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Historia de un Prisionero en Marruecos 
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Prisionero de Abd-el-Krim, aviador republicano y guerrillero antinazi.
Sol Aparicio un español de tres guerras.
Álvaro Custodio


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Sol Aparicio Rodríguez, el español que participó en tres guerras:
la de Africa, la civil de 1936-39 y la II mundial. Esta foto se halla
fechada en 1941, cuando fue «obrero distinguido» en la URSS.

La savia de los conquistadores españoles, que parecía extinguida desde hace varios siglos, retoña de vez en cuando como un aislado y casi inexplicable salto atávico. Tal es él caso de Sol Aparicio Rodríguez, cuyas vicisitudes y hazañas parecer" emular las que nos cuentan otros dos improvisados soldados de temple como Bernal Díaz del Castillo, Cabeza de Vaca, quienes sirvieron con padecimientos a la gran causa del siglo XVI: descubrir, conquistar y alargar el brazo de España por nuevas y desconocidas tierras en las Indias Occidentales, cuya ruta acababa de abrir Cristóbal Colón. España dejó allí su idioma, «cristianizó» a los indios que no pudo extinguir (no dejó uno solo en todas las islas del Caribe), explotó a los que despojó de sus tierras sin sacar de su primitivismo a los que vivían en regiones inaccesibles o de pobre subsuelo y enteca vegetación, levantó hermosos y hasta suntuosos templos y fortalezas en regiones a veces miserables deslumbrando con la pompa de su religión y la solidez de sus defensas a los pueblos conquistados, y sólo exportó su cultura a muy determinados centros vitales de su imperio colonial. Todo acabó perdiéndose sin gloria ni generosidad. La Monarquía, encarnada entonces en Carlos IV, permitió la ocupación de la península por las tropas de Napoleón que la saquearon y esquilmaron durante cinco años, a lo que se opuso el pueblo llano, improvisado una vez más en soldado, como había de hacer en 1936, traicionado de nuevo por la oligarquía. Fue en esas dos ocasiones cuando volvieron a surgir esos héroes anónimos del pueblo que, como Sol Aparicio Rodríguez, reivindican con sus espontáneas proezas la turbia estampa histórica de España.

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En la actualidad, Sol Aparicio cuenta con 78 años de edad (nació en diciembre de 1898 a tres kilómetros de Pontevedra).
La imagen de Alfonso le recoge, a la derecha, conversando con el autor de este reportaje, Álvaro Custodio.

Conocí a Sol Aparicio en la ciudad mexicana de Monterrey cuando se acercó a felicitarme por mi versión al aire libre de «Medea», de Séneca, presentada en el Cerro del Obispado. No le volví a ver hasta que nos puso en contacto el fotógrafo Alfonso, ya que Sol Aparicio le visitó después de leer mi reportaje aparecido en TIEMPO DE HISTORIA (n.° 29, abril de 1977) como uno de los supervivientes entre los soldados hechos prisioneros por el caudillo rifeño Abd-el-Krim en 1921. Y en el propio despacho de Alfonso recogí la epopeya de su casi milagrosa existencia.

Nací en la aldea de Lorizán, situada en las márgenes de la ría Marín, a tres kilómetros de Pontevedra, la noche del 12 de diciembre de 1899. Mi padre era maquinista del ferrocarril de vía estrecha que enlazaba el puerto de Marín con la capital de esa provincia gallega. Mi madre era modista y en su taller se hacían los vestidos de la familia Montero Ríos, cacique de la región y jefe del Gobierno o ministro de la Monarquía alfonsina en distintas ocasiones. A don Eugenio Montero Ríos tocó el triste papel de firmar en nombre de España los tratados de París en 1898, por los que se cedían a los Estados Unidos las islas de Puerto Rico, Filipinas, las Carolinas, las Marianas y se renunciaba a la de Cuba. Me pusieron de nombre Sol como homenaje de mi padre al tribuno republicano federal Juan Sol y Ortega (1849-1913). Por cierto que, como no había santo de ese nombre, el cura exigió para bautizarme un nombre del santoral cristiano que nunca he usado.

Aclaremos para aquellos lectores poco familiarizados con el momento político a principios de siglo, en que transcurre la niñez de Sol Aparicio, que en 1902 juró Alfonso XIII ante las Cortes la Constitución de 1876 al cumplir los dieciséis años de edad. Era presidente del Gobierno don Práxedes Mateo Sagasta, viejo jefe del Partido Liberal al que pertenecía José Canalejas, que le sucedió en dicha jefatura al morir aquél; el Conde de Romanones, Moret, etc. Cánovas del Castillo había sido asesinado por un anarquista en 1897, sucediéndole como jefe del Partido Conservador don Antonio Maura y, más tarde, Eduardo Dato. Los republicanos solían sacar de 20 a 30 diputados, siendo sus líderes don Nicolás Salmerón, ex-presidente de la I República, que sólo duró once meses (1873-74); Gumersindo Azcárate, Sol y Ortega, Alejandro Lerroux, etc. El fundador del Partido Socialista, Pablo Iglesias, obtuvo su primer acta de diputado en 1910. También figuró ese año entre los diputados republicanos el gran novelista don Benito Pérez Galdós. Los atentados anarquistas estaban en plena ebullición —los Reyes escaparon a una bomba en la calle Mayor el día de su boda en 1906 y el presidente del Gobierno, José Canalejas, fue asesinado en plena Puerta del Sol en 1912-, y el catalanismo luchaba por sus derechos representado entonces por Enrique Prat de la Riba y Francisco Cambó.

Hice los estudios necesarios para pertenecer al Cuerpo de Maquinistas de la Armada después de haber ejercido los oficios de cobrador de la Compañía Ybarra y aprendiz en una fundidora. Los escasos recursos familiares no me permitieron terminar los estudios de bachillerato debiendo aportar, cuando apenas tenía 14 años, lo imprescindible para nuestra subsistencia. En mis ratos libres estudiaba francés y tomaba cursos gratuitos en la Escuela de Artes y Oficios de Pontevedra, donde aprendí el de mecánico de automóviles. En el puerto de El Ferrol me incorporé como marino de la Armada para cumplir con el servicio militar obligatorio. Al terminar el período de instrucción a cargo de un maestre o cabo que nos pegaba con puños y pies y nos castigaba al menor descuido con «plantones» e «imaginarias» (obligación de hacer guardias más tiempo del establecido y sustituciones de centinelas en tiempo libre), se me destinó como agregado a los talleres de maquinistas del arsenal. Entre las reparaciones que hicimos figuró la de un submarino alemán refugiado allí al terminar la guerra mundial de 1914-18. Tenía que ser entregado por su tripulación a las autoridades inglesas, pero Alemania, de acuerdo con las autoridades españolas del puerto de El Ferrol lo hizo hundir. El jefe del arsenal, contralmirante Pedro Mercader, fue relevado del cargo. La mayoría de los altos cargos militares españoles habían sido germanófilos. Hice los exámenes de ingreso en la Academia de Maquinistas de la Armada, pero la Marina no me atraía y solicité participar en un curso para mecánicos de. Aviación, y así fui incorporado al aeródromo de Cuatro Vientos de Madrid.

La aviación militar española empezó a organizarse en 1910, siendo los cinco primeros pilotos titulados Kindelán, Barrón, Ortiz Echagüe, Arillaga y Emilio Herrera. Este último fue además un gran científico, participando en diversos experimentos aeronáuticos. El Gobierno de la República le nombró Mariscal del Aire. Murió exiliado en Francia, donde fue hasta el día de su muerte Presidente Honorario de la Asociación de Aviadores de la República, a la que pertenecen actualmente Sol Aparicio y el autor de este reportaje. En 1913 se trasladó a Marruecos la primera escuadrilla de aviación de guerra, tripulada por Kindelán, Vives, Barrón y el Infante don Alfonso dé Orleáns. En 1915 se instaló en Los Alcázares (Murcia) la primera escuadrilla de hidroplanos y el aeródromo de Tablada en Sevilla. En 1920 terminó Sol Aparicio el curso de mecánicos de aviación de Cuatro Vientos, y ese mismo año fue asesinado el presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, en la Puerta de Alcalá por tres anarquistas catalanes —Casanenas, Nicolau y Mateu—, muriendo en la Plaza de Talavera de la Reina el más famoso torero de la época: José Gómez, «Gallito».

Fui destinado a una escuadrilla de la escuela de pilotaje, donde recibí mi bautismo del aire en un avión Havilland con motor Hispano-Suiza. Su piloto era el teniente Ignacio Hidalgo de Cisneros, que diecisiete años después sería jefe de la Aviación republicana durante la guerra antifascista. Por cierto que un repentino cambio de aire hizo capotar nuestro aparato, salvándonos nuestros cinturones de seguridad, aunque yo recibí una leve herida en la frente. Tuve ocasión de familiarizarme con todas las marcas de aviones entonces existentes en Europa: Maman, Cuadron, Deperdusin, Salson, Potez y Breguet XIX, francesas; Havilland y Avro; inglesas; Fiat y Ansaldo, italianas. Al considerarme suficientemente capacitado como técnico de aviación, solicité mi traslado a las escuadrillas de Marruecos. No lo hice porque me tentara la aventura bélica, sino por salir de la insoportable disciplina cuartelera y maltrato que recibíamos los mecánicos por parte de los sargentos de tropa y de un teniente de la reserva. No podíamos sospechar los cuatro voluntarios que salimos de Cuatro Vientos para Melilla en enero de 1921 lo que nos esperaba en aquellos desolados páramos: el desastre militar de Annual.

PRISIONERO DE ABD-EL-KRIM

El Ejército español ya había padecido, a finales y principios de siglo, dos grandes y estrepitosas derrotas frente a dos enemigos de escaso prestigio militar: los Estados Unidos de América y las tribus rifeñas del norte de Marruecos. Los Estados Unidos sólo habían participado hasta entonces en una guerra formal contra México en 1847, que resultó de rapiña puesto que le arrebataron más de la mitad de su territorio. Desde 1864 los norteamericanos se habían dedicado a restañar las heridas de su cruenta guerra civil y a poblar los enormes territorios de origen mexicano. Por su parte, las tribus rifeñas no eran ni siquiera un Ejército organizado, pero inflingieron a las tropas españolas el desastre del Barranco del Lobo en 1909. El Ejército hispano, pese a tan graves-contratiempos, no se cuidó de reforzar ni renovar su preparación técnica o su material bélico. Consecuencia de la guerra de Marruecos fue la Semana Trágica de Barcelona (1909), que costó la vida a numerosos obreros al protestar contra los embarques de reservistas a Melilla. Entre los dirigentes fusilados figuró el maestro de la Escuela Moderna (racionalista) Francisco Ferrer Guardia, a quien jamás pudo dernostrársele culpabilidad alguna. Europa entera se manifestó una vez más contra las represiones de los Gobiernos reaccionarios españoles, en esa ocasión presidido el Gabinete por el conservador Antonio Maura. La escasa capacidad técnica del Ejército español volvió a ponerse de manifiesto durante el verano de 1921. España y Francia se habían repartido Marruecos como Protectorado —fórmula imperialista— en proporción de 20 para Francia y uno para España

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Junto a otros tres aviadores, Sol Aparicio sale desde Cuatro Vientos hacia Melilla en enero de 1921.
A este mismo año pertenece el grabado, que le muestra junto a sus compañeros de armas en Marruecos.

Los cuatro voluntarios de Cuatro Vientos, después de recorrer la ciudad de Melilla, convertida prácticamente , en un fuerte, emprendimos viaje en un ferrocarril de vía estrecha que llegaba hasta la posición de Tistutin pasando por Zeluán, donde estaba la escuadrilla a la que debíamos incorporarnos. Era su jefe el capitán Pío Fernández Mulero y estaba compuesta por seis aviones Havilland con motores Rolls-Royce y otro avión de reserva. A mí se me asignó como mecánico del jefe de escuadrilla y del avión de reserva. Los mecánicos estábamos en ocasiones obligados a volar para efectuar servicios de bombardeo. En junio de 1921 empezaron a realizarse numerosos vuelos de observación sobre la tribu de BeniUrriaguel, la más belicosa de aquellas montañas. Los guerrilleros de aquella cábila dominaban la bahía de Alhucemas, que se encuentra a una milla escasa del Peñón, y era posición española. Se preparaba una gran operación planeada por un mediocre estratega, el general Fernández Silvestre, que ya había sufrido algunos descalabros que le fueron compensados por la amistad personal del monarca, quien le nombró jefe de su Casa Militar. Su cargó de entonces era nada menos que Comandante General de Melilla, y como tal pidió a nuestra escuadrilla que le llevara y escoltara hasta los llanos de Udfd, donde se entrevistó con el mariscal del Ejército francés Lyautey. De esto, que nunca se publicó antes, yo fui testigo ocular. No puedo saber lo que se trató en dicha conferencia, pero todos dedujimos que le había pedido colaboración militar y que el mariscal francés se la negó. El general Fernández Silvestre tomó sin encontrar mucha resistencia la posición de Monte Abarrán, desde donde se divisa la bahía de Alhucemas. El general Dámaso Berenguer, Comisario General del Protectorado español, le había recomendado que detuviera su avance sobre Alhucemas hasta que él lograra dominar en la zona de Tetuán al peligroso jefe moro El Raisuli, pero Silvestre no le hizo caso ya que había prometido al rey tomar la bahía el 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, patrón del Arma de Caballería. El 20 de julio volamos sobre las posiciones enemigas y pudimos observar que tenían bloqueadas a nuestras tropas. La posición del Monte Abarrán había sido atacada inopinadamente por harcas ocultas y por un Tabor de Regulares que se sublevó contra sus jefes, pasando a cuchillo a toda la oficialidad. Los moros tenían entonces a un gran jefe de operaciones, Abd-el-Krim, caíd de la tribu de Beni-Urriaguel, quien inflingió una completa y aplastante derrota a las tropas del general Fernández Silvestre, aunque éste contaba con 25.000 hombres y la aviación de la que carecían los rifeños, quienes apenas sumarían unos 10.000 guerrilleros.

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Caído en poder de las tropas marroquíes, Sol Aparicio pasaría veinte meses de cautiverio en la
posición montañosa de Axdir. He aquí las casas habilitadas para los prisioneros españoles.

¿Cómo pudiste caer prisionero de Abd-el-Krim si la aviación estaba en la retaguardia y tenía la posibilidad de ser evacuada en caso de avance enemigo? ¿O es que fuiste derribado por fuego enemigo?

