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La 250ª Division Azul 
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Gracias por el post de los últimos héroes Españoles en una gran guera. La fotografía del Legionario negro me ha parecido fantástica, la desconocía. Debió ser curioso ver a éste soldado paseándose en Rusia,con el uniforme de la Werhmacht..
Saludos
Antonio


2014 06 27, 11:54
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
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EL CAPITÁN URBANO: UN LEÓN LEONÉS.

Las heroicidades no son sino sucesos extraordinarios llevados a cabo en épocas extraordinarias por hombres y mujeres ordinarios, que –a su vez- se convierten en extraordinarios gracias a estas proezas… Éste es uno de esos casos, sucedido en las estepas rusas.

Urbano Gómez García (1.917-1.996) era falangista de la Vieja Guardia leonesa. Sirvió en la Legión como teniente y capitán. Se alistó a la División Azul en Octubre de 1.942, pasando a mandar la primera compañía del Regimiento 263. Su madrina de guerra fue Pilar Primo de Rivera, que le obsequió con un banderín rojo y negro. Su unidad partió al frente de Leningrado y allí participó en la batalla de Krasny Bor.

El capitán Urbano recibió instrucciones para presentarse en Rakkelevo. El general Esteban Infantes le ordenó que su compañía tomara posiciones para romper el avance soviético y se reforzara con soldados españoles de unidades diezmadas, como rompeolas del avance soviético y repesca de elementos españoles en retirada. Las tropas del capitán Urbano cubren un frente de un kilómetro y medio al norte de Rakkelevo.

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A la caída de la tarde del día 11 de Febrero, en las proximidades de Staraya Mysa, aldea ocupada por el Ejército Rojo, el capitán Urbano ve avanzar un grupo de carros de combate. El oficial legionario ordena cubrirse a sus hombres, él avanza agazapado en la nieve. Se levanta, cruza una cerca de madera y zigzaguea hasta el primero de los carros de combate con la estrella roja, mientras silban sobre su cabeza los disparos de los guripas que cubren su audacia. El capitán se arroja tras un pequeño ventisquero hasta tener cerca un tanque ruso, salta de su refugio, se apoya en el eje de una de las ruedas de la oruga de la mole de acero, se iza, abre la escotilla de la torreta y arroja dentro el racimo de granadas. Sale de allí raudo, iluminado por un relámpago azul. La explosión hace vibrar el aire, levanta la nieve y distribuye metralla. Pero aquí no concluye la proeza del capitán. Inmediatamente después incendia otro carro. Está herido pero, a la luz de las llamaradas, ve girar y replegarse el resto de los mastodontes rusos. El capitán Urbano es hospitalizado y pide volver al frente.

Al disolverse la División Azul, se alistó a la Legión Azul como capitán de infantería ayudante del coronel Antonio García Navarro. Combatió a las hordas de Stalin hasta Mayo de 1.944, cuando fue repatriado a España donde se dedicó a la agricultura, hasta su fallecimiento, acaecido en 1.996.


http://forodeculturadedefensa.blogspot. ... l?spref=fb
Para leerlo todo pinchad aqui

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2014 06 27, 8:05
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Gran soldado el Capitán Urbano, raza y bravura en sus acciones contra el enemigo.
En la fotografía se puede contemplar los dos emblemas cosidos en su manga, por haber conseguido destruido dos tanque sin la utilización de medios convencionales para tal uso. Los dos emblemas van cosidos en la manga y los perfiles de los carros son en categoría y color plata. Cuando conseguías pasar de 5 de plata, se concedía uno en color dorado.... y sí,hubo algún soldado alemán con algún emblema dorado...por lo que sería todo un guerrero!!
éste soldado alemán está a punto de pasar a su primer dorado!

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2014 06 28, 8:06
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Os dejo la fotografía de otro valiente Divisionario y muy querido por los suyos..Comandante Román (la fotografía no me pertenece)
Con boina roja y estrella de Comandante, guerrera de infantería, donde luce los emblemas de la Werhmacht alemana, Regulares, cinta de cruz de hierro de segunda clase, cruz de hierro de primera clase, Medalla Militar individual y en el brazo dos ángulos de herido..

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2014 06 28, 8:12
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
No sólo La División Azul estuvo compuesta por la Infantería y Artillería. El recién creado Ejercito del Aire después de La guerra de Liberación, envió a cinco escuadrillas denominadas Azules comos sus colegas Infantes y Artilleros.
Aunque en principio se creyó que combatirían junto a la División 250,en el frente de Leningrado, las escuadrillas denominadas por la Luftwaffe como,15. Spanische Staffel, combatieron en la zona centro del avance de la Wehrmacht y su emblema de Guerra se basó en el símbolo y lema bien conocido del Grupo Morato, comandado por el mayor As de la aviación Nacional Joaquín García Morato fallecido pocos días después, en accidente aéreo, de la Guerra de Liberación. Su lema fué y es..Vista Suerte y al Toro.
Su máximo as fué el capitán Gonzalo Hevia Álvarez de Quiñones con 12 derribos confirmados, volando los BF-109 y FW-190.

Fotografía de mi colección de los pilotos de la Segunda Escuadrilla

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2014 07 02, 10:50
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
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Don José Antonio Montero del que, con 96 años cumplidos, dice que posiblemente sea el último ex combatiente asturiano de la División Azul que queda vivo.
Fue herido cuatro veces, dos de suma gravedad, y, aunque combatió en tierra, durante una época estuvo en el Ejército del Aire.
En la manga vemos la Laureada Colectiva que se ganó defendiendo Oviedo. Don José Antonio cobra un pensión de Alemania, por haber combatido en Rusia,
y tenía otra española.


2014 07 03, 11:01
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul

La Guardia Civil en la División Azul

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Tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con una España neutral declarada por el Gobierno de Franco por Decreto de 4 de septiembre de 1939 –manifestación sustituida posteriormente, el 12 de junio de 1940, por la de Estado no beligerante-, Serrano Súñer, Ministro de Asuntos Exteriores, viaja a Berlín para entablar negociaciones con Von Ribbentrop sobre las condiciones para una posible entrada de España en el conflicto, que la Alemania de Hitler ansiaba a toda costa. Franco impone unos requisitos inasumibles para el Estado alemán (un préstamo de 20 millones de marcos, 200 carros de combate, 800.000 toneladas de trigo, gasolina, territorios en el norte de África...), y Hitler le contesta provocando una reunión en Hendaya el 23 de octubre de 1940, que acabaría sin acuerdo formal.

Sin embargo, en junio de 1941 Alemania invade Rusia y Franco encuentra una justificación para templar las presiones de Hitler: no entrará en la guerra pero enviará un contingente expedicionario para combatir contra el comunismo.

El Consejo de Ministros celebrado en el Pardo el 22 de junio de 1941 acuerda el envío de tropa voluntaria. Dos días más tarde, Serrano Súñer lanza desde el balcón de la sede de la Secretaría General del Movimiento un encendido discurso: "Rusia es culpable...". Así da comienzo al alistamiento y así nace la División Española de Voluntarios que sería popularmente conocida como la División Azul.

Como apoyo a la Unidad se plantea el envío de un efectivo singular para desempeñar funciones de policía militar. Un Cuerpo adiestrado, efectivo, seguro, combativo y de innegable eficacia: la Guardia Civil.

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Pero en esta ocasión, esas Fuerzas del Orden pasarían a formar parte de la policía militar alemana, con sus mismos procedimientos y funciones y vistiendo su mismo uniforme, que se distinguiría de los demás cuerpos en una cinta con la leyenda “Feldgendarmerie” que habrían de lucir en la bocamanga izquierda y en un emblema de dicha unidad, de hilo anaranjado, que portarían sobre el mismo hombro y en el lado izquierdo del casco. En relación al armamento, serían equipados con los Máuser K-98 de calibre 7’92 mm y algunos subfusiles MP-40 de 9 mm Parabellum aunque también conservarían sus pistolas STAR de 9 mm Largo, de los modelos 1922 y 1940 adjudicadas en España. De ese modo, la Guardia Civil se va a integrar en la Gendarmería de Campaña o Feldgendarmerie, agregada a las Fuerzas Armadas alemanas y en el Servicio de Patrulla o Heerestreifendienste, que complementaba las funciones de la Feldgendarmerie.

