora le tendría que dar otro 77 y ya la sección se queda lista de papeles, sin transmisiones con un único ANPRC operativo y encima el jubiloso padre de la criatura me miraba como si le estuviera intentando colar una milonga.

Sin que pudiera remediarlo, aunque tampoco es que me empeñara demasiado en poner remedio, se me calentó la boca y le espeté ― Claro mi comandante, cuando explicaron eso en la Academia usted debía estar de cuartelero de wáteres ― me arrepentí en cuanto solté la frase. Se hizo un silencio absoluto, todos los presentes, el listillo del conductor, Ascanio, el comandante y yo mismo estábamos francamente incómodos.

Como el asunto ya no tenía solución, me dediqué a hacer lo que debía hacer. Le ordené a Ascanio que se acercara hasta el 1º Arienza y le pidiera su ANPRC77; mientras se lo decía percibí un movimiento en la carretera y cuando me volví, vi al cabo Cisneros que venía al trote con el 77 en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Me asombró la capacidad que tenían mis cabos 1º para anticiparse a mis órdenes.

Tenía que poner aquello en marcha, ya tendría tiempo después para asombrarme todo lo que quisiera. Le di a Ascanio el 77 que había cantado las diez de últimas hacía unos minutos y le ordené que se fuera al blindado y se quedara allá. Llegó Cisneros, coloqué la base de antena al 77 lo puse en marcha y comprobé su funcionamiento. El Mercurio me dijo que se me oía alto y claro, comprobé que llevaba una pila de repuesto nueva de paquete, como todas las que teníamos en la sección – algún día explicaré cómo las conseguíamos - y tal como estaba se lo di al conductor del comandante, que se apresuró a quitármelo de las manos.

El comandante me miró fijamente en silencio, pero entendí perfectamente el mensaje que me estaba mandando. Cuando esto acabe, te vas a enterar de lo que vale un peine, legionario de los cojones. Fue eso o algo así, que ya saben ustedes que con la telepatía, si no lo tienes muy entrenado, cuesta trabajo entenderse; pero palmo arriba, palmo abajo, eso es lo que pensaba el comandante. Se subió al Nissan y como yo que ya lo tenía todo perdido y me daba igual ocho que ochenta, me quedé inmóvil, mirándole esperando a que me dijera algo, que al fin y a la postre era lo menos que podía hacer. Me dijo silabeando lentamente ― Vámonos.

Nos pusimos en marcha, el 1º Guerra que sabía lo que había ocurrido porque al cabrito de Ascanio le había faltado tiempo para contar el asuntillo del cuartelero de wáteres, me miraba con su mejor cara de comprensión solidaria, sabía que me la había buscado. No iba a comentar nada con él ya habría tiempo, ahora mismo no tenía ganas de hablar con nadie. Seguimos carretera arriba sin que hubiera novedad, el 77 del 1º Arienza con la base de antena puesta funcionaba perfectamente, lo que permitía al comandante llevar un férreo control radiofónico de la columna, quizás no tan férreo porque los cinco autobuses del HVO no tenían radio y además, como buenos croatas, iban a su puto aire.

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Ya estábamos a unos diez kilómetros de Jablanica cuando llegamos el puente que permitía pasar de la ribera este a la oeste. Llegabas a la entrada del puente y hacías un giro de casi noventa grados a la izquierda, cruzabas el río, y cuando llegabas al otro lado volvías a girar a la derecha casi en ángulo recto para seguir la carretera que corría entonces entre el río al este y la vía del tren que transcurría paralela a la carretera, pero a unos siete metros de altura sobre el nivel del asfalto.

Era un lugar peligroso porque la Armija tenía en un saliente de la ribera este una serie de fortificaciones que les permitían enfilar de flanco con fuego de armas automáticas y contracarro la recta de la carretera que tenía unos seiscientos metros de largo, por otra parte en la vía del tren aprovechando la existencia de un túnel, tenían instalado un cañón antiaéreo de 20 mm que utilizaban para tiro terrestre y que tenía una enfilada perfecta sobre la maldita recta, en la que, justo a su finalización, tenían colocada la caseta del puesto de control.

Había que tener la precaución de pasar el check point de uno en uno y no entrar en el puente hasta que el vehículo precedente no hubiera cruzado completamente el control. Era el procedimiento establecido y aunque fuera lento te garantizaba no quedarte bloqueado en la recta de la carretera en una situación nada deseable, con un río a tu derecha y el talud de la montaña a tu izquierda quedabas, expuesto a fuego de enfilada y de flanco, en una situación muy vulnerable.

El comandante hizo alto ante tres armijas que se encontraban en la entrada al puente. Conversó con ellos y por radio ordenó de frente. Mis acciones estaban muy bajas, pero por radio le sugerí que me dejara pasar en primer lugar y que cuando yo hubiera superado la caseta al final del check point y sólo entonces que fueran pasando los demás de uno en uno.

Me mandó callar y ordenó de frente. Disciplinados, fuimos de frente a la emboscada más clara que jamás le han montado a nadie..."

Pero eso ya se lo cuento el próximo domingo si a ustedes les parece bien.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

La liamos en el Alexis Ham Bridge (Entrega final)

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El dichoso Alexis Ham Bridge

Vuelve a ser domingo y como es costumbre ese día no hablamos de política. Hoy pongo a su disposición la entrega final de "La liamos en el Alexis Ham Bridge", un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Llega por fin el desenlace, lo cierto es que pasamos unas horas muy duras, metidos de hoz y coz en una emboscada que nos hizo sudar tinta china. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


"...Mientras cruzaba el puente empecé a pensar en cómo iba a solucionar el problema al que estaba seguro nos íbamos a enfrentar. En primer lugar ordené ampliar la distancia de seguridad entre los vehículos, al objeto de ocupar el máximo espacio posible en aquella carretera y ofrecer un blanco más disperso. Por radio le dije a Ávila que a ser posible se quedara en la entrada del puente y que desde allí controlara la boca norte del túnel que desde esa posición podría ver perfectamente. Así, si ocurría cualquier cosa, podía hacer fuego sobre las armas instaladas en la entrada de ese túnel.

Si sucedía algo, mientras Ávila se quedaba en la carretera, los dos primeros blindados, el Mercurio y los dos coches cruzaríamos el control a la fuerza y con las ametralladoras de 12,70 mm nos encargaríamos de la gente que estaba en la ribera opuesta y el túnel situado a nuestra retaguardia, mientras que Ávila cubría el túnel que teníamos al frente y la vía férrea. Les pedí a los jefes de pelotón que localizaran blancos para las ametralladoras en las zonas que les correspondían y advertí al cabo “Metralla” que debería estar atento a la boca del túnel situada a nuestra retaguardia.

El problema estaba sobre nuestras cabezas porque en la trinchera cavada en la ladera para instalar la vía férrea había gente armada, que si se complicaban las cosas de verdad, nos iban a dar muchos problemas y solo Ávila podía hacerles algún daño. Tras hacer lo poco que se me ocurrió hacer, atendí al Nissan del comandante que se había detenido ante la caseta del control y desde el interior del vehículo éste parlamentaba con un tipo con un sombrero de paja de segador, una camisa a cuadros rojos y negros, chaleco y pantalón mimetizado, armado con el correspondiente AK.

El del sombrero se giró hacia la caseta y de ella salieron ocho o nueve individuos que rodearon al Nissan. Alcé la vista y en la trinchera del ferrocarril, una fila de armijas nos observaban desde arriba, pude ver a un par de ellos que tenían ante sí sobre el parapeto, granadas de mano. Una situación perfecta, que seguramente empeoraría.

Miré a Guerra, que ya había alertado a toda la tripulación ― Guerra controla al comandante que parece que esos hijos de puta se lo van a comer. Ordené a Morales que avanzara unos cinco metros, para dejar un espacio entre mi blindado y el jeep del coronel croata para el Nissan del comandante, que venía escopeteado marcha atrás. Su conductor era un listillo pero conducía francamente bien y sabía lo que se hacía, entró como un tiro detrás de mí BMR.

Los de la Armija parecían dispuestos a venir a por los coches y se estaban acercando, pero les dimos el alto y se detuvieron. El comandante se bajó del Nissan, se acercó al BMR y muy excitado me dijo ― Ya sabrás que el responsable… ― le interrumpí antes de que completara la frase ― Tranquilo mi comandante, ya sé que el responsable de la seguridad soy yo. ―

Los armijas que estaban en mitad de la carretera cerca de la caseta del control, discutían entre ellos muy excitados. Le pregunté al comandante que era lo que había sucedido y éste me explicó que los del check point no nos dejaban pasar y exigían que les entregáramos al coronel croata, los autobuses y a los conductores. Si no se los dábamos por las buenas, los cogerían ellos por las malas, le advirtieron que era mejor que obedeciéramos porque nos tenían rodeados y cuanto antes se los entregáramos, antes íbamos a volver a Mostar.

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Ya había tenido una bronca con el comandante y ahora me iba a tocar tener otra con el 1º Guerra
― Guerra voy a bajar a hablar con esos tíos.
― Usted está loco mi teniente, esa gente está muy cabreada y seguro que están hasta el culo de rakia o algo peor.
― Vamos a ver Guerra, yo me bajo y tú me cubres, ya lo hemos hecho otras veces, no te preocupes, algo tenemos que hacer y no se me ocurre otra cosa. Mientras los entretengo les dices a los del Mercurio que les cuenten a los jefazos lo que ocurre y ya de paso que hablen con el destacamento de Jablanica a ver qué pasa. Que eso de que estaba todo arreglado y que no teníamos más que recoger a los refugiados es que no, estos tíos dicen que nanay de la China y que de aquí no se mueve nadie sin que antes les entreguemos a los croatas que escoltamos.

Mientras hablaba con Guerra observaba a los musulmanes del control, había una mezcla no habitual de milicianos de Jablanica, que eran los que estaban a cargo del check point desde siempre y unos tipos con cintas negras en la frente y bastante mejor uniformados con unos caretos que no me gustaban un pelo, de hecho vi a dos o tres con aspecto de mujaidines que habían desaparecido de mi vista. No me apetecía nada montar el numerito de bajar a charlar con aquella pandilla de cabrones, pero tampoco podía esperar a ver qué pasaba, porque muy probablemente como les dejara tiempo y espacio para decidir, se iban a animar a venir por derecho a llevarse al coronel croata y en cuanto dieran el primer paso no iba a haber arreglo y para los que allí estábamos iba a comenzar sin remedio la III Guerra Mundial y lo que es peor en vivo y en directo.

Le pedí al cabo Metralla que me alcanzara un par de paquetes de Winston de la reserva que me guardaba religiosamente en el habitáculo del tirador de la ametralladora, me los metí en el bolsillo del pantalón, dejé el cetme sobre el banco en el interior del blindado y me dispuse a bajar. Salté al suelo con precaución porque tengo una rodilla al bies y no era cuestión de caerme como un sapo ante el selecto público que me contemplaba.

Miré hacia la escotilla y allí estaba Guerra con una sonrisa que pretendía tranquilizarme, el comandante en cuanto me vio en tierra hizo gesto de bajarse del Nissan, lo miré y se detuvo; les extrañará pero me entró la risa. No sé por qué extraña razón, pero me acordé de mi mujer que cuando me quejaba de que alguien se había molestado conmigo sin que mediara palabra alguna por mi parte, me decía “Miguel es que tú, no te ves la cara”. Pues sería eso, pero desde luego me entendió.

Me fui para los del check point que me miraban atentos y en silencio, me acerqué al que me pareció que mandaba aquello, un tío de mediana edad, barrigón con cara de buena gente que me parecía conocido, sería de pasar por el control o de Jablanica. Saludé y me contestó, lo que no era mal comienzo, una sensación rara en la nuca hizo que me girara hacia el BMR, Guerra me miraba intensamente, seguro que no le estaba dejando la línea de tiro lo bastante libre para su gusto. Bueno ya me tragaría la bronca después, saqué el paquete de tabaco y le ofrecí un cigarrillo al jefe que lo aceptó encantado y cuando amplié el gesto al resto del personal, cinco o seis se apresuraron a aceptar el tabaco.

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Llevaba en un papel el nombre del general musulmán que garantizaba el buen fin de la “operación”. Se lo enseñé y me explicaron, bueno nos es que estuviera muy seguro de lo que me decían porque me lo contaban en croata, pero me pareció que me decían que el general de la nota mandaría muchísimo en Mostar, pero en Jablanica no mandaba nada. Puse cara de comprender perfectamente la situación y unos cuantos se echaron a reír, supongo que puse una cara de primo de matrícula de honor. Le expliqué al jefe que iba a llamar por radio para explicar la falta de autoridad del Jefe del IV Cuerpo de Ejército de la Armija, que por lo que manifestaban los alegres muchachos del check point, a unos kilómetros al norte de Mostar, mandaba menos que un cabo furriel y me acerqué al BMR.
Le pregunté a Guerra que habían dicho los jefazos. ― Pues eso que le gusta tanto a usted, mi teniente, “espere”.

Renegué por lo bajini ― ¿Y los del destacamento de Jablanica?
― Pues esos peor, dicen que no saben de qué puente les estamos hablando y después de mucho discutir, han dicho que mandan a alguien desde allí que nos va a solucionar el problema. Ah mi teniente y si va a volver con esos cabrones, váyase con cuidado con el hijo de puta del sombrero de paja, que siempre se coloca a su espalda.

Reconfortado por el “espere” y la promesa de la llegada de un taumaturgo que iba a solucionarnos el follón, volví al grupito que me observaba, mientras los que estaban en la vía férrea gritaban y nos insultaban. Les expliqué que de Jablanica venía una autoridad y que esperaríamos con tranquilidad porque traía instrucciones para todos. Seguían con la murga de que les entregáramos al coronel, al que le hacían el gesto de que iban a cortarle el cuello, pero el jefe ordenó silencio.