Fui en efecto derribado, ya que nuestros aviones volaban a baja altura para ametrallar con mayor precisión, pero el aparato pudo aterrizar en una posición llamada Tafersit que era nuestra. Ellos nos disparaban con sus máuseres y espingardas viejísimas. Sin embargo, fui hecho prisionero ponla falta de responsabilidad de mis superiores. El aeródromo de Zeluán, a 30 kilómetros de Melilla, fue atacado por el enemigo en su avance incontenible hacia la capital del Protectorado. El capitán Bada, jefe accidental de nuestra escuadrilla, no se decidió a ordenar en el momento preciso la evacuación de los aparatos, del personal y de la impedimenta hacia el aeródromo situado en el hipódromo de Melilla. El jefe efectivo de la escuadrilla, Fernández Mulero, estaba ausente de su base: había ido a Málaga a una corrida de toros. Por si esto fuera poco, el, piloto de guardia de Zeluán, teniente Ruano, abandonó su puesto subiéndose al último tren que se dirigía lleno de soldados hacia Melilla, dejándonos sin servicio alguno de urgencia. Fuimos rodeados por los rifeños y nos dispusimos a defender con las armas a nuestro alcance, pocas y de escaso radio, el aeródromo. Resistimos varios días: este fue mi bautismo de fuego. El día 26 nos quedamos sin víveres y sin agua, con municiones muy racionadas. Propuse a nuestro jefe, teniente Martínez Vivanco, que yo intentara escapar de aquel infierno para pedir ayuda a Nador. Fue enviado otro soldado a tan arriesgada misión: le vimos morir ante nuestros propios ojos. Por la noche se me autorizó a salir y me arrastré entre disparos, pero me salvaron la oscuridad y la suerte. Amanecía ya al divisar Nador a unos 15 kilómetros de nuestra base, cuando salieron unos perros de unos matorrales y tras ellos dos rifeños que me apuntaron con sus fusiles. Como me había vestido de paisano les dije que era ferroviario, porque si, hubiera llevado el uniforme de aviación me habrían fusilado sin titubear: éramos los más odiados - ante su impotencia contra los ataques aéreos. Tres días después pude enterarme de que, al caer el aeródromo de Zeluán, fueron asesinados todos sus defensores e incendiados los aviones y edificios.

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Abd-el-Krim (a la derecha), jefe del Emirato del Rif y vencedor del Ejército español en Annual y
Monte Arruit, visitado por Horacio Echevarrieta para el canje de prisioneros.

VEINTE MESES DE CAUTIVERIO EN AXDIR

Las responsabilidades del desastre de Annual, en el que murieron el general Fernández Silvestre, otros jefes y oficiales y más de 10.000 soldados perdiéndose en beneficio de Abd-el-Krim todo el material bélico de las fuerzas españolas, fueron recogidas en el expediente instruido a petición de las Cortes por el general Picasso. En dichas responsabilidades estaban incursos treinta y nueve jefes, entre ellos los generales Berenguer, Fernández Silvestre, Navarro, etc., éste último en poder del cabecilla rifeño. El diario conservador y monárquico «ABC» publicó el 10 de noviembre de 1922 un editorial en el que decía: «España paga un presupuesto de guerra muy superior a sus recursos... No hay Ejército. De los 157 millones de 1906..., sin una sola pausa en la progresión, a los 581 millones de pesetas en 1920... Un aumento del 167 por ciento. ¡Y no hay Ejército!» En la Comandancia de Intendencia de Larache se descubrió un desfalco de 1.050.000 pesetas. El general Valeriano Weyler dimitió de la jefatura del Estado Mayor Central y el general Miguel Primo de Rivera propuso nada menos que el abandono de toda acción en Marruecos, lo que determinó su destitución inmediata como Capitán General de Castilla la Nueva. Toda la agitación quedó a la postre acallada y el expediente Picasso archivado cuando el rey Alfonso XIII dio su visto bueno al golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923, que instalaba la dictadura militar encabezada por el general Miguel Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña.

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Melilla, 28 de enero de 1923: embarque de los prisioneros españoles liberados en el vapor «Antonio López».
El segundo de derecha a Izquierda, con boina y pantalón blanco, es Sol Aparicio (Foto Alfonso).

Cuando fui rescatado de mi cautiverio, me citaron para que compareciese ante el general Picasso sobre los sucesos acaecidos en el aeródromo de Zeluán donde aparecieron, según el general Cabanellas que lo reconquistó, quinientos cadáveres de oficiales y soldados. De poco sirvió mi declaración, ya que la dictadura impidió que se castigara a nadie. Sólo salió vivo de Zeluán el teniente Martínez Vivanco, gracias a un moro amigo que le puso encima una chilaba facilitándole la huida. Yo hube de pasar mes y medio hacinado con los demás prisioneros en la iglesia de Nador. Sólo nos hacían salir para enterrar cadáveres de soldados españoles. Los moros fusilaban a los heridos y enfermos. Nosotros tratábamos de salvar a los que no podían levantarse, sosteniéndolos por los hombros. Al fin nos condujeron a la posición de Axdir en las montañas, que sería después capital del Emirato del Rif fundado por Abd-el-Krim. La caravana de prisioneros iba encabezada por el general Navarro, barón de Casa-Davalillos, capturado en Monte Arruit y a quien se respetó la vida para poder obtener un alto rescate por su liberación. Otros jefes prisioneros fueron el coronel Araujo, el teniente coronel García Ortiz, el comandante Ozaeta, el comandante Analuche, el capitán Aguirre y muchos más. Llegamos derrengados al Zoco-el-Arbá en día de mercado, y sus pobladores quisieron lincharnos. Los moros decían que no odiaban a los españoles sino a los militares que ocupaban indebidamente lo que era suyo. Por fin, casi muertos, llegamos a Axdir encerrándonos en unas casas cercadas por murallas de 30 a 40 metros. Dormíamos en el suelo: los jefes y oficiales bajo techo; nosotros en el patio en tiendas de campaña. El encargado del campamento de prisioneros era un moro llamado «El Pajarito» y el segundo en el mando de los rifeños el hermano menor de Abd-el-Krim, Sidi Mohamet, quien había estudiado en la Escuela de Minas de Madrid. Comíamos poco y mal, se nos maltrataba de palabra y de hecho. Se fusilaba por cualquier fruslería. Aquellos veinte meses de cautividad fueron una dura prueba para el espíritu más entero. Aún no me explico cómo pudimos sobrevivir.

SOL APARICIO INTENTA FUGARSE

El 1.° de febrero de 1922, Abd-el-Krim El Jatabí, caíd de la tribu de Ben-Urriaguel en las montañas del Rif (Marruecos), vencedor absoluto del Ejército español en Annual y Monte Arruit, se nombró a sí mismo Jefe del Emirato del Rif. ¿Por qué no? Bonaparte se había hecho coronar por el Papa —como Carlomagno— Emperador de Francia... Los dos guerreros acabaron exactamente igual su vertiginosa carrera militar y política: encerrados como reales prisioneros en una remota isla, por Inglaterra el primero y por Francia el segundo. La Prensa internacional había hecho del cabecilla moro un héroe popular ya que, sin quitarse sus babuchas, ni su chilaba y con unas cuantas espingardas, había destrozado a los tercios que desde Carlos V a Felipe IV hicieran temblar a toda Europa. El general Dámaso Berenguer, Alto Comisario del Protectorado español de Marruecos, telegrafió al Ministro de la Guerra que el enemigo había capturado durante el mes de julio de 1921 todo el material bélico del Ejército de ocupación. Más de 10.000 soldados perecieron en el desastre de Annual y el número de prisioneros, entre los que se encontraba el soldado y mecánico de aviación Sol Aparicio Rodríguez, sumó también varios miles. Abd-el-Krim, poseedor de numerosas piezas de artillería españolas, hostigaba con ellas constantemente a Melilla desde el Monte Gurugú —no tomó la ciudad por temor a una intervención internacional a favor de España, incapaz dé defenderse por sí sola— y al Peñón de Alhucemas desde la bahía de este nombre. Con ello pretendía acelerar las posibles gestiones del rescate de prisioneros, de lo que pensaba sacar pingüe ganancia. Sin embargo, cundió la voz por todo Marruecos de que el rey Alfonso XIII había exclamado cuando supo que el guerrillero rifeño pedía 4.000.000 de pesetas en monedas de plata: «¡Demasiado caro por una simple carne de gallina!» Ante el peligro que había corrido la capital del Protectorado, acudieron en su defensa las tropas de Ceuta al mando del general José Sanjurjo; las tropas Regulares (indígenas al servicio de España) mandadas por el coronel González Tablas; refuerzos peninsulares —que llegaron a sumar 50.000 nuevos soldados— bajo el mando del general Cabanellas; y una Bandera de la recién creada —a imitación de Francia— Legión Extranjera, cuyos jefes eran el teniente coronel Millán Astray y el comandante Francisco Franco. Cuando Berenguer dimitió de la Alta Comisaría de Marruecos, le sustituyó el general Sanjurjo, mientras el general Cavalcanti ocupaba la jefatura de la Comandancia Militar de Melilla. Todos estos jefes, bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera, dirigieron las operaciones de reconquista de las posiciones perdidas, con la decisiva ayuda del Ejército francés cuando éste consideró demasiado ambiciosas las pretensiones de Abd-el-Krim. He aquí lo que continuó diciéndome Sol Aparicio Rodríguez durante nuestra entrevista:

El general Navarro, barón de Casa-Davalillos, el prisionero de Abd-el-Krim con mayor rango, nos dijo cuando llegamos a nuestra prisión en Axdir que seríamos canjeados inmediatamente, pero aquello se prolongó más de año y medio. El Gobierno español no hacía nada positivo, preocupado por otros problemas que consideraba de mayor enjundia. Ello determinó que los prisioneros más audaces y jóvenes empezáramos a pensar en salir de aquel infierno mediante la huida. Desde Axdir se divisaba el Peñón de Alhucemas, posición española, pero llegar hasta allí, aunque era prácticamente imposible, no dejaba de tentarnos. Un capitán médico lo había conseguido, según oímos, atravesando el brazo de mar que separa al Peñón de la bahía con unos flotadores rudimetarios que él mismo se fabricó. Cierto día, aproveché el transporte de una carga de materiales hacia el interior camuflándome como pude. Me dirigí hacia la lejana zona francesa, logrando atravesar sin ser visto la Sierra Abduna, donde habitaba la cábila de Ketama; pernocté entre matorrales y en uno que otro calvero de los bosques cercanos. Mi ropa me denunciaba si era descubierto, lo que ocurrió cuando la sed y el hambre ya me resultaban insoportables. Fui devuelto al calabozo a culatazos y patadas, siendo después colocado junto a un paredón para ser fusilado. Me salvó de la muerte la ausencia de Abd-el-Krim: su hermano Mohamet, mucho más humano, se contentó con que me apalearan. Perdí el sentido y debieron quizá darme por muerto. Mis compañeros, obligados a presenciar mi castigo para servirles de ejemplo, me hicieron revivir. Tenía el cuerpo hecho una llaga y no podía mantenerme de pie ni tumbado más que boca abajo. Tardé poco más de un mes en restablecerme. Cuando los centinelas moros me reconocieron exclamaron: «¡Tú estar diablo!». Mis males se complicaron al coger el tifus. No había allí médico ni medicinas. Fui instalado en una especie de lazareto donde había otros prisioneros enfermos, algunos de ellos perturbados mentales. Tampoco me explico que fuese capaz de superar aquella desesperada situación, pero mi naturaleza se negaba a sucumbir. Mi familia me había dado por muerto y me hizo emocionados funerales en mi pueblo. Cuando volví sano y salvo, me prepararon un recibimiento como el de la ópera «Aida» a Radamés. Y lo que parecía imposible sucedió: las negociaciones para que Abd-el-Krim accediera a liberarnos, llegaron a feliz conclusión. No fue el Gobierno quien pagó los cuatro millones de pesetas del rescate, sino el filántropo vasco don Horacio Echevarrieta. (Sol Aparicio yerra en esta afirmación: el ministro de Estado, Santiago Alba, del Gobierno presidido por García Prieto, encargó de las gestiones con el cabecilla rifeño al republicano Echevarrieta después de fracasar las del fraile franciscano, padre Revilla.) Intervino como mediador entre el moro y el español un diplomático árabe que había sido condiscípulo del primero, Dris-ben-Said, mandado asesinar más tarde por el general Martínez Anido cuando éste fue nombrado Comandante General de Melilla. Debo decir que influyó decisivamente en nuestra salvación el sensacional reportaje del director del diario republicano «La Libertad», don Luis de Oteyza, con las fotografías increíbles de Alfonso cuando estos dos periodistas visitaron nuestro campamento en Axdir el verano de 1922

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El levantamiento militar de julio de 1936 sorprendió a Sol Aparicio cuyo retrato de esos años vemos
como jefe de Mecánicos del aeródromo de Getafe. Desde el primer momento sirvió a la causa republicana.

El 28 de enero de 1923 tuvo lugar la liberación, con minucioso detallismo y nuevo chalaneo por los representantes de Abd-el-Krim que exigieron, cuando ya habían embarcado todos los prisioneros españoles en los vapores Antonio López, España n.° 5 y Vicente la Roda, menos el de más alta jerarquía militar, general Navarro, la entrega de un cuarto de millón más en monedas de plata como pago de la manutención de los prisioneros. Fueron minutos de expectación por la categoría del encartado, pero Echevarrieta accedió sin titubear al nuevo pago, según parece, de su propio bolsillo. A las cinco y media de la madrugada subió Sol Aparicio al «Antonio López», que le pareció el paraíso terrenal aunque era un viejo y derrengado barco de carga y pasajeros. La mayoría de los prisioneros que hizo Abd-el-Krim murieron en el cautiverio por enfermedad, mal trato o inanición. La pesadilla marroquí había terminado para Sol Aparicio, pero no para otros miles de soldados peninsulares, quienes pagaron con su sangre aquella inútil aventura bélica que se prolongó hasta bien entrado el año 1927. Abd-el-Krim fue el más inteligente y feroz guerrillero marroquí. Desterrado en la Isla de la Reunión, al Este de Madagascar, Francia le dio trato principesco con gran irritación de los generales españoles que vieron escapar su presa. La independencia de Marruecos no llegó hasta 1946, por decisión unilateral de Francia que España tuvo que aceptar. El Gobierno lo ejercía en aquella ocasión otra dictadura militar: la del general Francisco Franco, que así vio frustrados todos sus sueños africanistas


2011 11 25, 11:46
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SOL APARICIO EN LA GUERRA DEL 36

A los pocos meses del regreso a España de Sol Aparicio, se instaló en el poder el general Miguel Primo de Rivera con su Directorio castrense, uno de cuyos componentes era el general Navarro, Barón de Casa-Davalillos, compañero de cautiverio de Sol Aparicio. O sea que los perdedores en Marruecos eran ahora los salvadores de España. Tan de cabeza andaban los breves Gobiernos liberales o conservadores de la Monarquía y tan agitada Cataluña —con asesinatos continuos de sindicalistas por pistoleros del Gobernador Civil, general Martínez Anido, y de policías y patronos por sindicalistas—, que la mayor parte de la Prensa de izquierdas y algunos intelectuales de la categoría de Ortega y Gasset dieron el visto bueno al Directorio Militar. Sin embargo, pronto se le enfrentaron algunos de los espíritus más representativos: Unamuno, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán...