Los primeros efectivos divisionarios de la Guardia Civil, que en ese momento contaba como Director General con el General de División D. Eliseo Álvarez Arenas, se encuadrarían en una Sección de Gendarmería compuesta por 54 hombres, de ellos un Teniente, un Brigada, dos Sargentos, dos Cabos, dos Guardias primeros y cuarenta y seis guardias segundos.

El oficial era Ángel Juarranz Garrido y el Brigada César Casado Martín, Cruz Laureada de San Fernando por su heroica actuación el 3 de septiembre de 1936 en Behovia (Guipúzcoa). La Sección salió de la estación del Norte, en Madrid, el 14 de julio de 1941 llegando al campamento alemán de Grafenwöhr el 18 de julio, donde se hicieron cargo del tráfico de vehículos en el interior del Campamento y del control de acceso al recinto.

El mismo día 14 de julio también partía de Madrid el Capitán de la Guardia Civil D. Pedro Martínez de Tudela con la misión de organizar el Servicio de Información Interna, que comenzaría a funcionar el 22 de julio con un objetivo tan claro como reservado: descubrir las acciones de elementos internos y externos que trataran de minar la disciplina o la moral de la tropa.

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No obstante, los efectivos de la Guardia Civil también hicieron labores ajenas a su primitiva tarea policial siendo aprovechados ocasionalmente para combatir como fuerza de infantería, como ocurrió en los combates de Possad a finales del otoño de 1941, cuando las reservas divisionarias estaban prácticamente agotadas. En esos enfrentamientos contra el enemigo, en diciembre de 1941, resultó herido el capitán D. Pedro Martínez de Tudela, que fue evacuado. La merma de efectivos hizo que el Ministerio del Ejército solicitase un nuevo contingente el 9 de marzo de 1942, seleccionándose a siete Tenientes, siete Sargentos, catorce Cabos y cuarenta Guardias, todos ellos con conocimiento de la lengua alemana, bajo el mando del Capitán Enrique Serra Algarra, también poseedor de la Cruz Laureada de San Fernando y que en el futuro sería Subdirector General del Cuerpo.

Tras el regreso a España de la División Azul y hasta el 12 de abril de 1944, en que llegó oficialmente a la Patria el último contingente de la denominada Legión Azul, en la zona de combate permaneció la Guardia Civil al mando ya del Capitán Angel Ramos Patiño, con un contingente formado por un Teniente, un Sargento, cuatro Cabos y treinta y ocho Guardias más una sección de retaguardia, compuesta por un Teniente, tres Sargentos, dos Cabos y treinta Guardias.

Desde su salida de España en julio de 1941 hasta su definitivo regreso en abril de 1944, por la División y la Legión Azul pasaron un total de cinco Capitanes, dieciséis Tenientes y trescientos veinte suboficiales y guardias civiles, que en algunos casos, vistiendo el habitual uniforme verde y portando el tradicional tricornio, dieron escolta por toda Europa a decenas de trenes que transportaban alimento y mercancía para los divisionarios.

La presencia de la Guardia Civil en Rusia es un episodio desconocido para gran parte de los españoles y este artículo quiere ser un homenaje a ese puñado de hombres que supieron cumplir con el deber en los lejanos campos de batalla de la II Guerra Mundial, bajo la heladora nieve de la imponente Rusia.


http://fnff.es/La_Guardia_Civil_en_la_D ... 2343_c.htm


2014 07 05, 1:20
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Mi amigo Juan Serrano, se fué voluntario con 15 años mintiendo en la edad. Tras finalizar su primer año en el frente Ruso al ser reemplazado, regresa a éste de nuevo voluntario y se queda con la Legión Azul, después de que Franco retirara a la División del f


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2014 07 10, 1:06
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
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En la foto componentes de Grupo de Exploracion de la Division Azul, en el Campamento de Grafenwohr (Alemania) en el periodo de instruccion,
uno de los que estan en la foto cayo en combate.

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Tumba del Sargento Legionario D. Silverio Arellano Vega en Rusia (Division Azul).

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2014 07 14, 11:18
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
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Muñoz Grandes con sus oficiales. En el extremo izquierdo, de pie, está el comandante Tomás Gracía Rebull,
uno de los jefe de batallón más prestigiosos de la Azul.
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En la expedición sale el 6º Batallón de Marcha al mando de un Tte. Coronel de Artillería.
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Guripa Carlos M. Monasterio, convaleciente de las heridas recibidas en los combates del Rio Ishora.


2014 07 18, 10:53
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Se trata de la guerrera del teniente de la División azul Antonio de Zubiaurre.

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(Haro, Logroño, 11-VIII-1916). De familia residente en Zaragoza y madre zaragozana,
participó en el bando rebelde durante la Guerra Civil española, alcanzando el grado de
teniente provisional. Participó también como oficial de la División Azul, en la campaña
rusa y dirigió la Hoja de campaña, sustituyendo a Dionisio Ridruejo.


2014 08 08, 12:09
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Comandante Murcia, jefe de la 5 escuadrilla Azul.

saludos


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2014 08 13, 8:29
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
Capitán Gonzalo Hevia, máximo As de las Escuadrillas Azules con 12 derribos confirmados.


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2014 08 13, 8:31
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul


2015 05 04, 4:53
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2015 05 04, 4:56
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2015 05 04, 5:05
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Violentos y ladrones, pero más humanos que los nazis


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http://cultura.elpais.com/cultura/2015/ ... 94486.html

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2015 10 06, 1:47
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul

LA DIVISIÓN AZUL. KRASSNIJ BORG. EL CAPITÁN PALACIOS PRISIONERO EN RUSIA.
LA VERDADERA HISTORIA

(General Rafael Dávila Álvarez)

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El día 10 de febrero de 1943 era hecho prisionero en el frente de Leningrado el Capitán Palacios. Pocos recuerdan aquello y casi ninguno sabe sobre los héroes españoles de la División Azul. Un recuerdo que deberíamos tener como llama encendida al valor, el honor y la dignidad de aquellos valientes que allí murieron o combatieron. Nosotros así lo hicimos, lo hacemos y lo haremos. El capitán Palacios es uno más de aquellos héroes y en su figura, con su relato, el de su cautiverio y el de sus hombres rendimos homenaje a todos ellos. En nuestro ánimo está ofrecerles lo mejor y en esa línea hoy les presentamos un documento inédito: la Declaración Jurada del Capitán Palacios.

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La historia del Capitán Teodoro Palacios Cueto, héroe de la Batalla de Krassnij Borg, y prisionero durante once años en Rusia (1943-1954) se hizo famosa gracias a la pluma de Torcuato Luca de Tena. En el mes de Mayo de 1955 se publicaba la primera edición del libro Embajador en el infierno en el que Torcuato Luca de Tena narraba las vicisitudes del Capitán Palacios durante sus once años de cautiverio en Rusia. Solo en un año se tiraron cinco ediciones, 27.500 ejemplares, un éxito de ventas no conocido antes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio Ejército. En 1956 siguiendo el guión del libro se estrenaba la película Embajadores en el infierno dirigida por José María Forqué.

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Lo que hasta ahora no sabíamos es que el propio Capitán Palacios, sin interferencia de ningún tipo, y antes de iniciar la colaboración para escribir Embajador en el infierno, había cursado el relato de los hechos al mando militar en un documento obligado para cualquier militar.

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En su día tuve en mis manos la Declaración jurada del Capitán Palacios sobre los hechos ocurridos en Rusia. Puedo decirles que está definitivamente en mi poder. No creo conveniente exponerla a la opinión pública, por ahora. Tiempo habrá. A pesar de ello hoy les ofrezco un adelanto del documento. Con este artículo y como primicia, vamos a recorrer de la mano del Capitán Palacios aquellos interminables once años. Es un documento único. Todo lo que escribió Luca de Tena estaba ya escrito. A la Laureada que ganó el capitán Palacios se podría haber sumado el premio Nacional de Literatura y el de Ejército que le concedieron a Luca de Tena. La síntesis y sintaxis de su Declaración jurada lo merecían. Realizada en lenguaje militar, difiere de la obra Embajador en el infierno en algunos aspectos que en aquél momento la prudencia obligaba a no desvelar.

Quizás sin la publicación de este libro por Torcuato Luca de Tena la historia del Capitán Palacios y sus hombres no hubiese sido conocida en toda su grandeza y, lo que hubiese sido más grave, la epopeya de la División de Voluntarios Españoles en Rusia, la popularmente conocida como División Azul, hubiese quedado pronto en el olvido. Ese es el mérito enorme de Torcuato Luca de Tena para la historia y para la literatura.