Señaló mi pistola y me preguntó si la podía ver, miré por encima de su hombro y vi las caras expectantes de los armijas, que esperaban encantados a ver qué era lo que yo hacía. Saqué el arma de la pistolera y no quise quitarle el cargador para que vieran que no les tenía miedo, aunque pensé que igual pasaba a la historia por ser el primer gilipollas al que mataban en un check point con su propia arma.

Cuando el miliciano se hartó de darle vueltas, me propuso hacer un cambio. Su makarov, modelo yugoslavo, que para más inri tenía las cachas de la culata unidas entre sí por una cinta adhesiva azul, por mí pistola. La propuesta fue acogida con regocijo por muchos de los presentes, de lo que deduje que la tensión estaba disminuyendo y que la propuesta era una broma. Yo también me reí y le expliqué que la pistola no era mía, era del ejército español y que esos no daban ni los buenos días, así que se fuera despidiendo de ella, que tenía que volver al BMR para hablar por radio. Le dejé al jefe los dos paquetes de Winston y volví a mi blindado.

Pero cuando iba a subir al BMR surgió un problema. En la misión lo cierto es que ya la había liado casi todo el mundo. El comandante, un servidor, los del control y en el momento en que parecía que se calmaban las cosas, el coronel croata decidió echar su particular cuarto a espadas y me montó un puesto de verduras que entendí perfectamente porque el croata me lo chillaba desde su jeep en inglés y el comandante me traducía desde su Nissan. El coronel me exigía, que lo devolviera a Mostar.
Le dije al comandante que lo tranquilizara y que no lo dejara bajar bajo ningún concepto del jeep porque los de las cintas negras se lo iban a comer con papas. Y me comprometí a pedir permiso al GT para retirarnos de allí.

Subí al vehículo y por radio expliqué la situación. Los de la Armija nos exigían que les entregáramos a los croatas, amenazaban con emplear la fuerza para conseguirlo, la situación desde el punto de vista militar era muy mala y estaban volviendo a calentarse. Entretanto los croatas nos exigían que nos los lleváramos de allí y yo humildemente solicitaba instrucciones. Me contestaron para variar “espere” y eso hice, aunque algo inquieto porque los musulmanes estaban matando el tiempo con abundantes libaciones de rakia y eso me intranquilizaba bastante.

Pero cuando más negros eran mis pensamientos pude ver cómo un vehículo de Naciones Unidas llegaba al control desde Jablanica. Hizo alto y del vehículo descendió un UNMO, un observador militar de Naciones Unidas, para entendernos. Habló muy serio con los de la Armija, llevaba intérprete, así que iba a ser verdad que venía a solucionar el problema. Terminó con los del control y se vino hasta nosotros, venía el tío braceando marcial y con un sombrero negro que me recordó el que llevaba el coronel yanqui aquel que le gustaba el surf en Apocalypse Now, cuando estuvo más cerca, vi que en el chaleco antifragmentos llevaba un letrero que rezaba: “Mayor Lentini, Fuerzas Aéreas Argentinas”. Vi el cielo abierto, lo saludé en castellano y el tipo me largó un discurso en algo que me recordó lejanamente al inglés, como sea que de ahí no lo sacaba, se lo pasé al departamento del comandante de EM, que habló con él y me explicó que era neozelandés y que el antifragmentos no era suyo, por lo visto se había confundido al cogerlo, a cuenta de las prisas.

Nos explicó que ya no teníamos que recoger a nadie, porque había habido problemas con las autoridades musulmanas que no autorizaban el traslado de los refugiados croatas y que nos fuéramos de allí lo más rápido posible, porque habían llegado a un acuerdo que nos permitía abandonar la zona, pero que tuviéramos muy presente que como todos los acuerdos en Bosnia, se podía romper en cualquier momento. El coronel croata metió cuchara para acusarme de secuestro, porque decía y no le faltaba razón que si yo era su escolta y no había refugiados que recoger, lo que tenía que hacer era devolverlo sano y salvo allá donde lo había recogido.

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Les expliqué a los tres, que por mucha prisa que hubiera, yo necesitaba del permiso de mis superiores para salir de allí. El neozelandés lo entendió, pero los otros dos no estaban de acuerdo para nada, le expliqué al comandante la situación de una manera franca y constructiva. Solucionado el problema de comunicación, los dejé hablando de sus cosas y me fui al BMR para darle prisa al asunto, que allí no se nos había perdido nada y como no apretara nos iban a dar las uvas plantados ante aquel check point..

Y lo que son las cosas, cuando en teoría estaba claro que allí no teníamos nada que hacer, entraron por radio las planas mayores de la AGT Canarias y del GT Colón que se liaron a pedirme explicaciones como si nadie supiera nada del asunto y al final de mucho espere, repita, cambio, etc., hubo quien autorizó a que me retirara y quien me ordenó justamente lo contrario. Incomprensible pero fue así, por fin una hora después de la “disfunción orgánica” nos pusimos todos de acuerdo y tras despedirme cortésmente de los musulmanes, que nunca se sabe, emprendimos la vuelta a Mostar.

Llegamos a la plaza en la que se encontraba mi capitán, me bajé para dar novedades y le expliqué, muy por encima, lo sucedido, me miró y me dijo ― Quizás hubiera debido decirte que habían cambiado la guarnición del check point y que en lugar de la milicia estaban unos tíos que son unos terroristas.

Lo miré, me acordé de mi mujer y bajé la cara para que no me la viera. Del comandante no supe nada más, ni para bueno, ni para malo.

Esto es lo que sucedió en aquel puente y que no mereció ni dos líneas en el diario de operaciones de mi compañía ¿Por qué? Pues no lo sé, pero qué más da. Lo que pasó, pasó y en lugar de en dos líneas, se lo he contado a ustedes en unos cuantos folios..."


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los musulmanes de Capljina (Primera Parte)

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Vista aérea de la zona de Drácevo

Por fin llegó el domingo y como es costumbre este día no hablamos de política en el blog, así que vamos a olvidarnos de Trump y los populismos. Hoy les presento la primera parte de un relato "Los musulmanes de Capljina", que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Una guardia en la que los acontecimientos estuvieron a punto de sobrepasarnos. Una situación complicada, delicada y difícil en la que tuvimos la suerte de poder ayudar a unos pobres refugiados. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


"...Los que de ustedes me leen con cierta frecuencia, ya saben que le tengo cierta alergia a las guardias. A las que me tocó hacer en Bosnia y a todas las que he hecho en infinidad de lugares. Hay servicios que a uno se le atraviesan más de la cuenta y en mi caso particular las guardias eran mi auténtica debilidad. Unan ustedes a esa antipatía natural la cantidad de guardias que nos tocó hacer en Bosnia, unas cuarenta en seis meses, guardia arriba, guardia abajo y convendrán conmigo en que efectivamente está justificado afirmar que lo de las guardias no era plato de gusto para casi nadie, aunque ya se sabe que para gustos, colores.

Viene a cuenta el proemio, porque lo que les voy a contar sucedió un domingo que estábamos de guardia. No es que tuviera importancia lo del día festivo, durante los seis meses de misión, entramos todos o casi todos los que allí estábamos en un espacio temporal en el que no había días festivos y mucho menos eso tan británico, al menos en su origen, del fin de semana.

Todos los días eran iguales, no había diferencia entre un lunes, un jueves o un domingo. Fue algo que no había considerado a nivel consciente – que diría un moderno – aunque estuve mucho tiempo notando algo raro, sin saber qué era lo que me pasaba, hasta que un buen día descubrí que esa sensación se debía a que vivíamos en un calendario plano en el que todos los días eran iguales. Luego el tiempo, eso que todo lo cura, hizo que desapareciera el run run de marras y que viviera tranquilamente sin que me importara lo más mínimo saber en qué día de la semana estábamos.

Así que ya les digo, estábamos en Bosnia, corría el año 1993, era domingo y habíamos entrado de guardia, un panorama – se lo puedo asegurar - de lo más estimulante y alentador. El relevo se había desarrollado con normalidad y ahí estábamos, en aquel lugar, sucio - el barracón que ocupaba el cuerpo de guardia, por mucho que lo limpiaras siempre daba sensación de estarlo - polvoriento y caluroso, esperando que no sucediera nada raro y que las horas pasaran con rapidez. Dos cosas muy difíciles de conseguir, al menos en Bosnia, pero ya saben ustedes como es la vida, lo último que se pierde es la esperanza o eso al menos dicen los optimistas.

Mediada la mañana aparecieron por el cuerpo de guardia dos civiles. Uno bajito, pero bajito de verdad, para entendernos, era corto de estatura hasta para los españoles; estaría en la sesentena como poco, vestido totalmente de negro, con americana, chaleco, gorra y una camisa blanca, uniformidad que me recordó a la de los habitantes de aquel pueblo siciliano, Corleone, que nos mostró en el Padrino, el maestro Francis Ford Coppola. Parecía fatigado y llevaba un fardo de ropa colgado al hombro que lo identificaba casi al 100% como refugiado, su acompañante era más joven, vestía unos tejanos y una camisola de chándal y portaba bajo el brazo un paquete de dimensiones considerables.

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Saludó y como tenía mucho que explicar, al menos nos estaba soltando un discurso muy rápido del que no entendíamos nada de nada, llamamos a mando para que nos enviaran un intérprete. Bajó Adriana lo que me alegró, no me hubiera hecho ninguna gracia que nos hubiera tocado un traductor ultra croata que teníamos en Dracevo, sobre todo si tenía que traducir lo que nos quería decir un tipo, que tenía todos los números para ser musulmán; una clase de ciudadanos muy poco apreciada en la zona en la que estábamos y a los que se había perseguido con auténtica saña por la comarca más cercana a la población de Capljina.

Adriana lo saludó, mandé que le dieran agua porque parecía acalorado, bebió con fruición y cuando acabó, me miró y señalando con la cabeza a su acompañante movió ligeramente la botella que sostenía en su mano. Le dije que sí, que podían beber todo lo que quisieran y Adriana se encargó de hacérselo saber. Los sentamos en uno de los bancos al lado de uno de los morales que nos daban sombra, les ofrecí un cigarrillo, lo aceptaron y en cuanto empezó a echar humo, el vejete se puso a hablar con la intérprete.

Ésta lo escuchaba atentamente, por dos veces intentó meter cuchara pero el bosnio no dejaba de hablar ni para respirar. Cuando por fin acabó, Adriana me miró muy seria y me contó lo que le había explicado Amir, creo recordar que así era como se llamaba el hombrecillo vestido de negro. Éste era el jefe de un grupo de musulmanes de Tuzla, miembros de un convoy de ayuda humanitaria, conductores, ayudantes y los que se ocupaban de la carga, a los que los croatas habían detenido hacía algún tiempo acusándolos de tráfico de armas y habían dado con sus huesos en un campo de… retención que había en Capljina, sin que mediara juicio ni nada que se le pareciera. No había habido manera de que nadie les escuchara y aquella mañana, por sorpresa, los habían puesto en libertad con la intención de que las buenas gentes de la zona los mataran, al menos eso era lo que les habían dicho entre risotadas los guardianes croatas que gestionaban el campo de detención.

Le pregunté a Adriana que pensaba de la historia y la intérprete se encogió de hombros. — No sé qué decirte Rives, los detuvieron y los metieron el campo sin trámite alguno y ahora los ponen en libertad sin dinero, ni a quién acudir, resulta extraño. Si dice que los han liberado para que la gente de la zona los mate, seguramente tenga razón y los del HVO se hayan encargado de calentar los cascos a los habitantes, que tampoco necesitan que los animen demasiado para eso, en Capljina hay mucha gente que ha perdido familiares a cuenta de la guerra con los musulmanes.

Resoplé, el asunto no tenía buena pinta ―Bueno pues llamaré a mando, a ver que dicen.
Me metí en el despacho y por el genéfono llamé a la PLM para hablar con el capitán Armada, que era el que estaba de servicio. Mal asunto, porque el capitán no es que fuera mala gente, que no lo era, pero desde que le eché la vista encima pensé que le faltaba veteranía como para llevar la S-2 del GT. Colón, para más INRI el asunto del que tenía que hablar con él, me parecía complicado y necesitaba de más mano izquierda de la que tenía Armada.

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Se puso y me escuchó en silencio, cuando acabé me dijo ― No es asunto nuestro, es un asunto de ACNUR y no de UNPROFOR, nosotros nada podemos hacer y nada, repito Rives, nada, debemos hacer
Intenté decirle algo, pero no me dejó. ― Rives esto es lo que hay, no tenemos nada que hacer y desde arriba ya se nos ha advertido para que no nos metamos en berenjenales que no nos corresponden, los refugiados no son cosa de UNPROFOR.

Me extrañó que no consultara siquiera con el teniente coronel; aunque los refugiados fueran cuestión de ACNUR, estaba seguro que algo se podía hacer, pero no me dejó ni hablar. Lo cierto es que se cerró en banda ante cualquier posibilidad de procurar algo de ayuda para los musulmanes. Salí y le expliqué a Adriana lo que había para que se lo dijera a los dos musulmanes que esperaban allí, preocupados, pero con mejor cara que cuando llegaron.

Cuando terminó de hablar con ellos se despidió de mí, tenía que subir a Mando. ― Adriana, hazme un favor, mira a ver si consigues una dirección o un número de teléfono para dárselo a esta gente, porque a ver que van a hacer si no saben siquiera dónde acudir en demanda de auxilio. Adriana sonrió y me aseguró que me llamaría. Cuando iba a irse, le detuvo la voz del centinela que llamaba al cabo de guardia.