El sindicato anarquista (CNT) fue perseguido con saña, mientras a la UGT (socialistas) les ofreció el dictador una «rama de olivo» que dicha central sindical aceptó, colaborando con su Gobierno en los Comités Paritarios que tenían la misión de resolver los conflictos de trabajo. El ex-condenado del penal de Cartagena, Francisco Largo Caballero, fue Consejero de Estado en dicha sección laboral. Después sería ministro de la República y presidente del Gobierno durante la guerra civil. En 1927 le fue concedida a Sol Aparicio la Medalla de Sufrímientos por la Patria por su cautiverio y heroísmo en Marruecos. Ese mismo año ganó una beca para perfeccionarse como mecánico de aeronáutica en París, donde vivió varios meses. A su regreso ingresó de nuevo como técnico en la aviación militar. La sublevación republicana de 1930 le sorprendió en el aeródromo de Cuatro Vientos, donde era jefe de Mecánicos. De allí salieron el comandante Ramón Franco y el general Queipo de Llano con el fin de bombardear desde el aire el Palacio de Oriente, residencia de la familia real. No parecían muy arraigadas en ellos las convicciones republicanas porque no arrojaron una sola bomba, aterrizando sanos y salvos en Lisboa. Al cabo de seis años se adhirieron a la sublevación contra la República que encabezaba el hermano del primero de ellos, general Franco.

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General Hidalgo de Cisneros, jefe de la Aviación republicana,
quien ascendería a Sol Aparicio al grado de teniente mecánico,
llegando éste a ser capitán cuando finalizó la guerra.

En 1930 me casé con una madrileña, María Martín —me sigue diciendo Sol Aparicio—, asistiendo a mi boda un representante del Conde de Romanones y otro del general Navarro, mi compañero de cautiverio en Axdir, que era entonces jefe de la Casa Militar del rey. De nuestro matrimonio nacieron tres hijos, de los cuales viven José y Aquiles en Madrid, el primero como abogado y el segundo, dueño de una gasolinera. Mi mujer, de la que estuve separado desde el final de la guerra española, murió hace dos años, pocos días antes de regresar yo de mi exilio mexicano. Ese mismo año 1930, me nombraron sargento jefe de Mecánicos del aeródromo de Getafe. Mi conciencia política empezó a formarse por esa fecha y, después de los sucesos de octubre de 1934 que el Gobierno Lerroux-Gil Robles reprimió con verdadero sadismo, decidí ingresaren el Partido Comunista, al que sigo perteneciendo. En una foto de Alfonso que se ha reproducido en todos los periódicos del mundo, aparezco yo de espaldas levantando el puño durante el entierro del teniente de Asalto, Castillo, asesinado por pistoleros falangistas en julio de 1936. El levantamiento militar me sorprendió en mi puesto del aeródromo de Getafe. A las nueve de la mañana del día 18, se presentó allí el director general de Aviación, general Núñez del Prado, con su ayudante para que uno de nuestros aviones les trasladara a Zaragoza con el fin de convencer al general Cabanellas, Capitán General de aquella región, de que siguiera siendo fiel a la República. Les preparamos un avión Dragón y como los tres pilotos de guardia querían llevarles (Hernández Franch, después jefe inmediato de este cronista en el Estado Mayor de la Aviación Republicana, Pedro Mansilla y el subayudante Arcega), se hizo un sorteo. Le tocó a Mansilla. Todos los ocupantes del «Dragón» fueron fusilados en Zaragoza en cuanto tomaron tierra. Por orden del entonces comandante Hidalgo de Cisneros, aparecieron en Getafe unos aviones LAPE de pasajeros en los que cargamos bombas para ser arrojadas con las manos sobre Sevilla, donde el general Queipo de Llano también había traicionado a la República. El 19 de julio se formó un nuevo Gobierno presidido por el catedrático de la Facultad de Farmacia, don José Giral, del que era ministro de la Guerra el general Castelló. Ese mismo día habló desde el Ministerio de la Gobernación, por radio, Dolores Ibarruri «Pasionaria» haciendo famosa la frase: «¡No pasarán!». Tardaron dos años y medio en pasar porque los países que después lucharían cinco años contra las potencias fascistas, con excepción de la Unión Soviética y México, nos dejaron a merced de nuestra inexperiencia y de nuestros escasos recursos materiales.

¿Cuál fue tu primera acción de guerra en esta segunda aventura militar?

La más dramática para mí de toda la guerra: el asalto al cuartel de Artillería de Getafe, donde se habían parapetado los rebeldes. Fui yo quien dirigí ese asalto secundado por unos 60 obreros de la localidad, armados con fusiles que jamás habían manejado. Contábamos también con algunos aviones de los que arrojaban bombas con las manos. Una vez instruidos aquellos milicianos de primera hora por el sargento mecánico Matilde Borge y por mí, nos dispusimos a tomar el reducto enemigo. A las pocas horas de combate se unieron a nosotros refuerzos del aeródromo mandados por los tenientes Hernández Franch, J. M. del Valle y Zulueta. Al terminar el bombardeo aéreo, me lancé con mis improvisados soldados hacia la puerta delantera del cuartel, conminando al oficial de guardia a que la abriera en nombre del Gobierno de la República. Su respuesta fue un disparo a bocajarro en medio del pecho. Caí fulminado, siendo conducido al botiquín de urgencia del aeródromo. Cuando pude recuperarme de mi gravísima herida, supe que el cuartel había sido tomado y que sus jefes y oficiales no fueron asesinados como en el Cuartel de la Montaña, sino juzgadas en Consejo de Guerra. Ninguno fue condenado a muerte. La primera cura de mi herida me la hizo el doctor Joaquín D'Harcourt, un médico maravilloso que dejó después en México, donde murió exiliado, una estela interminable de gratitud y admiración por su labor científica y humanitaria. En el Hospital Militar me operó con gran pericia el doctor Gómez Ulla, que sería canjeado más tarde a petición propia a la zona franquista. No pudo extraerme una esquirla que aún sigue alojada entre las vértebras de mi espina dorsal. Puede decir que el Cuerpo de Aviación fue fiel a la República en un 75 por 100. Las necesidades de la guerra y los nuevos modelos rusos que nosotros llamamos Katiuskas de bombardeo, Chatos y Moscas de caza, requirieron la preparación de nuevos pilotos, al principio en la Unión Soviética y después en territorio republicano. La Asociación de Aviadores republicanos, constituida hace varios años en México, cuenta —ahora que trata de legalizarse en España— con más de mil miembros.

EL JEFE DEL CAMPO AEREO DE LOS LLANOS

Sol Aparicio tuvo que abandonar el hospital madrileño antes de ser dado de alta para acudir junto al lecho de su hija de pocos meses, que murió entre sus brazos. Cuando se repuso de sus dos trances, se presentó el coronel Hidalgo de Cisneros que, después de felicitarle por su valor, le ascendió a teniente mecánico, llegando a ser capitán cuando terminó la guerra. Hidalgo de Cisneros le puso al frente de un nuevo campo aéreo en construcción para aviones Katiuskas situado cerca del pueblo de Los Llanos en Albacete.

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Cartera Militar de Sol Aparicio durante nuestra guerra. Está concedida en Valencia,
el 17 de agosto de 1937, cuando nuestro personaje era teniente
mecánico de Aviación.

El jefe de aquella región aérea era el capitán Núñez Maza y el director de las obras del aeródromo, el ingeniero Arnal. Dispuse que los aviones fuesen concentrados en un campo fantasma para despistar a la aviación enemiga. Monté unas ametralladoras automáticas Oerlikon con un alcance de 3.000 metros para nuestra defensa antiaérea. El Estado Mayor del personal soviético que nos asesoraba, se instaló en la casa campestre y coto de caza del Marqués de Larios, magnífica finca de recreo que jamás fue bombardeada. Mucha debía ser la ascendencia de dicho marqués entre las autoridades franquistas. Cuando nuestras tropas derrotaron a las Divisiones blindadas del general italiano Bergonzzoli en las llanuras de Guadalajara, lo festejamos en aquella preciosa casa entonando canciones soviéticas y españolas. «Pasionaria» bailó con gran soltura unas jotas aragonesas. En la cárcel de Albacete se encontraban a punto de ser juzgados los aviadores de aquella base sublevados contra la República, entre ellos el comandante Pío Fernández Mulero, el que fuera jefe de la escuadrilla de Zeluán el año 1921 y que se fue a Málaga a ver una corrida de toros cuando los moros estaban a unos kilómetros del aeródromo. No cabe duda de que fue uno de los responsables del desastre de Annual. Todos los que allí se juzgaron, fueron condenados a muerte. Cuando el Gobierno Largo Caballero se trasladó a Valencia, se instaló en Los Llanos el Estado Mayor de nuestra Aviación, de la que era jefe el coronel y después general Hidalgo de Cisneros, quien procedía de una familia aristocrática, igual que su esposa, Constancia de la Mora, sobrinanieta de don Antonio Maura, que dirigió la propaganda republicana hacia el extranjero. Ambos se dieron de alta por aquellos días en el Partido Comunista. En octubre de 1937 fui trasladado a la escuadra de caza n.° 11, cuyo aeródromo estaba en Caspe, para actuar en el frente de Aragón bajó el mando del comandante Ramón Puparelli, quien murió exiliado en Buenos Aires. Los combates aéreos eran casi permanentes, muchas veces sobre nuestro propio campo. En uno de ellos fue derribado el «as» de la aviación franquista, capitán Haya de la Torre. Los Junkers y Heinkels alemanes nos bombardeaban con verdadera saña. Eran mucho más numerosos. Nuestro frente fue roto tras la ofensiva dirigida por el general Aranda, que contaba con una enormidad de material bélico, tres veces superior al nuestro. Tuvimos que llevarnos nuestros pocos Katiuskas a la otra orilla del Ebro, donde estaba el campo de Almenar —en Lérida— y poco después al de Bellpuig. Los cazas Moscas y Chatos se instalaron en el campo de Valls, y los Katiuskas, por fin, en Bañolas y Celrá (Gerona). La zona republicana fue cortada en dos: Cataluña y Centro-Sur. Ejercí numerosos servicios entre las dos zonas hasta la pérdida de Cataluña. Recibí la orden de cruzar la frontera francesa junto a los demás refugiados, entre los que había algunos jefes distinguidos de Aviación. Fui internado por las autoridades francesas en los campos de concentración de Le Boulou, Gours y St. Cyprien. Allí pasé cuatro horribles meses que me recordaron el cautiverio con Abd-el-Krim en Axdir, hasta que recibí un visado y un pasaje para Leningrado. Cuando subí al vapor soviético María Ulianova en el puerto del Havre, me pareció tan hermoso —y lo era— como el Antonio López que nos llevó desde la bahía de Alhucemas a Melilla en 1923. Las dos pesadillas guerreras habían acabado igual para mí. Lo que yo no podía sospechar es que la más bárbara y terrible de todas me esperaba en la patria del proletariado: la invasión y ocupación nazi. Sólo pude disfrutar un año y nueve meses de paz. Nadie suponía aquellos días que Stalin pudiera ser engañado por otro político. La avalancha nazi le cogió completamente desprevenido. Fue horrible, sencillamente espantoso, y al mismo tiempo extraordinario cuando el oso ruso pudo despertar de su letargo. Los españoles refugiados en la Unión Soviética contribuimos con nuestro granito de arena a la victoria final.

SOL APARICIO COMBATE DE NUEVO

En la primavera de 1939, cuando la República española había sido derrotada por la sublevación derechista, y el poderoso Ejército teutón se disponía a iniciar su cabalgata de Walkirias sobre el resto de Europa, el verdadero «coco» para las democracias no era Hitler sino Stalin, a quien creían más fuerte y mucho más peligroso que aquél por su «destructiva» ideología marxista-leninista. Al fin y al cabo el nazismo era un producto del gran capital germano, que lo había financiado y elevado al Poder por vía legal, sin romper con el pasado, mientras que Stalin había heredado un régimen surgido de una profunda revolución, según la anunciara Carlos Marx en el «Manifiesto Comunista» y en «El Capital». El capitalismo europeo pretendía enfrentar al fascismo (por eso lo cebó) con el comunismo. De ahí que Francia e Inglaterra, las dos máximas potencias coloniales y grandes vencedoras de Alemania junto con los Estados Unidos en la guerra de 1914-18, nada hicieran por impedir la ocupación militar de Renania por Hitler, lo que estaba prohibido por el Tratado de Versalles (1920), ni la de Austria en 1938 y Checoslovaquia en esa primavera de 1939. Francia e Inglaterra firmaron en 1938 el Pacto de Munich con Mussolini y Hitler, y cuando el primer ministro británico, Neville Chamberlain, bajó del avión en Londres, exclamó con la boca llena de nenúfares: «¡Traigo la paz para toda una generación!». Un año después, las tropas de Hitler ocupaban la ciudad libre de Dantzig y arremetían con sus panzerdivisionen contra una Polonia gobernada por un equipo inepto y filofascista de coroneles.

Días antes, Hitler había firmado, ante el asombro inaudito de Francia e Inglaterra (los Estados Unidos practicaban la ciega política del avestruz y se mantenían al margen de los litigios europeos), el Pacto de No Agresión con Stalin, dándose el caso insólito de que los dos regímenes que más se habían insultado y combatido de lejos habían también firmado en cláusula secreta el reparto de Polonia (como Catalina de Rusia y Federico de Prusia en el siglo XVIII) y la devolución a la Unión Soviética de la Besarabia, entonces territorio rumano, y de las Repúblicas bálticas de Letonia, Estonia y Lituania. El triunfador aparente de aquella maniobra diplomática era Stalin, ya que obtuvo todo lo que quiso sin disparar un solo tiro, mientras Hitler, aunque acabó pronto con la resistencia polaca y en quince días con el que se suponía invencible Ejército francés, no pudo desintegrar al Ejército británico, que logró refugiarse en sus islas. La Luftwaffe bombardeó Londres brutalmente, perdiendo también numerosos aviones y parte de sus mejores pilotos. Sin embargo, Alemania era dueña prácticamente de todo el continente europeo y de sus formidables recursos, que acumuló sigilosamente para atacar, en la madrugada del 22 de junio de 1941 a su presunta amiga la URSS. Táctica semejante a la del Japón la mañana del 7 de diciembre del mismo año, al agredir por sorpresa y sin declaración de guerra a la Flota norteamericana concentrada en Pearl Harbour (Hawai). Tanto uno como otro país —hoy las mayores superpotencias del Globo— se creían al socaire de la guerra gracias a su «hábil» política neutralista pero, como ya había escrito Bertold Brecht en su «La resistible ascensión de Arturo Ui», quien pacta con gangsters o confía en sus promesas cava su propia tumba. A punto estuvieron también de cavarla Rusia y Estados Unidos.