Dice el autor de Embajador en el infierno que la obra es la narración histórica de un militar transformada en reportaje por un periodista. Hoy después de más de 70 años del inicio de la campaña en Rusia descubrimos que el militar, el Capitán Palacios, ya había escrito su narración militar antes de que la conociese el periodista. La historia se encontraba en manos del mando militar español a quien el Capitán Palacios la había remitido, como reglamentariamente le correspondía: Declaración Jurada que, de sus hechos…

Según el propio Luca de Tena la colaboración para escribir Embajador en el infierno se inició “estando en puertas el mes de Diciembre” (1954), es decir, seis meses después de que el Capitán Palacios ya hubiese dejado constancia escrita de sus hechos. Lo hizo de acuerdo con la redacción que obliga a un soldado, brevedad, claridad y precisión. En 21 folios, de los antiguos 215×315, resumía 11 años de cautiverio sin dar pie a la imaginación ni a la fantasía; tampoco a la retórica. Sólo habían pasado dos meses del regreso a España y remitió su informe sin dejarse nada en la conciencia, ni lo bueno ni lo malo. Ha pasado el tiempo suficiente para que se conozca y que la verdad reluzca, héroes, desertores y delatores ya pasaron su calvario, su infierno, y no es momento para juzgar a nadie sino para conocer los hechos tal y como los contó de primera mano su protagonista principal. Ocultaremos, por ahora, nombres.

La Declaración Jurada del capitán Palacios tiene el enorme valor de ser un documento oficial que obligaba a narrar los hechos acaecidos en combate y durante su cautiverio empeñando en ello su palabra bajo juramento. A él sólo le correspondía haber escrito su cautiverio, y así lo hizo y lo firmó el día 17 de mayo de 1954, después de once años de miseria convertidos en grandeza.

LA ÚLTIMA BATALLA. RESISTIR HASTA MORIR.

Sin retórica el Capitán Palacios comienza la descripción del combate que se avecinaba. En un folio y medio describe lo sucedido desde la noche del día 9 de Febrero de 1943 hasta las 14:30 del día siguiente en que es hecho prisionero.

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Ante el inminente ataque enemigo, el Capitán Palacios toma las pertinentes medidas de un Jefe de Compañía:

-Instruye a la Compañía en el combate que se avecinaba

-Redobló el servicio de noche para evitar infiltraciones y sorpresas.

El combate duraría desde las 07:00 de la mañana hasta las 14:30, hora en que son hechos prisioneros los pocos supervivientes que quedaban.

Los partes entre el Comandante Payeras y el Capitán Palacios durante el combate quedan fielmente reflejados en el libro de Torcuato Luca de Tena, pero hay una variación en uno de ellos que es necesario resaltar.

En el libro dice: Envié un nuevo parte al Comandante: Un fuerte contingente enemigo ha penetrado por el flanco izquierdo y me efectúa un cerco a larga distancia, fuera del alcance de mis armas. La primera y la segunda sección se han replegado. Continúo defendiendo la posición con mi Plana Mayor y la tercera sección. Mis bajas son numerosas. La única ametralladora de que disponía, destruida por la artillería. ¡Viva siempre España!-Capitán Palacios.

En su Declaración Jurada hay un pequeño pero importante matiz diferenciador:

‹‹La primera y segunda sección, sin orden mía, se han replegado…››”


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2016 02 08, 5:38
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul

Es algo que en su libro evita comentar pero lo resalta en su declaración jurada de hechos.

A continuación relata cómo son hechos prisioneros:
Expone las razones de carácter táctico por las que no se replegó ante el ataque enemigo y que no relata en el libro de Torcuato Luca de Tena.Y destaca el comportamiento heroico de sus hombres.

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EL CALVARIO: Kolpino, Leningrado, Cheropoviest, Moscú, Suzdal, Oranke, Potma, Jarkov, Ors, Leningrado, Borovichi, La Mina, Rewda, Chervakov, Vorochilograd, fueron los lugares que recorrió el Capitán Palacios durante sus once años de calvario.

KOLPINO:

Allí fue interrogado por la “Línea del ISHORA” de la que él había dicho era la verdadera línea de resistencia y que ellos sólo habían sorprendido la línea de vigilancia. Se le invitó a dirigirse por radio al General Esteban Infantes y al sector de la División invitándoles a rendirse. Ante su resistencia se le dijo que las siete mil bajas del ejército rojo tenidas ayer, serían vengadas.

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LENINGRADO:

Trasladados a Leningrado se recrudecieron los interrogatorios invitándosele de nuevo a dirigirse a la División para que se rindiera. A su regreso de uno de los interrogatorios se encuentra con una desagradable sorpresa6

El Capitán Palacios en el libro Embajador en el Infierno habla de quienes se abandonaron a la ignominia. Oculta la mayoría de los nombres de los débiles, dice de ellos que fueron muchos, y de los traidores, pocos.

“Sólo ocultaremos, cuando sea posible, por discreción, los nombres de los débiles o los traidores, pues no son estas páginas alegato de fiscal, sino testimonio de Historia”.

En su Declaración Jurada el Capitán Palacios no oculta ningún nombre y narra los hechos de todos y cada uno así como su comportamiento.

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CHEROPOVIAR

Hemos respetado el nombre tal y como lo escribió el Capitán Palacios en su Declaración Jurada…CHEROPOVIAR, en la región de MAKARINO, aunque su nombre es CHEROPOVIEST, tal y como lo transcribe en “Embajador en el Infierno”.7

Allí a los soldados, desnutridos y mal equipados, se les encuadró en Brigadas de trabajo, un trabajo agotador para después someterles a una intensa acción política. Se pretendió que los soldados por medio de cartas se dirigieran a sus compañeros de la División invitándoles a pasarse a la filas rojas diciéndoles que el país del comunismo era el verdadero Paraíso…Se logró que las cartas fueran rotas no saliendo ninguna (una de ellas llevaba la firma de 160 soldados). En esta difícil misión cooperaron eficazmente, el Teniente ROSALENY JIMÉNEZ, el Alférez José del Castillo Montoto, los Sargentos Ángel Salamanca Salamanca, Moreno y Quintela, con el soldado José Jiménez, que, como enlace, tan buenos servicios prestó en esta ocasión.

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MOSCÚ. Campo nº 27.

A primeros de Junio, llegó al Campo el General jefe de E.M. del VII Ejército alemán, que cercó Stalingrado, Don Arturo Schmidt, con el que se entrevistó. Al poco tiempo los rusos prohibieron estas conversaciones.

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SUZDAL

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El Coronel ruso, Jefe del Campo, Krasti, que luego fue General y Comandante Militar de Lituania, formó a los prisioneros concentrando delante de ellos una fuerte guarnición armada de fusiles, ametralladoras y profirió toda clase de amenazas para obligarles a trabajar. Todo el Campo se puso en marcha atemorizado por las amenazas excepto los oficiales españoles (excluidos Honorio Martín y José Navarro).

Fueron encarcelados en condiciones pésimas y en el interrogatorio en tono despectivo se le dijo al Capitán Palacios que ni sabía porque había ido a luchar contra la Unión Soviética, a lo que este respondió: “Efectivamente cuando vine no sabía porque venía a luchar, ahora… ya lo sé”.

A principios del 1.946 fueron repatriados los prisioneros de guerra italianos, y por el Coronel de Bersaglieri Luigi Longo, envió la siguiente nota al Gobierno español: “Que todo cuanto habíamos visto en Rusia, justificaba la presencia de la División Azul en el frente ruso, que no se creyera en la propaganda que Radio Moscú hacía con nuestros soldados, consecuencia del terror desplegado, que no se preocupen por nosotros y, que por nosotros, no se hiciese ninguna concesión a los rusos”.

ORANKE

Son trasladados en Julio de 1946 a ORANKE, región de Gorti. Allí de nuevo surge la cuestión del trabajo sin que haya unanimidad de criterio.

En Embajador en el infierno relata la situación que se plantea con el trabajo y hace una crítica fundamentalmente dirigida a uno de los oficiales que argumentaba que la postura de los que se negaban a trabajar equivalía a presumir de reaccionario. Oculta el nombre de dicho oficial cosa que no hace en su Declaración Jurada.