Miré, en un campo que había al lado del barracón, separado por una pista que rodeaba la construcción por su fachada delantera, estaban dos croatas de paisano que nos estaban gritando. Mal negocio, porque los dos cabrones iban armados, uno, al que conocía porque era el marido de la señora que me lavaba la ropa y que vivía a cincuenta metros de la entrada al campamento llevaba su kalashnikov y el otro berzas llevaba una escopeta repetidora de 12 mm y a falta de una canana, llevaba dos bandoleras de munición, me dio la impresión que los dos llevaban la bodega bastante cargada de rakia.

Le pregunté a Adriana qué es lo que decían y me contestó que estaban insultando a los dos musulmanes y que decían que no querían gente así cerca de sus casas, que los echáramos de allí inmediatamente, que ellos se ocuparían de esa gentuza. Le pedí a Adriana que les dijera que se retiraran de allí, que no quería gente armada cerca del cuerpo de guardia. Se fueron amenazando que irían a quejarse a Capljina.

Llamé a Ávila, para que pusiera a dos legionarios justo a la entrada de la pista, tenían que impedir que pasara gente armada en dirección al cuerpo de guardia. En cuanto montamos ese puesto, advertí al Sgto 1º para que en cuanto llegaran los vehículos que traían la comida que se cocinaba en Metkovic, mandara a la guardia a comer. Tenía el presentimiento que se iba a liar el negocio y mejor afrontarlo con la barriga llena.

― Por cierto Ávila, que los legías traigan del comedor lo que pillen para que estos dos coman algo y mientras tanto que se pongan al otro lado de la pista y así –técnicamente – no estarán en el cuerpo de guardia.

Así se hizo, los legionarios comieron a toda prisa y bajaron con pan, fruta, dos botellas grandes de Pepsi Cola y unos dulces, con eso y las latas de las raciones de previsión que sacaron de sus reservas particulares los legionarios de mi BMR, que estaba plantado justo al lado del barracón, nuestros dos “invitados” comieron y sacaron la tripa de mal año. Para rematar, Morales, que era más malo que la carne de pescuezo como conductor, pero muy buen tío, les acercó café y unos cigarrillos.

Adriana no me había dicho nada todavía y pensé en pasarme por el puesto de mando, aprovechando que iba a subir a comer. Le advertí a Ávila que se quedaba a cargo de la guardia y me dirigí hacia el barracón de mando. No había nadie, solamente un escribiente que no supo decirme dónde estaba la intérprete, me acerqué a la tienda comedor y comí rápidamente mientras me entretenía en espantar a las avispas que acudían en masa para beber de los vasos de Pepsi Cola y que eran una auténtica plaga. Terminé de comer, tampoco es que hubiera demasiado y volví al cuerpo de guardia, cuando pasé frente al barracón de mando, salía el legionario con el que antes había hablado, me miró y me hizo un gesto negativo con la cabeza.

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Sin embargo en las cercanías del cuerpo de guardia sí había habido novedades, de nuestros dos invitados sólo quedaba el más viejo, el otro se había ido, pero había dejado su fardo allí, al lado de su compañero, por lo tanto seguro que iba a volver. No estaba tranquilo, pensaba que estábamos pasando por un tiempo muerto, pero que en cuanto algo se moviera lo más mínimo, en uno u otro sentido, íbamos a tener asuntos complicados que resolver, a sabiendas de que el capitán de servicio me había ordenado que pasara del asunto.

Estaba sentado en el cuarto del oficial de guardia, cuando se asomó el Cabo Dobao a la puerta. ― Con su permiso mi teniente, dice el sargento 1º Ávila que haga el favor de salir.
Me levanté con el convencimiento que lo que se me invitaba a contemplar no me iba a gustar ni mijita. Salí y en el lugar en el que al entrar había dejado al musulmán vestido de negro más solo que la una, pude ver que había más de dos docenas de lo que parecían refugiados. Todos estaban en el campo que estaba al costado del cuerpo de guardia y por tanto fuera de los límites del campamento, aunque eso iba a resultar una excusa muy débil si al final las cosas se liaban. Vi con preocupación cómo los legías les habían dado agua y unas latas para que comieran. Como al capitán Armada se le ocurriera darse una vuelta por la guardia, se iba a liar la de Dios es Cristo.

Oí como llamaban al oficial de guardia, corrí hasta poder ver la pista que bajaba al cruce y a la altura de mis dos legionarios estaba detenida una camioneta de esas que tienen cabina y una caja para carga, en la que viajaba un “selecto” grupo de milicianos croatas, armados hasta los dientes, como era costumbre. Oí unos pasos a mi espalda, era el cabo 1º Guerra que con dos legionarios más venían a la carrera cetme en mano. Agradecí el detalle, sabía que los croatas no iban a comprender lo que les dijera en español, pero les iba a quedar más que clara, cristalina, mi intención en cuanto les hablara apoyado por la presencia de cinco legionarios armados.

Le exigí que se marcharan, me insultaron y me advirtieron o eso entendí que se iban para Capljina a hablar con el comandante Obradovic, dieron marcha atrás y un poco más abajo giraron y se perdieron en dirección a donde quiera que el diablo llevara sus pasos. Ahora me tocaba bailar con la más fea, tenía que darle la novedad al capitán Armada y ahí no me iba a valer el apoyo moral del 1º Guerra. En cuanto le nombrara a Obradovic que era la máxima autoridad militar croata en la zona y un borde de cuidado, me iba a montar la mundial.

Di media vuelta y pausadamente me dirigí al cuerpo de guardia, mientras caminaba iba pensando en cómo enfocaría el asunto..."


Pero eso se lo cuento el próximo domingo…. Si ustedes quieren.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los musulmanes de Capljina (Segunda parte)

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Por fin hoy es domingo y como es costumbre en este blog, los domingos no hablamos de política, una medida de higiene moral. Hoy les ofrezco la segunda parte de un relato "Los musulmanes de Capljina", que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Estábamos de guardia en Drácevo y se nos complicaron muchísimo las cosas. Entre 80 refugiados musulmanes, el HVO que los quería muertos, las cosas de la política oficial de UNPROFOR que a veces tendían a ponerse de perfil, lo cierto es que se nos amontonó el trabajo. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


“…Tenía que ir a dar la novedad, el incidente con el grupo de croatas armados iba a traer cola y cuanto antes lo supiera el capitán de servicio mejor iba a ser. Pero antes de hacerlo y mantener la correspondiente charla con Armada, debía reflexionar sobre cómo iba a organizarme para dar una explicación convincente. Sabía que en cuanto nombrara a Obradovic las cosas se iban a poner tiesas y lo comprendía. El croata era un tipo de los duros que se ponía siempre a las malas; si utilizando ese procedimiento las cosas le habían ido bien, difícilmente iba a cambiar de palo.

Pero yo creía tener bazas a mi favor y no las iba a desaprovechar, cosa distinta era si me iban a dejar hablar, que a lo peor me tapaban la boca. Estaba de acuerdo en que las cuestiones de los refugiados eran cosa de ACNUR, pero esa gente “vivía” en Metkovic apenas a seis kilómetros de Dracevo, así que todo lo que había que hacer era una llamada telefónica desde Dracevo o Medjugorje y en menos de una hora podían estar en el destacamento con sus vehículos para recoger a los refugiados y problema solucionado, así de fácil.

Nada podrían decir los croatas; bastaba recordarles que si el grupo de musulmanes deambulaba por la zona era porque ellos mismos los habían puesto en libertad, cuando lo más sencillo y lo más lógico hubiese sido que por la mañana se los hubieran entregado a ACNUR. Incluso se les podría recordar que cuando sus refugiados habían necesitado ayuda, a los de la AGT Canarias nos había faltado tiempo para ir a prestársela y nos habíamos comido los marrones que nos tocaron, con la sonrisa en la boca. Resultaba curioso que cuando los perdedores eran musulmanes no era cosa nuestra ayudarles, pero si las víctimas eran croatas nos faltaba el tiempo para acudir en su ayuda y eso no lo podía apuntar en el debe de los croatas.

Me animé un poco, creía que tenía argumentos para convencer al capitán, tampoco era tan complicado. Por una cuestión de pura humanidad podíamos echarles oficiosamente una mano a aquella gente sin que oficialmente los acogiéramos bajo la protección de la bandera de la ONU y tenerlos seguros y tranquilos al lado del cuerpo de guardia hasta que llegaran los de ACNUR a recogerlos.

Como les digo me iba animando, pero qué cierto es eso de que la alegría dura poco en casa del pobre, a mi espalda escuché como el centinela llamaba al cabo de guardia y al mirar hacia la entrada pude ver a dos nutridos grupos de refugiados que venían a sumarse a los más de veinticinco que teníamos ya. Por la mañana no se me había ocurrido preguntar cuántos eran los del grupo de Tuzla a los que habían liberado. Me acerqué a su jefe y como pude - koliko ste, - le pregunté cuántos eran, sorprendentemente el musulmán me comprendió, era yo el que no entendía lo que me contestaba, así que me lo escribió con un dedo en la tierra de la pista, ochenta, nada más y nada menos. Al capitán Armada le iban a tener que hacer el boca a boca y a mí me iban a encender el pelo con la bronca que me iba a llevar. Te pongas como te pongas ochenta musulmanes, son muchos musulmanes, a no ser que se encuentre uno en la Meca.

Cómo tampoco podía hacer otra cosa y encima vi llegar a un tercer grupo más reducido pero en el que venía una mujer, antes de seguir contemplando como aumentaba el grupo y con el grupo mis problemas, decidí ponerme a trabajar y si de trabajar se trataba, en primer lugar tenía que dar las novedades correspondientes por muy pocas ganas que tuviera de hacerlo. Que al fin y a la postre la conseja esa que reza que al mal paso hay que darle prisa, no es que ofrezca solución a nada o casi nada, pero ciertamente el trago amargo, cuanto antes te lo tragues, mejor.

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Llamé a mando y le di la novedad a Armada. Cuando le dije que seguramente Obradovic debía estarse enterando en ese mismo momento, si no lo sabía ya, del follón que teníamos armado con los musulmanes y del incidente con los croatas de la furgoneta, se puso serio, era normal, tratar con el comandante croata era muy jodido y comprendía perfectamente al capitán. Como ya había cogido carrerilla, pensé que de mojados al río y le comuniqué que el grupo de los musulmanes sumaba unos ochenta y que se estaban concentrando en las cercanías del cuerpo de guardia.

Oí por el genéfono la aspiración que hizo el capitán Armada, le oí renegar por lo bajini y me dijo.
― Rives echa a esa gente de ahí.
Bueno ya estaba organizada la fiesta. Ahora me tocaba reconducir el asunto.
― No puedo echarlos de donde están, mi capitán, porque de acuerdo con sus instrucciones están fuera del recinto del destacamento y por lo tanto no tengo autoridad para decirles que se vayan y mucho menos para echarlos.
― ¿Dónde están exactamente los musulmanes, Rives?
― Al otro lado de la pista que pasa por debajo del barracón del cuerpo de guardia.

Permaneció en silencio, aproveché la oportunidad y le comenté lo de la responsabilidad que tenían las autoridades croatas al poner en libertad a los musulmanes, cuando los podían haber entregado a ACNUR, vamos que le solté el rollo completo y ya para finalizar le pregunté si habían llamado a agencia de los refugiados, la contestación me puso a cien por hora.

― Coño Rives, no sé por quién me tomas, fue lo primero que hice esta mañana en cuando empezó el jaleo, pero los responsables de ACNUR - los únicos que pueden tomar una decisión al respecto - están pasando el domingo en un yate que han alquilado y están navegando por el Adriático, se escudan en qué es domingo y que por eso no los tienen localizados.

― En primer lugar, eso de que no los tienen localizados es mentira, ya verá usted mi capitán que va a ser domingo y no estarán localizables, hasta que se líe el jaleo. En cuanto el follón se ponga en marcha y Dios no lo quiera, haya muertos o heridos va a dejar de ser domingo en el acto y verá que pronto los localizan. Qué domingo es para todo el mundo, hasta para los musulmanes y aquí estamos usted y yo viendo de arreglar este asunto.

Armada me cortó el rollo ― Rives tú a lo tuyo y deja que en mando resolvamos los problemas que son de nuestra responsabilidad. Dices que no puedes echar a los musulmanes porque éstos no están en terrenos del destacamento y por lo tanto no están bajo la protección de UNPROFOR y tienes razón, pero de la misma manera te abstendrás de intervenir si llegan los croatas y se lían con ellos. Ya lo sabes, no es asunto nuestro.

― Mi capitán es que el asunto no es tan sencillo, imagínese que se lían a tiros con esa pobre gente.
― Rives no exageres, no hay porqué ponerse en lo peor, no van a liarse a tiros. Pero que te quede claro una cosa, te ordeno que suceda lo que suceda, mires para otro lado.
Me subió un escalofrío por la espalda, le dije que a la orden y empecé a preocuparme de verdad.

Salí a la puerta del cuerpo de guardia, había comenzado a lloviznar aunque muy levemente, mi amigo Morales, Ascanio y un par de legías más, con alma de Teresa de Calcuta, estaban desplegando la lona del BMR para evitar que se mojaran. Iba a decir que la quitaran, pero me encogí de hombros, si se liaba, lo de haberle puesto un toldo a los refugiados iba a ser el menor de mis problemas.

Mientras le daba vueltas a la cabeza, vi bajar a Adriana, la intérprete, que supongo venía a charlar con los musulmanes y de paso a contarlos; según mis cuentas teníamos ya sesenta y cuatro. Adriana habló con ellos y tras la charla se acercó a mí. ― Vete con cuidado porque las órdenes son de Medjugorje, dicen que no tenemos nada que ver con esa pobre gente y su seguridad, así que no creas que la culpa es de Armada, que está muy fastidiado, el teniente coronel ha hablado con el coronel y le ha pedido que haga lo imposible para que ACNUR se presente lo más rápidamente posible y el Coronel Morales se ha comprometido a ello, pero ha insistido en que bajo ningún concepto les demos acogida, la orden de no acogerlos debe venir de más arriba.