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Primera defensa antiaérea montada en el aeropuerto de Los Llanos, de Albacete,
a cuyo frente fue situado Sol Aparicio. El Estado Mayor de la Aviación republicana
se trasladaría allí al decidirse la evacuación oficial de Madrid.

Sol Aparicio, víctima y superviviente de dos guerras, la de Marruecos con su desastre de Annual, que le costó 22 meses de cautiverio; y la de España, donde fue gravemente herido en el pecho y padeció más de cien bombardeos y ametrallamientos de la Aviación franquista con su triste secuela en los campos de concentración franceses, pudo al fin refugiarse en la Unión Soviética y por sus conocimientos de mecánica, como técnico especializado, trabajó el año y medio de paz que pudo disfrutar en aquel país, junto con otros españoles, en la fábrica de metalurgia de Kramatorsk, en la región del Don Bas, en Ucrania.

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Casi sin tiempo de poder restañar las heridas de la guerra de España,
Sol Aparicio se enroló como guerrillero —según le vemos— en la URSS
contra las tropas invasoras de Hitler.

El pueblo y las autoridades soviéticas nos recibieron como a auténticos héroes a los españoles que habíamos participado en la primera guerra contra el fascismo. Los demás países se habían plegado sin resistencia a Hitler, pero los milicianos españoles, como en tiempos de Napoleón, fueron los únicos (con los rusos) que dieron la batalla al mayor coloso militar de cada época. Fue una hermosa experiencia ponerme en contacto con los soviéticos, que construían una nueva y más justa sociedad, pero resultaba difícil entenderse con ellos porque su lengua es endemoniada de aprender. Recurrimos al método más acreditado: practicarlo con las ucranianas, que para mí son las mujeres más bellas del mundo. La fulminante invasión del Ejército alemán nos obligó a evacuar la fábrica y la ciudad de Kramatorsk. Nos dirigimos entonces hacia Siberia, en la otra punta de aquel inmenso territorio. Yo había logrado ser nombrado obrero stajanovista por la celeridad y calidad con que realizaba mi trabajo. Cuatro obreros españoles fuimos designados por la dirección de la fábrica para quedarnos allí hasta que el enemigo llegara a los suburbios de la ciudad, con la misión de cortar en nuestra retirada las vías de comunicación. Dos de ellos eran pilotos de nuestra Aviación y viven ahora en Barcelona: Constantino López y Jaime Villalomar; el tercero era un antiguo militante comunista andaluz, José González. Teníamos además que llevarnos el último escalón cargado en el ferrocarril con maquinaria de la fábrica. Conseguimos nuestro propósito en una acción llena de incidentes y teniendo que soportar tremendos bombardeos de la aviación nazi, que cubría el cielo con sus enormes aparatos. Al llegar a la estación de Kupiansk, dentro todavía de Ucrania, la encontramos congestionada de fugitivos y convoyes. Los Junkers y Heinkels causaron una pavorosa mortandad. Los trenes que lograban ponerse en marcha eran asaltados por una verdadera multitud que se golpeaba a fin de conseguir un puesto para ellos y sus hijos. Las nevadas invernales empeoraban la situación. Al llegar nuestro tren a Saratov, a la orilla del inmenso Volga, tuve que buscar algunas provisiones porque estábamos hambrientos. Cuando volví a la estación, el convoy había partido. Me subí a la plataforma del primer tren que vi arrancar, y al aire libre atravesé el Volga a más de 30 grados bajo cero. Cuando llegué a la estación de Yershov, estaba casi congelado. Los soldados y civiles rusos que me vieron en tal estado me hicieron entrar en calor y me alimentaron. Había llegado a sentirme como un cadáver. Después de otras mil vicisitudes logré llegar a la ciudad de Orks, en plena Siberia, con una temperatura de 42 grados bajo cero. Era nuestro punto de reunión. No encontré a ningún miembro de nuestro equipo: el tren que yo perdí en Saratov llegó a Orks un mes después con casi toda la maquinaria de la fábrica de Krakatorsk. Esto da idea de las interminables distancias en la URSS y de la tragedia de un país en guerra con un implacable invasor. Empezamos a montar la nueva fábrica, pero el clima era inhóspito para nosotros, los españoles. A petición del Comité Central del P.C.E., fuimos trasladados a Tashkent, capital de la República de Uzbekia, en un paralelo semejante al de España. Es una ciudad de pleno carácter musulmán, cuya religión practican la mayoría de sus habitantes. Allí viven uzbekos, mongoles, kajagos, kirguises y turkmenos, vistiendo floreadas y enlistadas batas con enormes gorros de pastor y casacas de piel de carnero que huelen a tasajo seco. Me nombraron brigadir de un grupo de mecánicos de la 4.a Sección de la fábrica para reparación y conservación de la maquinaria. En Tahskent se hallaban también los que habían sido altos jefes del Ejército popular de la República: Modesto, Líster, Tagüeña, Rodríguez Romero, Mateo Marino, Artemio Precioso, etc., quienes daban clases en la Academia Militar Frunze, evacuada allí desde Moscú. La guerra seguía un curso peligroso para las armas soviéticas y nosotros, a salvo de sus consecuencias en aquella lejana región, nos sentíamos incómodos al no poder participar más activamente en la lucha contra el feroz Ejército nazi. Había que intentar algo para lograrlo.

GUERRILLERO DEL EJERCITO ROJO

Lo que se juzgó en un principio jugada maestra de Stalin al pactar inopinadamente con Hitler, resultó a la postre un error fundamental que costó a su pueblo veinte millones de muertos y la destrucción de casi toda su infraestructura. No acaba de entenderse que la invasión nazi fuese una sorpresa para el Ejército Rojo. Por otra parte, el avance fulminante de la Reichswher en territorio ruso puso de manifiesto lo que ya se vio en la desproporcionada guerra de la URSS contra Finlandia (noviembre de 1939 a marzo de 1940); o sea, la escasa capacidad bélica de la maquinaria militar soviética. Por otra parte, las purgas stalinistas habían diezmado los altos mandos del Ejército, y entre ellos a su mejor estratega: el mariscal Tukachevsky. Los viejos mariscales incondicionales del dictador resultaron incompetentes para enfrentarse al material nazi y la capacidad de maniobra de los generales alemanes, que lograron llegar en pocas semanas a las puertas de Moscú y Leningrado. Sin embargo, entonces se produjo el mismo hecho insólito que ante las tropas franquistas cuando avanzaron aceleradamente hasta Madrid: la decisión del pueblo impidió que esas ciudades fueran tomadas por un enemigo muy superior. Los madrileños tuvieron como aliados a los primeros batallones, de las Brigadas Internacionales, y los rusos al mismo aliado que consumó la derrota napoleónica: el invierno con sus irresistibles temperaturas. La recuperación y reorganización del Ejército Rojo, con material en su mayor parte aliado que recibía por el puerto ártico de Murmansk, bañado por la corriente del Golfo; el heroísmo del pueblo soviético, y la proliferación de sus grupos guerrilleros —como en España en 1808 y en Rusia en 1812 contra Napoleón—, cambiaron radicalmente la trayectoriá de la guerra desde la batalla de Stalingrado (agosto de 1942 a enero de 1943), unida al desembarco norteamericano en el norte de Africa (noviembre de 1942) y en Italia (julio de 1943). Por su parte, los ingleses ganaban al casi invencible mariscal Rommel la batalla del Alamein en los desiertos de Egipto y Libia.

—Aviadores y algunos voluntarios soviéticos del Ejército de tierra lucharon en España contra franquistas, alemanes e italianos —me dice Sol Aparicio con mal contenida emoción—, aunque también hubo alemanes e italianos antifascistas en las Brigadas Internacionales. Los españoles queríamos combatir en los frentes de batalla contra los soldados nazis. Bastante habíamos luchado en España, según ellos, pero ante el mal cariz que tomaba la guerra para la URSS y debido a nuestra insistencia, Nikita Jrushov, miembro del Consejo Militar del frente oriental —más tarde presidente del Gobierno soviético—, fue el primero en autorizar la participación española como soldados contra tan peligroso enemigo. Pronto se organizaron numerosos grupos de voluntarios entre los españoles. En Tashkent se constituyó un grupo de guerrilleros bajo el mando de Domingo Hungría, que ya había dirigido varios en España contra las tropas franquistas. Nuestra misión era deslizarnos en territorio enemigo para realizar sabotajes, atacar por sorpresa, hacer prisioneros y traer la mayor información posible a nuestros mandos. Hungría y los soviéticos no quisieron aceptarme, por considerarme imprescindible en la retaguardia debido a mis conocimientos técnicos en mecánica, pero tanto supliqué que Enrique Líster pidió a Hungría que me incluyera en su grupo. Aquella misma noche nos despedimos de nuestras íntimas amistades femeninas y salimos directamente para el puerto de Krasnovodsk, en el Mar Caspio, situado en una región casi desértica donde hay constantes tormentas y ráfagas de arena, pero extraordinariamente rica en petróleo. Pertenece a la República de Turkmenia, donde se habla mas turco que ruso. Allí recibimos nuestra difícil instrucción militar, que suponía un riesgo casi permanente sin opción a ser hechos prisioneros. Cuando se nos consideró suficientemente capacitados para la misión encomendada, embarcamos para Bakú, capital de Azrbajzán, donde se concentran los mayores yacimientos petrolíferos de la URSS. Las autoridades de la ciudad dieron en nuestro honor una espléndida representación de «Carmen», de Bizet, por su tema español, aunque el matador Escamillo salía a escena con un hacha en la mano para acabar con su toro (...). Los nazis habían ocupado en agosto de 1942 el pico más alto del Cáucaso, el Monte Elbrus con sus 5.630 metros, donde según la leyenda encadenaron los dioses del Olimpo a Prometeo por haberles robado el fuego para hacer del hombre el rey de la creación. La svástica ondeaba en aquel pico amenazando con ocupar la región del petróleo, con lo que el Ejército soviético recibiría un golpe mortal. Se nos dio orden de introducirnos en la retaguardia enemiga para cortarle las comunicaciones con el puerto de Novorossysk, en el Mar Negro, por el que los alemanes abastecían a sus tropas. Tenían bloqueada a la Escuadra soviética en los puertos de Tuapsé y Batumi, en el Mar Negro. Por el interior habían llegado hasta Maykop, cerca de la cordillera del Cáucaso. Nuestra tarea consistió en aquel período en voladuras a base de trilita. La batalla por el puerto de Novorossisk duró 225 días, quedando la ciudad y las tierras circundantes completamente arrasadas. Allí comenzó el principio del fin (coincidiendo en la fecha con la batalla de Stalingrado) de la Wehrmacht hitleriana. Los avances continuos del Ejército Rojo nos llevaron hasta Rostov, junto al Mar de Azov, totalmente destruida y, por último, a Kursk, donde nuestra brigada sembró el campo de minas. Fue de las mayores y más enconadas batallas de la guerra en territorio soviético y en la que participamos directamente. Tuvimos que arrojar varias veces granadas y botellas de líquido inflamable contra los enormes tanques alemanes. Los soviéticos disponían ya de un material formidable en artillería y aviación. En una de las más duras fases del combate, tuve que refugiarme arrastrándome en el cráter que había hecho una bomba. Fue mi último acto de guerra, porque resulté seriamente herido por un casco de metralla. Permanecí varias horas desangrándome hasta que logré, durante la noche, llegar pegado a la tierra hasta nuestras líneas. Mis compañeros me habían dado por muerto. Fui rápidamente evacuado al Hospital Balsaya Kaluskaia, de Moscú. La ciudad de Kursk, o lo que quedaba de sus ruinas, fue ocupada por el Ejército Rojo el 8 de julio de 1943. Quizá fuera la mayor batalla de tanques y aviones de toda la contienda, en la que Alemania perdió 700.000 hombres, y ya no fue capaz de reponerse cediendo terreno cada día hasta que los soviéticos tomaron Berlín.

La tercera guerra de Sol Aparicio había terminado para él con nuevas cicatrices. Esta asombrosa figura popular, surgida de una aldea gallega, había logrado sobrevivir a lo que parecía imposible: tres conflagraciones en las que fue terriblemente maltratado por el destino, estando varias veces a punto de sucumbir. Los aliados tomaron París en agosto de 1944, y los rusos entraron en Berlín el 1.° de mayo de 1945. De los máximos dirigentes nazis, Hitler, Goebbels y Goering se suicidaron; Ribbentrop y varios generales fueron ahorcados por los aliados como criminales de guerra. Martin Borman y Himmler desaparecieron. Las Conferencias de Yalta (febrero de 1945) entre Roosevelt, Churchill y Stalin, y la de Postdam (julio y agosto del mismo año) entre Truman, Attle —que sucedió a Churchill, derrotado en las elecciones inglesas— y Stalin, sellaron la suerte de los países vencidos en Europa: Alemania, Italia, Finlandia, Hungría, Rumania y Bulgaria. Las bombas atómicas arrojadas por aviadores norteamericanos contra Hiroshima (agosto de 1945) y Nagashaki, forzaron la rendición del Japón (en septiembre del mismo año). Desde esa fecha se inició la «guerra fría» entre la URSS y sus antiguos aliados, de la que tanto se beneficiaría la dictadura franquista, que había enviado una División Azul (falangista) al frente ruso: los aliados acabaron por no tomárselo en cuenta. Sol Aparicio, al salir del hospital, fue destinado a la 4ª Compañía de Servicios Especiales, formada en los dramáticos días del cerco de Moscú, cuyo jefe era el capitán Peregrin Pérez, quien fuese Comisario Político del 14.° Cuerpo de Guerrilleros en la guerra de España y después Jefe de la 75 División. En Moscú pudo ya celebrarse con fuegos artificiales y salvas de artillería la toma de Belgorod y Oriol, a lo que asistió Sol Aparicio. Trabajó también como albañil y carpintero en la reconstrucción de todo lo destruido por los nazis. El coronel Orlov, jefe de la Otdlny Otriad (Guerrilleros), le concedió la Medalla de la Victoria sobre Alemania en la Guerra Patriótica.