Se trataba de un oficial de Aviación, pero vamos a omitir su nombre. El capitán Palacios le replicó: “Presumir de reaccionario es muy fácil en una terraza de Alcalá ante un doble de cerveza, pero aquí a dos pasos de Siberia y con minas de carbón a una profundidad de 2000 metros no es tan fácil, y esa presunción no cabe duda, está animada por fines muchos más nobles”

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En su Declaración Jurada narra la llegada al Campo de un grupo de españoles con los que intentan ponerse en contacto rechazando estos el diálogo al saber que pertenecían a la División Azul…”Con ustedes no queremos nada”. Componían el grupo recién llegado rojos exiliados en Francia, entre ellos el Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor de las Brigadas de Madrid, Capitán Sauri procedente de la Escuela Aeronaval de Cartagena, una mujer Amparo Fernández de Santander, con su hijo José Luis, de doce o catorce años… todos ellos cogidos en la evacuada Embajada española de Berlín, creyendo los rusos que apresaban al Embajador y su señora. Los encerraron en los Campos de Concentración pese a sus ardientes protestas y afirmación marxista de que todos ellos hacían gala.

Los prisioneros de la División Azul organizaron un socorro azul para las mujeres y niños. El inicial recibimiento hostil se convirtió pronto en amistad.


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2016 02 08, 5:59
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul

POTMA

En Noviembre de 1.946 fueron trasladados a un Campo de Repatriación. No cita el nombre del campo pero sí lo hace en el libro Embajador en el Infierno. Era el Campo de Potma.

Allí se suceden los enfrentamientos con los llamados Grupos Antifascistas.Allí se les ordenó quitarse el emblema de España que llevaban como pertenecientes a la División Azul.

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JARKOW

A finales de Enero o principios de de Febrero de 1.947 fueron trasladados al Campo nº 2 de Jarkow. Campo de triste recuerdo para todos los que por allí pasaron por los métodos de exterminio que en él se practicaban. Las amenazas al Capitán Palacios eran constantes.

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Se trabajaba en el Campo 12 y hasta 14 horas para ganarse una pestilente sopa. Alguno trabajaba dos horas más para ganarse la comida. El Capitán Palacios les hacía ver la barbaridad que cometían.

Ocurrió con el soldado José Jiménez que después de la jornada agotadora del día estaba a las dos de la mañana paseando por la barraca y sin dormir. Palacios le ordenó acostarse respondiendo Jiménez que no podía dormir pensando en el desayuno. El hambre hacía mella en todos los prisioneros.

Poco después describe la muerte del Teniente Molero.

Fue trasladado a un Campo de recuperación a unos 5 Kms. de Jarkow, regresando al mismo a principios de Marzo de 1.948. Allí se le empezó a instruir el primero de sus procesos junto al Teniente Rosaleny, Alférez Castillo y Soldado Victoriano Rodríguez.

Los transportes de repatriación continuaban efectuándose pero de los españoles ni se hablaba. Un soldado, Francisco Sanz, de Alicante acusó al Capitán Palacios de ser el responsable de que los españoles siguieran en Rusia. El Capitán le contestó: “Eso no es cierto, puesto que aquí hay prisioneros de otras nacionalidades que no tienen al Capitán Palacios, de todos modos acepto la responsabilidad que me corresponda, pero si algún día regresáis conmigo, entrareis en España por la puerta grande, por la misma que salisteis.”

En el juicio al que se le sometió actuaron de testigos de cargo, César Astor, Segovia, Montes, Alférez Navarro y tres alemanes.

La sentencia fue de veinticinco años de cárcel en sustitución de la pena de muerte. Cuatro meses antes fueron colgados en la plaza de Jarkow cuatro alemanes.

Se les abrió un nuevo proceso por agitación política y sabotaje.

ORS-LENINGRADO-BOROVICHI

En Noviembre con otros presos rusos fueron trasladados a la cárcel de Ors, región de Mins, donde estuvieron cinco o seis días. De ahí a Leningrado donde estuvieron otros tantos hasta ser trasladados a la cárcel de Borovichi en la que comparecieron por tercera vez ante un Tribunal Militar. Era el día 10 de Diciembre de 1.949. Fue intérprete en este tribunal el sargento del ejército rojo Felipe Pulgar.

El Tribunal volvió a condenarles a veinticinco años de cárcel en sustitución de la pena de muerte.

CAMPO DE LA MINA

El 24 de Diciembre fueron trasladados al Campo de La Mina. El resto de españoles se encontraba en un Campo a 5 km,s.

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Llegaron al Campo los cuatro condenados a diez años de reclusión en el Tribunal de Smolensko, José María González, Enrique Maroto, Emilio Rodríguez y Mena, y en diciembre, otro grupo entre los que se incorporaba el Teniente Rosaleny procedente de un hospital en donde había sido tratado mediocremente de una tuberculosis pulmonar, que adquirió durante la permanencia en la cárcel de Jarkow.

En la segunda quincena de Julio de 1.951, todo el Campo fue trasladado a los Urales, Región de Svarlof.

En Febrero o Marzo del 52, llegó a los Urales una gran parte del contingente español que habían dejado sin condenar en Borovichi y fueron distribuidos en pequeños grupos, por los diferentes campos de Svarlof.

Llega el final de su cautiverio cuando a fines de Mayo de 1.953 es trasladado a Chervacov en el que permanecieron ocho meses hasta su traslado a un Campo de la región de Vorochilogrado en el que se reunieron con todos los demás españoles concentrados para su repatriación.18

Termina su Declaración Jurada el Capitán Palacios pidiendo a sus compañeros que a todos perdonen y acepten.


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2016 02 08, 6:10
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Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda

Me cabe el honor de que mi padre combatiera en la épica batalla de Krasny Bor, a pocos metros del heroico Capitán Palacios.


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Honor y Gloria a los que dieron su vida por España


2016 02 08, 6:19
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Lo prometido es deuda. Krasny Boor relatada por el Capitán Teodoro Palacios Cueto:

Este relato comienza el 9 de febrero de 1943, en Rusia, a las ocho de la tarde y a tres metros bajo tierra. Unos golpes muy fuertes sonaron en la puerta de mi bunker.
¿Da usted su permiso, mi capitán?
Adelante.
Entró un enlace. Al abrir la puerta penetró una ráfaga de aire helado.
¡Cierra, cierra o nos congelamos!.
Fuera, la temperatura no subía de veinte grados bajo cero, mientras que la del bunker, con su estufa encendida, estaba bien caldeada. El enlace venía calzado con la calentísima walensky rusa, bota alta de fieltro en lugar de cuero; llevaba el pasamontañas ceñido a la cabeza, dejando apenas sitio a los ojos, boca y nariz, y el camuflaje blanco, medio sábana medio gabardina, con su caucha perlada de hielo, le cubría de la cabeza a los pies. Me extendió un sobre azul y rogó le firmara el “recibí”.
Dentro del sobre azul venía otro, con la palabra “secreto” escrita a grandes rasgos, y dentro de este último, un parte del comandante de mi batallón, que decía virtualmente así:
“ El Servicio de Información me dice que en la madrugada de mañana el enemigo efectuará un ataque en el sector defendido por este batallón, con unos efectivos de una división en primera línea y dos de reserva. Ruégole tome las medidas oportunas y me informe por todos los medios de comunicación de que dispone, teléfono, radio y soldadograma, de las incidencias del combate. En todo caso espero que su compañía sabrá cumplir con su deber. Firmado: José Payeras Alcina, comandante del segundo batallón. Regimiento 262”.

Despaché al enlace y mandé venir a todos los oficiales de mi compañía: teniente Molero y alféreces Castillo, Santandréu y Céspedes.
-Mañana vamos a tener toros- les dije.
El bunker era un pozo cavado en tierra, de unos tres metros de profundidad, dos y medio de ancho y otros tantos aproximadamente de largo. El techo estaba formado por cuatro pisos de troncos de pino. En realidad eran varios techos superpuestos. En el inferior los troncos se extendían apretados a lo ancho del bunker, en el siguiente los troncos se apoyaban a lo largo, y así sucesivamente. Sobre todos ellos, medio metro de hielo daba consistencia y protegía la simplísima construcción.