Bueno, pues ya estaba planteado el problema, esperaba tener todos los datos que conformaban la ecuación, si me equivocaba se iba a liar la de san Quintín, pero en esta vida las cosas vienen como vienen y a veces uno tiene que hacer lo que cree que debe hacer. Tenía un as en la manga, el de espadas, ya que éramos legionarios y muy probablemente esa carta me iba a permitir salir con bien del asunto, aunque éste se complicara.

Me planteé qué es lo que decidiría hacer Obradovic e independientemente que debía estar dando la murga hasta en Kiseljac, estaba convencido que nos iba a mandar el HVO, al ejército regular croata. Hasta ese momento nos habíamos visto las caras con unos cuantos civiles, unos armados, otros sin armas a la vista, que se habían limitado a insultar y amenazar. Después tocó lo del grupo de milicianos croatas, gente mayor que seguramente pertenecían a unidades de la defensa territorial, eran del tipo que nos encontrábamos en los check points y aunque tenían el gatillo fácil y más si estaban hasta arriba de rakia, militarmente hablando no me preocupaban lo más mínimo.

Ahora el comandante Obradovic, movería ficha y conociéndole, no se iba a limitar a quejarse por el teléfono, nos mandaría dos o tres vehículos con gente del HVO, tampoco demasiada gente, porque una cosa es gallear y otra muy distinta forzar la mano y que se líe una buena en un campamento de UNPROFOR. No es lo mismo ponerte borde en un check point, que montarla en un cuerpo de guardia de las fuerzas de la ONU y que el asunto termine en los foros internacionales.

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Así que estaba convencido que nos mandaría al HVO y yo debía preparar mi jugada, siempre se me ha dado muy mal mirar para otro lado, tal y como me había ordenado Armada y no había ido hasta Bosnia para aprender a hacerlo. Los del HVO se iban a encontrar con la horma de su zapato y después ya veríamos, que las cosas se pueden planear antes de que sucedan, pero una vez se ponen en marcha, nadie sabe cómo acaban.

Mandé llamar a los jefes de pelotón, les iba a explicar lo que íbamos a hacer y después de hacerlo ya veríamos lo que sucedía. Francamente les iba a pedir mucho, porque lo del as en la manga no se lo iba a contar. Entraron tras pedir permiso y los miré a la cara, me sentí reconfortado, con esa gente se podía ir hasta el fin del mundo, estaba seguro que no iban a fallar.
― Vamos a ver, estoy seguro que el HVO va a venir a visitarnos y vamos a prepararles una buena bienvenida ― dije.”

Lo del HVO y su visita se lo cuento a ustedes el próximo domingo


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Los musulmanes de Capljina (Entrega final)

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Una vista actual de Capljina

Por fin llegó el domingo y como es costumbre en este blog, este día no hablamos de política, una medida de higiene moral que creo que hay que mantener, así que dejaremos la muerte de Fidel Castro para otro oportunidad. Hoy les ofrezco el final del relato "Los musulmanes de Capljina", que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Estábamos de guardia en Drácevo y se nos había amontonado el trabajo, había llegado el HVO con la intención de hacerse con los refugiados musulmanes, desplegué la guardia y los amenacé con disparar y… Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.

"... Les expliqué a los jefes de pelotón la idea que tenía. Estaba convencido de que el HVO nos iba a hacer una visita, suponía que la intención que les animaría sería la de asustar a los musulmanes, probablemente los amenazarían para que abandonaran la zona e incluso llegarían a emplear algo de violencia para que los refugiados intentaran escapar en varias direcciones, así conseguirían que el grupo se fraccionara lo que haría más fácil su misión.

Por lo tanto nosotros íbamos a intentar que eso no sucediera, los musulmanes deberían permanecer donde estaban, pegados a la pista, con el BMR a su espalda, juntos y a ser posible en silencio. Tendríamos que explicarles que no podían intentar huir hacia el interior del destacamento, porque eso iba a representar su ruina segura. Si entraban en el campamento no podríamos defenderlos. Pero debían sentirse protegidos y eso es lo que íbamos a hacer.

Lo más probable es que el HVO entrara por la pista y para evitar meterse en nuestra zona, atravesaran el descampado en dirección a los musulmanes. No estarían en terreno del GT Colón y por lo tanto no podríamos intervenir. Lo más peligroso sería si entraban por la pista que venía de las casas croatas al oeste del barracón, porque no los íbamos a ver hasta el último momento y deberíamos reaccionar con rapidez.

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En primer lugar, el puesto que habíamos montado por la mañana, lo íbamos a retrasar hasta la mismísima entrada del barracón. De producirse la visita croata, los dos legías del puesto de centinela más dos legionarios de la guardia, al mando del 1º Arienza, se colocarían en la esquina trasera del barracón y desde allí cubrirían la pista y a los del HVO que intentaran cruzar el descampado, tendrían la ventaja de estar a cubierto y coger de flanco a los croatas. Ávila y tres legionarios se colocarían al lado del BMR y cubrirían la pista que venía del oeste a la vez que controlaban el descampado y ya para finalizar el Cabo 1º Guerra, un legionario y yo nos pondríamos ante la fachada lateral y desde allí intentaríamos que el mando del HVO se acercara para hablar.

Vi cómo se removían en sus asientos, supongo que analizaban el despliegue que les acababa de describir, les expliqué que lo que íbamos a hacer era simplemente una exhibición, íbamos a farolear un poco, porque estaba convencido que el HVO iba a hacer lo mismo, así que recomendaba absoluta prudencia y toda la serenidad del mundo. Me resultaba muy difícil de creer que un grupo del ejército regular croata se liara a tiros con la guardia, así que si ellos iban de farol nosotros íbamos a subir la apuesta y a ver si los jáveos tenían lo que hay que tener para aguantar el envite y ver nuestras cartas.

Ávila me dijo algo que era lógico, el problema no lo íbamos a tener con los croatas, que también, pero la que nos iban a montar nuestros jefes en cuanto nos enfrentáramos con el HVO iba a ser de alivio. Les expliqué que por eso no debían preocuparse, yo les estaba ordenando lo que debían hacer y en mis órdenes no había nada de ilegal, por lo tanto debían cumplirlas.

― Además ― les dije ― creo que me conocéis, quizás no tan bien como me conoce el sargento 1º, pero si sucede algo, no debéis preocuparos yo asumiré la responsabilidad y Ávila sabe que lo que digo es cierto al 100%. Si hay jaleo, cargaré con lo que me toque porque para eso soy el responsable de esta sección, es lo que tiene mandar, cuando va bien, estupendo y cuando va mal, pues te comes el marrón y todos tan amigos.

Los miré mientras encendía un cigarrillo ― Preparar los grupos, que todo el mundo sepa con quién va y dónde se tiene que colocar exactamente, preparar a la gente como si estuviéramos convencidos que vamos a abrir fuego y si hay relevo de centinelas, los salientes deben saber exactamente lo mismo que sus compañeros. Hacerlo prudentemente y sin demasiadas exhibiciones, si nos están observando no quiero que se den cuenta de lo que preparamos.

― Guerra el puesto que está en el cruce de pistas, que suba hasta aquí, ahora mismo. Ávila el relevo, cuando toque hacerlo, que sea escalonado y que los centinelas salientes se incorporen a la guardia a paso ligero, no vaya a liarla el diablo y nos pillen con media guardia dando tumbos por el campamento
.
Me levanté ― ¿Estamos de acuerdo? Me contestaron que no había problemas y cada uno salió a lo suyo. Me acerqué hasta el jefe de los musulmanes para explicarles lo que podía suceder, le brillaron los ojos cuando le expliqué que si el HVO venía, desplegaría la guardia y sonrió ― Nema problema ― me dijo, bueno eso y algo más, pero lo único que entendí es lo del nema problema (no hay problema) de las narices.

Ahora tenía que preparar la charla que iba a tener con toda seguridad con el que mandara el grupo del HVO, suponía que hablaría inglés, yo no lo hablaba, pero aunque se lo dijera como hablan los indios de las películas yanquis me iba a entender, de eso sí estaba seguro.

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Faltaba poco para oscurecer cuando puntuales como las malas noticias, llegaron los del HVO. Sabía que iban a venir, pero no pude evitar que se me encogiera el estómago. El aviso del centinela me sacó del despacho, cogí mi cetme, porque me iba a hacer falta y me asomé. Ávila con la barbilla me señaló hacia la pista que subía desde el cruce. Tres vehículos militares se habían detenido y una docena de javeos desplegaban en la carretera, por lo que parecía iban a cruzar en diagonal el descampado, les dejé avanzar unos metros y di la orden para que la guardia desplegara.

Lo hicimos perfectamente, no se oyó más voz que la mía - aunque a mi espalda pude escuchar los excitados murmullos de los musulmanes - y en unos segundos teníamos cubiertos aquella gente, los jáveos lo vieron con claridad; entonces, lentamente, con Guerra y Ascanio – mi tirador selecto – a la espalda, me acerqué al borde de la pista y levanté una mano mientras les ordenaba que hicieran alto, bueno yo me limité a gritar “stani” que me habían dicho en Almería que significaba alto o deténgase. Debía ser cierto porque hicieron alto mientras me observaban. Puestos a farolear coloqué un cargador en el cetme y metí un cartucho en la recámara, que como declaración de intenciones vale mucho más que cualquier discurso.

El oficial que mandaba la docena de soldados, levantó la mano para ordenar alto, algo tarde porque todo el mundo, él incluido estaban detenidos y avanzó en mi dirección, llegó al borde de la pista e intentó pisarla, le coloqué la bocacha del cetme en el pecho y suavemente le repetí lo de stani, mientras lo empujaba levemente hacia atrás. Cuando le vi la cara al oficial croata, maldije mi suerte o era de una camada de trillizos o cada vez que tenía un jaleo con los croatas en la zona de Capljina me topaba con él.

Sonrió despectivamente y me preguntó en plan provocador si tenía miedo, le dije que no y puestos a provocar escupí en el suelo muy cerca de él, me miró con cara de cabreo y señaló la guardia, en un inglés que a mí me pareció fluido, me dijo que si no tenía miedo a qué venia lo de la gente que los encañonaba, le contesté que no era por miedo, pero que no podía permitir que gente armada rondara por el cuerpo de guardia. Que mandara a su gente a la pista y que muy gustosamente le dejaría entrar y llamaría al teniente coronel para que hablaran.

Abrió la boca para contestarme, le volví a empujar con la bocacha y en plan película yanqui le dije eso de now, debo reconocer que me encantó. Enrojeció de ira, me miró, dio media vuelta, se acercó hasta su gente, me preparé para lo peor porque iba muy cabreado, pero vi como arriaban velas y se agrupaban en la pista. El tipo dejó su fusil y vino hacia mí, ahora empezaba lo peligroso de verdad, el oficial, un capitán HVO, tenía que estar a mil por hora y se la iba a organizar a su interlocutor y el teniente coronel cuando se enterara del jaleo se iba a subir por las paredes. Dejé al jáveo en la puerta del barracón en la buena compañía de Guerra que lo miraba, como no me gustaría que nadie me mirara.

Llamé a mando y como era lógico se armó la mundial. Salí del cuerpo de guardia para esperar al teniente coronel, que bajaba por la cuesta a grandes pasos seguido con dificultad por Armada y la intérprete. Cuando llegó, fui a darle la novedad y no me dejó ni abrir la boca
― ¿Tú no sabes cumplir las órdenes?
Jugué obligado ― Sí mi teniente coronel.
― No ― me contestó ― no cumples las órdenes, ni por lo visto, sabes tus obligaciones.
Y ahí saqué mi as de la manga. ― Mi teniente coronel, precisamente por conocerlas estoy cumpliendo la que me ordena evitar pendencias y desórdenes en los alrededores de mi cuerpo de guardia, eso es lo que le he explicado al oficial del HVO.

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Marcili me miró, respiró profundamente dos o tres veces― Y ese toldo ¿qué hace ahí.
Se refería al toldo que mis legionarios les habían puesto a los musulmanes. ― Qué lo quiten de inmediato.
Me miró y entendí que había jugado bien la carta que me había guardado en la manga, le estaba dando un argumento que justificaba mi actuación. Ahora sabía que a pesar de que a Marcili le gustaban más los hechos que las palabras, la negociación sobre los musulmanes iba a estar en buenas manos.

Le dijo a la intérprete que comunicara al oficial del HVO, que iban a venir representantes de ACNUR, el alcalde de Capljina, Cruz Roja y gente de la comandancia y que cuando llegaran negociarían la salida al problema creado. Que esperaba que retirara a su gente y si él se quería quedar, que no había problema, que se podía quedar en el cuerpo de guardia y así podría controlar a los musulmanes. Esperó a que Adriana terminara de traducir y le pidió que le dijera a la señora, se refería a la refugiada musulmana que estaba con el grupo, que se sentara en el banco, que esperaba que el oficial croata no tuviera inconveniente.

Y así quedó la cosa, yo en el cuerpo de guardia con el oficial del HVO y los musulmanes y el teniente coronel volvió a su puesto de mando a esperar a los domingueros de ACNUR. No sabía lo que había pasado, pero bastó el enfrentamiento verbal con el HVO para que saltara un resorte y todo se pusiera en marcha.
El 1º Guerra me miraba pensativo. ― ¿Usted cree que se salva de ésta mi teniente?
― Pues no lo sé, Guerra, pero lo importante es que esto se ha puesto en marcha.

Y así fue, sobre las nueve de la noche comenzaron a llegar los representantes de las agencias de refugiados, Cruz Roja, el alcalde de Capljina y unos cuantos más que no recuerdo bien. Por parte de UNPROFOR el teniente coronel Alonso Marcili, la traductora y creo que uno de los dos comandantes, aunque no lo puedo jurar porque no me acuerdo, la reunión se llevó a cabo en el barracón y mientras duró tuvimos que permanecer en el exterior del mismo.