Por último, fue destinado a los talleres de reparación de automóviles del Comité Central del Partido Bolchevique, lo que ya era una misión de paz. El 9 de mayo de 1945 se celebró la grandiosa fiesta llamada Día de la Capitulación, en que los españoles fueron llevados en hombros por los rusos por su valiosa contribución a esa victoria.

—En diciembre de 1946 me trasladé de la Unión Soviética a México. Yo tenía un hermano en St.Louis, Missouri, pero las autoridades norteamericanas no me concedieron el visado de entrada como consecuencia de la «guerra fría». Fue México quien me abrió las puertas y donde pude rehacer mi vida, aunque separado de mi familia, en la ciudad de Monterrey. Años más tarde, ya me fue permitido viajar a los Estados Unidos y abrazar a mi hermano y sobrinos. Permanecí en México hasta 1975, en que volví a España donde he cumplido los 78 años de edad.

¿Te han reconocido aquí tus grados militares o te pagan alguna pensión por ellos y por tu condecoración de Sufrimientos por la Patria?

No, todavía no, pero no pierdo las esperanzas.

De Sol Aparicio cabría decir lo que Shakespeare escribe al final de su tragedia Julio César: «His life was gentle and the element so mix'd in him that nature might stand up and say to all the world: This was a man» («Su vida fue de una gran nobleza y los elementos que la componían de tal calidad que la Naturaleza podría erguirse para decir a todo el universo: ¡He aquí un hombre!»)

A. C.

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Medalla de la Victoria sobre Alemania en la Guerra Patriótica»» concedida en la URSS a Sol Aparicio
durante 1945. Finalizaba así un increíble periplo guerrero a lo largo de veinticinco años.


2011 11 25, 11:50
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Mensaje sin leer Re: Historia de un Prisionero en Marruecos
El mentiroso de Annual

Hoy nos es difícil percatarnos de cómo afecto a la sociedad española este revés de nuestra política africanista. Los testimonios de los supervivientes, los cadáveres mutilados y torturados dieron lugar a una corriente que sacudió a toda España. Se quería saber qué pasó,porqué pasó y los militares y familiares querían venganza sobre los que habían torturado a los soldados españoles.

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Plano de localizaciones de la zona de Annual

Annual o mas bien “el desastre de Annual”

Hoy nos es difícil percatarnos de cómo afecto a la sociedad española este revés de nuestra política africanista. Los testimonios de los supervivientes, los cadáveres mutilados y torturados dieron lugar a una corriente que sacudió a toda España. Se quería saber qué pasó, porqué pasó y los militares y familiares querían venganza sobre los que habían torturado a los soldados españoles.[1] El informe encargado al laureado general Juan Picasso dejaba claro los numerosos errores que se habían cometido, especialmente por parte de los jefes y oficiales del ejercito español. Cuando Picasso solicitó el estadillo de fuerzas presentes en la Comandancia de Melilla durante el desastre este fue de 20.139 de los cuales estaban en la columnas móviles y en reserva 13. 363 por lo que en principio se habló de este número de muertos. Investigaciones posteriores rebajaran esta cifra hasta los 7.875, lo que no deja de ser una barbaridad,[2]

El resultado del llamado “Expediente Picasso” dio lugar a una serie de juicios a oficiales por diferentes motivos: negligencia, abandono del deber, cobardía, etc. Todo ello dejaba en mal lugar al ejercito español cuyos oficiales, a pesar de los numerosos casos contrarios de valor y abnegación, dieron un ejemplo pésimo abandonando posiciones y tropas. Pero como he dicho antes también hubo casos de heroísmo como atestiguan las doce laureadas de san Fernando, cuatro medallas militares individuales y una colectiva ganadas durante esos tristes días.

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A la derecha, Fernández Tamarit, junto al también Tte. Cnel. Dávila

El Teniente Coronel Fernández Tamarit, comandante del 3er batallón del regimiento “Africa” número 68 fue uno de los pocos militares que no perdieron la cabeza y sus análisis sobre los sucesos de Annual fueron muy lúcidos y de gran utilidad para el general Picasso. Este Teniente Coronel al ser interrogado sobre los sucesos creyó necesario mencionar un hecho que le había llamado tanto al atención como para solicitar la cruz de san Fernando para un cabo. En su declaración, Fernández Tamarit, explica como estando en Melilla le entregaron una carta desde Oran escrita por un cabo de su unidad que le relataba como había defendido el puesto a él encomendado durante mas de doce días y que había alcanzado el Marruecos francés tras haber liberado a uno o dos prisioneros por el camino.
Don Juan Picasso tomó nota de este hecho mencionado por el Tte. Col y continuó con su trabajo donde pronto se encontraría con los sucesos del llamado Pozo número 2 de la posición de Tistutin.

El Pozo de Tistutin y su guarnición

La posición de Tistutin estaba situada entre las posiciones de Batel y Monte Arruit. Esta zona era ocupada por unidades del regimiento “África” que se encontraban aisladas unas de otras lo que las dejaba aisladas frente a la riada de enemigos que se derramó sobre ellas.

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Monte Arruit

Una de las posiciones era el llamado pozo de agua número dos que se encontraba a un kilómetro y medio de Tistutin y que estaba defendida por el cabo Rafael Lillo y los soldados del regimiento de ingenieros Jesús Martínez, Emilio Muniesa y Miguel Pérez. Debido a la angustiosa situación originada por el ataque de las cábilas rifeñas de Abd el Krim se constituyó una compañía provisional compuesta por soldados con destino en oficinas, intendencia, etc formada por voluntarios que partió para reforzar estas posiciones. La compañía llegó a Batel el día 19 de julio y el 21 se envió al pozo número dos de Tistutin un refuerzo consistente en el cabo Jesús Arenzana y los soldados Virgilio Aceituno y Jesús Sordo del regimiento “África”.

La posición se componía de una pequeña edificación de una sola planta con azotea fortificada con aspilleras. En el interior de la edificación se encontraba la maquinaria ( motor y bomba) y gasolina que hacían funcionar el pozo de agua salobre en el que abrevaba el ganado de las posiciones de alrededor.

El cabo Jesús Arenzana Landa de veintiséis años de edad era natural de Calahorra y tenía la particularidad de ser licenciado en Filosofía y Letras. Este hecho le daba una autoridad natural sobre el resto de los soldados impresionados por su cultura lo que le valió los galones de cabo. El teniente Coronel Fernández Tamarit se fijó en él y le ofreció una mejora con un puesto de oficina que este rechazó defendiendo su derecho a no tener privilegio alguno sobre sus compañeros y que estaba contento en su actual situación. Esta contestación impresionó al oficial que se hizo una opinión favorable del soldado. Cuando tiene lugar el ataque cabileño Arenzana se encuentra en oficinas y se ofrece voluntario para la compañía provisional.

Cuando Picasso ordenó el interrogatorio del cabo Arenzana le llegó una historia que le impresionó como anteriormente ocurrió con Fernández Tamarit.

Declaración a Picasso

Sucintamente los hechos narrados por Arenzana son los siguientes. Que fue enviado el día 21 de julio junto con dos soldados a reforzar el puesto del pozo número 2. Que el 23 fue atacado por las fuerzas enemigas rechazándolas y al día siguiente comunicó por teléfono con el general Navarro[3]. Que este le previno que no complicara la cosa hostigando al enemigo, que siguiera dando agua y solo respondiera al fuego ya que tendría que economizar municiones para cuando fueran necesarias. El día 24, por la noche, volvió a ser atacado pero no los días 25, 26 y 27. Este último día vio salir a la fuerzas de Navarro que se retiraban hacia monte Arruit ( Navarro en realidad se retiró el día 29 ).

Como se había cortado la comunicación telefónica desde el día 26 continuó en su puesto esperando una señal para retirarse. Pero pasó el tiempo y nunca llegó ese señal. Decididos a defenderse hicieron una bandera con pañuelos usando una percha como mástil. El 29 y 30 fue atacada la posición con dureza por parte del enemigo. Tras el último ataque ese mismo día 30 se presentaron ante él tres moros y concertó un acuerdo con ellos; el les daría agua y ellos les darían alimentos y los prisioneros que tuvieran. De esta manera consiguió que le entregaran al alférez del regimiento de san Fernando Ildefonso Ruiz Tapiador que se encontraba enfermo y había estado defendiendo la posición de Dar Azugaj y al soldado de la comandancia de artillería Manuel Silverio del destacamento de Haf. El alférez al ser el único oficial se le ofreció el mando de la unidad que rechazó por considerar que toda defensa era inútil por lo que Arenzana volvió a tomar a la unidad bajo su cargo.

Con este ventajosos acuerdo estuvieron hasta el día 4 de agosto que se acabó la gasolina y por lo tanto el medio de sacar agua del pozo y la fuente de abastecimiento de la guarnición. Decidieron abandonar la posición no sin antes destruir la maquinaria desmontando el motor y enterrando sus piezas junto con los fusiles con el percutor roto ya que no les quedaban municiones. Abandonaron el pozo en dirección a las líneas francesas.

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Tropas españolas en África

Por el camino fueron sorprendidos por dos moros, uno de ellos armado con un fusil, los mataron a cuchillo y continuaron el camino. Encontrándose frente a la avanzadilla francesa de Montagne dependiente de la posición de así Uenzga fueron cercados por un grupo de indígenas que les robaron cuanto tenían, ropa incluida, sin que las posición francesa hiciera nada para defenderlos. Toda esta declaración, bastante resumida, fue suscrita por el cabo de ingenieros Rafael Lillo.

Tras semejante declaración el general Picasso tomó dos decisiones. Primero apoyar la solicitud de la cruz Laureada de san Fernando para el cabo Arenzana y el cabo Lillo junto con otras recompensas para los soldados que estuvieron con ellos ya que consideraba que la actuación de los soldados en semejantes condiciones era de notoria heroicidad. Segundo pasar nota de los hechos a la Fiscalía del Consejo de Guerra y Marina. En su momento el Fiscal del Consejo José García Moreno abrió proceso contra 3 generales, 8 coroneles, 3 tenientes coroneles, 7 comandantes, 8 capitanes, 10 tenientes y un alférez por los sucesos acaecidos en la Comandancia de Melilla durante esos meses de Junio, Julio y Agosto. Se pueden imaginar Uds quien era el alférez que habían puesto en la picota.

El Juicio contradictorio de la Laureada de San Fernando: declaración de Arenzana

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Cruz laureada de San Fernando

Con fecha del 26 de diciembre de 1921 se inició el proceso contradictorio para la concesión de la Cruz Laureada de san Fernando al cabo, recientemente ascendido a sargento, Jesús Arenzana Landa. La designación de juez del mismo recayó en el capitán del regimiento de caballería Alcántara[4]Don Juan Villarán García que inmediatamente inició el procedimiento tomando declaración al flamante sargento. Este fue bastante mas explicito en los detalles y por ello sabemos:
“..que la noche del veintitrés empezaron a sentirse los efectos del fuego enemigo sobre el fortín...En la noche del veinticuatro volvimos a ser atacados con mas intensidad que la primera vez, desde las diez aproximadamente de la noche hasta las cuatro de la madrugada; el enemigo se limitó ha hacer fuego primero a discreción y después en descargas cerradas calculando que estarían del fortín a una distancia de cincuenta o sesenta metros”.

Debido al limitado suministro de munición que tenían, unos mil trescientos cartuchos en total para seis fusiles, el cabo dio orden de no disparar mas que sobre seguro por lo que calculaba que cada uno debió de disparar unas dieciocho descargas. Como parecía que se había retirado el enemigo ordenó al soldado Rafael Sordo que hiciera una descubierta en un radio de unos doscientos metros y que este encontró “ muchos rastros de sangre y doce caballos muertos o heridos abandonados por el enemigo”.

Al día siguiente consiguió ponerse en contacto telefónico con el general Navarro que estaba en Tistutin. Este “le felicitaba por la defensa que del Fortín había hecho durante la noche del veinticuatro; que continuara defendiéndose como hasta entonces, que enviaría mas hombres con víveres y municiones y por último que si salían con bien de todo tendría mucho gusto en estrechar su mano en Melilla”.

Esa tarde se cortó la comunicación con Tistutin por los que Arenzana decidió dejar de suministrar agua a los indígenas de alrededor. El cabo reunió a sus magras tropas y “ diciéndoles que la columna que a un kilómetro escaso tenían y compuesta de unos cuatro mil hombres estaba formada en su mayoría por artilleros sin cañones, infantes sin fusiles y jinetes sin caballos todos ellos desmoralizados por la derrota y por lo tanto bien poco podíamos esperar de ellos”.Les explicó lo vital que era para los moros el suministró del agua y como esto podía jugar a su favor. “ Por unanimidad aceptaron este plan quedando conformes en mantener esta posición hasta el día veintisiete en que calculaba el declarante podían llegar refuerzos de España”.

Pero los suministros se habían agotado, “durante el veintiséis no comimos nada bebiendo agua salada del pozo”. El veintisiete enviaron al campamento de Tistutin al soldado Miguel Pérez acompañado por dos soldados que habían buscado refugio en el fortín. Arenzana entregó una nota para el general Navarro explicando la situación de la guarnición, sus necesidades y carencias y que caso que el general decidiera la retirada se lo comunicara por medio de tres disparos de cañón para así abandonar la posición.

“ Como el hambre empezaba a apretarnos decidimos sacrificar a un gato pequeño de cuyo guiso se encargó el propio declarante”...narra la declaración de los sucesos.

Pero no tuvieron contestación desde Tistustin no oyeron la señal acordada. Esa noche “ sacrificamos el segundo gato comiéndolo después de guisado de la misma forma”.

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Piezas de artillería


Sobre las cuatro de la mañana del veintinueve apreciaron grandes llamas y explosiones que provenían de Tistutin. A las ocho de la mañana vieron al soldado del regimiento Melilla 59 Joaquín Rodríguez Barreiro aproximarse al fortín perseguido por una multitud de mujeres y niños que le arrojaban piedras. Dispersaron a la multitud y dieron refugio al soldado que les explico que la columna de Navarro se había ido dejándole olvidado mientras cumplía su guardia como centinela. Se encontró solo cuando un grupo de moros se arrojó sobre el y le arrebató el fusil, como estos se pelearan entre ellos por el arma aprovechó para salir corriendo y allí había llegado. Acostaron al soldado que se encontraba muy débil y mantuvieron una tensa espera durante todo el día.

Esa noche a las diez, fueron sorprendidos por el enemigo. Este se había acercado por un lado del fortín aprovechando que había arbustos por esa zona y la noche era cerrada. Cuando se iniciaron los primeros disparos se encontraban a veinte metros del pozo. Por la intensidad del fuego el cabo calculaba el número del enemigo entre ciento cincuenta y doscientos.