Las paredes del bunker estaban forradas de madera, con mucho postín, para cerrar paso a las raíces.... y adecentarlo a la vista. En el suelo no había más que las literas, donde dormíamos Castillo y yo; un armario de pino, dos mesas, dos sillas y unas palanganas. En las mesas, el, papeles, , la radio –por la que oíamos San Sebastián, Sevilla y Radio Coruña- mapas, papeles, alguna fotografía...., todo el mundillo en fin, de cosas menudas entrañables que nos unía al mundo que habíamos dejado atrás. Este hilo tan leve quedaría roto pocas horas después. Cada mañana, desde que ocupamos aquella posición, había que sacar el agua que se había infiltrado por el suelo pantanoso. A veces la altura del agua rozaba el borde de las literas. En las paredes quedaba la marca de al humedad como un zócalo más oscuro. Esto daba un cierto matiz gracioso a la decoración. Por último, la estufa, nuestra gran aliada. La salida de humos de todos los bunkers (pues la compañía entera, en grupos de a quince o veinte, dormía en ellos) la había organizado, dirigiéndolos por medio de chimeneas subterráneas que salían treinta metros atrás del verdadero emplazamiento para evitar su localización. Los rusos nos saludaban cada mañana regalándonos buenos morterazos de desayuno, a los que correspondíamos nosotros con igual cortesía. Los suyos iban dirigidos a las columnas de humo que veían salir bajo tierra. Lo más que conseguía era destrozar la boca de la chimenea, pero nunca llegó su regalo al interior de nuestras guaridas. Quiero decir que nunca había llegado.... hasta aquel día.

Los oficiales Céspedes, Santandréu y Molero no tardaron en presentarse en mi puesto de mando. Les impuse de las noticias recibidas, las órdenes por cursar y la medidas por disponer. No quise que s ijera nada a los soldados de lo que iba a ocurrir, para evitar que el pensamiento de la próxima batalla les impidiera dormir y no estuvieran en forma cuando llegara la hora de actuar. Todos los días, durante los largos meses que allí estuvimos inmovilizados, los oficiales se reunían con sus secciones y daban a la tropa clases teóricas sobre temas militares. Aquella tarde las clases versaron sobre medios de defensa en caso de ataque por fuerzas numéricamente supriores. Se redoblaron los servicios de vigilancia, ordené limpiar una trinchera medio inservible y mandé a los muchachos a dormir. A dormir..., lo que para muchos sería su último sueño.

Nuestra posición al sur de Kolpino, a un solo centenar de kilómetros de Leningrado, estaba situada en los arrabales, como quien dice, de una aldehuela en poder de nuestro Ejército: Krasny Boor. Era aquélla una llanura inmensa de hielo, sin ondulaciones ni montañas que quebraran el horizonte. Tan solo unas manchas de pinos o abetos rompían a trozos la monotonía del paisaje. Entre los pinos, las clásicas isbas rusas o casitas rurales, muy aisladas entre sí para evitar los riesgos de incendio. Constan de una sola habitación-comedor, donde duerme en el suelo toda la familia, y una cocina con estufa, donde se reúnen por las tardes. Carecen de servicios higiénicos y agua corriente. Las funciones fisiológicas se realizan en la cuadra entre los animales, engordando así el estiércol. Digo, que esto era antes, en la paz, pues ahora estaban vacías. Aunque teníamos cuatro o cinco isbas entremezcladas con los bunkers de la compañía, ni siquiera nosotros la utilizábamos, pues eran un blanco demasiado inocente para el enemigo.
Aquella noche –del 9 al 10 de febrero de 1943, última noche de mi libertad- recorrí toda la posición. Antes de hacerlo me guardé una bomba de mano en el bolsillo por si surgían sorpresas en el paseo nocturno. En mi sector, el frente era continuo. Quiero decir que estaba marcado por una trinchera real, abierta a lo largo de centenares de kilómetros sin solución de continuidad. A mi batallón –el número 2 del regimiento 262- le correspondía un frente de cinco kilómetros distribuido entre tres compañías. A mi derecha estaba situada al que mandaba el capitán. Huidobro (muerto en esta operación) y a mi izquierda la que mandaba el capitán Iglesias (muerto en esta operación). Detrás de mí, y a unos 500 metros, el comandante de mi batallón, don José Payeras Alcina (muerto en esta operación), tenía establecido su puesto de mando. A la extrema izquierda de mi compañía estaba la sección que mandaba, a mis órdenes, el alférez Santandréu (muerto en esta operación); en el centro, la que mandaba el alférez Céspedes (muerto en esta operación) y a la extrema derecha la que mandaba el alférez Castillo, que horas después hubiera preferido morir como todos sus compañeros. Esta última sección era, desde un punto de vista de organización de la defensa, la más delicada, pues flanqueaba la línea de ferrocarril Moscú-Leningrado, objetivo de extraordinario valor para los atacantes, no sólo por ser lo que era, sino por estar elevada sobre el nivel del suelo unos seis metros, dominando la totalidad de m compañía. La del Capitán Huidobro y la mía enlazaban precisamente en esta línea de ferrocarril. Para evitar que los enemigos alcanzaran este objetivo establecí mi puesto de mando en la sección del alférez Castillo. Informé de ello al comandante y solicité se me enviaran granadas de mano y minas contracarros. El comandante, a su vez, las solicitó del regimiento, y a lo largo de la noche me fue llegando cuanto había pedido. De un lado, las granadas, anunciándome que en otro envío llegarían los detonadores. De otro lado cien minas contracarros, aunque sin fulminantes, pues éstos vendrían aparte. Sin embargo, ni fulminantes ni detonadores, por impedirlo seguramente el principio de la batalla, llegaron a mi poder. Tuve, pues, que limitarme a mis propios medios en minas y granadas.

Llegó la madrugada y tuve hambre. Sorbí el jugo de un limón y me guardé varis más en el bolsillo. Ya han pasado años desde entonces y aun pasarán los de mi vida entera sin que pueda borrarse de mi memoria, mientras viva aquel amanecer. El silencio –una vez concluidos los primeros preparativos- era total. La vida toda del campamento estaba paralizada. Los soldados, ignorantes de cuanto iba a ocurrir, dormían. Solo el frío esta a presente, como un testigo corpóreo, vivo. Humedecer los labios con la lengua equivalía a sentir el hielo apretándose, quebrándose contra la piel. Y empezó a clarear. Los amaneceres son largos en Rusia, como si a la luz le costra trabajo empujar a la noche, pero aquél parecía más largo que ninguno. Primero se dibujaron, como manchas borrosas de tinta, los pinos a nuestra espalda y el terraplén del ferrocarril a la derecha. Más tarde el pozo de la trinchera, culebreando en la nieve, y delante de ella, a 25 metros, las alambradas con los escuchas cuerpo a tierra, confundidos con el suelo por su camuflaje blanco. Todo estaba quieto. La quietud era la acción agazapada: el tigre inmóvil listo para saltar. ¡Y saltó!

A las siete comenzó la preparación artillera. Doscientas baterías –800 piezas de artillería- sobre un sector de 10 kilómetros machacaron la posición como lo harían 800 martillos sobre una mesa cuajada de avellanas. A las siete y diez la trinchera había desaparecido, el puesto de mando volado; el teléfono que me unía al comandante, cortado. El ruido era tan ensordecedor que en medio de aquel estruendo el estallido de una bomba de mano no sonaba más fuerte que el chasquido que produce quebrar una nuez. Era un sonido continuo, sin lugar a separar un estampido de otro. La luz de las explosiones era cegadora. Pero, aunque no lo fuera, la vista no alcanzaba a cinco palmos: era tal el espesor de la niebla formada por el hielo triturado, la tierra pulverizada, los pinos ardiendo y las armas rotas. El olor a pólvora se agarraba como difteria a la garganta y hacía insoportable la respiración. Los soldados habían aprendido bien la lección de la víspera, y, deshechos los bunkers y hundida la trinchera, se pegaban a la tierra en los propios cráteres abiertos por los obuses, esperando el momento de saltar.