Por lo que me pude enterar a posteriori, la discusión fue muy fuerte pero Alonso Marcili se mantuvo en su sitio y obligó a claudicar a los croatas. Se hicieron las listas correspondientes, se redactó un texto que firmaron todas las partes, incluidos los musulmanes representados por su jefe y sobre las dos de la mañana, terminado todo, llegaron los camiones que iban a transportar a los musulmanes. Me crucé con mi amigo el jefe de los refugiados, cuando salía del barracón me dio las gracias a través de Adriana, le dije que agradeciera la gestión al teniente coronel y él me dijo que sí, pero que muchas gracias a mí.

Salieron todos y nos sólo quedábamos en el en el barracón los de “casa”. Marcili dijo vámonos y me apresuré mandar firmes — Ordena alguna cosa para la guardia mi teniente coronel.
El teniente coronel, dio media vuelta y se acercó a mí y por bajini para que nadie más que yo pudiera escuchar, me dijo ― Que no me montes más líos, virulo, que son las dos de la mañana y quisiera dormir.

― A la orden de usted mi teniente coronel, si me había llamado virulo, que era como llamaba coloquialmente a su gente más próxima, es que la cosa iba bien ― Me miró de soslayo, meneó la cabeza y siguió su camino. Pude ver en su cara que estaba muy satisfecho tras haber conseguido la libertad de los musulmanes.

Se acercaron los jefes de pelotón que habían estado magníficos. Avila me miró ― Joder mi teniente, ya se lo he dicho más de una vez, tiene usted boca de cabra, como diga usted una cosa, se cumple. Guerra echó su particular cuarto de espadas al análisis caracterológico, que me estaban haciendo mis subordinados, ― boca de cabra no sé, pero tiene una chorra que no es normal. Anda que la que ha liado y al final se le ocurre lo de los desórdenes en el cuerpo de guardia y se libra.

Los miré y me eché a reír ― Al saber le llaman suerte― Me gané un abucheo entre cariñoso y semi respetuoso. ― Bueno esto se acabó, los que puedan hacerlo que se vayan a dormir, vamos a ver si acabamos la guardia como Dios manda"

Coda: Y acabó como Dios manda, pero al cabo de bastante tiempo. En Jablanica me topé con uno de los musulmanes que me confirmó que todos los refugiados habían llegado bien a zona segura. Ahí acabó en realidad aquella puñetera guardia.


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Lo mejor es enemigo de lo bueno (Primera parte)

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Si las cuentas no me fallan hoy es domingo y como ya saben los habituales lectores de este blog, en domingo no hablamos de política; una medida de higiene moral que creo que hay que mantener, así que dejaremos los asuntos políticos para el lunes, día en la que ya comprobaremos como van las cosas en ese registro. Hoy les ofrezco la primera parte del relato "Lo mejor es enemigo de lo bueno” que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Los hechos que se relatan transcurrieron en la vieja ciudad de Mostar, advierto a los lectores que el presente relato es triste. Les cuento en él unos hechos que todavía cuando los recuerdo se me hace un nudo en el estómago. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.


"Lo mejor es enemigo de lo bueno. Esta es una frase de las que yo creía resultaban muy sencillas de comprender, pero mi experiencia me dice lo contrario. En ocasiones, al utilizarla, he visto en quién me escuchaba esa cara de póquer que se nos pone a todos, cuando no entendemos algo de lo que nos dice nuestro interlocutor y por la razón que sea no pedimos que nos aclare lo que no hemos comprendido.

Como les digo la frase en cuestión me ha parecido siempre de una claridad meridiana, pero será porque me hago viejo o vaya uno a saber cuál pueda ser el motivo, empiezo a pensar que igual no está tan claro el concepto que expresa. Voltaire que era un poco puñetero y además francés decía que “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”, que viene a ser lo mismo, pero más cargado de bombo y que tampoco es que aclare demasiado ni el contenido ni la intención que se supone expresa la dichosa sentencia que nos ocupa.

Hay quien sostiene que la frase supone la consagración de la mediocridad y otros, entre los que me cuento, entendemos que quién la dijo por vez primera, lo que pretendía expresar era que cuando las cosas funcionan razonablemente bien, más vale no complicarse la vida. Cuando alguien está en la arena toreando un miura y el toro toma el engaño con una suavidad sorprendente mientras la plaza se cae de aplausos, si el torero llevado por el entusiasmo decide adornar la faena con alguna fantasía, el interesado no lo sabe, pero tiene muchísimas más posibilidades de terminar en la enfermería que de cortar las dos orejas al morlaco.

Me van a perdonar el proemio pero es que hoy quiero contarles un suceso que me tocó vivir en aquella Bosnia de 1993 y al que le es de aplicación la frase que da título al presente relato, un suceso triste y doloroso en el que ya les aviso, no ganan los buenos. Porque en Bosnia unas veces nos fue bien, otras regular y en más ocasiones de la que a uno le gustaría reconocer, decididamente mal y por eso lo cuento, no quisiera que de la lectura de estos relatos sacaran ustedes una visión equivocada de cómo nos fueron las cosas por allí.

Lo de que no siempre ganan los buenos, no tiene nada de extraño si consideramos que la sabiduría popular española nos lo ha advertido desde siempre diciendo aquello de: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos” y si eso pasó en Guadalete allá por el 711, desgraciadamente seguía pasando en la Bosnia de 1993, sin que la referencia que contiene el dicho a los sarracenos, tenga nada que ver con los musulmanes de Bosnia, que allí había malos de todas las creencias. Quede claro, no sea que nos metamos en veredas que nada tienen que ver con lo que allí realmente sucedía y la vayamos a liar.

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Nos encontrábamos en Mostar, corría como ya les he dicho el año 1993 y me parece que era el día 25 de mayo pero tampoco podría jurarlo. La situación en la ciudad se estaba calentando a base de bien, nosotros seguíamos a lo que nos tocaba, patrullar sus calles, acudir dónde hiciéramos falta, auxiliar a la Comisión Mixta en sus trabajos, prestar ayuda a los habitantes de las dos zonas en la que se había dividido la ciudad y denunciar de manera constante las continuas rupturas del alto el fuego, del que teníamos la impresión que no se había observado nunca.

Por explicarlo de una manera realista. En teoría, actuábamos como fuerzas de interposición y de control del alto el fuego, situación que se daba solamente sobre el papel, eso es lo que había y no podía haber queja porque ya sabíamos todos o casi todos, desde siempre, que estábamos en el Tercio para lo que se terciara.

Claro que habría quien pensaría antes de llegar a Bosnia, que lo del Tercio y lo que se tercie no eran más que palabras vacías de contenido real, pero me parece que los escépticos, si los hubo, descubrieron muy pronto que además de palabras, eran filosofía viva y regla de conducta, lo aprendieron en muy poquitas horas el día de nuestro “estreno” en Mostar.

Aquella mañana habíamos salido de Dracevo sobre las 08,30 horas, la columna a la orden del capitán Romero la formaban el blindado de mando de la compañía, un BMR de MM, mi sección, el Mercurio y la ambulancia. Pasamos por Medjugorje para recoger a la intérprete que el mando nos asignaba hacía ya unos días.

Teníamos graves problemas con los componentes de la Comisión Mixta, que en cuanto se encontraban, tendían a montar unas broncas descomunales que nos obligaban a intervenir para evitar que los “pacificadores” se mataran entre sí; por lo tanto parecía lógico procurarnos una capacidad de interlocución que no teníamos debido al desconocimiento del idioma. De ese problema nos salvaba la presencia de la intérprete que cuando llegaba la hora de dar explicaciones o poner orden, lo hacía en croata lo que ayudaba muchísimo a bajar la tensión y facilitaba la posibilidad de razonar con aquellos angelitos.

Porque en Bosnia en general y en Mostar en particular lo verdaderamente peligroso era que una situación se calentara por sorpresa y los contendientes fueran cogiendo carrerilla. Como les dejaras que subieran de revoluciones se podía liar la de San Quintín en menos que canta un gallo. Por eso la presencia de un intérprete facilitaba muchísimo la labor, porque no nos engañemos cuando uno reduce su capacidad de diálogo a decir polaco, polaco y nema problema (tranquilo, tranquilo, no hay problema), que era de lo poquito que podíamos usar de nuestro conocimiento del serbo-croata, lo cierto y verdad es que los protagonistas de la discusión te ignoran y en décimas de segundo te montan la mundial a lo peor por una tontería sin importancia.

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Hoy la intérprete que nos tocaba en suerte era una argentina madurita, hija de la diáspora croata, que lucía una roja media melena –generalmente despeinada – de la que tengo que confesar que no recuerdo el nombre. Y no lo recuerdo por dos motivos, en primer lugar porque soy un desastre para nombres y fechas y en segundo lugar porque los legías que son unos analistas muy finos, amigos de ponerle mote a todo el que se mueva en las cercanías de su entorno y también bastante puñeteros, la llamaban “Carmen Sevilla” y no era porque tuviera parecido físico con la folclórica, sino porque siempre iba medio despeinada, los pantalones por fuera de las botas y tenía aspecto de despistada.

Total que se me pegó lo de Carmen Sevilla y cuando andaba distraído la llamaba Carmen. Pero independientemente de que el uniforme le sentara peor que a un Cristo dos pistolas, que llevara siempre una de las perneras del pantalón fuera de la bota o que tuviese un estilo muy peculiar para atarse el calzado por decirlo de una manera amable, independientemente de todo eso “Carmen” hacía su trabajo con una profesionalidad que ya hubieran querido para sí muchos de los intérpretes que trabajaban con nosotros.

Era seria, respetuosa, tenía mucha curiosidad, aunque preguntaba con bastante criterio y en general se mostraba algo reservada, lo que resultaba lógico. Hay que considerar que su situación no era nada fácil, rodeada de hombres que sufrían una forzada abstinencia, debía actuar con cierta prevención para evitar que algún patoso se confundiera, que ya se sabe que de todo hay en la viña del Señor.

La recogimos y seguimos camino a Mostar, llegamos sobre las 09,30 horas y llevamos a cabo el relevo sin novedad. Colocamos los vehículos que ocupaban los puestos de control y con el resto dimos lentamente unas cuantas vueltas por las calles de la ciudad, con la finalidad de hacernos ver. Lo normal era que a esa hora de la mañana no se oyera ni un disparo, cuando la mañana fuera avanzando habría que ver cómo pintaba el día.

Tras un rato me acerqué hasta el local en el que tenía su sede la dichosa comisión. El capitán y el sargento Hidalgo ya habían montado los dos puestos que cerraban el tránsito de vehículos y personas a la calle en que se encontraba el edificio en el que se reunía la Comisión Mixta, a los puestos de la calle había que añadir el que se colocaba en la puerta de acceso al edificio que cuidaba no entrara nadie armado a la sala de conferencias.

El capitán Romero me pidió que cruzara el puente de Tito y recogiera a los delegados musulmanes, para ello debía ir sólo con mi vehículo y como tripulación además del conductor y el tirador de la ametralladora, la intérprete, el cabo 1º Guerra y un legionario. El resto de blindados eran necesarios para cubrir los puntos de control y la gente sobrante de mi tripulación reforzarían los puestos que bloqueaban la calle. Así lo hicimos y a las 10,30 horas estábamos como clavos en la puerta del cuartel general musulmán.

Mientras esperábamos le pregunté a “Carmen” si alguna vez había llevado a cabo el servicio que nos tocaba realizar, me dijo que no y le expliqué que de lo único de lo que debía preocuparse es de traducir exactamente lo que yo dijera y que era importante que la traducción fuera lo más fiel posible, para evitar errores o malas interpretaciones. La preparé un poco para lo que nos podríamos encontrar y me pareció que estaba muy atenta a lo que le decía y tranquila, de lo que me alegré; ya he contado en estos relatos lo incómodo que resultaba tener a un intérprete nervioso o asustado cuando hay que realizar una misión.

Oí a Valerón - que era el legionario que Guerra había escogido, supongo porque era muy aficionado a levantar pesas y tenía un aspecto que imponía, a pesar de que era un pedazo de pan - que me advertía que ya venían los delegados musulmanes. Ordené a Morales que abriera el portón trasero por el que desembarcó Valerón que se puso a un costado del blindado, oí como los musulmanes saludaban y entraban en el vehículo. Eran cuatro, me agaché para poder hablar desde el interior y les deseé buenos días. “Carmen” se sentó en el banco justo al lado del espacio que yo ocupaba en la escotilla para que pudiera escucharme mientras estábamos en marcha y a la vez hablar con ellos.

Le pedí que les recordara a nuestros invitados que no podían ir armados y que si alguno portaba un arma que hiciera el favor de entregársela al Cabo 1º Guerra. Los musulmanes aseguraron que iban desarmados, le hice una señal a Valerón para que subiera y nos pusimos en marcha. En unos minutos enfilábamos la calle de la comisión, Morales frenó delante de la entrada y abrió el portón por el que desembarcamos todos, saludé al capitán que me ordenó que metiera a los delegados musulmanes rápidamente en el interior del edificio, para evitar cualquier riesgo.

Entramos por un pasillo embaldosado que había entre la pared del edificio y un parterre del jardín y al llegar a la puerta le pedí a “Carmen” que les advirtiera que íbamos a entrar, pero que nos quedaríamos en el vestíbulo hasta que me cerciorara de que iban desarmados. No les gustó la idea, pero a mí me tenía mosca uno de ellos que llevaba una cartera de mano que quería ver. En primer lugar entró Guerra que se situó entre la puerta y la pared del fondo del vestíbulo, así no podría quejarse de no tener línea de tiro y ya en el interior comencé a cachear a los musulmanes.