Arenzana dio orden de no responder al fuego y esperar a que se acercaran lo máximo para aprovechar cada bala. “ En ese momento decisivo y tratando de transmitir a mi gente toda la serenidad necesaria les dije medio en broma medio en veras: - Pena de la vida tiene el que de cada tiro no mate a un moro por lo menos”. “ Rompimos en ese momento el fuego y ya sin cesar continuamos hasta el amanecer que al dejar el enemigo de atacarnos paramos nosotros también”.

Tras terminar el ataque el recuento de municiones daba un resultado estremecedor; ¡apenas quedaban trece balas para todos!

Como acababa de hacerse de día Arenzana salió al exterior junto con el soldado Virgilio Aceituno para ver si podían recuperar algo de munición del enemigo. Aceituno encontró una canana como las utilizadas por las tropas regulares con setenta y cinco balas. Arenzana encontró algo mas: “ Al hacer la descubierta conté cuarenta y tres cadáveres de moros”.Volvieron a sufrir un ataque a la una de la tarde del día treinta de julio.

Como estaban prácticamente sin municiones Arenzana organizó la defensa por medio de la gasolina del motor y por ello ordenó poner el esparto de los jergones en el patio y tener listo algodones impregnados en gasolina que se arrojarían ardiendo sobre el enemigo cuando asaltara la posición.

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Tropas esperando para entrar en acción

Trascurrió el día sin mas incidentes y la mañana del treinta y uno se dio un singular suceso. Se presentaron los jefes de la cábilas de alrededor; Hamud y Ben Maach. Estos se declararon amigos de España y que tenían necesidad del agua del pozo para su gente y su ganado. Arenzana llegó a un acuerdo con ellos nadie dispararía y cambiaria el agua por los prisioneros que tuvieran y por comida. Incluso fijó una tabla de precios; un huevo o un trozo de pan por jarro de agua y una botella de leche por cada grupo de veinte ovejas. El acuerdo fue aceptado y pronto empezó a funcionar para contento de todos.Esa tarde dos moros llevaron al soldado de artillería Manuel Silverio. Al día siguiente, primero de agosto, sobre las once de la mañana les llevaron al alférez del regimiento de san Fernando Ildefonso Ruiz Tapiador que habían tenido prisionero en Tistutin. Este llegó extenuado y enfermo y se negó a hacerse cargo del mando del puesto como se lo propuso Arenzana.


Pero la gasolina era escasa y no podía ser repuesta por lo que decidieron hacer acopio de alimentos con idea de abandonar el puesto. El cuatro de agosto se terminó la gasolina. El cinco decidieron que abandonarían el fortín y harían camino hasta las líneas francesas. Arenzana junto con el soldado Muniesa hicieron al anochecer una exploración del puesto de Tistutin, de entre los restos pudieron recoger unas latas de leche condensada y alguna botella de vino. De vuelta al campamento desmontaron la maquinaria de la bomba y el motor enterrando las piezas y llevándose otras para que no pudieran ser de utilidad al enemigo. Los fusiles, inútiles por carecer de municiones fueron inutilizados y enterrados también. A las ocho del anochecer partieron hacía las líneas francesas sirviéndose de un reloj de pulsera como guía para calcular la dirección correcta. Cuando se hallaban a unos diez kilómetros de los franceses fueron detenidos por dos moros, uno de ellos armado con un fusil remington. Estos les obligaron a entregar cuanto tenían. Arenzana se enzarzó en una discusión con el que estaba desarmado al tiempo que se aproximaba al que tenía el arma. “ De un salto le arrebaté el fusil matándole y lanzándose los compañeros sobre el desarmado y con piedras y cuantos elementos llevábamos de botellas y martillos hasta que llegó el declarante que con un pequeño puñal lo remató”.

Continuaron la marcha pero no tuvieron suerte ya que “ ..a unos cuatrocientos de la posición francesa llamada “ La Montaña” al atravesar unas dunas nos salieron al encuentro un grupo de moros saqueándonos nuevamente y dejándonos marchar a dicho campamento francés”.


Esta declaración fue hecha por Arenzana el diez de Marzo de 1922. Para entonces su nombre ya había aparecido en los periódicos y se le mencionaba como uno de los héroes de Annual. Su caso tenía mas atractivo al tratarse de un soldado, un humilde cabo que había cumplido con su deber de forma heroica donde habían fallado los mandos y oficiales.

Otras declaraciones

Continuando con la instrucción el capitán Juan Villazán ordenó la toma de declaración de los siguientes testigos.La primera citación dio lugar a una sorpresa. Se notifico al soldado Rafael Sordo del regimiento África 68 que declarar sobre los hechos de los meses de julio y agosto.

La respuesta fue una breve nota de la oficina del regimiento.-“ En contestación a su atento escrito del 1º del actual, debo manifestarle que no puede comparecer en ese juzgado el soldado de este regimiento Rafael Sordo Colio por encontrarse actualmente en Ribadesella ( Asturias) para responder en causa que se le instruye POR PESCAR CON EXPLOSIVOS”.

La declaración del soldado de la comandancia de ingenieros Jesús Martínez Terrio, mecánico encargado del funcionamiento del motor coincide con la del cabo Arenzana.El cabo Joaquín Rodríguez Barreiro del regimiento de infantería de Melilla relata su parte hasta que busca refugio en el fortín del pozo de agua y afirma que el cabo Arenzana tuvo un comportamiento tan excelente que cree que le debe la vida.

El artillero Manuel Silverio Corchado que también encontró refugio en el fortín del pozo de agua gracias al intercambio de agua por alimentos y prisioneros hizo su declaración después. Silverio afirmó que le relataron la defensa del fortín de la que no fue testigo y que el cabo le merecía todo su respeto.La declaración del soldado del regimiento África 68 Virgilio Aceituno Paredes es prácticamente un calco de la de Arenzana, lo mismo que la del soldado de ingenieros Muniesa.

La declaración inicial del teniente Ruiz Tapiador es bastante confusa. El teniente cuando suceden los hechos se encontraba enfermo y tanto física como psicológicamente agotado. Acababa de salir de la Academia y ese, su primer destino, se había demostrado especialmente duro. Recuerda con precisión la defensa de la posición de Dar Azugaj de la que estaba al cargo, la marcha por la noche hasta las líneas francesas son un recuerdo confuso, tuvo que ser hospitalizado inmediatamente debido al mal estado en que se encontraba y su recuperación se alargó durante un par de meses.

Pero su recuerdo de los días del fortín del pozo de agua, aunque borrosos, llaman la atención del juez de instrucción por una serie de hechos que no concuerdan.Es en este momento que Rafael Sordo que ha sido trasladado a Galicia desde la Asturias que le acoge por pescar de forma tan antideportiva hace unas declaraciones que obligan a Arenzana a adoptar una nueva línea de actuación.

Nueva declaración del sargento Arenzana

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Abd el-krim, lider rifeño

El cinco de Noviembre de 1922 el sargento Arenzana solicita hacer una nueva declaración.

“ Que siendo inexactas las declaraciones sobre la defensa del fortín del pozo número dos, libre y espontáneamente manifiesta que en descargo del juramento prestado y para esclarecimiento de la justicia, anula sus declaraciones anteriores y hace única y exclusivamente valida la actual...”

La declaración se inicia con los mismo hechos que la anterior pero esta pronto empieza a variar. Durante los primeros días no sucedió nada siendo lo único de reseñar que por comunicación telefónica con el puesto de Batel el comandante de este les dijo que no disparasen mas que para defenderse y dar agua a los nativos como en tiempo normal. Fue la noche del veinticuatro que fueron atacados por disparos aislados desde lejos que no tuvieron mas importancia. Por lo tanto el ataque que dijo haber repelido no existió.

El día veinticinco “ se cortó la comunicación telefónica por lo que no pudieron comunicarse con el Excmo. Señor general Navarro, por lo que no siendo atacados hicieron su vida normal”.

La vida trascurrió pacifica hasta el veintisiete que “ tiraron a nuestro fortín varios disparos de cañón y salió una guerrilla desde la posición de Tistutin para no sé que objeto”. En vista de la situación Arenzana envió a Tistutin al soldado Miguel Pérez con una nota para el general Navarro explicándole su situación y solicitando ordenes. Oficialmente el cabo de ingenieros tenía el mando de la posición pero Arenzana se hizo con el cargo ya que “ ...el cabo de ingenieros, a quien por ordenanza correspondía el mando pero que al verse al cabo de cinco días en aquella situación y recordando a su madre sola, no pudo vencer el dolor y lloró sentado junto al motor, el declarante lo consoló como pudo...”. El estado de animo de la tropa debió de ser muy bajo ya que “...ese mismo día el soldado Rafael Sordo Colio...decidió matarse con un fusil...el declarante pudo llegarse hasta él convencerle y animarle..”


Superada la crisis el día veintiocho decidieron que la mejor manera de sobrevivir era llegar aun acuerdo con el enemigo por ello “...y lo consiguieron quedándose en el fortín donde solo entraron algunos moros principales y que prometieron dar agua a cambio de que les trajeran alimentos, que esto se cumplió por ambas partes..” Aquí viene un detalle que no gustó nada a los militares y es que entregaron las armas al enemigo junto con la munición.Al día siguiente, veintinueve de julio, llevaron al fortín a los soldados Manuel Silverio y Joaquín Rodríguez además al alférez Ruiz Tapiador. También declara el sargento Arenzana que “...tampoco es cierto que mataran un gato y se lo comieran los días veinticinco al veintisiete porque lo que se comieron fue un cochinillo que les llevaron los moros..”.

Como le preguntaron porqué decidió pasar a las líneas francesas y no al Monte Arruit o a Melilla, Arenzana respondió que tenían un moro al que conocían por Chibani que les afirmó que las tropas enemigas se concentraban sobre esa zona por lo que era mas seguro ir a las líneas francesas. Por ello cuando se les terminó la gasolina “... acordaron acogerse a la zona francesa y que el Chibani les acompañara hasta pasar los poblados próximos y quedar definido el camino que debía conducirles hacia la mencionada zona.

Esto se llevó a efecto entre las veinte y veintiun horas del día cinco de agosto”. ¡Por cierto al Chibani le pagaron CIEN pesetas por sus servicios que les permitió llegar sin novedad a la posición francesa conocida como “Montaigne”!Por lo tanto ni defensa heroica, ni cuarenta y tantos muertos enemigos ni caballos muertos, ni felicitación del general Navarro, ni gatos a la cazuela, ni lucha por la vida contra moros malos ni nada de nada. Arenzana y sus compañeros se habían inventado toda una historia heroica pensando que era lo que mas les beneficiaba.

Tanto Arenzana como los soldados de la guarnición, infantes e ingenieros, ganaban con ello y lo mismo sucedía con los añadidos que solo tenían que contar una pequeña historia relativa a la travesía hasta la zona francesa. El alférez estaba completamente destrozado y no sabía siquiera en que mundo vivía por lo que no podría negar su versión y mas valía llegar como héroes que contar los hechos ciertos. Esta dolorosa verdad era que se habían rendido sin lucha, habían entregado sus armas al enemigo voluntariamente, habían trabajado para ellos y hasta les habían dado dinero ( ¡pobre Chibani!).

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Lo que no contaron fue con la circunstancia de que se les fue la mano y que un Teniente Coronel comunicó los hechos a un general que estaba llevando a cabo una investigación sobre los sucesos del Desastre. Que estos habían sido mucho mas graves de los que jamás hubieran sospechado y que muy pronto los acontecimientos los iban a sobrepasar al encontrarse en medio de un juicio de investigación para ser recompensados con la mas alta condecoración española al valor en combate: La Laureada de San Fernando. Para entonces Arenzana, que había salido en periódicos que comentaban su hazaña, era un héroe del Desastre y no convenía a nadie que se supiera la verdad; que todo había sido una invención.

El tribunal archivó el expediente para la condecoración que el día de hoy reposa entre otros miles de documentos en el Archivo General Militar de Segovia. Dieron por bueno el ascenso que, ¡la verdad!, se había ganado al mantener unidos a sus soldados y llevarlos de vuelta a su patria demostrando cierta iniciativa y dotes de mando. El Tribunal llevó su benevolencia al olvidarse de hechos como la entrega del armamento y otros que carecían de importancia dentro de la magnitud de los sucesos de los tristes meses del Desastre y decidió que las fantasías no son constitutivas de delito por lo que olvidaron el asunto. Un piadoso silencio cayó sobre todo este incidente y con el tiempo se perdió en la memoria...
Las invenciones del cabo/sargento Arenzana podrían ser simpáticas e incluso encontrar la aprobación si no fuera por un detalle que encuentro de una mezquindad difícil de olvidar; un muchacho de diecinueve años que cumplió con su deber se le instruyó un proceso por negación de sus obligaciones, su honor quedó en entredicho, se le apartó de sus funciones y se encontró envuelto en un juicio en el que podía perder su carrera. Me refiero al alférez Ruiz Tapiador que vivió durante meses esta angustia. Si las mentiras del cabo/sargento Arenzana no hubieran estado a punto de costar tanto a este muchacho las encontraría divertidas.

AUTOR: Hasting



Notas

[1] Este sentimiento dio lugar a la famosa anécdota del centro de rosas adornadas con cabezas de moro que se ofreció en un homenaje a la jefe de enfermeras de la Cruz Roja de la Comandancia de Melilla, duquesa de la Victoria.
[2] La campaña del 21 en cifras reales. Fernando Caballero Poveda. Revista del Ejercito nº 522 y 523, Madrid, 1984.
[3] El general Felipe Navarro, segundo comandante de la Comandancia de Melilla, tras la muerte de Silvestre trató de reunir las fuerzas dispersas para organizar una defensa. El mal estado psicológico de la tropa le convenció de la imposibilidad de su uso por lo que organizó la retirada. Primero a Dar Druis que abandonó, Batel, Tistutin hasta monte Arruit. Defendió esta posición hasta el 9 de agosto que tuvo que rendirse. Los supervivientes fueron asesinados en medio de terrible torturas. Apenas se respetó a 60 de 3.000 y entre ellos se salvó de milagro Navarro. Pasó un cautiverio de año y medio donde sufrió todo tipo de privaciones y humillaciones. Al ser liberado fue juzgado por su responsabilidad de los sucesos de Annual siendo retirados los cargos en contra por el fiscal al escuchar las alegaciones de los soldados que compartieron cautiverio con él y los informes presentados por su abogado defensor Luis Rodríguez de Viguri.
[4] Este regimiento escribió una de las mas heroicas acciones de la caballería españolas durante la retirada de las fuerzas del general Navarro. El regimiento al mando de don Fernando Primo de Rivera atacó a lo largo de todo el día 23 de julio a las fuerzas indígenas hasta conseguir frenarlas y permitir la retirada de la columna del general Navarro al puesto de Batel. El regimiento se componía de 691 jinetes esa mañana, cuando llegó el anochecer en la lista solo estaban presentes 67. Sus bajas fueron el 90,3% del total de sus efectivos ese día.