Hora y media después el enemigo alargó el tiro, para permitir a sus tropas lanzarse sobre nosotros. Sin pérdida de tiempo ordené emplazar las armas automáticas, y no ya en los dispositivos de densa, totalmente destruidos, sino a la boca de los embudos abiertos en la tierra. De los huecos, como topos, empezaron a salir los muchachos. A uno de ellos le vi de espaldas dando tumbos de un lado a otro. Pensé que estaba borracho y, como no me gusta el valor “Domecq”, le agarré por los hombros dispuesto a castigarle. Al volverle comprendí mi error. Tenía la cara brutalmente desfigurada por la onda explosiva de n proyectil y los ojos –ciegos- llenos de sangre.
A evacuarte...- le ordené. ¡De prisa!
No, mi capitán, Que si no veo, palpo todavía....
Y enarbolaba un machete en la mano.
¡Bravo muchacho!- le dije. ¡Bravo!
Y lo mandé evacuar, no sin que protestara y hasta intentara desobedecerme. Pensé arrestarle por su desobediencia y pedir un premio para su arrojo. Se llama Lorenzo Araujo.

Una compañía enemiga se lanzó entonces al asalto en sentido diagonal frente a nosotros dirigiéndose hacia la línea de ferrocarril, que quedaba a mi derecha. Yo tenía instrucciones de lanzar un cohete rojo cuando precisara el apoyo de nuestra artillería. Debía lanzarlo precisamente en la dirección en que necesitara el refuerzo artillero. Pude hacerlo en esta ocasión y, sin embargo, no lo hice. En primer lugar, por no distraer nuestras escasísimas piezas, y en segundo término por tener la esperanza de poder machacar, por mí mismo, esta primera oleada de atacantes. Y, en efecto, el alférez castillo, que defendía esta sección, dio buena cuenta de la compañía enemiga, dejando aniquilada entre el punto de salida y la línea de ferrocarril. Por medio de Alonso Orozco-Miranda, en misión de enlace- que en nuestro vocabulario particular llamábamos “soldadograma”- yo había enviado al comandante el siguiente parte: “la compañía bien, aunque muy castigada. En este momento (8,30) el enemigo se dirige hacia la vía, pretendiendo envolver, probablemente, mi tercera sección, en la que yo, accidentalmente, he establecido mi puesto de mando. ¡Viva siempre España! Salúdale el capitán Palacios”.

Castillo Montoto, con valor singular y excepcionales dotes de mando, rechazó un segundo ataque de flanco contra la tercera sección y la línea de ferrocarril, obligando de nuevo al enemigo a replegarse. No ocurría lo mismo en todos los puntos de mi compañía. Los alféreces Santandréu y Céspedes se vieron rebasados por su izquierda, ya que la compañía que mandaba el bravo capitán Iglesias, al morir éste en los primeros minutos, fue desbordada, y el enemigo penetró en tromba por aquella brecha. A verse envueltos estos dos oficiales intentaron replegarse para hacer frente a la nueva situación y sucumbieron con sus secciones, quedando reducida mi compañía a la tercera sección y a mi Plana Mayor.
El sargento Ángel Salamanca, de la sección segunda, cayó de pronto sobre mí.
¿ Por qué has abandonado tu posición? – le pregunté.
Titubeó.
¡Estoy solo!- me dijo patéticamente.
¡Recupérala!
Y lo hizo.
Le vi salir lanzando bombas de mano a diestro y siniestro. Más tarde me envió un mensaje angustioso........
Envíeme gente y podré resistir.
Entonces, sólo entonces, le ordené replegarse.
Y tomó parte conmigo en la última batalla. Fue herido en los ojos, como Araujo, y al no servir, por esta causa, como sargento para mandar tropa, siguió luchando como cargador de fusiles ametralladores. Era todo un hombre.
Envié un nuevo parte al comandante: “ Un fuerte contingente enemigo ha penetrado por el flanco izquierdo y me efectúa un cerco a larga distancia, fuera del alcance de mis armas. La primera y la segunda sección se han replegado. Continúo defendiendo la posición con mi Plana Mauro y la tercera sección. Mis bajas son numerosas. La única ametralladora de que disponía, destruida por la artillería. ¡Viva siempre España!- Palacios”.

En aquel momento, de la quinta compañía a mi mando quedaban en combate no más de treinta hombres; una parte, la más numerosa, se mantenía con un fusil ametrallador defendiendo el frente y el flanco de la línea de ferrocarril. Mi Plana Mayor, con un fusil ametrallador y varias pistolas ametralladoras, se trasladó a taponar la brecha del flanco izquierdo, situándonos en una trinchera perpendicular con la ya destruida, que no había sido utilizada desde hacía meses y que por verdadera inspiración mandé limpiar durante la noche, pues estaba cegada por la nieve. Esta segunda trinchera nunca creímos que sirviera para nada, pues, como queda dicho, no era paralela, sino transversal con la línea del frente. Ahora, en cambio que l frente había sido roto y que la infiltración se producía de flanco, daba la cara a la nueva invasión. O creo que en ella hubiéramos podido resistir si la línea de ferrocarril, defendida por el capitán Hidobreo, no hubiera sido tomada por su flanco derecho. Al igual que la de Iglesias, esta compañía fue arrollada al morir su heroico capitán.
- Lo suponía- dije cuando me informaron-, porque si viviera, los rojos no hubieran tomado por su flanco la línea del ferrocarril.
Ante esta gravísima situación, dominados completamente por el enemigo establecido en la vía, di orden a todos los pelotones de resistir hasta morir.
A las once menos cuarto el enemigo lanzó sobre nosotros, por segunda vez, la artillería. Apenas se hizo el silencio, la aviación roja hizo acto de presencia y nos dio una pasada. Utilizando la frase de otro capitán algo más viejo que yo, pues luchó en Flandes en mil quinientos y pico, diré que “la tierra temblaba....como enjuagadientes en la boca”.

Entonces el enemigo reanudó el ataque. Los muertos y los heridos, entre nosotros, eran veinte veces más numerosos que los aptos para luchar. Se veía tan cerca de los atacantes que una buena pedrada podría alcanzarles. Estaban pegados a tierra, esperando el momento para saltar. Desde al altura del terraplén del ferrocarril barrían con automáticas nuestra posición. El comandante no llegó a recibir mi último parte: “La situación, desesperada. Completamente sitiados desde las 10:30, combato en todas direcciones. El enemigo me domina desde la vía y me inmoviliza. Imposible replegarse combatiendo, por carecer de armas automáticas y tener que transportar numerosos heridos. En caso que usted ordene mi repliegue, ruégole proteja mi retirada. En todo caso espero sus órdenes y continúo defendiendo la posición. Como siempre, ¡Viva España!- Palacios”.
Once años después supe que el comandante Payeras había muerto heroicamente, por heridas recibidas aquel día. Rodeados por todas partes, el cerco se fue ciñendo, apretándose en anillo sobre nosotros. Las instrucciones recibidas, como ya he dicho, habían sido las de alcanzar cohetes rojos a lo largo del combate, señalando las direcciones de ataque el enemigo, con el fin de que nuestra artillería le castigara de acuerdo con el código de señales acordado. A aquella hora, por primera vez, los utilicé y los lancé al norte, al sur, al este y al oeste. Pero nuestra infatigable artillería no existía ya. El cerco se ciñó tanto que la infantería enemiga no podía ya disparar sobre nosotros ni siquiera con armas cortas, pues corría el riesgo de causar bajas por encima nuestro a los suyos propios. Por esta cusa. Las últimas horas de combate se desarrollaron en un impresionante silencio.

-No nos quedan municiones- me dijeron.
-Preparad bolas de nieve. Sirven de piedras.
Durante todo el combate apenas tuve tiempo de atender a los heridos. Ya en esta fase di orden que los alojaran en un bunker, el único que no había sido deshecho. Era tan grande el silencio que, en esta espera angustiosa, sólo oíamos a nuestra espalda los ayes y los lamentos de los heridos del bunker. Decidí hacerles una visita y pede al alférez Castillo que me acompañara. El cuadro era tal queme duele hasta recordarlo. Algunos agonizaban. A los que habían muerto se les cubría con un saco en espera de trasladarles a mejor lugar. No llevábamos tres minutos con ellos cuando me reclamaron a gritos. Subí a la superficie y me encontré a los rojos ya encima. Castillo disparó sobre ellos el último cargador de su pistola automática y les hizo varias bajas. En oleadas, y sin disparar, pues se hubieran herido a sí mismos, cayeron físicamente sobre nosotros. Entre la capa de polvo, nieve, sudor y sangre se adivinaban los rasgos de los vencedores. Unos eran nórdicos y se diferenciaban poco de los alemanes. Otros –pómulos salientes, ojos oblicuos.- eran mongoles. Uno de los atacantes, herido en el vientre, se desplomó allí mismo ante nosotros. Un suboficial ruso le preguntó si podría levantarse, y, al contestar éste que no, le remató de un disparo en la nuca. El muerto y el matador eran compañeros de armas.
¡Dawai!....¡pallejali!- que quiere decir: ¡Adelante!, ¡de prisa!.
La estepa se abría ante nosotros, desnuda y helada.
¡Dawai! ¡Dawai!
La noche, a nuestra espalda, cayó como un cerrojo sobre Asia, la “cárcel infinita”.