Cuando le tocó el turno al de la cartera, abrió exageradamente los brazos para facilitar el cacheo, le pedí a “Carmen” que le pidiera que me enseñara el contenido de la cartera, contestó muy excitado que era documentación confidencial y a través de la intérprete le expliqué que no iba a mirar ningún documento. Insistía en no abrirla, pero el que parecía el de más autoridad de ellos, le dijo algo en tono seco y la abrió sobre la marcha. Cuando le eché un vistazo me encontré con varias carpetas y una granada de mano.

Que un delegado de una comisión que persigue mantener el alto el fuego, acuda a una sesión de ese órgano con una granada de mano, creo que define perfectamente la situación que vivíamos todos los días. Le quité la granada, mientras el tío protestaba y manoteaba, me la guardé en un bolsillo y le pregunté a Carmen que es lo que decía. El paisano exigía que le devolviera la granada cuando terminara la sesión. Le dije que no, que la granada se la quedaría el equipo de desactivación de explosivos y como seguía dando la matraca miré al que le había dado el toque, que volvió a decirle algo secamente y consiguió que cerrara el pico. Terminé de cachearlos y les pedí, a través de Carmen, que pasaran a la sala y se acomodaran, retuve al que me había ayudado y le advertí que el incidente quedaría entre nosotros y que no figuraría en mi informe. Sonrió y sin abrir la boca pasó a la sala.

Salí, le di la novedad al capitán Romero que me dijo ― Miguel esta tarde sobre las 16,00 horas pasas al otro lado y te acercas hasta el hospital musulmán que el director quiere hablar con nosotros, bueno ― se echó a reír ― con nosotros no, quiere hablar precisamente contigo.

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― Por Dios, otra vez no ― exclamé. Sabía a lo que me iba a someter el Dr. Milovic. Tenía la costumbre de enseñarme al niño que en peor estado tuviera en el hospital para ablandar mi duro corazón de UNPROFOR. El médico estaba convencido que así resultaba más sencillo obtener lo que fuera a pedir.
― Lo siento Miguel, pero ha insistido en que vayas tú. De todas maneras dile que si es por lo del oxígeno, cuando oscurezca me pasaré por allí y le recogeré todas las bombonas que tenga vacías y las llevaré al EMAT.

Oímos como llegaban los croatas y nos pusimos al trabajo. Esperaba que hoy no se enzarzaran y tuviéramos que intervenir para separarlos. No estaba de buen humor, lo de la visita al hospital me había amargado el día. En aquel momento no sabía que la jornada iba a terminar mal, pero que muy mal..."

Pero eso se lo contaré el próximo domingo, si todavía les quedan ganas


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

Lo mejor es enemigo de lo bueno. (Final)

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Por fin llegó el domingo, no sé cuál será el motivo pero esta semana se me ha hecho interminable, será culpa del “acueducto”. Como ya saben ustedes, sobre todo si son lectores habituales, los domingos no hablamos aquí de política, es una medida de higiene moral que creo que hay que mantener. Así que la política volverá a tener protagonismo en el blog, mañana lunes. Hoy les ofrezco el final del relato "Lo mejor es enemigo de lo bueno” que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”.

Unos hechos que sucedieron un día de misión en Mostar de lo más normal, un día más bien tranquilo que sin embargo terminó por mi culpa de una manera terrible que no podré olvidar jamás.
Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.

“Nos pusimos en marcha y nos encaminamos hacia el puente de Tito, un puente Bradley que suplía al de obra que había sido volado durante la guerra con los serbios. De hecho los únicos puentes existentes en aquellos momentos en la ciudad eran, el de Tito, una pasarela que utilizaban los musulmanes y el Stari Most, el viejo puente que daba nombre a la ciudad y al que todavía no habían destruido los croatas, que cuando les interesó no vacilaron ni un momento en cargarse una obra de siglos, cuyo significado como símbolo les molestaba. Ya en las afueras de Mostar todavía estaba en servicio el llamado puente de Aviadores que también utilizábamos de vez en cuando.

Pasamos por el puente, con la precaución de que los BMR lo cruzaran de uno en uno. Esa era una cautela de la que siempre nos advertía el capitán Romero, que nos machacaba una y otra vez, incansablemente diría yo, con el aviso. Así que, al menos en la Cía. Austria, todo el mundo sabía que debíamos cruzar el puente de uno en uno e incluso la tropa recibía con cierto pitorreo el mensaje que en un día normalito podía repetirse, como poco, seis o siete veces.

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Entramos en territorio musulmán y al llegar a la calle principal del barrio, torcimos a la izquierda para ir hasta el hospital. Todo parecía ir bien, pero no podíamos confiarnos. Los del HVO sabían casi inmediatamente si había vehículos de UNPROFOR en el hospital y si estaban de malhumor largaban tres o cuatro salvas de mortero, con el fin de que supiéramos que nos tenían localizados, advertirnos que no les gustaba nada la visita y ya de paso sugerirnos sutilmente que ahuecáramos el ala a la mayor brevedad. El flujo de información entre las dos zonas era tan fluido y rápido, en uno y otro sentido, que realmente daba miedo.

Por eso no me hacía ninguna gracia ir al hospital, eran muchas ganas de jugar con la suerte, tampoco vayan a pensar que aquello era como jugar a la ruleta rusa, pero ya se sabe que tanto va el cántaro a la fuente que al final… y al final estaba mi gente. Cierto es que aparcábamos a cubierto de las armas de tiro tenso, pero si hablamos de fuego de morteros es distinto. Porque por mucho que nos situáramos pegados a la fachada trasera del hospital para que la edificación nos cubriera, si por casualidad los del HVO lograban colocar un par de granadas en el patio trasero del hospital, tal y como había sucedido alguna vez, la cosa no iba a tener ninguna gracia y ya para que les cuento si conseguían un impacto directo sobre algún vehículo.

Así que me prometí hacer una visita rápida a Milovic - se pusiera como se pusiera y me contara lo que me contara - para no dejar a mi gente a merced de los tiradores de los morteros del HVO, que afortunadamente no debían ser demasiado buenos teniendo en cuenta los pocos blancos que conseguían. Pero la fortuna es cambiante y no merecía la pena correr riesgos innecesarios, personalmente creía que con que afrontáramos los necesarios, teníamos más que suficiente.

Por radio le recordé a Ávila, las medidas de precaución, que en eso todos éramos hasta pesados. Me pasaba a mí con el capitán Romero, a los jefes de pelotón conmigo y a los legías con los tirillas y el sargento 1º. Todos temíamos que se produjera una imprudencia y a consecuencia de ella tuviéramos alguna baja. No hay nada que te dé seguridad absoluta en zona de guerra, pero al final uno se inclina a pensar que por dar la paliza, aunque uno resulte muy pesado, que no quede.

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Le dije a Guerra lo mismo que me había escuchado decirle a Ávila por radio y le advertí que ante cualquier novedad me avisara inmediatamente. Bajé del vehículo y “Carmen” utilizó la portezuela que se abría cuando no se quería bajar el portón trasero. Cuando consiguió salir, recuperar el equilibrio y colocarse el casco en el lugar que se supone debe ocupar, entramos en el hospital.

Allí mismo estaba Milovic que se apresuró a saludarnos, le presenté a “Carmen” y enseguida puso en marcha su reconocida capacidad de seducción y mientras charlaba y sonreía arrancó hacía el sótano que era la planta donde habitualmente nos recibía. Como me temía “Carmen” recibió el tratamiento completo, primero la seducción y luego el horror, ante el espectáculo dantesco que tuvimos que ver sin ninguna prisa.

Finalmente entramos en el cuarto en el que Milovic recibía, allí tenía el café que se apresuró a servir mientras nos pedía que tomáramos asiento. Sorbí de la taza, el café era bueno, estaba caliente y extremadamente dulce, tal y como les gustaba a ellos, me lo bebí de un sorbo y le pedí a “Carmen” que le trasladara a Milovic que el capitán Romero pasaría sobre las 20,00 horas para recoger las bombonas de oxígeno que tuviera vacías. Lo hizo y se enzarzaron en un largo cambio de impresiones que no podía tener que ver con las dichosas botellas. “Carmen” hacía demasiadas preguntas que el otro contestaba muy apasionadamente. Cuando acabaron, le ofrecí un cigarrillo al médico y un paquete de café. Sonrió agradecido, dio las gracias y guardó silencio mientras observaba fijamente a la intérprete.

“Carmen” me miró y empezó a contarme que el Dr. Milovic tenía una gran opinión sobre mí y que era por eso que se atrevía a pedirme un favor que me agradecería mientras viviera. Mentalmente me persigné, no sabía si Milovic era musulmán practicante o no, pero me pareció que persignarme en aquel hospital no iba a ser un gesto demasiado bien comprendido.

― ¿Qué quiere que haga?
― El doctor dice que no se lo pediría si no fuera porque están viviendo una situación desesperada. Están sin anestesia y tiene que operar con urgencia a dos niños
― “Carmen” ahórreme lo de los niños, que el doctor ya lo tiene muy usado conmigo y no cuela. ¿Qué es lo que quiere exactamente Milovic?
― Pues que nos acerquemos al hospital croata y allí una doctora amiga suya, nos prestará una botella de peróxido nitroso, la cogemos y se la traemos hasta aquí.

― Claro y yo soy el arzobispo de la Seo de Urgel ― La traductora no entendió lo del arzobispado pero me dio igual ― “Carmen” lo que nos está pidiendo el doctor es que vayamos hasta el hospital croata y nos traigamos por la cara una botella de anestesia y eso es un asunto que puede tener consecuencias muy graves.
La intérprete me miró y muy seria dijo ― Pues sí, así es.

La verdad es que me desarmó, si llega a intentar dorarme la píldora, ipso facto hubiera dicho que no y habríamos salido de allí haciendo fu como los gatos, pero me reconoció de frente la barbaridad que me proponía y me descolocó. Miré a Milovic y pude ver en su cara la angustia por la que estaba pasando, sabía que utilizaba sus trucos especiales para ablandarnos, pero me daba la impresión que realmente estaba desesperado.

Personalmente suponía, no quería profundizar demasiado en el asunto, que iba a pecar militarmente si me metía en ese asunto, pero mi otro yo, me dijo que tampoco era tan distinto lo de la anestesia y lo que la AGT había autorizado con las bombonas de oxígeno que recogería Romero en el hospital, así que si era pecado, que lo era, sería de los leves, incluso si lo pensaba bien, solamente una pequeña falta administrativa.

Resoplé, no sabía cómo pero me había decidido a hacerlo. La anestesia no iba a suponer una mejora en la capacidad militar de los musulmanes y si el doctor en lugar de ser musulmán, fuera croata y la situación fuera justo la contraria, seguro que ayudaría a los croatas, Desde mi punto de vista eso demostraba mi neutralidad. Le pregunté si la doctora era de confianza y “”Carmen” me confirmó que era musulmana y que estaba como muchos de sus compañeros retenida por los croatas, que andaban muy escasos de médicos.

― ¿“Carmen” usted sabe dónde encontrar a la doctora?
― Sí, la encontraremos en la segunda planta del hospital.
― ¿Cómo es de grande la botella de la anestesia?
― Me ha dicho el doctor que medirá sobre 1,40 metros.
― Pues dígale a Milovic que vamos para allí y que si todo sale bien en media hora estaremos de vuelta con la anestesia.

Salimos. Mientras subía por las escaleras pensé en que como nos trincaran los croatas, lo íbamos a pasar mal, a la intérprete le iba a costar el trabajo y a mí, seguro que me mandaban para España y me iban a empapelar bien empapelado. Así estaban las cosas, pero si había decidido jugar, jugaría, al fin y al cabo lo tenía claro; si en La Legión decides, en uso de tu libertad individual saltarte las normas, si te pillan, pagas y aquí se acabó el problema.

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Montamos en el BMR y nos pusimos en marcha, por la línea interna le pregunté a Morales si sabía dónde estaba el hospital croata, no lo sabía, pero cuando le expliqué que estaba al lado de una pizzería frente a la que estacionábamos con frecuencia, supo a qué edificio me refería. Mientras íbamos hacia allí, le expliqué a “Carmen” lo que íbamos a hacer. Entraríamos los dos y subiríamos a la segunda planta procurando dar las menores explicaciones posibles y sin dar demasiado el cante, cuando nos encontráramos con la doctora, recogeríamos la botella y saldríamos por dónde habíamos venido, sin prisa, pero sin detenernos para nada. En estas cosas, lo mejor es entrar y salir lo más rápidamente posible, pero con naturalidad, sin llamar demasiado la atención.

La intérprete me miraba y al final se arrancó ― Estoy muy contenta de que haya aceptado, soy croata, pero estos del HVO son unos hijos de puta.
Me eché a reír ― apoyo la moción ― le dije.
Callé porque estábamos llegando. Aparcamos en la acera casi en la misma esquina de la calle por la que se accedía a la entrada del hospital. Maldije entre dientes cuando vi a tres soldados del HVO que estaban frente a la entrada, supuse que en funciones de vigilancia. Me bajé del BMR, abrimos la portezuela trasera y le dije a Guerra que cuando saliera del hospital, vendría con una botella de anestesia y que la cargaríamos por allí rápidamente y en silencio.

El hospital tenía una de sus fachadas que daban a la avenida en la que estábamos aparcados, pero la entrada estaba en la calle que se abría perpendicularmente a la travesía en la que nos encontrábamos. La entrada daba a un jardín y girando a la izquierda había una especie de túnel en mitad del edificio con una puerta en cada uno de sus lados. Entramos en el túnel y por la puerta a nuestra derecha accedimos al hospital, sin detenernos subimos andando a la segunda planta. Fue llegar al rellano y nos topamos casi de bruces con una mujer morena, guapa, de unos cuarenta años que evidentemente nos estaba esperando y saludó en croata. Miré a “Carmen” que habló unos segundos con ella y me confirmó que era la doctora, cambiaron unas frases y la doctora abrió la puerta de un cuarto de limpieza en el que destacaba la presencia de una botella metálica de las grandes, la miré y asintió.