2011 11 25, 11:55
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Mensaje sin leer Re: Historia de un Prisionero en Marruecos
DE MARRUECOS:

"Los prisioneros enfermos. Muerte de un soldado. Liberacíón de un tripulante del "Antonia Torres" y de tres legionarios"

"Han llegado de la península el coronel de infantería señor Civantos y el capitán de ingenieros señor Troncoso con objeto de ver a su hijo y a su hermano respectivamente que se hallaban prisioneros.
En la presente semana regresarán a la península el ex cautivo civil José Canóvas y su padre, quienes se detendrán en Córdoba con objeto de saludar a los padres del sargento Vasallo.
La compañía minera Alicantina, se preocupa de la situación en que han quedado algunas famílias que hallaban en el coto minero de su propiedad, cuando fueran hechas prisioneras.
Los recién llegados refieren que durante el cautiverio murió la mujer del empleado de la compañía minera Juan Asensio López, dejándole una niña llamada Mariquita.
El jefe rebelde Sidi Hamu, a pesar de su crueldad tomó cariño a dicha niña, besándola y acariciandóla y proporcionandóle alimentos.
También se cuenta que durante el cautiverio, la mujer Rosa Mortoya, esposa del obrero minero Manuel Asensio dió a luz un niño. Días después cayeron prisioneros en Annual, quedando la mujer sin leche para amamantar al niño a causa del susto. Los compañeros de cautiverio se dedicaron entres a procurar medios para evitar que muriera el niño, coniguiendo encontar una cabra que utilizaron para la crianza del niño durante varios meses.
Al enterarse los rifeños les quitaron la cabra alimentando entonces al niño con agua azucarada y con cebada hasta el momento de recibir leche condensada que que enviaron desde la plaza de Alhucemas.
Durante la época de mayor hambre teniendo el niño aproximadamente un año, pasaron dificultades extremas para proporcionar alimento a la criatura, dedicándose el sargento Vasallo y los prisioneros civiles Canóvas y Guijarro a recorrer la cábila, suplicando se les diera alguna leche.
Algunos ex cautivos confirman que durante su permanencia en el campamento de Annual murieron los soldados Agustín Barrera y otro llamado Tiberio, dejando testamento a favor de su família, 40 y 50 mil duros respectivamente.
Se elogia la conducta del teniente de Alcántara don Julián Troncoso, quien después de haber muerto el teniente médico señor Serrano, se encargó de la asistencia de los jefes y oficiales que estuvieron enfermos, atendiendo a todos solícitamente y pasando las noches sin dormir.
Los últimos días de cautiverio con motivo de la enfermedad que sufría el finado teniente Garrigosa, emplearon cuantos métodos científicos se les ocurrían.
El jefe rifeño Hamu, dió cincuenta palos al sargento Vasallo y otros cincuenta al prisionero civil José Canovas y al cabo de infantería Antonio Dese Labarías a causa de hebrse enterado de que Vasallo y Canovas habían escrito a la plaza de Alhucemas solicitando dinero y comestibles que eran necsarios en aquella época de mayor hambre.
El sargento Vasallo consiguió hacer dichas peticiones sobornando al guardián llamado Molu, alcanzando de este que hiciera tres viajes nadando a Alhucemas, trayendo la contestación y los billetes dentro de una botella.
Aunque Vasallo y Canovas sabían que Molu se quedaba con la mitad del dinero, se veían obligados a enviarlo nuevamente, pues todos los prisioneros se hallaban a punto de morir víctimas de la espantosa hambre. Desde hacía un mes se dedicaban a extraer granos de cebada que había entre el estíercol. El dinero pasó a poder de Abd-el-Krim.
El encargado de apalear a Vasallo, Canovas y cabo Pise, fué Sihamu, quien ordenó que cuatro policías los cogieran por los pies levantándolos en peso, apaleandólos.Esto motivó la evasión de Vasallo, pues no podía sufrir el estado de misería en que veía a los demás prisioneros y no estaba en su mano evitar.
También se ha sabido por Vasallo y José Canovas que el comandante militar de Alhucemas en dicha época, don Roberto Aguilar, tuvo el rasgo sublime de abnegación, de escribir a Vasallo y a Vicente Guijarro, ofreciéndose para quedarse en rehenes s cambio de las mujeres y niños que sufrían cautiverio.
El sargento Vasallo enterró cerca de Igueriben al comandante Benítez, al capitán La Paz, al teniente Nougues Bustamante. También Vasallo amputó un brazo al moro que disparaba el cañón contra el Peñón. Dicho moro llamábase Sid Mohan de Bogombo. Durante la permanencia de Ait Cámara, también amputó un brazo a otro moro a causa de una explosión de un cartucho.
Se sabe que Vasallo ha aplicado más de trescientas inyecciones intravenosas todas con satisfactorios resultados.
En el momento de reconocer el enorme público al sargento Vasallo, después de desembarcar, le aclamaba con gran entusiasmo impideindo que marchara el auto que le conducía, viéndose precisado a refugiarse en el Hospital de La Cruz Roja,donde contínua enfermo con fiebre, recibiendo visitas de las autoridades, infinidad de personas y todos los ex cautivos.
También le ha visitado una comisión de su regimiento, presidida por el coronel Gómez Morató, saludándole y felicitándole por la conducta observada durante el cautiverio.
Se sabe que la Jefatura de Sanidad Militar propone conseguir que se nombre a Vasallo practicante militar honorario, colocándole el número uno de la escala de dicho cuerpo.
Refiere Vasalloq ue cuando los rifeños mataron a cuatro soldados que actuaban de enfermeros, llevaban un soldado enfermo que se presentó en Ait Cámara a Abd-el-Krim.
Protestó Vasallo del crimen realizado diciendo que habían sido respetados por todas las cábilas menos por Beni Urriaguel que alardeaba de más civilizada.
Algunos soldados ex cautivos sueñan, poseídos de gran delirio, llorando en la creencia de que se hallan en poder de los rifeños..."


2011 11 25, 12:00
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Mensaje sin leer Re: Historia de un Prisionero en Marruecos
CAMPAÑA DEL KERT ( Zona próxima a Melilla: 1911 – 1912 )

Los prisioneros del regimiento de Melilla 59.
Las primeras noticias.
Una carta.
Envío de socorros.
Otra carta.
Negociaciones de rescate.
La vida de los cautivos.
Los prisioneros moros.
Cartas del cantinero a su mujer y de los cautivos al capitán Barbeta.
Una misiva de Mizzian.
Preliminares del canje.
El canje suspendido.
Al día siguiente.
El canje se realiza.
El Hach Amar y el general Aizpuru.
Los prisioneros.
Lo que contaron.
La llegada a Melilla.
El capitán general y los prisioneros.
Más detalles.
Consideraciones.
El capitán Barbeta.


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El capitán José Barbeta junto a jefes de kábila.

Al día siguiente del combate de 27 de diciembre ( 1911 ) se dijo en Melilla que los moros tenía en su poder algunos soldados del regimiento de Melilla que habían sido hechos prisioneros en Zarrora, pues sus cadáveres no aparecía: el día 31 un moro de Benisicar dijo en la Plaza que en el campamento de Bu Ermana tenían los rebeldes ocho soldados españoles y un cantinero prisioneros. Como era natural, se guardó reserva hasta saber algo cierto sobre el asunto. Los indígenas decían que estos soldados se habían defendido en una casa del poblado hasta agotar las municiones, que mataron muchos rifeños y que al lanzarse después los moros al ataque lucharon cuerpo a cuerpo y les cogieron a casi todos ya heridos, llevándoselos a su campo sin violencia.
Comisionado el ilustrado africanista capitán de artillería señor Barbeta, gran conocedor de las costumbres y uso de los moros y que además contaba con la amistad personal de muchos jefes de las cábilas, entre quieres es muy conocido y apreciado, éste empezó por procurar a los prisioneros, por conducto de un indígena, papel y lápiz para que dijeran lo que deseasen, y les daba la noticia de que establecerían gestiones para su rescate.

Algunos días después recibió la siguiente carta:“Marruecos 7 enero de 1912. Muy señor mío y de nuestro mayor aprecio. Con mucha alegría hemos recibido su grata carta del 4, que nos ha llenado de alegría y tristeza, pues de cinco cartas que llevamos escritas a Melilla no hemos sabido una palabra. También hacemos a usted saber como desde el día que recibimos esa carta esperamos marchar para Melilla…”
El paisano era cantinero y tenía su mujer en Melilla. A esta le escribió varias cartas que recibió, conservándolas.
Se les enviaron ropas interiores y de paño, zapatos gorras y capotes, pues se quejaban de frío, según dijo el indígena, por habérseles destrozado la ropa en el combate, curas individuales, agua fenicada y medicamentos. Se les escribió una sentida carta llena de frases patrióticas y de consuelo para alentarles y se les preguntaba acerca de sus heridas.

El día 13 se recibió otra carta que decía:
“Hemos recibido los medicamentos y la ropa. Por lo que nos dice usted que desea conocer nuestros nombres…”

Recibióse también una carta de los jefes rebeldes:
“Nos mencionan que pongamos en libertad a los soldados que cogimos en el combate de Izarrora; si ahora deseáis que les libertemos poned vosotros en libertad a Bocoya y demás musulmanes… En cuanto a la guerra, es dispuesta por Dios; nosotros combatimos por defender nuestro terreno, así es que vosotros sabréis lo que debéis hacer para obtener la paz de parte de los cabileños del Rif…”

Los prisioneros escribieron otra diciendo:
“ Os hacemos saber que hallándonos nueve soldados del regimiento de Melilla, número 59, en poder de los moros, se ha presentado un indígena a visitarnos donde nos tienen, hermano de uno que se encuentra preso en Cabrerizas Altas, llamado Amar Ben Hamar. Desearíamos que hicieran lo posible por ver se le pueden sacar… Se portan muy bien con nosotros. Todos los días nos traen cuanto tienen; de modo que no podemos pagar el bien que ese moro nos hace…”
Las familias de los harkeños que teníamos nosotros prisioneros eran las que cuidaban de los soldados y del cantinero, haciendo los hombres de ellas guardia día y noche para evitar, tanto su evasión, como el que algún fanático atentase contra su vida, pero les tenían en libertad, pudiendo pasear por los alrededores de la casa que les servía de prisión, pagando también un intérprete y un curandero; lo cual hacía a diario y a prorrateo. La casa donde les tenían estaba en el aduar de Enenuyan, de Bu Ermana.

Los prisioneros que nosotros teníamos eran:
De Beni Said, Mohamed Ben Ali, amar Ben Hammú, Amar u Mansur.
De Tensaman, Mohamed Mizian, Fakir Mohamed Ben hach.
De Gomara, Mohamed Ben Ali.
De Beni Utlicheg, Moh Ben Mohamed, Mohamed Ben Abd Al Lah Ben Bu Media.
De Gueznaya, Mohamed Ben Usegug, Abd al lah Ben Duduh, Mohamed Ben Mohamed Akhá.
Uno de ellos tenía 15 años y se cogió herido por proyectil de cañón el 12 de septiembre, teniéndosele que amputar una pierna. Cuando se le recogió se le creía muerto, estando cubierto de heridas en brazos y piernas.
El día 31 la mujer del cantinero prisionero, que dio a luz una niña durante el cautiverio de su esposo, recibió una carta de la que era portador un moro muy conocido en la Plaza.
En ella asegura Andrés San Nicolás que tanto él como los demás prisioneros siguen sin novedad…” Dolores, me mandarás ropa interior, calcetines y un pañuelo, pues el que tenía me lo quitaron los moros el día que salieron a robarme. No lo eches en olvido que me hace mucha falta. También deseo que le escribas a mi padre, que se encuentra en Murcia, y que quiere venir a Melilla. Le dices a la señorita que haga el favor de sacarte el permiso para que desembarque en esa”.
La misiva, como las anteriores, está escrita con lápiz tinta.
El portador de esta carta entregó otra al capitán de Ceriñola don Ricardo Canaluche, suscrita también por el desgraciado cantinero…
Al día siguiente se enviaron al cantinero Andrés los efectos que pedía en sus cartas. El capitán Barbeta les participaba en la carta ( de respuesta ) que por lo pronto, vendrían los heridos, pues a éstos les entregaban sin condiciones, según informes que tenían de los jefes de la harka.
El capitán Barbeta había recibido la siguiente carta del Mizzian( Jefe principal de los indígenas rebeldes ):

“Al señor capitán Barbeta:
La salud sea vuestra parte y para vos hemos recibido vuestra carta…
Estamos conforme con el contenido y con la indicación de poner en libertad a los prisioneros por vuestra mediación. Os autorizamos para ello si Dios quiere, porque hemos sabido que vuestra influencia y palabra permanecen fuertes y sinceras…”
El día 8 fueron conducidos a Yazanen los trece presos que se encontraban en las cárceles de Melilla y el día 9 los siete que condujo desde Alhucemas el Princesa de Asturias… Los moros prisioneros cantaban en el interior del coche NET, que les llevó cómodamente.
A las dos avisaron los observadores que numeroso grupo descendía del ( monte ) Mauru. Poco después se presentó uno de los parlamentarios, anunciando que eran los prisioneros españoles.
De Yazanen fueron a Tifasor los 13 prisioneros de Melilla, los 7 de Alhucemas y el escuadrón de Lusitania.
Tifasor es posición militar admirable.
Sobre el arroyo del mismo nombre, de agua cristalina… El campamento es pintoresco en extremo. Tiendas hay pocas, pero todo el mundo duerme a cubierto. Se han construido casucas morunas de piedra y barro con techumbre de palos, ramaje, una capa de tierra, y sobre ésta tejas de pita… En los parapetos hay cobertizos que proporcionan abrigo a las fuerzas de servicio nocturno.
De Tifasor sale el batallón del teniente coronel Iglesias y el escuadrón Acero, que ocupan posiciones estratégicas en Imehiaten. A cubierto de las chumberas hay grupitos de Benibugafar afectos, con sus fusiles. La policía indígena avanza con los capitanes Barbeta, Coronel y Villegas, teniente Barba y médico Lazo.
En el monte que domina Xamar por el Norte aparece un grupo de moros, del que se destacan tres o cuatro para conferenciar con los oficiales de nuestra policía.
El general Aizpuru ( hace pocos días había sido ascendido a general de brigada ) con varios jefes y oficiales, Rivera, redactor de El Imparcial, Zegri redactor artístico de Nuevo Mundo y el reporter de El Telegrama del Rif, avanzaron, llevando delante los prisioneros indígenas, muchachos muchos de ellos, a los que se había devuelto el dinero que tenían al ser capturados. Iban contentísimos. El cojito conducido a lomos de un mulo. Cuando se detuvieron saltó a tierra con increíble agilidad, y valido de sus muletas consiguió siguió a los compañeros.