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2016 02 10, 2:10
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Un artículo inspirado en la versión de Ángel Salamanca:

El dia que perdi a 1.000 compañeros
El 10 de febrero se cumplira el 60 aniversario de Krasny Bor, la mas dura batalla de la Division Azul en el frente ruso. un superviviente, el entonces sargento Angel Salamanca, rememora como la nieve se lleno de cadaveres de españoles


«Parece que el cielo se va a desplomar encima de ti, que se acaba el mundo, que nadie va a quedar vivo. Faltaban pocos minutos para las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943 y había comenzado el miércoles negro en Krasny Bor. La artillería rusa inició el castigo sin piedad. Los españoles que estábamos en primera línea corrimos a los búnkeres a cobijarnos de los fogonazos de más de 800 cañones que hacían agujeros tan grandes como plazas de toros. La tierra temblaba y el humo hacía difícil la visibilidad.Estábamos escondidos como ratas en el búnker, a 2,5 metros de profundidad. Todo era ruido, fuego, gritos, lodo, nieve y sangre.El termómetro no subía de los 25º bajo cero. Pese al frío, se sudaba, pero no se comía, ni se bebía, ni se fumaba, ni se daban los buenos días.


Muchos oficiales, en labores de vigilancia, fueron alcanzados con los primeros bombazos, dejando sin mando a la tropa. Fue ésta una de las claves de la batalla. Se decía que nunca caía un obús o un mortero donde ya había caído otro. Mentira. Caían por cientos, unos encima de otros, y al explotar esparcían metal caliente en todas direcciones. Cada una de las 800 bocas vomitaba fuego cada 10 segundos, el tiempo necesario para cargar y disparar.Enseguida se sumaron los famosos organillos de Stalin, camiones con plataformas de artillería que disparaban consecutivamente, provocando un ruido atroz, como si fuesen órganos. Tanto poderío militar para el sector tan reducido por el que se peleaba era una barbaridad.

La División Azul estaba desplegada en el norte del pueblo de Krasny Bor, en un frente de 20 kilómetros de largo al sur del sitiado Leningrado. Desde 1941 los alemanes habían cercado la ciudad y, en su intento definitivo por acabar con el sitio, los soviéticos habían elegido Krasny Bor. Estábamos, pues, en el eje de su ataque. Mi unidad, unos 5.000 hombres -aproximadamente un tercio de los efectivos españoles- se encontraba allí.

Yo estaba incorporado como sargento a la Quinta Compañía del II Batallón del Regimiento 262, a las órdenes del capitán Teodoro Palacios, quien me destinó a la segunda sección, al mando del alférez Céspedes. A mi cargo tenía un pelotón reducido de 35 hombres. Venía de un larga experiencia en combate en primera línea adquirida en los frentes de Aragón, Madrid y Cataluña durante la Guerra Civil desde agosto de 1936, cuando tenía 17 años. Me enrolé en la División Azul en verano de 1942, en Logroño.

Cuando empezaron las hostilidades aquella mañana del 10 de febrero, en realidad hacía ya días que sabíamos que algo gordo se cocía en las filas rusas. En las trincheras, Radio Macuto informa con mucha antelación. Un ucraniano que se pasó al bando español en la noche del 9 de febrero fue la señal inequívoca de que el ataque era inminente: llevaba ropa interior nueva, una costumbre local antes de la batalla para morir limpios y puros si caían abatidos en combate. Entendimos rápidamente que en pocas horas empezaría el baile. Había tensión, pero no miedo.

El fuego de artillería duró más de dos horas, en las que se produjo la mitad de las bajas del día. Al cesar la artillería, comenzaron las pasadas de la aviación enemiga, que hostigaron especialmente a nuestra Quinta Compañía; sólo en el pelotón bajo mi mando hubo una decena de bajas, entre muertos y heridos, en las tres primeras horas. Otras compañías fueron literalmente trituradas.

Pese a que el avance terrestre del Ejército Rojo se produjo por cuatro líneas de penetración con una división en cada una -44.000 hombres en total-, se toparon con serias dificultades. El calor de la artillería había dejado el acceso a nuestras nevadas posiciones como un completo barrizal por donde los carros de combate KV-1 y T-34 quedaban atascados y los esquiadores, empantanados.

Pero más importante fue que no esperaban nuestra respuesta. Creían que tras el bombardeo estaríamos todos muertos. Y lo que hicimos fue salir a nuestros puestos, emplazar las máquinas y recibirlos a fuego limpio. Las órdenes del capitán Palacios eran claras: "¡Resistir y resistir!".

Aunque la infantería rusa llegaba por oleadas, lo hacía muy desordenada y pudimos repeler los primeros ataques. Había que resistir hasta morir. Pero iban acumulándose las bajas; entre ellas la del alférez Céspedes. Si había heridos, se les evacuaba. Si había cadáveres, se apartaban para no pisarlos y se seguía disparando. El espectáculo era dantesco. Para coger una pistola y pegarse un tiro.

A media mañana, los rusos habían perforado el frente por tres sitios, pero los capitanes Campos, Oroquieta, Aramburu y Palacios resistían a duras penas con seis compañías muy debilitadas. La Luftwaffe no hacía acto de presencia; y la División SS Volkspolizei, situada en la media distancia, no podía auxiliar, pues debía aguantar para hacer frente a una previsible embestida rusa.

A mediodía estábamos prácticamente cercados por el flanco izquierdo.Mi sección, sin oficial al mando, era ya un islote con unos pocos supervivientes. Sólo pude atrincherarme y abrir fuego de costado.Primero con un único tubo de mortero que defendía Joaquín, un cabo de Ponferrada. Cubría su ojo izquierdo con una mano porque le habían pegado un tiro en la cara.

Nos retiramos por la trinchera de evacuación y regresé con dos soldados más para recuperar parte de la munición y alimentos del búnker y destruir el resto. Tiramos bombas de mano como locos.Al retirarnos al enclave donde resistía Palacios, éste me dijo: "¡Salamanca, desde este momento eres Medalla Militar!". Acto seguido acudí al sector del puesto de mando. Sólo quedaba operativo un fusil ametrallador, pero causó estragos.

Llegaban columnas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Pero hasta un ciego habría hecho blanco.

Toda la potencia de fuego de la máquina, 1.300 disparos por minuto, provocó una carnicería en las filas enemigas y nos mantuvo con vida. No es que nuestro cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, tres veces cayó el soldado que la servía. Cuando un cuarto soldado me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?», decidí empuñar personalmente la ametralladora. Al cabo, los rusos acertaron con una granada de 120 que cayó ante el cañón. Salí despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que tenía también una herida de bala en la rodilla.

Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y los indemnes, agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entró al búnker: "De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros". Los 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero sólo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevábamos.

El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética.Los 30 detenidos de Oroquieta, con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trató de atacarnos, pero el mongol las rechazó a culatazos.

Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber qué armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler. «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles mauser corrientes», nos informó el republicano español.

Luego vino un cautiverio en campos de concentración que se alargó hasta 1954. Las estadísticas hablan de 2.252 bajas españolas (1.125 muertos, 91 desaparecidos y 1.036 heridos) en un solo día. Otras 1.000 se sumaron en los días posteriores. Aunque los españoles retrocedimos ese día tres kilómetros, los rusos no avanzaron más. Tras intensos combates, el mando soviético ordenó a sus fuerzas pasar a la defensiva. El frente quedó estabilizado durante un año.

La batalla de Krasny Bor, con una encomiable resistencia de nuestra División -el 10 de febrero se consiguieron tres de las ocho laureadas de la División Azul en la URSS- enterró una gran ofensiva posterior para romper el cerco de Leningrado. Los divisionarios que luchamos allí y estuvimos cautivos hasta 1954 no supimos qué ocurrió hasta el regreso a España, pero teníamos la creencia de que la ofensiva no había llegado más al sur que Krasny Bor.»