La cogí, pesaba bastante, me despedí y bajé por la escalera mientras oía a “Carmen” que me seguía, salí por el túnel y me dirigí a la calle, pasé justamente al lado de los HVOS a los que saludé con el dobar dan reglamentario y continué con cara de no haber roto un plato. Los tipos contestaron al saludo y oí que hablaban excitadamente entre ellos. Sin siquiera comprobar si la traductora me seguía me acerqué al BMR y me dirigí a su parte trasera, la puerta estaba abierta y en cuanto coloqué el extremo de la botella en el interior, ésta desapareció a toda velocidad.

Más tranquilo, miré y vi a “Carmen” que estaba a mi lado, le pregunté si había oído que decían los del HVO y me contestó que discutían sobre si cuando habíamos entrado llevábamos una botella o no. Miré discretamente y me dieron la impresión de que habían perdido el interés por nosotros
― Venga “Carmen” suba que nos vamos.
La intérprete me miró ― Es que quería decirle una cosa importante, la doctora me ha dicho que tiene dos botellas de oxígeno medicinal para mandárselas a Milovic.
― Bajo ningún concepto “Carmen”, vinimos a por la anestesia y eso es lo que nos vamos a llevar.
― Pero ella me ha insistido mucho, en un momento subimos y las traemos. Está bueno lo de la anestesia pero será mejor si le llevamos también el oxígeno

Y en ese momento, todavía no sé bien porqué, cometí un error extraño y descomunal. Me había pasado la vida predicando que lo mejor era enemigo de lo bueno y pensé, bueno no sé exactamente lo que pensé, quizás no quise pasar por timorato y tragué. Todavía es hoy y sigo arrepintiéndome; le di una voz a Ávila para que nos acompañara y volvimos al hospital, subimos a la segunda planta, cogimos los tubos de oxígeno, las dos mujeres se besaron y bajamos, pero esta vez en cuanto salimos por la puerta que iba a la calle, los del HVO nos estaban esperando y nos pararon.

Empezaron a preguntar quién me había dado los tubos y con qué permiso contaba. Quise salir por la tangente y expliqué que el doctor Zuric – un médico croata que trabajaba en el otro hospital de Mostar - me había dicho que viniera aquí y que me darían los tubos, los había pedido y me los habían dado, aunque no conocía el nombre del médico que me los había entregado. No me dejaron ni terminar, se pusieron violentos y cargaron contra la intérprete, le pregunté qué le estaban diciendo.
― Que hasta que no devolvamos el tubo que hemos sacado, se quedan conmigo.

No quedaba gran cosa que hacer, yo seguía haciendo el papel de idiota entre indignado y confuso, pero le di una voz a Guerra para que trajera el tubo de anestesia y se la entregamos al HVO. Siguió la discusión pero en otro tono. Les dije que nos íbamos a ir y pedí perdón por la confusión y conseguí que permitieran que “Carmen” se pusiera a mi lado, la tensión fue amainando, ni siquiera sé cómo acabó la bronca, pero sí cuando. Se acabó cuando vimos los del HVO y nosotros, acercarse a la puerta la doctora que nos había dado la anestesia.

Nunca olvidaré la visión de la figura de la doctora musulmana, que lentamente, en silencio, salía del hospital entre dos HVOS, que la conducían calle arriba al lugar del que jamás volvió.”


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Mensaje sin leer Re: Legionario en Bosnia 1993

La tragedia de Dreznica (Primera entrega)


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El maldito puente de Dreznica

Lo que pretendo contarles en este relato tiene muy poco que ver con otros sucesos que me tocó vivir en Bosnia, que por muy duro que fuera vivirlos, siempre dejaron en mi memoria un espacio para el humor y la ironía. Hoy no va a haber nada de eso en esta narración que siento debo escribir y que pretende ser mi modestísimo reconocimiento para aquellos que en el cumplimiento de su deber dejaron su vida en Bosnia encuadrados en la AGT. Canarias.

Me ha costado decidir cuáles iban a ser los protagonistas de este relato, porque por desgracia, los que estuvimos en Bosnia con la AGT Canarias, si de lo que se trata es de hablar de compañeros perdidos, tenemos demasiado donde escoger. Llevo algún tiempo pretendiendo decidir la elección y al final he pensado que en esto, como en tantas otras cosas de esta vida, lo mejor es dejar que hable el sentimiento y he decidido contar el último servicio que prestaron aquellos zapadores paracaidistas que murieron al cruzar el maldito puente de Dreznica.

Podía haber hablado de mis compañeros de empleo, los tenientes Muñoz Castellanos y Aguilar, cuya muerte tanto me dolió. Del suboficial de caballería fallecido en un accidente de su VEC, el sargento Tornel, que por mi pertenencia a la caballería legionaria sentí como próximo, del caballero legionario José León Gómez, asesinado por la metralla croata mientras guardaba el sueño de sus compañeros o de cualquiera de los demás que murieron en aquella Bosnia convulsa y ensangrentada; pero me decidí por la tragedia de Dreznica, porque como les he dicho, por esos resortes ocultos de la mente que no tienen demasiada explicación, me salía del alma y porque estuve allí, en aquel puente que cruzaba el Neretva, mientras se procedía a la desesperada búsqueda de sus cadáveres.

De siempre he considerado a los paracaidistas como mis hermanos, tuve el honor de servir tres años en las filas de la BRIPAC y me honro en “ser” del curso 100 de paracaidistas del ET. Eso me hizo sentir su muerte de manera muy especial, me dolió especialmente la de alguno de ellos, que estuvieron conmigo o yo con ellos, en Lorca, en los primeros tiempos de la preparación de la misión, dónde acudimos para hacer los cursos de conductores, jefes de vehículo, tiradores y de transmisiones de los BMR.

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Cuerpo de guardia de Jablanica

Gente joven que entregó su vida por la paz. Españoles que decidieron prestar su ayuda a un pueblo que moría y sufría en una sangrienta guerra civil y lo hicieron sin pedir nada a cambio. Su compromiso con España, su sentido del honor, el que rendían a sus unidades y su generosidad, les empujaron a ello. Y en esa gloriosa tarea dejaron lo más preciado que posee un hombre, la vida, pero su sacrificio no fue inútil. Fueron ejemplo y acicate para todos nosotros los paracaidistas de Dreznica y todos los demás, que deben permanecer vivos en nuestro recuerdo porque fueron los que nos señalaron con su sacrificio, el camino a seguir en el cumplimiento de la misión.

En este relato utilizaré alguna de las fotografías que hice mientras escoltaba al equipo de rescate. No son nada agradables, pero me siento autorizado a utilizarlas, porque “colgué” una de ellas, en una página de Facebook y pregunté si había inconveniente en hacerlo y uno de los protagonistas del terrible suceso, me dijo que por él estaba bien colgada, así que entiendo que no hay inconveniente en hacerlo otra vez. Dicen que vale más una imagen que mil palabras y creo que las fotografías ayudarán a comprender la terrible tragedia que allí sucedió.

Era un sábado del año 1993, concretamente el 19 de junio de ese mes. La Cía. Austria estaba destacada en Jablanica, en la zona norte de nuestra área de responsabilidad. El enfrentamiento entre croatas y musulmanes iba creciendo, acababa de terminar una tregua y para llegar a nuestro destacamento teníamos que utilizar una pista de montaña, conocida como “ruta alternativa”, porque la voladura del puente de Bijela impedía la utilización de la carretera que unía a Mostar con Jablanica, eso obligaba a subir por Vrdi y tras llegar a la zona más alta de la zona montañosa en manos de los croatas, bajar por una serpenteante pista de tierra, en la que los frenos de los vehículos pesados sufrían muchísimo y tras pasar un barreamiento de minas de la Armija, llegar a Donja Dreznica, un pequeño pueblo musulmán que atravesábamos por la pista que seguía paralela a la ribera de un afluente y que nos llevaba hasta la entrada oeste del puente que nos permitía cruzar el Neretva y llegar a la carretera que iba hacia Jablanica.

Eran justamente, lo sé porque lo anoté para que así constara con exactitud en mi informe post misión, digo que eran las 12,25 horas cuando salía del destacamento con mi sección, la II de la Cía. Austria y un BMR ambulancia, en dirección al puente de Dreznica en el que una columna de VCZ (Vehículo de Combate de Zapadores) había sufrido un accidente. Las noticias eran confusas, pero antes de salir mi capitán ya me había informado que había zapadores muertos.

Bajamos lo más rápidamente posible, íbamos en silencio, no sabíamos lo que había pasado, pero todos anticipábamos que íbamos a encontrarnos con un espectáculo nada deseable de ver. A las 12,50 horas llegaba al puente, allí me encontré con un panorama desolador, uno de los VCZ, de la columna al mando del capitán Godoy de Ingenieros al atravesar el puente había chocado contra un muro de hormigón, que reforzaba la ladera de la montaña. El blindado que iba muy rápido intentó girar a la izquierda cuando llegó al final del puente, tras chocar la pala del VCZ con el contrafuerte, en el inútil intento de conseguir que el blindado tomara correctamente la curva para que siguiera por la carretera, el VCZ salió despedido hacia el Neretva y tras arrancar las protecciones metálicas, había descendido por la ribera y caído al río.

La tripulación logró salir del blindado que había flotado unos momentos en las aguas del Neretva, pero sólo habían podido rescatar con vida a Igor Castresana, el conductor, que logró asirse a uno de los pilares del puente y que fue rescatado por un paracaidista que iba en otro VCZ que se lanzó al río y con la ayuda de dos compañeros lograron sacarlo del agua.

El capitán Godoy, me informó que era el que estaba al mando de todo aquello y me pidió que inspeccionara la ribera este del Neretva por ver si encontraba algún superviviente. Me advirtió que fuera con cuidado porque la zona estaba minada. De hecho los musulmanes cuando vieron desde sus posiciones el accidente y a los zapadores que se apresuraban a bajar hasta el río, les advirtieron a gritos que había minas y parecía que les habían indicado la situación de un pasillo seguro hasta el agua.

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Uno de los VCZ que estaban en Jablanica

Cumplimenté la orden. Con precaución tal y como me había recomendado Godoy rastreamos la ribera este del Neretva, pero la verdad es que caminar por una zona en que el pasto no te deja ver ni las botas que llevas, por mucha precaución que le pongas no resulta muy seguro, así que hicimos de tripas corazón y reconocimos el lado este del cauce como Dios nos dio a entender, sin encontrar más que una cantimplora española, una bolsa de mano y una mochila de combate. No vimos nada más ni en esta parte del río ni en la ribera oeste que reconocimos con los prismáticos y con eso volvimos hasta el puente, en el que había dejado a mis dos BMR colocados uno cada lado del mismo, al objeto de ofrecer protección a los zapadores que seguían con sus trabajos en las cercanías del primer pilar del puente.

Le comuniqué a Godoy que no habíamos encontrado ningún cuerpo y le entregué lo que habíamos podido recoger. El capitán estaba destrozado, no hacía falta más que mirarle a los ojos, que tenían un brillo mortecino y se le habían hundido en las órbitas de una manera extraordinaria, pero mantenía el tipo. Me dio la impresión que le costaba respirar con normalidad, pero estaba a lo que le tocaba. Me ordeno subir hasta el puesto de mando croata en Vrdi para que explicara a los del HVO lo que nos había sucedido y pedirles que no aprovecharan el accidente para sacar ventaja táctica.

Tengo que decir que en el PC croata me encontré con un ambiente muy respetuoso que no esperaba, les expliqué lo que me habían ordenado decirles y como era lógico, me contestaron lo mismo que me habían dicho los de la Armija cuando les pedí que mantuvieran un alto el fuego. Los del HVO me aseguraron que por ellos no iba a haber problema y que mientras la otra parte no se moviera, ellos harían lo mismo, no habría ni un disparo hasta que recuperáramos a nuestros muertos. No era el HVO santo de mi devoción, pero tengo que insistir en la actitud respetuosa y comprensiva que tuvieron con nosotros.

Bajé hasta el puente, en mi ausencia había llegado una sección de VEC,s. (Vehículos de Exploración de Caballería) al mando del teniente Miranda, que colaboraron en el despliegue de protección a los trabajos de rescate. De Jablanica había bajado un convoy al mando del teniente Aguado que mandaba a los zapadores que estaban trabajando en la fortificación del destacamento.

El ambiente era muy tenso, los zapadores estaban demudados y trabajaban muy activamente en un silencio que impresionaba, mientras tanto el teniente Aguado y un sargento estaban ocupados en desactivar dos o tres minas de salto que habían encontrado en una de las sendas que bajaban al río. El capitán Godoy me mandó a hablar con los mandos de la Armija, para que colaboraran en el desminado de la zona al menos con información fidedigna y que de paso buscara una zona para habilitar un helipuerto.

Me acerqué otra vez al puesto de mando de los musulmanes, que protestaron indignados cuando les insistí en que debían desminar la zona, protestaban que ya estaba hecho, hasta que les hable de las tres minas de salto que habían detectado y levantado nuestros zapadores, juraron por sus muertos que no las tenían marcadas en el plano y me aseguraron que mandarían a uno de sus zapadores hasta el puente para verificar otra vez el asunto de las minas.

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Combatientes en Vrdi

Aprovechando que estaban a la defensiva les comuniqué que íbamos a montar un helipuerto en un campo de balonmano que estaba en Donja Dreznica y organizar la correspondiente seguridad, me dijeron que no había inconveniente y me acerqué a ver si la pista que había visto alguna vez pasando por allí, podía ser utilizada con seguridad por helicópteros de transporte. Terminado el asunto del helipuerto positivamente, se lo comuniqué por radio a Godoy y después llamé a Ávila para que con su blindado diera seguridad a la pista de balonmano, le advertí que se esperaban dos helicópteros y que cuando estuvieran a menos de diez minutos del punto de aterrizaje, le avisarían por radio. Salí de allí y busqué un lugar que sirviera de embarcadero para los buceadores.