Dejemos la palabra a un testigo presencia ( descripción tomada del Telegrama del Rif ):
“La noche avanza. Son las cinco y media y la conferencia entre los parlamentarios y los oficiales se prolonga…
Se acercan varios de la harka, parientes de los prisioneros. Se saludan con efusión, se besan en la frente y se estrechan las manos. Estamos a mil metros del enemigo. Allá, tras el montículo están los soldados y el cantinero…
Cuando creemos que el reconocimiento de los prisioneros ha sido satisfactorio, dice un bocoya: Faltan dos de mi familia, y no puede hacerse el canje.
Nueva conferencia, nueva intervención del capitán Barbeta… Allá en el
Monte celebran junta los rifeños…
La noche cierra y el general dispone el regreso a Tifasor, mandando decir a la harka que al siguiente día se hará el canje porque es demasiado tarde.
El momento de dar media vuelta, frente al enemigo, llevándonos sus prisioneros, puede ser peligroso. El general Aizpuru, frío, imperturbable… comunica órdenes. El regreso se hará lentamente, por escalones. Si suena un tiro, se concentrarán las fuerzas…
Los prisioneros van sueltos entre dos filas de soldados…
Se camina en silencio, sin fumar para no ofrecer puntos de referencia. La noche está fría. Llovizna… Es una marcha de prueba. En los cuatro kilómetros se emplean cerca de dos horas. A las nueve entramos en Tifasor. No ha ocurrido el menor incidente… En el último trecho nos alumbran soldados con farolillos …para cruzar el arroyo Tifasor…
Cerca de las diez de la mañana entraba en Tifasor un enviado de la harka. Era de Bocoya, hermano de los dos presos que faltan.
Conferenció con los capitanes Barbeta y Coronel. La entrevista fue muy larga. Nuestros oficiales se esforzaban por convencerle de que serían liberados…

Al fin se dio por convencido el moro. Hubimos también de comunicarle aquel propósito y contestó:
Me basta la palabra que me dan en nombre del general. Voy enseguida para que traigan los prisioneros.
Como garantía firmó el capitán Barbeta una cuartilla, haciendo constar que no se demoraría la libertad de los dos indígenas objeto del litigio…
A la una y media aparecieron coronadas por moros las alturas de Xamar… Acto continuo forma el batallón del comandante Rodríguez Criado y el escuadrón de Lusitania que manda el capitán Acero. Estas fuerzas ocupan las mismas posiciones que la tarde anterior.
Pasado Imechiaten salieron a nuestro encuentro dos o tres rebeldes. Indicando el punto donde debía verificarse el canje.
Se convino que el Hach Amar y el general Aizpuru se entrevistaran en unas higueras que existen al pie del monte Xamar, acompañándole solamente los oficiales de la policía varias veces citados…
La policía indígena queda a retaguardia, adelantándose solo los prisioneros moros. Momentos después descienden de Xamar nuestros compatriotas, yendo a retaguardia de una docena de moros capitaneados por el propio jefe la harka Hach Amar de M´Talza.
El momento es de intensa emoción. Los dos grupos quedan a 20 metros de distancia. El Hach Amar saluda al general Aizpuru y estrecha después la mano de su séquito. Los soldados y el cantinero se incorporan a nosotros y los prisioneros moros a sus coterráneos.
Los pobres muchachos lloran de alegría. Todos estamos muy conmovidos. Besan la mano del señor Aizpuru y hacen lo mismo con los demás oficiales. Al capitán Barbeta le dirigen frases de gratitud por su eficaz intervención…
El Hach Amar dice en voz alta que está muy agradecido a España por la conducta noble y generosa que ha observado con los prisioneros… El general le contesta en iguales términos…
Durante media hora fraternizan moros y cristianos.

El redactor de Nuevo Mundo, señor Zegri pide a un moro, como recuerdo, un cartucho, contestándole:-Uno, no – toma cinco. Tenemos municiones en abundancia. El Hach Amar se deja retratar para que se entregue su fotografía al general Aldave, como prueba de afecto. Se forma un grupo muy interesante que publicará Nuevo Mundo, y en el que aparecen confundidos españoles y moros.
El Hach Amar monta magnífico caballo tordo, con rica silla. Frisa en los 55 años, su barba es canosa y el color de la tez bronceado. Habla con energía; su voz es metálica, dejándose oír desde gran distancia.
Los dos grupos se separan. Cuando quedamos solos los españoles, da el general Aizpuru un ¡ Viva España !, que es contestado con entusiasmo.
Los prisioneros libertados visten traje de faena, con capote y gorro. El cantinero, pantalón de pana, blusa y gorrilla. El aspecto de todos es bueno, salvo el de Roque Garrido Garrido, que tiene sin cicatrizar la herida del vientre.

He aquí sus nombres y circunstancias:
- Cantinero Andrés San Nicolás, natural de Murcia, 24 años de edad.
- Soldados: - Francisco Hurtado, natural de Abendeite ( Murcia ), lleva 36 meses de servicio.
- Luis Hernández Vicente, natural de Villagoviato ( Salamanca ). Su familia reside en Alba de Tormes. Está casi curado de la herida.
- Roque Garrido Garrido, natural de pobladura de Aliste ( Zamora ). Tiene tres heridas, una en el vientre, otra en la cara y la tercera en el brazo izquierdo.
- Joaquín Andrés Narro, natural de Tembada ( Alicante ), lleva 36 meses de servicio. Tiene sin cerrar la herida.
- Aparicio Castellano Martínez, natural de Pedroñeras ( Cuenca ), lleva 12 meses de servicio.
- Antonio Rueda, natural de Marbella ( Málaga ), lleva 12 meses de servicio.
- Antonio Olmo Pérez, natural de Cejín ( Murcia ), lleva 36 meses de servicio.
- Ricardo de Arriba Sánchez, natural de Monleón de la Sierra ( Salamanca ), lleva 12 meses de servicio. Se halla restablecido de la herida.
El herido grave es colocado sobre una camilla y los demás en mulos llevados al efecto. Todos desfilan ante el batallón y el escuadrón formados en el llano de Imchiaten. Es honor que acuerda el general Aizpuru a los bravos que después de combatir heroicamente han pasado horas muy amargas en el campo enemigo.
El regreso a la posición se efectúa en medio de la mayor alegría.
Los jefes y oficiales van al lado de los soldados, ofreciéndoles sus impermeables para que se preserven de la lluvia. Antes de llegar a Tifasor, viene a su encuentro la tropa libre de servicio, disputándose el honor de estrecharle la mano. En el campamento es su estrada triunfal.
En una tienda se les ha preparado exquisita comida con honores de banquete…
En un coche Lohner se les trasladó a Yazanen, donde pernoctaron.

Tuve ocasión de hablar con todos ellos, y he aquí algunas de sus manifestaciones:
El cantinero regresaba de Ishafen con dos compañeros más, el día 25 de diciembre. En el puente que construyen los ingenieros al pie de Tauriat Zag, les detuvo un grupo de rebeldes, Andrés San Nicolás, fue atado y lo mismo otro de los cantineros. El tercero huyó. Los rifeños le dispararon varios tiros, matándolo.
Cuando eran conducidos a una casa en las proximidades del zoco del Arbaa de Zebuya, trató también de huir su compañero, sufriendo la misma suerte, San Nicolás pernoctó en casa de un moro pudiente. La mañana del 26 se le condujo a Bu Er mana.
Allí le visitaron el Hach Amar y Si Mohamed u Mizzian, quien le dijo que había procedido como un valiente, añadiendo: si tus compañeros hubieran hecho lo mismo, habrían salvado la vida.
El día 27 iban a entregarle, según le manifestaron, pero cuando se hallaba cerca del Kert ( río ), comenzó el memorable combate, que presenció desde Beni Said.
Dice que las granadas estallaban a corta distancia de la casa donde se encontraba…
El día 28 lo condujeron al zoco de la harka, y allí vio a los soldados.
Estos se encontraban con otros compañeros en una casa de Izarrora, defendiéndola con tenacidad, hasta agotar las municiones. Los moros penetraron en el interior, capturándolos…
Sus aprehensores los despojaron, dejándoles en ropas menores, y de ese modo, atados los brazos, fueron conducidos a la izquierda del Kert. En el cauce de este río pidieron agua, viendo satisfechos sus deseos.
Caminaron toda la noche…
Los pregoneros hicieron saber que los jefes de la harka prohibían de modo terminante se les causara el menor daño. Los moros les facilitaron telas nuevas, aceite y sal para las heridas…
Con frecuencia les visitaban M´Talza, Mizzian y otros jefes principales. En una de estas visitas, el fanático santón les regaló rica alfombra, que ellos, a su vez, han donado a su patrón.
En la casa habitaban varias mujeres, que respetaron, porque el único encargo que se les hizo fue que no mirasen a las moras.
La comida se reducía a patatas guisadas, torta y fruta.
Les permitían pasear por los alrededores, y con gran frecuencia bajaban al zoco, presenciando las habilidades de los juglares de la feria y las fantasías de los jinetes. Siempre eran objeto de curiosidad.
Todos les decían que estuviesen tranquilos, que no habrían de sufrir el menor daño y que en tiempo oportuno volverían a Melilla.
Cuando se les enviaba desde aquí periódicos ilustrados, se agrupaban los indígenas, preguntándoles quién era el Rey de España…
El viernes por la mañana les dijeron que se prepararan para ser canjeados.
A las doce salieron de bu Ermana, pasaron el Kert, quedaron en Xamar. Cuando se hizo de noche les hicieron saber que se suspendía la operación…
Entre ocho y nueve de hoy saldrán de Yazanen en el coche Lohner, escoltándose el escuadrón de Lusitania…”
Minutos después de quedar hecho el canje, se soltó una paloma mensajera con la noticia, y se expidieron por el general Aizpuru dos despachos, encargándose de conducirlos a Ras Medua y zoco el Had los capitanes de la policía indígena Coronel y Villegas.

Imagen
Campamento de Yazanen, en otoño de 1921.

A las cinco se recibía en Melilla la fausta nueva.
El canje es, sin duda, la nota más saliente de la campaña.
Los soldados rescatados fueron a la mañana siguiente obsequiados en Yazanen con un suculento desayuno, tributándoseles después una entusiástica despedida. Montaron en un coche Lohner escoltándoles un escuadrón de Lusitania.
Desde las doce de la mañana se hallaba público estacionado en las calles de Isabel la Católica y en la subida del cuartel de Melilla, esperando la llegada de los rescatados. A la una y media apareció la comitiva; el gentío aclamóles, dándoles muchos vivas. La comitiva detúvose frente al hospital del Buen Acuerdo, donde bajaron los tres heridos que iban muy animosos. Continuaron los restantes su marcha hasta el cuartel de Santiago; allí se repitieron las demostraciones de júbilo.
La comisión del Regimiento de Melilla, que fue desde Nador con objeto de agasajarles, tenía preparada una comida en el comedor del regimiento, viéndose en lugar preferente el retrato del soldado José Castellán, el cual como se recordará, en la anterior campaña, herido de gravedad, murió cantando el himno del regimiento. A cada uno de los soldados rescatados se le regalaron cinco duros .
A media comida se presentaron en el comedor los generales aldave y Jordana. Aldave les dirigió breves y sentidas palabras…”Vengo en nombre del Rey y del Gobierno a estrecharon la mano y felicitaros por vuestra conducta. Siento que la licencia que disfrutaréis pronto me impida colocaros sobre el pecho la medalla de los sufrimientos patrios”…
Elogió al capitán Barbeta y terminó dando vivas al Rey, a España y al Ejército, que fueron contestados estruendosamente por los soldados que vitorearon al general, registrándose escenas conmovedoras e interesantes…
Todo el mundo rivalizó en agasajarles. El capitán La Calle fue al teatro a comprar dos palcos, pero al enterarse el director de la compañía, Sr. Montenegro, que eran para los rescatados, se negó a admitir el dinero.
Después de permanecer breve rato en el cuartel de Santiago, con sus compañeros de cautiverios, el cantinero Andrés San Nicolás pidió autorización para trasladarse al domicilio de los señores de Canaluche, en donde le esperaba su esposa e hijos.
En el trayecto fue vitoreado por el público, que le asediaba a preguntas.
Andrés recibía felicitaciones de todos, no solo por haber recobrado su libertad, sino por su comportamiento con los soldados prisioneros, a los que facilitó jirones de su camisa para que vendaran sus heridas.
En casa del señor Canaluche se desarrolló la escena que pueden suponer los lectores.
El matrimonio, abrazado fuertemente y derramando abundante lágrimas, se entregaba a los mayores transportes de alegría.
Mientras tanto, la hija mayor del cantinero, niña de tres años, cogida a las piernas de su padre no cesaba de decir:
¡ Ay, mi papaíto! ¿Ay mi papaíto!

Más tarde y al ser interrogada por Andrés, la pequeña exclamó:
¡ Papaíto! ¿ No me has traído un borriquillo moruno ?...
Andrés no encontraba palabras con qué agradecer a sus antiguos amos las atenciones y cuidados que prodigaron a su esposa e hijos durante su cautiverio.

El cantinero refirió nuevos detalles de su prisión.
Un día, y por conducto del moro encargado del transporte de la correspondencia, recibió un caneco de ginebra y una baraja.
Al enterarse sus guardias, no pudieron ocultar el disgusto que les producía ver a los presos consumir el contenido del caneco.
Nuestros compatriotas, para no excitar sus enojos, les hicieron saber que lo habían arrojado a un barranco próximo.
Desde entonces aprovechaban las ausencias de sus carceleros para consumir la ginebra, que les supo a poco.
Andrés se quejaba amargamente de los sufrimientos a que los sometía un espontáneo fígaro, que se ofreció a rasurarles. La operación la realizaba en seco y con una navaja dentellada por el mucho uso…

El rescate de los prisioneros del 27 de diciembre ( 1911 ) causó en la opinión un efecto grande, haciendo comprender que aunque lentamente, va la civilización penetrando en aquellos agrestes parajes del Rif, donde hasta entonces la indómita … raza que la habita no había perdonado la vida a un prisionero cristiano…
En este caso de los rescatados del regimiento de Melilla, el éxito de las gestiones se debió casi exclusivamente… a las simpatías y amistades personales del capitán de Artillería señor Barbeta, conocido, apreciadísimo y respetado por muchísimos moros del Rif…”.


2011 11 25, 12:10
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