Elaborado por Juan Pablo Cardenal sobre el testimonio del teniente Angel Salamanca. Más información en los libros «Esclavos de Stalin», de Angel Salamanca, y «Nieve roja», de los hermanos Miguel Angel y Fernando Garrido

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2016 02 10, 2:13
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El dia que perdi a 1.000 compañeros

El 10 de febrero se cumplira el 60 aniversario de Krasny Bor, la mas dura batalla de la Division Azul en el frente ruso. un superviviente, el entonces sargento Angel Salamanca, rememora como la nieve se lleno de cadaveres de españoles

«Parece que el cielo se va a desplomar encima de ti, que se acaba el mundo, que nadie va a quedar vivo. Faltaban pocos minutos para las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943 y había comenzado el miércoles negro en Krasny Bor. La artillería rusa inició el castigo sin piedad. Los españoles que estábamos en primera línea corrimos a los búnkeres a cobijarnos de los fogonazos de más de 800 cañones que hacían agujeros tan grandes como plazas de toros. La tierra temblaba y el humo hacía difícil la visibilidad.Estábamos escondidos como ratas en el búnker, a 2,5 metros de profundidad. Todo era ruido, fuego, gritos, lodo, nieve y sangre.El termómetro no subía de los 25º bajo cero. Pese al frío, se sudaba, pero no se comía, ni se bebía, ni se fumaba, ni se daban los buenos días.

Muchos oficiales, en labores de vigilancia, fueron alcanzados con los primeros bombazos, dejando sin mando a la tropa. Fue ésta una de las claves de la batalla. Se decía que nunca caía un obús o un mortero donde ya había caído otro. Mentira. Caían por cientos, unos encima de otros, y al explotar esparcían metal caliente en todas direcciones. Cada una de las 800 bocas vomitaba fuego cada 10 segundos, el tiempo necesario para cargar y disparar.Enseguida se sumaron los famosos organillos de Stalin, camiones con plataformas de artillería que disparaban consecutivamente, provocando un ruido atroz, como si fuesen órganos. Tanto poderío militar para el sector tan reducido por el que se peleaba era una barbaridad.

La División Azul estaba desplegada en el norte del pueblo de Krasny Bor, en un frente de 20 kilómetros de largo al sur del sitiado Leningrado. Desde 1941 los alemanes habían cercado la ciudad y, en su intento definitivo por acabar con el sitio, los soviéticos habían elegido Krasny Bor. Estábamos, pues, en el eje de su ataque. Mi unidad, unos 5.000 hombres -aproximadamente un tercio de los efectivos españoles- se encontraba allí.

Yo estaba incorporado como sargento a la Quinta Compañía del II Batallón del Regimiento 262, a las órdenes del capitán Teodoro Palacios, quien me destinó a la segunda sección, al mando del alférez Céspedes. A mi cargo tenía un pelotón reducido de 35 hombres. Venía de un larga experiencia en combate en primera línea adquirida en los frentes de Aragón, Madrid y Cataluña durante la Guerra Civil desde agosto de 1936, cuando tenía 17 años. Me enrolé en la División Azul en verano de 1942, en Logroño.

Cuando empezaron las hostilidades aquella mañana del 10 de febrero, en realidad hacía ya días que sabíamos que algo gordo se cocía en las filas rusas. En las trincheras, Radio Macuto informa con mucha antelación. Un ucraniano que se pasó al bando español en la noche del 9 de febrero fue la señal inequívoca de que el ataque era inminente: llevaba ropa interior nueva, una costumbre local antes de la batalla para morir limpios y puros si caían abatidos en combate. Entendimos rápidamente que en pocas horas empezaría el baile. Había tensión, pero no miedo.

El fuego de artillería duró más de dos horas, en las que se produjo la mitad de las bajas del día. Al cesar la artillería, comenzaron las pasadas de la aviación enemiga, que hostigaron especialmente a nuestra Quinta Compañía; sólo en el pelotón bajo mi mando hubo una decena de bajas, entre muertos y heridos, en las tres primeras horas. Otras compañías fueron literalmente trituradas.

Pese a que el avance terrestre del Ejército Rojo se produjo por cuatro líneas de penetración con una división en cada una -44.000 hombres en total-, se toparon con serias dificultades. El calor de la artillería había dejado el acceso a nuestras nevadas posiciones como un completo barrizal por donde los carros de combate KV-1 y T-34 quedaban atascados y los esquiadores, empantanados.

Pero más importante fue que no esperaban nuestra respuesta. Creían que tras el bombardeo estaríamos todos muertos. Y lo que hicimos fue salir a nuestros puestos, emplazar las máquinas y recibirlos a fuego limpio. Las órdenes del capitán Palacios eran claras: "¡Resistir y resistir!".

Aunque la infantería rusa llegaba por oleadas, lo hacía muy desordenada y pudimos repeler los primeros ataques. Había que resistir hasta morir. Pero iban acumulándose las bajas; entre ellas la del alférez Céspedes. Si había heridos, se les evacuaba. Si había cadáveres, se apartaban para no pisarlos y se seguía disparando. El espectáculo era dantesco. Para coger una pistola y pegarse un tiro.

A media mañana, los rusos habían perforado el frente por tres sitios, pero los capitanes Campos, Oroquieta, Aramburu y Palacios resistían a duras penas con seis compañías muy debilitadas. La Luftwaffe no hacía acto de presencia; y la División SS Volkspolizei, situada en la media distancia, no podía auxiliar, pues debía aguantar para hacer frente a una previsible embestida rusa.

A mediodía estábamos prácticamente cercados por el flanco izquierdo.Mi sección, sin oficial al mando, era ya un islote con unos pocos supervivientes. Sólo pude atrincherarme y abrir fuego de costado.Primero con un único tubo de mortero que defendía Joaquín, un cabo de Ponferrada. Cubría su ojo izquierdo con una mano porque le habían pegado un tiro en la cara.

Nos retiramos por la trinchera de evacuación y regresé con dos soldados más para recuperar parte de la munición y alimentos del búnker y destruir el resto. Tiramos bombas de mano como locos.Al retirarnos al enclave donde resistía Palacios, éste me dijo: "¡Salamanca, desde este momento eres Medalla Militar!". Acto seguido acudí al sector del puesto de mando. Sólo quedaba operativo un fusil ametrallador, pero causó estragos.

Llegaban columnas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Pero hasta un ciego habría hecho blanco.

Toda la potencia de fuego de la máquina, 1.300 disparos por minuto, provocó una carnicería en las filas enemigas y nos mantuvo con vida. No es que nuestro cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, tres veces cayó el soldado que la servía. Cuando un cuarto soldado me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?», decidí empuñar personalmente la ametralladora. Al cabo, los rusos acertaron con una granada de 120 que cayó ante el cañón. Salí despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que tenía también una herida de bala en la rodilla.

Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y los indemnes, agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entró al búnker: "De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros". Los 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero sólo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevábamos.

El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética.Los 30 detenidos de Oroquieta, con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trató de atacarnos, pero el mongol las rechazó a culatazos.

Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber qué armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler. «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles mauser corrientes», nos informó el republicano español.

Luego vino un cautiverio en campos de concentración que se alargó hasta 1954. Las estadísticas hablan de 2.252 bajas españolas (1.125 muertos, 91 desaparecidos y 1.036 heridos) en un solo día. Otras 1.000 se sumaron en los días posteriores. Aunque los españoles retrocedimos ese día tres kilómetros, los rusos no avanzaron más. Tras intensos combates, el mando soviético ordenó a sus fuerzas pasar a la defensiva. El frente quedó estabilizado durante un año.

La batalla de Krasny Bor, con una encomiable resistencia de nuestra División -el 10 de febrero se consiguieron tres de las ocho laureadas de la División Azul en la URSS- enterró una gran ofensiva posterior para romper el cerco de Leningrado. Los divisionarios que luchamos allí y estuvimos cautivos hasta 1954 no supimos qué ocurrió hasta el regreso a España, pero teníamos la creencia de que la ofensiva no había llegado más al sur que Krasny Bor.»

Elaborado por Juan Pablo Cardenal sobre el testimonio del teniente Angel Salamanca. Más información en los libros «Esclavos de Stalin», de Angel Salamanca, y «Nieve roja», de los hermanos Miguel Angel y Fernando Garrido


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2016 02 10, 2:21
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Mensaje sin leer Re: La 250ª Division Azul
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