Los legionarios discutían entre sí los motivos del accidente, no se entendía bien qué había podido suceder, aunque todos sabíamos que había unidades que cruzaban el puente a mucha velocidad, se sostenía machaconamente que tirios y troyanos nos tiroteaban cuando lo hacíamos. Nosotros habíamos pasado muchísimas veces el puente y es cierto que alguna vez sonaba algún disparo y que en la salida del puente, que obligaba a hacer un giro de 90º, se había dejado la vida un free lance argentino, al que asesinó un francotirador de un disparo en la nuca cuando en su coche se dirigía a Jablanica, pero teniendo la precaución de que todo el mundo estuviera dentro de los blindados en ese momento, salvo el jefe de vehículo que se protegía con los sacos terreros de la escotilla, no había mayor peligro en el puente, que en cualquiera de las calles de Mostar y la Cía. Austria siempre había cruzado el puente a una velocidad moderada.

Poco después de comer llegaron los helicópteros que tomaron tierra y desembarcaron los buceadores británicos que no parecía que se tomaran la cosa demasiado a pecho, eran buceadores de la marina británica y provenían de Divulje (Croacia). Por allí estaba el comandante Coloma, del Estado Mayor de Kiseljac, un atípico jefe de Estado Mayor, un jefe “tropero” con el que daba gusto trabajar, lo conocía desde sus tiempos de teniente. Él y mi amigo el teniente Morais de la BOEL, se enzarzaron con los británicos que no parecían tener demasiado interés por el rescate o que al menos no parecía que echaran toda la leña en el asador.

Se hizo una primera inmersión a pulmón y sobre las 17,30 horas una segunda, con equipos autónomos, sin que se encontrara nada. Los buceadores de la BOEL estaban desesperados porque su material de agua se acababa de mandar a España por orden del coronel Morales. Total que los británicos se limitaron a cubrir el expediente y a las 20,30 horas reembarcaron en los helicópteros que los devolverían a Divulje.

Conforme las órdenes que se me dieron por radio, monté el convoy que debía escoltar hasta Jablanica y salimos de la zona, tras pasar el puente del Alexis Ham me informaron por radio que deberíamos dormir en la carretera, porque el destacamento y la población de Jablanica estaban sometidos a un severo bombardeo croata desde las 18,30 horas.
Así lo hicimos, montamos el servicio de seguridad y nos preparamos a pasar la noche en la carretera, había que dormir porque al día siguiente en cuanto llegáramos al destacamento a mi sección le tocaba entrar de guardia.

Los trabajos de rescate siguieron hasta el 23 de junio, tuvimos ocasión de volver a Dreznica a apoyar el rescate de nuestros hermanos, pero eso ya se lo contaré mañana si a ustedes les parece bien.


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La tragedia de Dreznica (Final)

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El puente de Dreznica desde la orilla este

Como les decía, aquella noche dormimos en la carretera tras cruzar el puente de Alexis Ham y al amanecer nos dirigimos al destacamento. Teníamos prisa porque debíamos prepararnos para entrar de guardia y en La Legión se entra de guardia perfectamente aseado, afeitado, lustrado y planchado, hayas pasado la noche como la hayas pasado, por tanto no valía la excusa de la jornada que habíamos dejado a nuestra espalda ni la incomodidad que supone el dormir en el BMR, nos urgía llegar porque teníamos muchas cosas que hacer antes de entrar de guardia. Llegamos al destacamento y prácticamente algunos de los miembros de la columna de rescate, desayunaron y sobre la marcha salieron con la sección del Teniente Bartolomé en dirección a Dreznica para continuar las labores de búsqueda y rescate.

Así que el domingo 20 de junio entramos de guardia, cuyas vicisitudes les conté en el relato de esta serie que se titula “La guardia de Jablanica” Mientras cumplíamos con nuestras obligacionesen Jablanica, en el puente de Dreznica seguían los trabajos a un ritmo frenético, intentando vencer la resistencia del caudaloso Neretva que en ese tramo era muy profundo y rápido. Sobre las 10,00 de la mañana encontraron el cadáver del CLP de 1ª Samuel Aguilar Jiménez, lo hizo el legionario Galdo de la BOEL, que con riesgo de su vida bajó en varias ocasiones a pulmón libre en contra de lo que aconsejaban los buceadores británicos y localizó un cadáver, en la segunda pilastra del puente.

El lunes día 21 de junio a las 16,00 horas, mientras la I sección de la Austria se ocupaba de la seguridad, el Teniente Pablo Delgado de Luque, perteneciente a la BOEL, localizaba el cuerpo del CLP Agustín Maté Costa. Nosotros en Jablanica nos dedicamos a limpiar nuestro armamento, mantener los BMR, reponer las raciones de previsión y sobre todo colaborar en los trabajos de fortificación - ya saben tirar de pico y pala y rellenar sacos terreros - que no podíamos descuidar y por si había alguno no estuviera demasiado convencido, aquella noche tuvimos que volver a dormir en los refugios, mientras los croatas nos bombardeaban impunemente otra vez.

El martes, los componentes de la II sección de la Austria volvíamos a Dreznica con la esperanza de recuperar de una vez por todas los cadáveres de nuestros compañeros, que las frías aguas del Neretva seguían reteniendo. Salimos a las 06,30 horas, escoltábamos al equipo de buceadores que mandaba el comandante Coloma, llegamos rápidamente al puente y a las 07,30 horas los trabajos habían comenzado, la sección había desplegado para cubrir los trabajos de los buceadores a los que se habían unido los de la Compañía de Operaciones Anfibias del Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros Nº 1 que llegaron desde España.

El sol ya calentaba cuando, sobre las 10,00 horas de la mañana el Sargento De Diego localizaba el cadáver del CLP Isaac Piñeiro Varela, el tirador del VCZ, que apareció con todo el equipo colocado, el peso del mismo había impedido que pudiera mantenerse a flote. El cuerpo fue evacuado en dirección a Dracevo y los trabajos volvieron a ponerse en marcha con la finalidad de encontrar el cuerpo del sargento Delgado, que todavía no había aparecido.

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Mientras proseguían las tareas de los buceadores que estaba llevando a cabo un trabajo agotador y que no se detenían bajo ningún concepto, se me ordenó subir a Vrdi para avisar a los croatas que había la posibilidad de que aterrizara un helicóptero en Donja Dreznica, para que supieran que era de UNPROFOR, de vuelta pasé por la población para ver cómo estaba la pista de balonmano que utilizábamos y los habitantes de la aldea me pidieron ayuda para una niña que estaba sufriendo un coma diabético a falta de la insulina que necesitaba.

A las 12,30 horas evacuamos en una ambulancia a la niña hasta el destacamento donde la atendieron satisfactoriamente. El día transcurría lentamente, los trabajos en el agua proseguían sin pausa alguna para el descanso, quedaba muy poco terreno que explorar de las zonas que habían marcado los buceadores, pero no hubo suerte. A las 20,30 horas se detuvieron los trabajos, se recogió el material y todos volvimos al destacamento con la amargura de no haber podido localizar el cadáver del sargento Delgado.

El miércoles 23 de junio, mientras mi sección volvía a entrar de guardia, sobre las 09,00 horas aproximadamente, el Comandante Coloma hallaba el cuerpo del Sargento Delgado, cerca del pilar del puente, con ello finalizaba la labor de rescate, se procedió a recoger el material y volvieron todos al destacamento de Jablanica, sin novedad.

Dejaron su vida en aquel puente, nuestros hermanos:

Sargento de Ingenieros José Antonio Delgado Fernández, 24 años.
Caballero Legionario Paracaidista de 1ª Samuel Aguilar Jiménez, 19 años.
Caballero Legionario Paracaidista Agustín Maté Costa, 18 años.
Caballero Legionario Paracaidista Isaac Piñeiro Varela, 18 años.


Su muerte fue un golpe muy duro para todos, sobre todo para sus compañeros zapadores, pero nosotros éramos y creo que todavía somos, gente que no nos dejamos deprimir fácilmente. De hecho estamos acostumbrados a crecernos en el castigo; la desgracia de nuestros hermanos nos sirvió de guía, con su sacrificio nos señalaron cuál era el camino a seguir en el cumplimiento de la misión. Y también nos recordó a nosotros y a otros, algo alejados de nuestra realidad, que en Bosnia los que estábamos allí de soldaditos de UNPROFOR - a pesar que un gilipollas en España en su momento dijo que para hacer lo que hacíamos, mejor era que hubieran ido las Hermanitas de la Caridad - nos estábamos jugando el pellejo.

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La posibilidad de perder la vida no es que nos quitara el sueño, pero todos sabíamos que lo que le sucedió a la tripulación de VCZ 10, de la Cía. de Zapadores de la AGT Canarias, nos podía haber pasado a cualquiera de nosotros, en aquel puente o en otro cualquiera, en una calle de Mostar, en los bombardeos de Jablanica, bajo los disparos de los francotiradores o en las minas de la ribera del Neretva. Tal era así que tenía un legionario en la sección que tenía escrita una frase en la parte interna de la solapa de la mochila de combate que rezaba así: “La muerte y yo firmamos un pacto, ni ella me persigue ni yo huyo de ella” que ciertamente no era una mala filosofía de vida ¡sí de vida! en aquellos tiempos y en aquella tierra.

Quizás a alguno le haya extrañado la brevedad del relato en lo que hace referencia al accidente y a las operaciones de rescate. He huido de cualquier cuestión que pudiera animar al morbo o producir dolor a los que todavía sufren con aquellas muertes, que son bastantes. Lo he hecho porque este relato en primer lugar tiene como finalidad el reconocimiento de aquellos que dieron su vida en Bosnia encuadrados en la AGT Canarias y no el detallado relato del accidente de Dreznica y en segundo lugar pretende que los lectores entiendan mejor cuál era nuestra situación en Bosnia y cómo la afrontábamos.

No he querido hablar para nada de las causas del accidente, ni del problema que creó el traslado a España del material de buceo de la sección de la BOEL que se había ordenado apenas hacía unos días. ¿Qué es lo que sucedió?, pues lo que he contado, pero creo que la definición de las causas del accidente es un asunto que no me compete y no he querido dar las distintas versiones que naturalmente escuché allí, que no aclaraban nada. Lo que sucedió en el puente de Dreznica fue un accidente y las causas y motivos de ese accidente figuran en los informes técnicos correspondientes que son los que aclararon lo que sucedió.

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Me dicen que este fue el VCZ del accidente

Lo importante es señalar la generosidad de tantos voluntarios que con 18 y 19 años pidieron ir a Bosnia para defender a los que allí sufrían, a sabiendas que en ese afán ponían sus vidas en peligro. Algunos dejaron la piel allí y otros volvimos sin mayor problema, pero que nadie se llame a engaño, todos sabíamos a lo que nos arriesgábamos.

No se equivoquen, no es un asunto que tenga que ver ni con el valor, la heroicidad, i nada parecido. Pero sí tiene mucho que ver, con el amor por el género humano, la generosidad y el sentimiento de los que pensamos que es muy satisfactorio defender a los más débiles. Comprendo que pueda sorprender lo que digo, los militares no tenemos demasiada buena prensa, la verdad es que muchísimos ciudadanos tienen una opinión sobre nosotros totalmente equivocada, pero como le decía a un lector, a nosotros nos basta con la satisfacción del deber cumplido y no esperamos reconocimiento alguno por ello, incluso a veces cuando extrañamente éste se produce, la reacción habitual de los protagonistas es de incomodidad.

Creo que todos, los que somos militares y los que no lo son, los que estuvimos allí, con ellos y los que estuvieron antes o después, todos les debemos mucho a los que dejaron su vida en Bosnia y conviene también recordar a los casi sesenta compañeros que regaron con su sangre, no la tierra ardiente de nuestra canción, pero sí la fértil tierra bosnia. Se la jugaron, les tocó lo que les tocó y tuvieron la fortuna de salvar la vida, otros tuvieron menos suerte y se quedaron allí, pero lo hicieron por, cumplir su deber, defender al pueblo bosnio e intentar aminorar su sufrimiento, que no es mal trabajo.

Quiero recordar que corría por nuestros destacamentos un eslogan que decía “Nuestro trabajo es la paz”, puede sorprender esa frase que aparecía en unas camisetas en un destacamento militar, pero exactamente eso es lo que hacíamos, trabajar por la paz de aquel pueblo dividido por una dolorosa guerra civil.

Tras la localización de los cuerpos, nosotros continuamos con la misión, las unidades legionarias destacan por la alegría que exhiben sus componentes, los legionarios somos gente alegre que asumimos lo que pasó, con naturalidad. Decía uno de los psicólogos que acompañó a otra AGT, “Son legionarios porque son duros, son duros porque son legionarios” y tenía mucha razón el psicólogo, el ejemplo diario producía un contagio de unos a otros entre los legionarios, así que nosotros seguimos en nuestras tareas, alegremente que es como hay que vivir y trabajar, sobre todo si la muerte ronda cerca de ti.

Mi emocionado recuerdo por los muertos de la AGT. Canarias, cuyo ejemplo servirá de acicate de nuestros hombres, que ayer, hoy y mañana seguirán cumpliendo con su deber, con desprecio absoluto por los peligros que puedan surgir, los riesgos que puedan acechar y sus consecuencias, por dolorosas que éstas puedan ser, porque ante todo está el cumplimiento de la misión. Y así debe ser.


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Honor y Gloria a los que dieron su vida por España


2017 06 20, 7:12
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